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Soñando Monstruos: comentarios finales

Supongo que no tengo razones de peso para entregarme a la confortable solución rortyana más allá de la edad y el terror a la locura y estoy seguro que las de Vicente encaminadas a la resistencia son de enjundia, pero…… todavía me queda relatarles cómo terminó mi estancia en el Don Pepe, una estancia en la que la lectura de Monstruos y la coexistencia de camareros de smoking y criaturas deformadas por la persecución viciosa de placeres ridículos me estaba ahogando.

Quizá ya hartos de esa morbilidad ambiental huimos al pueblo, a la plaza de los naranjos, y vimos a la gente comer con hambre y charlar de sus cosas no con pretensiones de salvación y sí de pasar un rato. Y estando allí vimos pasar al más monstruoso de todos los monstruos. De enorme altura, lucía un mostacho de camarero francés, una blanca pelambrera en forma de vela mayor y unas gafas de concha totalmente fuera de moda.

Era ese último elemento el que me hizo pensar en un economista que, además de saber que no hay nada fuera del texto y de vomitar de su boca a los falsos profetas, sabe que entre la posición actual y el límite siempre se puede avanzar un poco. De la misma forma que sabemos, y nos hemos ratificado en ello a partir de la crisis financiera, que hay un límite al desarrollo del capital pero podemos acercarnos a dicho límite tanto como queramos. Hay abismo, pero podemos asomarnos a él apoyándonos en la barandilla. Que ¿qué barandilla? Pues la de la fraternidad, claro.

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