Un error

Las vacaciones se me están convirtiendo en una pesadilla. Ante la persecución a la que me somete Skoda, estoy preparando la vuelta a Euskadi en donde tengo contactos con mafias que podían enfrenetarse, por un precio módico, a estos espías que me acosan.

Pero no puedo minusvalorarales de modo que tego que llegar a Bilbao dando un rodeo. He mirado bien en internet y la idea es viajar en coche hasta Cherburgo, vender el vehículo allí- ya está apalabrado – tomar un barco que cruce el canal haciendo parada en alguna de las islas fiscalmente paradisíacas, desembarcar en Southampton y desde allí directo al muelle de Las Arenas

El plan es inteligente. No se me ha ocurrido a mí, sino a mi contacto mafioso; pero igual tengo que cambiarlo pues hoy he cometido un error grave. Para estar seguro de que llego, sin problemas que me delaten, hasta Cherburgo, he ido esta mañana al concesionario audi para que me revisen los neumáticos y, para mi disgusto, he tenido que dejar allí el coche para que me los cambien. He pedido un coche de sustitución y, ¡oh sorpresa!, me han ofrecido un Skoda. El error ha sido aceptarlo.

O quizá no ha sido un error. Estoy en mi escondite desmontando este pequeño vehículo en la creencia de que si miro bien encontraré alguna pista que me indique el interés que esta marca o sus dueños antiguos o presentes pedan tener por mi pesona como heredero de la fortuna familiar, una fortuna que un día, antes de la invasión de los sudetes por parte de la Alemania de Hitler, incluyó brevemente un vehículo skoda que fue requisado por las fuerzas nacionales a cambio de un reconocimiento de deuda ridículo.

Vanish

Hace una hora que me han comunicdo que se ha muerto un amigo con el que comí hace 10 días. De repente todo me parece trivial incluyendo mis miedos o mis intentos de hacer novela negra como si fuera un reportaje. De ahí que leer el post de David sea mucho más que una curiosisda con ribetes filosóficos. Es un enorme alivio, como desvanecerse en la niebla.

Maniobras marineras e innovación financiera

Con independencia de que el artículo que publiqué en Expansión el martes pasado aparecerá en la sección de este blog dedicada a colaboraciones en prensa para su fácil uso futuro, esta vez deseo que también aparezca como un post normal. Así que aquí va una especie de canto a la innovación financiera entendida como apuesta, un canto que igual parece una herejía.

MANIOBRAS MARINERAS E INNOVACIÓN FINANCIERA

El fin de curso fue estimulante. No solo tuve la ocasión de explayarme a gusto en El Escorial sobre la privatización de las cajas de ahorros, sino que, además, pocos días antes disfrutaba de la maravillosa vista de La Concha donostiarra aprovechando uno de los pocos descansos que nos permitieron los organizadores de otra escuela de verano esta vez sobre intrincados vericuetos intelectuales que poco tenían que ver con la crisis financiera y real excepto que su temática- la aparente ruptura de la racionalidad funcional en la observación experimental de las decisiones individuales- parece rendir tributo a la realidad observada que retaría así, con su mera presencia, la construcción intelectual propia de los economistas. Esta vista de la Concha me transportó a un muy lejano verano en el que, gracias un amigo, traté de aprender el gobierno de un velero aunque me temo que no pasé más allá de manejar el foque con soltura y de utilizar mi propio cuerpo como parte de la embarcación, esa parte que está diseñada para equilibrarlo en bordadas complicadas. Sigue leyendo

Desequilibrio

En este refugio improvisado hay poco que hacer más allá de procurar no ser encontrado y reconocido. Así que leo lo poco que me pueden hacer llegar. He leído la novela de Susana Fortes Esperando a Robert Capa. Nada que ver con lo que uno puede imagnar a través de la Wikipedia. Según ésta, Capa puede entenderse sin Gerda Taro pero ésta no sin aquel. Según la Fortes, Gerda es fundamental en la vida de Capa aunque ella hubiera podido haber superado el intenso enamoramiento juvenil y heroico. Estamos acostumbados al punto de vista masculino; pero no me acostumbro a la relatividad de la verdad ni en cuanto a la famosa foto del miliciano, real o impostada, ni en cuanto a quién sostiene a quién. Si puedo un día abandonar este agujero sin peligro iré a MNAC a ver la exposición sobre estos dos testigos de la realidad. Realidad y verdad, dos palabras que dicen están relacionadas.

