¿Lucha de clases?

Les contaré una cosa curiosa. Como, en principio, escribo los primeros martes de mes en Expansión, he estado a punto de enviarles esta mañana un artículo sobre la lucha de clases. En el último minuto me he dado cuena que ya había escrito un post bastante largo al respecto y he tenido que tirar de otro tema para quedar bien.

Sin embargo el artículo preparado para Expansión me gustaba, especialmente en sus adornos. Así que he decidido colgarlo como un post y confesar mi estulticia o los primeros mordiscos de la demencia senil.

Ahí lo tienen.

LUCHA DE CLASES

El único pecado grave que he confesado en mi santa vida es el haber asistido a una película clasificada moralmente como del 3 en el contexto de un programa doble del cine Filarmónica de Bilbao, en lugar de haber salido de dicha sala después de haber sufrido la película del 2. Nunca podré olvidarme de ella, de la del 3 quiero decir. Se trataba de Un conflicto en cada esquina, una comedia romántica y un poco amarga, en la que Robert Mitchum pronunciaba una frase memorable: “¿cómo voy a saber lo que pienso antes de oír lo que digo?” Sirva esa rememoración como introducción a mi deseo de “leer lo que escribo y así saber lo que pienso” justamente sobre los conflictos que pueden surgir en cada esquina en los tiempos que corren, conflictos nada románticos por cierto y bastante amargos.

Los conflictos empezaron hace tiempo. Recordemos los desórdenes griegos aparentemente alimentados por un conflicto estudiantil pero en el caldo de cultivo de una situación económica nada esperanzadora para ese miembro del “selecto” grupo de los PIGS. Los últimos han sido los de los trabajadores ingleses de una refinería parando para pedir que ese empleo escaso fuera prioritariamente para británicos y no para “trabajadores invitados” como les llamarían en Alemania. Aquí continúan las manifestaciones de protesta (que comenzaron hace meses) por los ERE´s de Delphi y Nissan y la rescisión de contratos en general. Como el diálogo social no acaba de despegar, debido aparentemente a que los sindicatos no están dispuestos a admitir en el orden del día el abaratamiento del despido, el ambiente huele a calma relativa antes de una tormenta que puede ser gorda.

En este contexto, podríamos preguntamos ahora, de la misma forma que yo hacía en mi blog (https://juan.lasindias.com) el 27 de enero, si no estaremos cerca de una renovada “lucha de clases”, un término aparentemente rancio pero que refleja muy bien una tensión latente en el mundo económico general y en el productivo en particular. No hace falta ser marxista para “creer” en la lucha de clases como no hace falta ser creyente para creer en la comunión de los santos. Son dos fenómenos que se palpan y, por lo tanto, si no nos andamos con tapujos quizá aprendamos algo constructivo.

Comencemos con un ejemplo revelador de la situación. Recientemente los periódicos diarios y todos los medios dieron relieve a la noticia de que en un mismo día la economía global perdió 70.000 puestos de trabajo, tanto en sectores industriales y de servicios como en el financiero, y la Bolsa reaccionó al alza. ¿Cómo es esto posible? Parecería que la Bolsa debería oler el azufre de esas noticias y reaccionar vendiendo los valores correspondientes a esos sectores o a esas compañías en particular forzando la bajada de su cotización. Los expertos en Bolsa tienen explicaciones ad-hoc para esta aparente anomalía. El índice general de las distintas Bolsas subió porque los bancos tiraron de él. Y los bancos subieron porque o bien ya habían bajado mucho o bien porque sus prestatarios ahora, después de los despidos, sería más solventes como deudores. Pero es justamente esta última explicación de los entendidos en Bolsa la que conduce a pensar en la lucha de clases. Veamos.

