Páginas en blanco

Cuando imprimo un documento largo ocurre a menudo que se cuelan varias páginas en blanco. Creí siempre que la causa era el excesivo gramaje del papel que hace difícil evitar su pegajosidad. Pero ayer empecé a recelar.

Se trataba de un documento de Giovanna Borradori en el que esta profesora de filosofía trataba de desentrañar el pensamiento de Derrida sobre el ataque a las torres gemelas hace más de diez años. Es como una continuación de su libro del 2003 Fhilosophy in a time of terror en el que entrevista a propósito de ese terrible acontecimiento a Habermas y Derrida.

Estas páginas en blanco aparecen en sitios estratégicos y son como señales de humo que te dicen en tono imperativo «quédate aquí, detente y relee». En este documento impreso por mí hay tres de esas señales y, que a mí me parecen relacionadas.

La primera aparece en el apartado sobre el perdón y en el lugar exacto en el que de mil maneras distintas Derrida nos dice que el solo perdón que merece la pena singularizar es el incondicional, es decir el que perdona lo imperdonable. Los otros perdones serían más bien cálculos racionales de costes y beneficios. Me parece que alguien me estaba diciendo que tenga en cuenta esto al pensar sobre las víctimas del terrorismo.

Y mira por donde la segunda hoja en blanco aparece en el apartado dedicado a la tolerancia. Una vez más no es digna de consideración la mera tolerancia que solo dice «bien, haga usted lo que quiera siempre que… admita mis reglas básicas de convivencia que yo le impongo». La verdadera tolerancia es la hospitalidad que dice «he aquí mi casa que es la suya en la que usted se rige por sus reglas que yo haré respetar. Me recuerda a la distinción de Berlin sobre la libertad negativa y la positiva y aunque se me hace duro me parece indispensable pensar sobre la aplicación de semejante idea a situaciones límite en las que la hospitalidad te obliga a sostener la vida del asesino.

Y tanto la tolerancia bien entendida, sin reticencias, como el perdón sin condiciones son dos ideas que hoy mismo deberíamos estar manejando para entender esa especie de grieta que nos presenta Europa en cuestiones económicas y financieras que, justamente, son las fáciles. En la pereza de sus dirigentes, en la mirada de cada político por el rabillo de su ojo a sus votantes nacionales, en sus reticencias a dejarse llevar por la fraternidad y en otras cosas parecidas radica la debilidad europea en estos temas de deudas soberanas nada toleradas y mucho menos perdonadas. Y es en esas páginas finales del documento donde aparece la última señal a mí dirigida en términos de página en blanco. No bastan en efecto los acuerdos firmados y ratificados, ni para la construcción de Europa ni para ninguna relación fraternal, nada son si no son la representación de una conversión que te descoloca.

Si el terror no nos descoloca, no habrá tolerancia con los inmigrantes, ni perdón a los asesinos, ni reparación a las víctimas. Si, desde Europa, no sabemos una vez más ser intransigentes con las tergiversaciones de los mensajes que nos llegan a través de nuestras palomas mensajeras, solo seremos una referencia de la historia sin ningún futuro.

Incertidumbre sistémica

En esta época del año tan rara en la que los ministros tienen que volver de vacaciones para atender a acontecimientos de orden público imprevisibles, mi propia indolencia ante las paradojas -perfectamente explicables- de la Bolsa, me lleva por caminos intelectuales tan insospechados para mí como los rumores raros que capta mi oído desde hace un par de semanas.

Ni sé si hay alguien en la bodega ni tampoco si la pequeña historia urdida por mis hijos sobre un león que entró en casa ayer por la noche es tan incierta como inverosímil.

En esta onda disfruté mucho ayer del último artículo de Innerarity y Solana en El Pais. La Nueva Gramática del Poder es un título bien bonito aunque no creo que haga justicia al contenido que se desplegaba reiteradamente en él. Este contenido hace referencia a algo que nos ocurre y que sabemos que nos ocurre pero que no estamos seguros que sabemos cómo atacar. No hay forma de probabilizar acontecimientos que se nos antojan ortogonales a experiencias bien conocidas de forma que no sabemos como decidiríamos ante ellos en caso de que los pudiéramos imaginar.

El artículo es rico en ejemplos de esta incertidumbre que nos rodea y que hemos de reconocer, diagnosticar y aprender a tratar si queremos sentirnos como en casa. No voy a repetir esos ejemplos pues están en el artículo citado en el que se puede entrar. Lo que quiero es sugerir que la única forma de entender y predecir acontecimientos no probabilizables e inéditos es desplazando la mirada lateralmente hacia campos distintos aprendiendo a cruzar opiniones variadas sobre esos campos.

Solo así nos haremos una idea del Zeitgeist que nos explica, junto con el calor, los estallidos de violencia en Inglaterra o Israel, dos países que no son precisamente los más castigados por los problemas de endeudamiento de la fase presente de la crisis financiera y económica que celebra su cuarto aniversario estos días, mientras que nada violento ocurre en el ámbito del orden público en Irlanda, Portugal, España, Italia o los USA. Nada sabemos de la dinámica social de los estallidos ni de porqué en algunos lugares no estallan las masas sino se arrastran más o menos jovialmente pidiendo una vez más lo imposible.

