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La mañana de Navidad

Hace frío y el tiempo es deprimente. Me quedo en la cama leyendo a Zizek sobre Violencia agradeciendo que alguien me escandalice. Mi cabeza reposa sobre una doble almohada lo que me permite ver el árbol desnudo, que es como un tubérculo al revés e introduce sus ramas hasta mi ventana y, detrás, una línea de mar grisáceo que bordea el contamuelle de Arriluce. Más acá de la ventana hay una cómoda sobre la que reposa un marco con una foto de mi hijo Rafael sosteniendo en brazos a su hermana Itziar recién nacida.