Cuanto peor le vaya la clase trabajadora, que no es dueña del capital, mejor le irá la clase capitalista dueña del capital. Ya sé que tras años de capitalismo popular y especialmente después de las últimas innovaciones financieras esa simplificación entre clases no es fácilmente aceptable, pero me vale para comunicar lo que quiero, algo más tecnológico y general que las explicaciones de los bolsistas. Lo que está pasando es que, en este momento, la participación (en la producción) del capital estaría reduciéndose a favor de la participación del trabajo en esa producción, un hecho notable pero que, sin embargo, no constituye una explicación admisible de los conflictos observados debido a que parecería que la constancia de esas participaciones es un hecho estilizado aceptado generalmente. Sin embargo, esa constancia no es necesariamente cierta. Puede ocurrir, en efecto, que estadísticamente sea correcta porque se toman los datos no muy a menudo de acuerdo con la naturaleza de largo plazo de los análisis que se quieren efectuar pero, en mi opinión, la aparente regularidad es compatible con oscilaciones significativas durante plazos más cortos. La cuestión, en consecuencia, es si en nuestros modelos-guía deberíamos utilizar una función de producción que refleja esa presunta constancia, o deberíamos dejar que esas participaciones variaran con otros factores como pueden ser el gasto público que incide de manera distinta en una y otra clase y/o el sistema fiscal que grava de manera distinta unas rentas y otras. Para lo que yo quiero discutir es mejor la segunda opción.

Volvamos pues la atención hacia una función de producción con rendimientos constantes a escala que nos indica lo que se produce a partir de cantidades dadas de la relación capital/trabajo. Lo que notamos inmediatamente es que a medida que disminuimos el capital y aumentamos el trabajo, relativamente hablando, la llamada “relación marginal de sustitución” disminuye, es decir que para producir lo mismo se necesita cada vez mayores dosis de trabajo para compensar una caída del capital de tamaño dado.

Si en una economía como la española íbamos cada vez más hacia actividades intensivas en trabajo como el turismo y la construcción, la relación capital-trabajo disminuye de manera que lo que debemos esperar es que la relación marginal de sustitución disminuya de la manera explicada. O, lo que es lo mismo, necesitamos que la productividad marginal del capital aumente relativamente a la productividad marginal del trabajo de forma que el precio de los servicios del capital suba en relación al precio de los servicios del trabajo. Equivalentemente podemos decir que, lo que se necesita para ocupar a la nueva población activa es que la participación del trabajo disminuya y la del capital aumente. En terminología castiza de incentivos podríamos traducir estos hechos tecnológicos como la necesidad de “comprar” al capital para que dé trabajo a la nueva población activa concediéndole una mayor parte del pastel producido entre una clase y otra.

Ahora bien, si los precios de los servicios del capital y de los servicios del trabajo no se ajustan correspondientemente de forma que el salario nominal sigue subiendo en mayor proporción que la subida de los precios de los bienes, se genera desempleo. O, dicho de la manera que yo quiero decirlo, si insistimos en mejorar la participación del capital para que no haga “huelga” y los salarios nominales no flexionan, no hay más remedio que prescindir de trabajadores (sin entrar ahora en el coste de los correspondientes despidos). Es decir, de manera no precisa, se mantendrán los dividendos y se disminuirá el empleo al no poder bajar los salarios nominales. Esta explicación, aunque no muy precisa, responde a lo que nos preguntábamos sobre cómo podía entenderse que el mismo día que se desplomaba el empleo la Bolsa se recuperara.

En conclusión, es de esperar que surjan tensiones que parecerían propias de la lucha de clases. Los sindicatos, que han estado casi mudos, tendrán que reinventarse a si mismos. Y eso pasa hoy por explorar nuevas formas de agruparse para trabajar como empresarios. Veremos cómo evolucionan los acontecimientos.

Botin y Vanity Fair

Como sigo de flaneur una hora al día, descubro sin parar joyas enterradas.

La última está, como la carta de Poe, a la vista de todos. En la portada de Vanity Fair que luce en un expositor publicitario, a la altura de Michel Jackson y compartiendo espacio con las chicas de Antonio Banderas, aparecen unas declaraciones de Emilio Botin en las que declara que después de Madoff sigue durmiendo muy bien.

Me alegro por él, que el insomnio es muy malo; pero unas daclaraciones así, viniendo del Presidente de uno de los mayores y más importantes bancos del mundo, me parecen desafortunadas. Máxime en estos días en los que, por fin, las autoridades parecen haberse depertado y comenzado a empuñar la fregona para limpiar el sector finaciero.