No sabemos cómo funcionan los mecanismos más elementales que conforman nuestro sistema social del momento y la única manera es escuchar el rozamiento de los pétalos de las azaleas o seguir la pista de la baba de un caracol.

Mi ventana-espejo

Al enfilar la carreterita que lleva a nuestra casa de Foixà, una casa que no tiene nombre todavía, se ve de frente y sobre la puerta de entrada una ventana vertical cuyo cristal se abre completamente y que protege de caídas estúpidas mediante una T como de Trota, la editorial con el palo horizontal a la altura de la cintura. Cuando está abierta solo se vislumbran un poco los cojines desordenados de un sofá, pero cuando está cerrada y con el estor bajado se transforma en un espejo que refleja algunos aparatos de los tejados de nuestros vecinos hacia el sur así como cables y eslingas de los postes, de la luz o de vaya usted a saber de qué. Esos reflejos aparecen como grúas de puerto o de astillero, un poco desarboladas y semiabandonadas, una reminiscencia del paisaje de la Ría de Bilbao y de sus grúas que lucen en la portada de este blog. No hay manera de librarse del origen…ni del blog.

Cuarto aniversario

Todos cuentan a partir de octubre del 2008, pero las cosas comenzaron a torcerse y la Great Moderation a transparentar sus falacias hace ya cuatro años. De ahí que igual pueda ser interesante volver a pensar lo que por entonces se decía aunque, es verdad, no se hablaba explícitamente de crisis. Pero las dudas y algunas decisiones significativas estaban ya ahí.

Para verlo me gustaría comentar telegráficamente mis columnas en Expansión de Junio, Julio, Agosto y Septiembre del año 2007. En Junio hablaba de la necesidad de emplear o construir, si necesario, un lenguaje suficientemente preciso. En Julio trataba de pensar en Bancos Centrales a partir de ideas sobre credibilidad, reputación y heterodoxia que, a menudo, no se entienden bien. En Agosto aprovechaba mis comentarios sobre el político Sarkozy para comenzar a acercarme a las causas de la crisis. Y ya en septiembre vuelta a los Bancos Centrales dos días antes de que tomaran una decisión delicada.

Lo curioso es que muchas ideas ya presentes en 2007 han tardado en hacerse actuales.

Dry martinis

No se pueden libar en cualquier sitio pues en la mayoría no saben hacerlos. Esta ignorancia es como no saber quien es Dorothy Parker:imperdonable. Pienso en esto hoy sábado al leer Babelia que parece escrito para mí. Lean por ejemplo la pagina 2 en la que Santiago Gamboa escribe sobre martinis en New York, ese lugar en el que me gustaría pasar unos días todos los años. Dice este autor colombiano que como no tiene amigos en la ciudad (mi caso) se concentra en sus reflejos literarios y cinematográficos. Y ahí aparece el Hotel Algonkin y sus martinis, dry por supuesto. Cita a la mencionada Dorothy Parker que escribe:»Me gusta beber un martini/dos como máximo./ Después del tercero estoy debajo de la mesa,/después del cuarto debajo de mi anfitrión». No es pues TM el único que hace poesía con dry martinis.

Avispas y adelfas

El ruido se despierta con el sol. Oigo ruidos sospechosos que provienen de la bodega, justo al lado del pabellón de invitados. Algo que ver con los ruiditos de Madrid a raíz de la llamada de alarma. Justamente, pienso ahora, es la bodega lo que no investigué en Madrid.

Pero mi oído mejora de manera preocupante. Ayer por ejemplo me embuché, al tratar de respirar en mi crawl improvisado, un buen bocado de avispas que parecían ahogadas en el agua de la piscina. Pensé o temí que no lo estuvieran del todo y que podían picarme en el esófago por ejemplo. Salté del agua y me comí un par de pétalos de adelfa, una flor conocidamente venenosa, pensando que esos escasos pétalos solo me producirían un pequeño mareo a añadir al que siento normalmente con estos niveles de azúcar en sangre que tengo y matarían a las avispas vivas y aterrorizadas de encontrarse a oscuras y rodeadas de materia viscosa. En un par de minutos comencé a escuchar por vía intravenosa un escándaloso sonido de batalla campal dentro de mi cuerpo.

No sé cómo acabó la batalla, pero les aseguro que no creo que la furia que Tolstoi describe en Guerra y Paz sonara más estruendosa que esa batalla de venenos que se libró en mi interior y que, supongo, yo soy el único que pudo oírla.

