Mirar DSK por el ojo de la cerradura

Posteo hoy un trabajo de mi Blog Guest Blogger favorito, Teo Millán, relativo al extraño affaire del gerente del FMI. Lo que más me llama la atencióne es que el mundo, a través de Europa y sus planes de rescate para agún país de la zona euro, vaya a estar pendiente de una cosa de este estilo. Pero lean y presten atención al ángulo de la mirada de TM

Un mail de mi amigo Luis Sánchez Merlo me motiva a escribir las siguientes reflexiones sobre el affaire Domique Straus Kahn;
Desde mi punto de vista, hay dos formas de entender el affaire; el primero sería el que atribuiría a DSK los ímpetus ardorosos de los demons du midi, el arranque caluroso, que puede resultar comprensible, e incluso necesario en políticos que buscan el eco popular (de hecho, ahí es donde Berlusconi logra dividir a la opinión pública, al menos de su país, entre admiradores y críticos). Creo sin embargo, esta visión es indulgente y elude el punto de interés del asunto. El origen de la tragedia de este hombre, se ha de buscar en el intento de “abuso por la fuerza” que se le imputa. Y es que, a diferencia de otros casos famosos de personajes públicos (PJ, Clinton) lo que escandaliza aquí, materializado estrepitosamente en la fotografía que ha recorrido el mundo de este hombre esposado, es su intento de forzar voluntades, de “imponer su deseo por la violencia”.
Ese es el punto que marca posiblemente el fin del devenir político del personaje, porque nada más temido por el electorado democrático que las ínfulas de tiranía; nada más deslegitimador en un potencial candidato político, que su identificación con el abuso violento del poder.
Hay que recordar que estamos en el siglo en que las marginalidades han ocupado el centro del espacio político democrático. Entre ellas, como describen admirablemente Nancy Fraser y Axel Honneth(“Redistribución o Reconocimiento”, 2006) el derecho de los sin voz. La política democrática ha encontrado su vigor reciente en homogeneizar a los ciudadanos, y emborronar en particular las diferencias entre los con y los sin voz a efectos de su comportamiento en la esfera de interacción civil, sino política; en el impedir el juego de los opresores (mayoría democrática) sobre los oprimidos (marginalidad); en romper con ese esquema que tan bien describe Samuel Beckett, al señalar que en toda relación hay siempre uno que asume el papel de víctima y otra el de verdugo. Sigue leyendo

Fisiognómica otra vez

Hace tiempo que no les cuento mis visiones de parecidos fisiognómicos. No es que haya perdido la capacidad de reconocerlos. Es, más bien, que son tantos que no quiero aburrirles máxime cuando en general se trata de rostros o figuras de las que no dispongo de fotos o, lo que ocurre más amenudo, las fotos no hacen justicia al parecido que yo vislumbro pues éste depende de un gesto que es dificil de captar.

Por ejemplo,la profesora de la UNED y especialista en teología política, Marta García-Alonso y la actriz que hace de Isabel, la mujer de Hugo de Viana el golpista, en 14 de abril.

Otras veces me ocurre que no veo interés en mostrar mi don como cuando zapeando reconozco el cogote de Sagardoy padre, el famoso laboralista, que está disertando en cualquiera de las tertulias repes de las TDT´s.

Pero lo de hace unos días ha sido impactante y por eso se lo cuento. Resulta que Quique Flores, el entrenador hasta hace días del Atlético de Madrid, es idéntico al famoso Doctor House (Hugh Laurie). Esto lo pueden investigar ustedes mismos, pero tendrán que fijarse muy bien pues lo idéntico en ambos es eso tan sutil que el alma filtra a las facciones.

La pareja de tango

Me ha costado una estancia en el cuarto de baño mucho más larga de lo normal, pero lo he conseguido. Tenía que bajar un poco la vista. Lo hice y allí los encontré. El de espaldas con una cabeza calva y na oreja izquierda muy grande. Ella, aparentemente blanca como una novia apoya su cabeza en el hombro derecho de él. Ya no se me escapan; pero ahora no estoy seguro que sea un tango lo que bailan. Se lo vo a preguntar; pero ya no formarán parte de mi galería de figuras en el linóleo pues ella no es la que busco en esta huída desesperada hacia el infierno.

