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Foixà

El viaje fue menos peligroso que lo que se anunciaba. La operación especial no acababa hasta la medianoche por lo que era de esperar que algunas carreteras pudieran estar colapsadas por los que volvían remolones y los que llegaban con la lujuria en los ojos. Pero ni lujuria ni pereza: todo fluido, como en un cuento zen. La casa vacía y los comercios cerrados nos hicieron guardar dieta en un restaurancito desierto. Me acabo de levantar al oír las ocho campanadas y dentro de un rato iré a hacer un primera compra para luego hacer mis ejercicios en la piscina y explorar de donde pudieron venir anoche unos pequeños ruiditos que no son de carcoma ni de ningún animal reconocible. Salgo al porche y sobre Cala Monjoi aparece una nubecita como si Adrià hubiera quemado su restaurante como fin de fiesta desmadrado. O quizá era su mensaje de despedida a una manera de vivir que en Occidente va a dejar paso a una nueva austeridad que no desprecio pero que, a mi edad, sí temo.

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