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The king´s speech

La víspera del día de Navidad, mi padre me llevaba al cine y dejabamos a las mujeres de la casa a cargo de la preparación de la cena. El viernes pasado me fui solo a ver El Discurso del Rey en las multisalas del puerto deportivo de Arriluce, esa «piedra larga» que ha sido testigo de muchas de mis heroicidades infantiles. Y esa película me ha recoradado precisamente a mi padre por la insobornable distancia en la que el terapeueta mantiene al Rey.

Pero lo que quería confesar es que yo soy como el rey de la película un zurdo reprimido que tartamudea. Ya conté lo de la represión y sus efectos pero olvidé confesar mi tartamudez. Queda confesada.

Las técnicas que me permitieron superarla no son del todo distintas de las mostradas en la película. Yo también tuve que hacer un discurso crucial. El de despedida del colegio, tal como correspondía a un príncipe que nunca contó con el apoyo explícito de su padre.

Es una preciosa película en la que se pueden ver muchas cosas más allá de la represión impulsada por la ambición materna. La que me importa es la amistad a pesar de todo aunque siempre desde la distancia de la independencia. Y. como siempre ese clasismo británico subrayado por la distancia de clase que marca el idioma (speech) más allá de cualquier discurso.