Al poco tiempo de haberme fijado en esas declaraciones escucho y observo al Gobernador del Banco de España diciendo ante la Comisión de Economía del Congreso que el sector financiero se tendrá que consolidar.

Todo ello después de que hoy hayamos visto en los periódicos matutinos qué instituciones han acudido a las substas de fondos y cuales se han abstenido en un intento de señalarse. Entre estas últimas los dos grandes bancos.

Pero las señales han de ser creíbles y entre la cautela del Presidente del BBVA, que ha pagado el dividendo complenetario de los entregados a cuenta del ejercicio del 2008 en acciones y la prepotencia del colega del Santander que ha anunciado su subida para el siguiente ejercicio, parece haber como un abismo entre placas tectónicas.

Si yo me pregunto porqué Botin actúa así es que comienzo a darme cuenta de que ya no estoy en un mundo de riesgo, sino en uno de simple incertidumbre y que no sé por dónde viene el aire. Malo, aun cuando fuera una apuesta calculada de este gran banquero.

Aforismo de John Berger

Como de rebote de un dos paredes en el frontón de mi g-mail, me llega este aforismo inspirado: «El verdadero viaje es siempre un “no sé” y luego algo sucede, quizá lo que no esperas» . Su autor es John Berger y me acoraza cotra todos los que tienen un congelador repleto de respuestas triviales o de imágenes prefabricadas, meros obstáculos para descubrir alguna novedad posiblemente falsa o borrosa, pero casi con toda seguridad fructífera.

El paciente espectador

Sí, Kate Winslet, miembro eximio de esa generación de mujeres acogedoras que contrastan con las esfinges de las pasarelas, pero no llegan a tener la inocencia pecadora de Marilyn, ha ganado el Oscar a la mejor actriz por su papel de Hanna en esta película, Der Vorleser (El lector) y seguramente con toda justicia. Sin embargo la película es confusa y llena de fallos, de montaje y de guión.

La confusión proviene del exceso de temas tratados. El holocausto al fondo con la inevitable referencia a la banalidad del mal. Naturalamente Sherezade está ahi también en la figura del pobre Michael que tiene que trabajarse su iniciación sexual a través de la palabra ajena. Y, sobre todo, la tensión sicológica entre la vergüenza y la culpa. Solo con estos tres asuntos en el centro de la trama El lector se convierte en algo muy fuerte.

A mí me interesó por encima de los demás el último de los temas mencionados. Hanna prefiere ser castigada- o quizá quiere ser castigada que-antes que- desvelar un analfabetismo que le avergüenza. Entre culpa y vergüenza deben de haber unas realaciones secretas que no se me alcanzan en toda su extensión, pero que presiento como peligrosas y distorsionadoras. Una lástima que la película no sea más explícita al respecto.

Pero alrededor de este nudo giran unos subtemas que son más sutiles. El amor de él es, me parece, bastante poético justamente porque triunfa frente a la justicia: el respeto antes que la verdad. Y no solo por eso, sino por su manerera impecable de enseñarle a leer o, mejor dicho, de hacer que ella aprenda: el alejamiento antes que la siceridad hiriente.

Pero es el amor de ella lo que emociona y hace pensar en lo que nunca sabremos:el origen de esa mujer. Desaparece para que su jóven amante florezca y no sea aplastado por su amor y vuelve a desapareer para no ser una carga para él. Y, yo dir,a. que se larga feliz sobre sus libros a ls que, al final, imaginamos tuvo que dar una patada.

Y, sin embargo, la película es irritante. Es difcilemte creible la carencia de Hanna; es incompatible, me parece a mí, con su soltura ciclista y no es razonable que tarde tanto en enseñarse a leer. Y no se puede jugar con el espectador con dos ascensos posiblemente rechazados por ella en dos momentos de tiempo distintos. Fallos de guión pues..y de montaje.

