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¡Es la edad, estúpido!

Hace muchos años, allí en la adolescencia, a veces sentía sobre mí la mirada de un cura y, ¡oh gloria! de alguna niña descarada. Más tarde los curas ya no se fijaban en mí, pero alguna mujer me paraba por la calle. Hoy ya solo se acercan a mí alguna adolescente despistada y algún inmigrante recién llegado a la ciudad, unas y otros para pregunatarme por alguna diracción. Qué cómo es eso, me preguntas. ¡La edad! te respondo. Se nota que soy inofensivo.

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