Sí, gracias, pero estoy muy bien. Físicamente quiero decir porque en cuanto al terror no hago sino pensar en posibles intrusos

Helados de leche de mujer

Uno de los organizadores de la Summer School de la FUE de esta año presentó un trabajo que, al tratar de afinar la noción de justicia, comenzába por recordar el tipo de preferencias que Sen ridiculizaba hace muchos años en un papel, The Impossibility of a Paretian Liberal, que en mi juventud expliqué alguna vez en licenciatura. En ese trabajo Sen presentaba lo que parecían preferencias extravagantes que serían observadas con un distanciamiento displicente que justificaba que se les denominata «Nosy Preferences», es decir maneras de ordenar lo que nos gusta que desprenden una cierta pestilecia para narices y espíritus finos y delicados. El resultado del tabajo de Sen era que dada la posibilidad de que eseas preferencias existan, tal comoo exige la universalidad del dominio, nos podemos encontrar con que el criterio paretiano de eficiencia puede ser incompalible con un mínimo liberalismo que permita a cada persona ser los decisores sociales en al menos una materia que les atañe muy personalmente.

Lo que me llamó la atención son algunos de los ejemplos que el ponente puso de esas «nosy preferences». Entre ellos el más descabalado (más que los concursos de lanzamiento de enanos) era el gusto por los helados hechos con leche materna que parece son muy apreciados en una cierta heladería de Londres. No hay nada ni nadie que prohiba que una madre reciente pase al biberón y reserve su leche para la producción de estos helados especiales. Pero supongo que hay gente a la que esta manera de usar sus recursos por parte de una madre les repugna.

El contenido de la ponencia explicaba cómo experimentalmente se había comprobado que gente con este tipo de gustos era socialmente castigada, cosa que me hizo pensar en la forma sutilmente distanciadora y separadora con la que fue tratado Ibarreche cuando acudió al Congreso de los Diputados a presentar su Plan. Un cierto desplante que muchos, o casi todos, consideraron justificado dada la naturaleza de las preferencia que dicho plan revelaba. Ibarreche fue en cierta medida cono «nudged out» de la escena política como si se hubiera sonado los mocos demasiado sonoramente.

Y sin emabargo deberíamos pararnos a reflexinar sobre acciones y contextos. Alimentar a otros con leche de una madre reciente es un escena bellísima si la lemos en Las Uvas de la Ira de Steinbeck y el benficiario es un muerto de hambre por los efectos de la Gran Depresión. Y presentrarse solo ante las filas de personas dispuestas a casi todo menos a ecucharte es en muchas ocasiones la marca del héroe.

Un dragón en el salón

Estaba escuchando el roce de los pétalos de unas rosas cortadas hace unas horas, cuando se ha cruzado un dragón que corría desde el jardín en dirección al interior de la casa.Es casi más veloz que mi mirada y el sonido que emite al deslizarse por el suelo es imperceptible a no ser que nada se mueva en muchos metros a la redonda. Como era de noche, Can Quel estaba ya cerrado y nadie jugaba al futbolín, se cofundía el silencio con el aroma que juraría llegaba del lejano golfo de Rosas o quizá de las islas Medas. Nos hemos mirado, el dragón y yo, y creo que nos hemos dicho que tenemos nombres que nos sobrepasan. Luego ambos nos hemos retirado a descansar. El debajo de un sofá, yo a mi habitación aireada sin aroma y sin ruido. O quizá solo una especie de tic-tac solo audible desde dentro y no a través del oído.

Adaptación

No es fácil moverse hacia el este. Los días se acortan sensiblemente e ir a la playa a la hora en la que me gusta sentir el sabor de la sal en la piel es como acudir a un party nocturno. Se adelanta la hora de las comidas al menos los primeros días y todo suena distinto. En cuanto llego a Foixá y nada más escuchar el maravilloso ruido de la bolita de futbolín en Can Quel a horas en las que ya la campana de la iglesia ha dejado de sonar, mi sentido del oído se agudiza y comienzo a captar matices, silbiditos y sutiles corrientes da aire que, hasta que me acostumbre y comience mi diálogo con ellos, me aturden y no me dejan pensar o intentar trabajar en mis deberes de verano.

Foixà

El viaje fue menos peligroso que lo que se anunciaba. La operación especial no acababa hasta la medianoche por lo que era de esperar que algunas carreteras pudieran estar colapsadas por los que volvían remolones y los que llegaban con la lujuria en los ojos. Pero ni lujuria ni pereza: todo fluido, como en un cuento zen. La casa vacía y los comercios cerrados nos hicieron guardar dieta en un restaurancito desierto. Me acabo de levantar al oír las ocho campanadas y dentro de un rato iré a hacer un primera compra para luego hacer mis ejercicios en la piscina y explorar de donde pudieron venir anoche unos pequeños ruiditos que no son de carcoma ni de ningún animal reconocible. Salgo al porche y sobre Cala Monjoi aparece una nubecita como si Adrià hubiera quemado su restaurante como fin de fiesta desmadrado. O quizá era su mensaje de despedida a una manera de vivir que en Occidente va a dejar paso a una nueva austeridad que no desprecio pero que, a mi edad, sí temo.