Ella

¿Quién es esa ella a la que me refería ayer?

Nos encontramos en la Residenz el día de mi llegada que resultó ser también la suya. Quizá habíamos compartido algún medio de transporte desde nuestra Ciudad hasta est fortín medieval cargado de reminiscencias obispales por más que al sur del Königsberg, esa montaña que recubre el Felsenreitschule y al norte del Mönschberg, la nueva burguesía olvidadiza de un pasado reciente bien desagradable, haya extendido su relativo buen vivir en casas amarillentas de pocas alturas y fachadas planas.

Con su extraño aplomo más propio de una veterana que de la recién llegada que yo suponía era también ella y que atribuía al hecho de que se dedicaba a la música, según me explicó inmediatamente, y en un templo a ella dedicada, me fue explicando las formalidades simples que yo debería cumplimentar para pasar a formar parte del cuerpo estudiantil y disfrutar de sus privilegios en materia de alojamiento, manutención y visitas culturales que todos compartíamos por el mero hecho de formar parte de esa comunidad internacional.

Si fuera de aquí no me sentiría yo muy orgulloso de mi universidad. Es pequeña, poco especializada y muy orientada al mediocre sostenimiento de la vida en común, es decir de la intendencia, y con muy pocos vuelos intelectuales excepto, claro está, en lo que concierne a la música. Sean intérpretes, o estudiantes de dirección, los tocados por la gracia y ganadores de un concurso que las embajadas del país organizan a lo largo y ancho de Europa, hablan, comen y pasean como los verdaderos dueños del lugar, como los legítimos herederos de no sé qué herencia, como los únicos dignos de mirar de frente a ls palomas que se posan sobre la cabeza de Mozart a pocos pasos de la Residenz.

Yo, muy al contrario, estaba allí becado por los americanos para especializarme en comercio internacional, una rama de la Economía que, de central al corpus teórico había derivado hacia una vulgar práctica comercial muy poco propia de este lugar que, aparte de Mozart, no es sino un nido de pequeños comerciantes desconocedores de que uno puede comerciar con un exterior que no sea Alemania y muy conscientes de que no se debe intercambiar nada, y menos que nada opiniones, con otros vecinos sospechosos de norte y del este. Yo tendría que estar en Chicago, pero de momento estaba encantado de recoger las migajas tardías que la ayuda americana proporcionaba en términos universitarios a los habitantes de lo que, por razón de la guerra mundial, había acabado denominándose Europa y a la que los americanos creian poder volver a poner en pie. Aunque yo hubiera estado deseando aprender y no solamente largarme de la Ciudad, no habría podido aprender gran cosa por la poca brillantez del profesorado, su escaso entusiasmo y mi reducido conocimiento del idioma.

Ella se desenvolvía con facilidad en alemán y exhibía un tono plano propio de la Deutsche Schule de nuestra Ciudad enriquecido, sin embargo, por un timbre local divertido y yo creía que musical – muy mozartiano en mi humildísima opinión musical – adquirido seguramente en los dos años que ya había estudiado allí. En este su tercer año no sería un estudiante normal de los que pierden el tiempo atareados en pasar de un punto a otro del centro para ir de clase a clase. Junto con dos jovencitos austríacos deslavados, habitaba como en comuna independiente una casa cuadrada de tres plantas amplias en el justo punto medio entre el Schloss y Hellbrun. Cada uno ocupaba una habitación en la segunda planta, según me iba explicando ella, usaban los cubículos insonorizados de la tercera planta en un incesante ejercicio de familiarización con instrumentos varios y recibían clases a primera y ultima hora de cada día en la primera planta por donde se paseaban los mejores especialistas del mundo en armonía, historia y dirección. Estos tres elegidos de los dioses sería monjes este tercer año como lo abían sido los dos primeros; pero a partir de la finalización de este curso serían lanzados al mundo a conquistar podios tan altos como su ambición se lo permitiera pues su formación no podía se mejor.