Materiales para una tercera homilía

Hace dos años escribí unas anotaciones bárbaras (la primera homilía) sobre la crisis justo en el momento del petardazo inmobiliario en los EE. UU. de América. Lo hice con un cierto distanciamiento producto de mi falta de previsión de los efectos de las interconexiones bancarias y me preguntaba no solo sobre política económica, sino también sobre la estrategia a seguir como inversor en Bolsa.

Seguí escribiendo sobre la crisis en este blog y el verano pasado escribí una segunda homilía sobre aquella primera homilía. Luego Lehman nos puso a todos muy nerviosos y el invesor en mí sufrió las penas el infierno observando cómo se desvalorizaba mi cartera día a día lo que me llevó a alabar el plan Paulson aparte de detalles. Luego llegó el Plan Geithner y a partir de marzo la cosa mejoró para mí aunque no necesaramente para los parados.

En esas codiciones escribí una cosita un poco más académica de la que no pienso destacar sus encantos y no precisamente porque no los tuviera.

Ya entonces me planteé escribir una crónica de la crisis pues bastaba con leer mi blog para poder ir desgranando las avatares de esta crisis en algunos aspectos novedosa. Lo hubiera escrito si hubiera tenido un ayudante y habría salido antes que toda esat literaura que ya empieza a emerger empujada por las casas editoriales. Me consolé con el continuo incremento de las Bolsas, especialmente la española, y seguí escribiendo ya con menos intensidad dado que las medidas de la FED e incluso del BCE, tan poco dado a alegrías él, me tranquilizaban.

Y empezaron los brotes verdes y la preocupación por el deficit y la futura inflación. Y empezó la prensa especializada a desbarrar mientras se despiertan los economistas y comienzan a reflexionar sobre qué deben hacer para volver a estar sobre los acontecimientos y no ser aplastados por ellos.

O sea que ahora me tocaría tratar de escribir una nueva homilía, la tercera, allí por la virgen de agosto. Trataré de acumular materiales que sirvan para devolverme el optimismo pero no sé como va a ser posible desde mi retiro forzado y desde la necesidad de no dejarme ver. Como les contaba ayer estoy escondido y, aunque no en un zulo, tengo que tener mucho cuidado pues sigo siendo perseguido.

Ayer, con gafas de sol y compleamente descamisado, intenté hacerme con la prensa para ir acumulando materiales, esos que nunca aparecen en las versiones digitales, y me encontré con el ginecólogo que hizo posible el nacimineto de Itziar hace 23 años y con quienes parecían parte de su familia, mujer, hijo y nuera. No me reconocieron, pero me asustó reconocer que el hijo conducía un four -wheel- drive de marca Skoda.

¿Qué pecado cometió mi padre contra los intereses nazis en el 37 que ahora me persiguen? ¿ Qué tendría que ver con esa marca hoy alemana? No sé cuando me atreveré a salir de este refugio, pero no va ser fácil integrar mi pensamiento para, a la vez, atender a los intereses de mis «jefes» para los que «negreo», mis intereses sprofesionales como economista, mis esperanzas y desvelos como inversor y mi integridad física por la que empiezo a temer.

Me han encontrado

No estoy loco. Me limito a los hechos. Tal como conté ayer, en el viaje de vuelta de Mahón a Barcelona me desapareció la maleta que me habían obligado a facturar a pesar de que a la ida me habían permitido viajar con ella como equipaje de mano.

