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San Anselmo

Mi madre, Anselma Elejalde Odriozola, era famosa en su pequeño círculo de amistades y familiar por una frase célebre de su infancia:”No me llamo Anselma, me llamo Paquita”. No recuerdo si esta anécdota aparecía en Souvenirs d`Enfance, pero la recuerdo como un aburrido recitativo propio de los cumplaños pelín etílicos que siempre celebraba.

Se llamaba Anselma por su madre lo que no es decir nada o solamente que hoy, día de San Anselmo, no era el día de su nacimento. Pero por qué la abuela Odriozola se llamaba así es un misterio. Quizá, pienso, porque ella sí nacería un 21 de abril, un día tal como hoy hace muchos, pero que muchos años.

Para cuando yo recuerdo todo esto, ella estaba orgullosa de su nombre y estaba dispuesta a cantar los méritos de San Anselmo, doctor de la iglesia y autor de unos argumento sobre la existencia de Dios que revelan un trueno propio del salitre del Cantábrico por donde , que yo sepa, nunca se había paseado este monje benedictino. Creo recordar que, en mis tiempos de estudiante de bachillerato, su argumento ontológico se resumía como credo quia absurdum o quizás verum quia absurdum.

Por cierto, esto me recuerda al acto poético según Celan/Derrida del que hablaba el otro día.

Prefería Ansela Elejalde, tal como subliminalmente revelaba su frase célebre, la pobreza y el amor de Francisco que el poder, aunque solo fuera intelectual (que no era el único) que poseía Anselmo de Canterbury.

Menos mal.

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