De todas formas sus veinte y cinco años, solo dos más que yo, no le debieron permitir la condescendencia con la que ayudó a rellenar papeles y cumplimentar trámites. Me sentí un poco molesto, pero se lo agradecí acompañándole hasta la casona cuadrada con algún toque de color y geranios en las ventanas de todas sus plantas en un paseo enérgico que se convertiría bastante rápidamente en rutinario, pero que esa primera vez me impactó por la maestría de mujer mayor con la que me hizo contarle mis decisiones vitales y el asombro de niña pequeña con el que las escuchó:

– ¿Cómo es posible que siendo del mismo lugar y que siendo nuestra Ciudad apenas más grande que est pueblo hayamos tenido que coincidir en esta ciudad musical y obispal sin vida excepto en verano y mucho más aburrida que la nuestra?

Estas palabras no las dije yo; sino que fue ella quien las pronunció nada más tomar aguas arriba la ribera izquierda del Salzach. El tono de su voz era tan suave, tan poco estridente, tan templado que hubiera bastado para retenerme a su lado todo el tiempo que ella hubiera deseado. Pero, es que, además, esas palabras contenían todas las piezas de un puzzle, todos los hilos de una red. A alguien como yo le engancha para siempre que alguien pregunte “cómo es posible” algo, cualquier cosa, lo que sea. Es como un abracadabra que hace saltar los diques que sujetan la marea de mi verbosidad y no me pude reprimir afirmando con excesivo énfasis que los lugares nunca son el mismo, que nuestra Ciudad es única en su capacidad de maximizar el número de lugares que caben entre dos montañas y el mar, que nuestra Ciudad es la más pequeña del mundo pero mucho más grande que todos los pueblos con mil millones de habitantes precisamente porque es compacta y no se desparrama ni deja agujeros sin definir, medir y clasificar, que esta cualidad hace comprensible su variedad conservada cuidadosamente por un culto a los acentos propios de sus distintas partes o por el grado de azúcar que acompaña a la salsa de tomate que hace tragable un mojojón, que si ella se aburrió es, seguramente, porque no quiso comprender esta variedad y usarla como enriquecimiento o, por el contrario, renunciar a ella como gesto de orgullo peresoso, que la vivió sin conciencia de estar viviéndola.

En este punto, ya entrados en la planicie que deja el río a su izquierda y que resulta más plana que una tundra, dió como un respingo seguramente molesta por la agresividad de mis últimas palabras; pero es difícil pararme cuando me lanzo aunque registré que más adelante debería suavizarme y arriesgar un piropo intelectual. Así que continué contándole, en un tono apenas perceptiblemente más íntimo, que yo mismo tardé muchos años en sobrepasar los límites de mi barrio, un barrio excepcionalmente simple, geométricamente hablando, pues consistió durante muchos años en una simple prolongación de la calle mayor y la esquina mágica de estraunza, una finca entonces opaca al transeunte, que vigilaba el inicio de una calle ancha y recta dedicada aun médico que, como todo en la Ciudad, se quedó entre la torpeza y el genio, en un dulce pasar, y que no consiguió por pereza dar su nombre a un síndrome,auque estuvo cerca, pero sí fundó un hospital que ha hecho de todos los habitantes personas longevas. Y, sin querer, rememoré en los cinco minutos que duró todavía nuestro paseo otoñal, mi infancia pasada por agua.

-Me llamo Magdalena, dijo al despedirse, pero mi abuelo siempre me llamó Machalen.

Comencé el camino de vuelta hacia el lado opuesto de esta pequeña ciudad rumiando que no había tenido tiempo de insinuar mi piropo intelectual.

Más figuras en el linóleo

Hace unos días vislumbré, justo frente a la posición que ocupo cuando utilizo la taza, una pareja de tango aprisionada justo en ese momento en que ella se aprieta contra el rígido cuerpo de él y me enseña su rostro por encima de su hombro. La vigilé durante varios días para ver si podría formar parte de esa galería de figuras en el linóleo que el proscrito creía encontrar en las paredes del container en el que escapa …hacia el infierno. El tango se desviaba no poco de la dirección de mi huida que remontaba el gran río de aguas marrones y sonidos de txalaparta, pero había decidido ya incluir esa figura que tenía algo de patética entre mis visiones cuando de repente ss ha hecho invisible o ha decidido largarse de mi baño. Ya no está a la altura de mis ojos donde ha estado todos estos días. Podía fingir que sigue ahí e introducirla en el relato, pero traicionaría mi voluntad de veracidad. La seguiré buscando como si esa búsqueda fuera un presagio de la que voy a tener que iniciar para encontrarla a ella después de que tantos años hayan pasado desde aquella juventud en la que ninguno de los dos poníamos límites a nuestra ambición

Error, horror y fracaso

En una columna de opinión de El País Santiago Eguidazu nos ofrece su visión sobre la necesidad de los valores para la superación de la crisis. Arriesga tres explicaciones sobre la aparente imposibilidad de deliberar para la «realización de valores», operación ésta que, pienso yo, quiere significar el surgimiento y el mantenimiento de ciertas pautas de conducta.

