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Gaviotas afónicas

El frío todo lo enmudece. Y, por alguna razón que desconozco, serena el mar sin que se puedan mover los pequeños «optimist» que están como atrapados en una solución de melaza a punto de solidificarse sin que el ojo perciba los pequeños ricillos de la superficie, heraldos del viento. Las gaviotas no se aventuran ni cien metros en el mar, se pasean conversando silenciosamente en grupitos como de viejas a la salida de misa. Solo muy de vez en cuando alguna se aventura en un vuelo de reconocimiento tímido y corto para ver si se percibe algún promisorio rizo de agua. Pero hoy no hay nada que hacer, el silencio se ha hecho hielo. Se frotan las alas entre ellas para anunciarse que se retiran a las cuevas artificiales de una costa hace ya un par de siglos civilizada. Ese anuncio suena como una sirena que avisa del cambio de turno en un astillero cercano que estuviera averiada y que, sin embargo, quisiera seguir cumpliendo su estúpida misión. «Qué suerte la mía»- pienso. Calentito dentro de mi abrigo, con la bufanda tapándome la boca y la boina protegiendo mis ideas, puedo darme cuenta que no soy gaviota. Quiero gritarlo, pero no me sale la voz