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ILUMINACIONES. XXVII: EL CAMINO

La gimnasia y la dieta me hacen ágil y lúcido. Y ambas cosas hacen de mi camino al trabajo una aventura fantástica y terrorífica.

Mi mendigo favorito, un hombre bajo y aseado de mi edad pero con todo el pelo y sin gafas, se afana como siempre en mantener su banco frente a la escuela de ingenieros en perfecto orden doméstico. Hoy escribe un poema sobre la suela de su sandalia de entretiempo. Me entran ganas de ofrecerle mi garaje para el otoño e invierno que se acercan. Me avergüenzo de mí mismo y sigo mi camino.

Una verdulería de productos exóticos junto a una cafetería que ofrece zumo de zanahoria bueno para mis ojos borgianos son la siguiente estación. Me recuerdan a aquella cantante italiana de nombre sonoro de la época de mi primer amor secreto: una Gina Lollobrigida cuya foto escondía entre las porquerías del cajón de mi mesilla de noche y que contemplaba excitado mientras oía a Alvaro de la Iglesia en un programa de humor sin gracia. ¿Fruta y verdura de Milva? ¿O era Mina?

Y poco más adelante el imperturbable kioskero que se extraña cada día de que gaste una fortuna en periódicos raros. Sospecha de mí, me da miedo y me apresuro avivando el paso hacia mi destino.

Llego a mi cueva y misteriosamente la impresora comienza a funcionar como si estuviera conectada a la corriente eléctrica a través del interrutor de la luz. Para colmo me parece que Bob Dylan lleva sonando toda la noche. Cierro la puerta y me largo.

Vuelvo a la primera estación. ¿Dónde escribiré la continuació a mi Basilea III?

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