Habrá tiempo y ocasión de discutir las dos primeras explicaciones de esta imposibilidad, ambas relacionadas con argumentos económicos;pero ahora quiero discutir la tercera:la confusión del error con el fracaso. No confundirlos parecería ser importante, según Egidazu, a efectos de saber de qué fuente tenemos que aprender, si del error o del fracaso. En su opinión el fracaso “es otra cosa”, la importante para la «realización de valores» siempre que sepamos asumirlo. A mi juicio afirmar que este fracaso debe ser asumido consciente y deliberativamente nos mete en un callejón del que yo no sé salir pues no estoy acostumbrado a pensar sobre situaciones extremas como es el caso en esa situación, el nazismo, a la que hace referencia siquiera implícitamente y la que yo no sabría analizar con argumentos de mi oficio.

Ese nazismo, como ejemplo de gran fracaso dio, efectivamente origen a una deliberación pública crítica y sanadora que comenzó después de la guerra y que todavía dura con serios ejemplos de creatividad que, sin duda han contribuido mucho a la manera de pensar, a entender los límites de ésta, y a lo que llamaríamos filosofía o ética políticas.

Ante un ejemplo así parecería imposible tratar de sugerir, tal como sería el reflejo espontáneo de un Kontraren Kontra como yo, que el fracaso nunca enseña nada, pero lo puedo intentar afirmando que, incluso en el caso extremo mencionado, la reflexión generada por la mala conciencia nunca llega a algo realmente enriquecedor. Pensemos en los juicios de Nuremberg en los que se pretendía curar y curarnos del horror mediante un simulacro de justicia basada en una ley que no existía previamente y que podría constituir lo más cercano al aprendizaje mediante la deliberación crítica. Mi nada profesional opinión al efecto es que, mejor que atajar el horror con unos juicios viciados de antemano, hubiera sido más digno liquidar a los responsables de ese horror asumiendo esa incurable culpa de estar quizá cometiendo un error en términos de esa justicia improvisada. Es decir que me parece concebible que asumir el error, en el sentido de de seguir poniéndolo en práctica, pueda ser el mejor curso a seguir aunque ese error pueda ser considerado como un fracaso de la dignidad humana.

Esta afirmación me obliga a mencionar la liquidación de Bin Laden cuando ya disponemos de una ley internacional para casos como el de los atentados de Al Qaeda que podemos considerar como terribles delitos contra la humanidad y cuando así mismo contamos con un tribunal al efecto por muy imperfecto que sea. Este caso es pues un caso de venganza que no sé si puede considerarse como un error o como un fracaso. En cualquier caso la deliberación sobre él nos llevaría tomarnos en serio el tema de la venganza que si bien subyace a mucha, o toda, obra literaria respetable no ha sido, hasta donde yo puedo conocer, realmente problematizado en términos filosóficos.

Este punto de la justicia, genuina o bastarda, y la venganza es realmente tenebroso, pero si analizamos por qué lo es igual aprendemos algo. Creo que se trata de un asunto escabroso porque están en conflicto dos «sentimientos morales» (usando la terminología de A. Smith) bien enraizados en el cerebro y que constituyen dos memes que han resultado ser muy estables pues pocos habrán sido puestos a prueba como lo han sido estos dos. Por un lado, el rechazo primitivo al horror que representa el nazismo como trato inhumano de lo humano y, por otro lado, el rechazo más evolucionado a tomarse la justicia por medio de la mano propia. En este tipo de choque solo cabe terciar mediante la consideración de un tercer valor: la asunción del fracaso como totalmente estéril. Pero este valor es un meme en formación que solo llegará a asentarse después de muchas interacciones o deliberaciones que ponen en juego estos horrores. Conclusión pesimista donde las haya.