Al llegar al aeropuerto de Mahón para volver a mi refugio de verano me dí cuenta que una anciana en silla de ruedas parecía llevar consigo una maleta igual que la mía excepto que la suya exhibía una identificación de Iberia y cerraba su cremallera con un candado dorado. Curiosa coincidencia la de dos maletas idénticas en un mismo vuelo.

La inquietud comienza insinuarse cuando, aterrizado el avión en Barcelona y al acudir a la cinta transportadora correspondiente a mi vuelo, veo, tras una espera no demasiado larga, cómo los pocos pasajeros que no viajaban solo con equipaje de mano, van retirando sus bultos hasta que solo quedo yo y la maleta de la anciana dando vueltas sin sentido sobre la cinta transportadora. Pensé quedarme con esta maleta gemela de la mía como prenda; pero un empleado se acercó y ante su pregunta inquisidora le expliqué la situación. Tomó la maleta de la anciana y me acompañó a la sección de equipajes perdidos de la T1.

No solo dí parte de la pérdida, sino que rellené una queja contra la compañía aérea por un trato poco entendible y discriminatorio en realción a otros pasajeros que embutían su presunto y enrme equipaje de mano debajo de su asiento delantero con un entusiasmo rayano en la obsesión criminal.

Me llamarían en cuanto supieran algo y si encontraban la maleta la cambiarían por la de la anciana y me llevarían la mía hasta este lugar recóndito de Girona. Bien ¿qué puede decir uno a una señorita correcta con un acaento raro? Paso la tarde realmente enfadado y preocupado. Enfafado por haberme dejado forzar por la azafata de tierra en Mahón; preocupado porque en esa maleta hay papeles que comprometen a personajes de la vida política nacional para los que hago de negro, que les escribo sus informes y discursos vaya.

Llamo al teléfono que me han dado y ya entro en contacto directo con la compañía aérea que insiste en que todo se va a arreglar. El acento de la voz jóven que me contesta parece el de un hombre jóven centroeuropeo. No puedo hacer nada de provecho y deambulo pensativo. Cuando estoy a punto de llamar al jóven centroeuropeo me llama él para decirme que otro viajero ( ¿la anciana?) se disculpa por el error, que alguien (¿quien?) está yendo hacia al aeropuerto para efectuar el canje de maletas y que me llegaría a mi casa al día siguiente por la mañana.

Pero transcurre la mañana y yo, con un short arrugado,con barba de un par de días y con los dientes sucios, me desmoralizo pensando que, a diferencia de la maleta de la anciana, la mía está perfectamente abierta. Nada ocurre hasta la hora de comer y caigo en una especie de sopor mórbido debido, con toda seguridad, a que no he pegado ojo en toda la noche pensando que puedo rehacer mis encargos como negro pero quizá no a tiempo y que mis patrones no se andan con bromas pues no son broma los informes que tienen que presentar mañana.

Me despierta el móvil como a las cinco de la tarde, doy un respingo y me habla una voz distinta de todas las otras que me han rodeado desde ayer para preguntarme cómo llegar a esta casa mía que no se ve desde ningún ángulo de la carretera. No es alguien español o catalán. Me habla en español, pero a penas le entiendo aunque al final le veo un coche llegar a la puerta de entrada a mi jardín.

Dejo el móvil sobre el sillón de la siesta y bajo a abrirle la cancela. Firmo un recibo y tomo mi maleta que me parece extrañamente ligera. Trato de decirle algo al transportista; pero ya dobla esa esquina que yo creía hacía de esta casa una fortaleza inexpugnable. Es solo entonces, en ese instate fugaz, que me doy cuenta de que no se trata de una furgoneta de reparto, sino de un Skoda Octavia. Abro la cremallera y me parece evidente que faltan algunos libros y casi todos los papeles.

Hoy he ido a la agencia inmobiliaria, he puesto en venta la casa, he rescrito los informes y ahora escribo esto desde un escondite que no puedo revelar. No sé lo que voy a hacer pero me parece más que obvio que estoy a punto de pagar una deuda de mi padre contraída hace unos setenta años.