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Gestos seductores

¿Qué sustituirá, como gesto seductor, al pitillo, las virutas de humo que emite y quedan colgando en el aire como una invitación abierta o el gesto de solicitar fuego? Sugiero que el eterno y sabio plegado y desplegado, revuelo y cambio de función de un pañuelo de cabeza. No el de las niñas bien de mi juventud que después de usarlo como mantilla lo anudaban al asa de un bolso de marca. No, me refiero el que nos muestra la protagonista de Los Limoneros, una palestina de mediana edad, bella como un demonio saciado y terca como una reina. Sospecho que sin ese juego del pañuelo no hubiéramos podido asistir atónitos al beso más carnal que yo haya visto nunca en la pantalla.

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