El futuro del libro

Para mantener sus resultados empresariales los editores tienen que encargar libros gordos que justifiquen su precio inflado gracias a los derechos de propiedad intelectual llamados derechos de autor o copyright que, encualquier caso, ellos también disfrutan. Además tienen que pactar con los distribuidores y los libreros, especialmente las grandes superficies, la presencia de estas novedades «sin precedentes» en lugares súmamente visibles. Una forma cada vez más corriente de hacer esto en el mundo del ensayo es dirigirse a autores de una idea y empujarles a ampliarla hasta el tamaño de libro gordo cuando esa ampliación se podría hacer de manera más humilde, en un tamaño mucho más pequeño y en formato electrónico fácilamente convertible en papel para los viciosos que seguirán existiendo.A mi juicio este modelo no es sostenible pues no podrá competir con los bajos costes de editar el ensayo razonablemente ampliado on line y servirlo en papel bajo demanda. En este modelo del futuro ¿qué será de las librerías de barrio? Veremos.

Universalismo

Yo no tengo corazón.Esto no es un remedo del «tu no tienes corazón», balada romántica de Luis Miguel. Yo no tengo corazón o quizá sí. Ya veremos.

De momento comienzo afirmando que no tengo corazón y que a menudo mi imposibildad de sentir me asombra y me deja frío com una merluza congelada. Para sentir me tengo que descongelar y ello exige el extrañamiento de la cosa, el mirarla como «otra cosa», como una dramatización o como una obra de arte. Quizá es eso lo que me quieren decir los que tantas veces me han acusado de tener una visión estetica del pensamiento.

Eso me pasó con el 11 S o el 13 M y eso me acaba de pasar con Japón. No tengo alma, no puedo sufrir con los que sufren. Solo se me ocurre, en el caso e Japón, que es hora de comprar algo de la deuda extrajera que atesoraba Japón y que ahora tendrá que malvender constituyendo así una muy rentable inversión.

Para sentir algo que me haga llorar tengo que imaginar a un padre buscando el cuerpo de su hija, ¿será porque en este último caso ya no se trata de una idea universal, sino de una escena bien epecífica? Pero ¡cuidado! también para sentir algo frente a una escenificación particular es necesario poder, en cierto sentido, universlizarla.

Es de esto de lo que quiero hablarle a DU cuando se manifiesta en contra del universalismo dejándose llevar a mi juicio por la deriva intelectual de la idea de la comunidad real. Igual es simplemente la misma enfermedad del alma que me aqueja a mí.

Cebrián en su discurso de los premios Ortega y Gasset de periodidsmo coincidentes con la celebración del 35 aniversario de El País decía una cosita que fue la única resaltada por su redacción:

Vivimos un tiempo en que en nombre de la identidad (así a secas) se quieren sepultar los logros de la Ilustración…

Por no restringirse a una identidad determinda, sea la lingüística o la étnica, esta maldición de Cebrián incluye también a la comunidad real de los amigos con los que vives y compartes proyectos. Y en todos esos casos como en los nacionalismos vulgares no deja de encontrase la huella de la Ilustración pues uno de los valores de ésta es justamente el universalismo y éste, bien entendido, es compatible con la escalabilidad del nacionalismo que querría un mundo hecho de pueblos serenamente diferentes en un canto a la diversidad. Y si el nacionalismo no es compatible con el cosmopolitismo será pr la parte estúpida de este último, no porque un escocés, con su propia Ilustración, no pueda sentirse en casa en Londres o en Nairobi o en la punta del Everest.

Y todo esto lo pienso quizá justamente porque al final sí que tengo corazón.

ILUMINACIONES. XLIV: Mecagüen…

… la mar. Es lo que siento cada mañana cuando diariamente me cruzo con un conserje de finca urbana que charla con la kioskera o descanasa ya sentado en un banco del margen izquierda o da palique a algún vecino que se aventura a sacar la nariz al aire libre. Siempre viste una camisa azul pálido de manga corta. Nos solíamos mirar y al principio, hace muchos años, pensaba yo que acabaría dándole los buenos días lo mismo que hago con un aparcacoches unos metros más abajo pero esto no ha ocurrido ni ocurrirá. Le odio y sospecho que el sentimiento es mutuo. Nos odiamos por estar ahí, simplemente.