Y arbitrariedades sin fin. Sobran las escenas del Michael ya padre con su hija habida de un personaje, Gertrud, que también sobra. Sobra su familia con un padre lejano. Son detalles quizá interesantes en la biografía de este chico que, sin embargo, no interesan al espectador y distraen su atención. Y falta un poco más de profundidad en el aspecto jurídico del juicio presentado como una mascarada de carnaval con la masa buscando otra vez un chivo expiatorio. Fallos de guión

Hay que ser un espectador muy paciente para tragar dos horas de esta movimiento browniano sin direción ni objetivo definido. y habría que exigir la devolución del importe de la entrada de un cine de los de versión original que te endilga dos horas del tema alemán por excelencia…en inglés.

Rigideces, benditas rigideces

En el FT de hoy Paul de Grauwe publica un artículo de los que llaman la atención pues es una muestra del pensamiento a contrapelo. Afirma que las rigideces en el mercado de trabajo son una bendición cuando la economía se encuentra en un proceso de deflación intentando quitarse de encima la deuda. Si el salario fuera flexible la demanda agregada sería todavía menor agudizando el proceso deflacionario. También se refiere a la conveniencia de mantener un seguro de desempleo alto. En este punto me permito añadir que, por afán de llevar la contaria, hace años que se me ocurrió un argumento para justificar esa «generosidad» cuando el problema es uno de aceptación de vacantes. Aunque parece muy optimista pensar hoy en la existencia simultánea de vacantes y de desmpleados, lo cieroto es que eso sigue siendo el caso, de forma que mi viejo argumento sigue siendo válido a pesar de todo.

Estamos solos

Mis coronarias y mi hipertensión me han converetido en flaneur a lo Walter Benjamin al menos durante una hora al día. Así que me fijo más que antes en las cosas extraorinarias que acontecen en la rua como decía el TBO de mi niñez.

Me ataca por sorpresa un cartel anunciando que somos más detres millones y aun así estamos solos y mi imaginación se desvía hacia la crisis y el desempleo que produce.

Mi cerebro se acelera y comienso a pensar que los sindicatos han entrado en la era del talento acompañados por personajes célebres (como Juan Imedio y el «niño» Torres) y que así sí podremos hacer un pacto social.

Continúo volando con mi imagiación y descubro el examen que les pondría a mis alumnos, en caso de que los tuviera, sobre la crisis y sus remedios. Recuerdo lo que contaba Frank Hahn, hace muchos años, en la high table de Churchill College de Cambridge refiréndose al examen que había puesto a sus alumnos de Siena. Traspuesto a nuestra situación les preguntaría qué remedios sugieren y, sobre todo, en qué orden los aplicarían, cosa sobre la que ya escribí.

En efecto, los alumnos deberían haber aprendido que el rodeo de la producción no es solo una pieza de la teoría del capital del austríaco Böhm Bawerk, sino también, y quizá sobere todo, un consejo para el bien pensar. Ir directamente a la solución o alivio del problema más llamativo no es necesariamnete la mejor ruta para recobrar la senda del crecimiento.

Y esta rememoración-reflexión me lleva al artículo que preparo sobre la crisis y sobre la necesidad de retomarlo para insistir en que lo primero es recuperar la confianza en el sector financiero, la confianza que los demás tienen en él y la confianza que unas instituciones tienen en las otras. Y recuerdo que de esto ya hablé hace un año en una especie de homenaje particular a Toni Calvó.

¡Ah! Por cierto el anuncio no tiene nada que ver con los más de tres millones de parados. Los que están solos son los más de tres millones de personas aquejadas de alguna enfermedad rara con tan poca incidencia entre la población que a los laboratorios de farmacia no le compensa investigar sobre los medicamentos adecuados para cada una de ellas. El ser distinto te aisla y te deja inerme a no ser que te organices como un grupo de presión.

¿Es esto tan distinto de la lucha de clases?

Me explico

El único pecado grave que he confesado en mi santa vida es el haber asistido a una película clasificada moralmente como del 3 en el contexto de un programa doble del cine Filarmónica en la calle Diputación de Bilbao, en lugar de haber salido de dicha sala después de haber sufrido la película del 2.

