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Iluminaciones. XXII:whiskey o gin

Si miran la portada de este blog, repararán en que el último artículo en prensa se titulaba Austeridad o Exuberancia, un contraste éste que me persigue bajo diferentes disfraces.

A la vuelta de unos días de desenfreno controlado en Escocia e Inglaterra (Londres) me encuentro con que seguimos sin saber si deberíamos continuar con una exuberancia en el gasto público que evite esa posible recaída que amenaza a los EE.UU.o si, como paraece ser la tónica en Europa, deberíamos comenzar ya a convertirnos a la austeridad franciscana tan querida a Trichet.

Pienso, todavía bajo la influencia de una retina repleta de imágenes inusuales de enormes escoceses vociferantes o de jóvenes ingleses enfermizamente delgados, que ese contraste es similar a la difícil decisión de prepararase para disfrutar de una buena cena con un whisky a palo seco o con un dry martini helado. Ambas cosas tienen sus ventajas, pero también difieren en sus esfectos colaterales, queridos o no.

Atizarse ese dedo, más o menos gordo, de scotch, así a palo seco, produce un calorcillo estomacal que rompe las barreras de la comunicación e incita a la confidencia. Esto anuda relaciones, abre corazones y acaba en una especie de abrazo universal con lágrimas calientes y un canto a la fraternidad eterna, especialmente si el chupito previo se liba en un ambiente victoriano con enormes bolsas de ácaros escondidas bajo los entelados o las moquetas.

Sin embargo, si ese aperitivo alcohólico ocurre en el bar de un restaurante moderno, lustroso y resplandeciente, diseñado por un arquitecto que entretiene su ocio forzado diseñando espacios menores y objetos poco usables y consiste en un cocktail como, por ejemplo, un dry martini, el efecto es totalmente distinto. Desde el primer sorbo surge la necesidad de ser más listo que tus compañeros de cena, de apabullarles con tu palabra punzante y de apelar a sus deseos más ocultos amenazando con la laceración del afilado cuchillo de seppuku.

Aquí, entre las grises paredes del bar a la última, no hay ácaros que, como los del viejo retaurante con camareros zombis, se comen los jerseys de lana; solo hay punzones y navajas que hieren y cortan carne sin casi hacer sangre gracias a la frialdad de la ginebra.

La austeridad victoriana te mata con un abrazo de oso que te hace olvidar la pobreza que te rodeará en cuanto salgas de esta especie de puerto seguro. La abundancia racionalista del diseño posmoderno te hace exigir a gritos una tortura fría y refinada con tacones de aguja marcando para siempre (o hasta mañana, qué más da) esa pobre carne que la dieta impuesta por las circunstancias ha convertido en una diana de dardos.

Pienso entre las brumas del tercer cocktail que prefiero, a efectos de curar mi ansiedad, la tortura intensa de la carne que la fraternidad irrespirable de la cercanía de los espíritus.