…la puta.Es lo que me digo cuando muy a menudo paso entre las palomas que rodean al mendigo aseado que jamás me ha mirado y que siempre parece concentrado en alguna labor doméstica: repasa calcetines, cose una camisa vieja o se afeita mirándose en un espejo redondo impecable. Quizá es un peluquero retirado que come en un albergue y guarda unas migas para esas palomas que luego le rodean y protegen de la barbarie callejera.

… en D… ¿Qué otra cosa puedo musitar cuando, ya abandonada la maergen izquierda, me desvío un pelín y a lo lejos vislumbro la figura arrodillada del mendigo que, en esa posición, pide limosna con el brazo derecho extendido rematado en una mano que sostiene un vaso de cartón con monedas de reclamo y con la mano izquierda mantiene el cartel explicativo de su situación pegado al pecho? Si está ya ahí a las 10 de la mañana , ahí continúa a las dos de la tarde. Me enturbia el alma, mi cabeza da vueltas y no sé si darle todo para que se levante y ande o no darle nada por removerme la conciencia. Cualquier cosa menos esa lluvia huerfana de plata y sucia de cobre que a veces deposito en el vaso acompañada de un insulto silencioso.

…. en la madre que te p… Sí, a tí, ese ser que enlaza con mis artículos o posts de economía y los exhibe al mundo haciéndome ver que hubo un tiempo en que yo escrbía bien mientras que ahora se me va la mente al reino de nunca jamás.

Mecagüen todo.

Incendies

Incindies, la obra de teatro, se puso en Madrid, en El Español en el 2008. Ahí tienen una crítica entusiasta. Yo no la ví, pero la lectura de ese texto me da pistas para comentar lo que no me gusta de la película por muchas reseñas favorables que hay recibido, como la de Carlos Boyero que leí en su día y me empujó a verla semanas después.

No es facil, supongo, transmitir el horror de lo que ocurría hace años en Oriente Medio y sigue ocurriendo. Ni siquiera es fácil conseguir que el espectador entienda algunas de los sufrimeintos de la protagonista sin proporcionarle una somera descrición de las coordenadas elementales. Esto hace que la atención derive hacia lo irrelevante preguntándose sobre en dónde estamos. A poco que uno tenga memoria se percibe que los hechos más resaltados remiten al Líbano de hace ya muchos años, pero la vision de la palabra Palestina en un cristal despista innecesariamente tomando como información lo que quiere ser generalización.

En esas condiciones la artificiosidad admisible en una obra de teatro se hace irritante en una película. El medio cinematográfico exige mayor verosimilitud y ésta brilla por su ausencia en Incendies. No es verosimil la forma de forzar el desarrollo de la acción a través de un testamento totalmente ridículo con unas condiciones que cualqiera hubiera rechazado por imposibles de cumplir. No es creíble la forma en la que las pistas se van desenredando sin llegar nunca a una callejón sin salida. Y, como forma de exorcizar el odio, de un odio que los beneficiarios del testamento no sienten, apelando a la comprensión, resulta ser un esfuerzo baldío.

Me resultó especialmente repelente la quizá falsa pista de que la jóven que persigue el conocimiento se va a enfrentar a un ejercicio de matemática pura como, por ejemplo, el problema de los puentes de Könisberg que no hay por qué suponer que nadie conoce ni tiene características propias que lo hagan como un emblema de la situación de búsqueda en la que Jeanne se ve inmersa. Yo caí totalmente en la trampa y me perdí por un vericueto intransitable.

Y no quiero ni contarles lo que pienso sobre la alabanza desmedida del notariado concebido a la manera latina y que como tal es el epítome de la actitud burguesa hacia la vida. Tener que escuchar que es una pena que no existan protocolos notariales de la época de Noé me parece risible máxime cuando está dicho con toda seriedad.

Hay quien piensa que estamos ante una película comparable a Appocalipsis Now por eso del horror que recitaba Marlon Brando, que tenía su origen en Conrad y que filmó Coppola. De eso nada. No me enteré que lo que había ocurrido y de lo que, por cierto, nos enteramos como en un reality show televisivo. Y cuando ya me reconstruí la historia me pareción un horror de horror.