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No siempre los árboles mueren de pie

Casona fue un dramaturgo resultón en mi juventud. Lo suficientemente complaciente como para que le dejaran estrenar y lo suficientemente “progre” como para que mereciera la pena ponerlo en escena. Su obra Los Árboles mueren de pie tuvo gran éxito (aquí esta el texto completo). Tanto que hasta las señoritas de un colegio de monjas la representaron para festejar su despedida de curso con la que luego fue mi mujer en el papel de la abuela.

Aunque la moraleja no me parecía muy clara a la sazón, lo cierto es que en la época uno salía del teatro con ganas de mantener hasta el final, fuera este cual fuere, una actitud elegante y una postura orgullosa ante tantas tentaciones como había para doblegarse. Morir de pie, como los árboles era un buen estandarte para una rebeldía ingenua.

Pues bien, ayer paseé por el campo gracias a la invitación de unos amigos y me enteré de que las encinas a lo Patinir no estaban tan hermosas y enhiestas de manera del todo natural. Habían tenido una plaga de un cierto hongo que atacaba a las raíces y, por lo tanto, había sido necesario cuidarlas con mimo, una por una, para que no se derrumbaran.

Morir de pie es una bonita metáfora de la rebeldía o del martirio asumido con valentía y honor, pero cuando ya se pasa la edad cabe la duda de si los árboles no serán como las de mi amigo, que si no las cuidas pierden sus raíces envenenadas de vejez y buscan la transparencia evitando la simulación.

Mantener las raíces nos hace fuertes y no cualquier ventarrón puede tumbarnos o ni siquiera hacernos doblar flexiblemente el espinazo, pero el dulce paso del tiempo nos tienta a menudo a olvidar esas raíces y mirar para otro lado pavoneándonos de nuestra disponibilidad y nuestra agilidad para adaptarnos a los vientos dominantes.

Es ese pavoneo lo que me hace sentir mal. Quiero hacer como si mis raíces llegaran al centro de la tierra de donde chuparían su savia siempre renovada y como si nada pudiera envenenarlas. Pero, sin embargo, no es el huracán el peligroso sino ese veneno de la complacencia el que acaba tumbándonos.

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