Nunca podré olvidarme de ella, de la del 3 quiero decir. Se trataba de Un conflicto en cada esquina (Two for the Seeshow, de Robert Wise United artits Production, 1962) y “trabajaba” en ella Robert Mitchum un actor que daba miedo en general, pero que en esa comedia le decía a la Mclaine aquella frase de “¿cómo voy a saber lo que pienso antes de oír lo que digo?”

Esa frase abría el libro de Grafe y Urrutia sobre Metaeconomía editado en Bilbao, 1982, por Desclés de Brouwer en un intento, a la postre fallido, de iniciar una buena Biblioteca de Economía.

Sirva esa rememoración de viejo para que se entienda por qué escribo. Quiero “leer lo que escribo y así saber lo que pienso”.

La década perdida de Japón

En el Financial Times de ayer, que compré en papel aprovechando que lo tienen en el kiosko que me coje de paso en mi camno a una estafeta de correos para votar a distancia en las elecciones vascas, me encontré con una sorpresa agradable dentro de los malos tiempos reinantes.

Los miércoles es siempre un placer leer en una misma página a John Kay y a Martin Wolf. Y ayer este último dedicaba su columna a las lecciones a extraer de la crisis deflacionaria japonesa dirigiéndonos a la lectura de The Holy Grail of Macroeconomics de Richard Koo.

Pero esa no es la sorpresa para mi. Ni siquera era raro que el artículo de Wolf comenzara diciendo que tendríamos que aprender de Japon lo relativamente bien que llevó su década perdida producida por una deflación generada por un deso de despalancamiento que sabemos irrefrenable cuando la explosión de la burbuja inmobiliaria te pilla muy endeudado seas empresa o economía doméstica. Lo que sí me llamó la atención fue que en el primer párrafo dijera que preguntarnos si la crisis japonesa tenía algo que enseñarnos era «una pregunta que habría parecido absurda solo hace un año».

Pues bien, ayer me dolía una muela y salté. En marzo del 2008, hace un año yo escribía un atículo en Expansión que tocaba precisamente ese tema. Pero no es mi narcisismo el que más sufrió. Lo que me pone un poco enfermo, especialmene si me duele una muela, es el «encasquillamiento» (lock-in) del quehacer teórico. Esa columna mía a la que acabo de referirme recordaba la noción de «corredor neoclásico» y volvía su atención a su autor Axel Leijonhuvud, un heteroxo despierto como nadie entre los grandes.

Me alegra por lo tanto haberle vuelto a leer con su lucidez habitual en VoxEu. De ese artículo extraigo el siguiente párrafo que deberíamos tener en cuanta al menos tanto como la columna de Wolf:

Fiscal stimulus will not have much effect as long as the financial system is deleveraging. Even if that problem were to be more or less solved, the government deficit would have to offset both the decline in industry investment and the rise in household saving – a gap that is rising as the recession deepens. Here, too, the public is sceptical and prone to conclude that a program that only slows or stops the decline but fails to “jump start” the economy must have been a waste of tax payers’ money. The most effective composition of such a program is also a problem.

Termino llamando la atención no solo sobre la prioridad de limpiar el sector financiero sin contemplaciones, una tarea esta que debiera ser fácil en España en donde ese sector no debe estar tan sucio, sino también sobre la necesidad ulterior de calibrar bien el tiro fiscal para que sea suficiente para ese «jump start», un salto que volvería a meternos en un «corredor neoclásico»

Pesimismo risueño

Desde ayer se puede leer desde esta página un trabajo en elaboración que aparece como Work in Progress y que se titula Una visión (semi)heterodoxa de la crisis. Un simulacro de formalización parcial. Se trata de mi aportación,que todavía debe ser pulida, a un número especial de Cuadernos de Economía sobre la crisis. No es el único esfuerzo colectivo de economistas españoles; pero aun así creo que tiene su mérito y, en cualquier caso, es en el que yo espero poder dar a conocer mis ideas heterodoxas envueltas en un ropaje ortodoxo si se aceptan. Es mi multipolaridad. Y a nadie puede extrañar por lo tanto que pase del optimismo mortecino de hace unos pocos meses al pesimismo risueño que impregna las páginas de este artículo nuevo.