Dice Kueli

Así termina el comentario de Kueli al comentario casual del otro día: dice Kueli. Lo que quiere es disentir con buenas razones de lo que él atribuye a Michele y a mí. Pues bien, Michele es inocente, así que evitaré su nombre en las citas que siguen que además serán retocadas cuando lo exija la comprensión de las ideas.

Primero las divagaciones.

Reconozco el hechizo de las cadenas de apostantes innumerables, cerradas o no. Me permito apuntar en el margen que desgraciadamente somos demasiado pocos para que sean infinitas. Admito que muchas veces la tentación de dar rienda suelta al aprendiz de Borges que muchos llevamos dentro es difícil de resistir. Y aprecio la belleza de la imagen: todos reunidos en la plaza de la aldea global, con la txapela calada para ahuyentar el frío, apostando a qué trainera se va hacer con la bandera. Pasando un buen rato pero sin crear riqueza. Y para colmo de males las más de las veces terminan por ganar los maketos de Astillero.

Tres apostillas al respecto:1. Pasar un buen rato ya es crear riqueza, pero creo que no estamos hablando de eso. 2.Muy maketos no serán los de Astillero si ganan la regata. 3. Mejor aprendiz de Borges que autor de Cien Años de Soledad

Pero continuemos con lo nuestro.

Disiento porque vuestra (se refiere a la mía) lógica es propia de un análisis de equilibrio parcial. Y me explico. Olvidemos la cadena de apuestas que no aporta nada. Supongamos que mi amor me convence para que nos compremos un piso. Voy al banco y pido un crédito. El banco decide que soy una apuesta razonablemente segura y me lo concede. Dice Juan, que no se ha creado riqueza. Si devuelvo mi crédito gana el banco y supongo que, como es una apuesta, pierdo yo. Usando la misma lógica, si no lo devuelvo, supongo que perderá el banco y ganaré yo. Pues ni lo uno ni lo otro. Por dos razones. Primero si devuelvo el crédito, tanto el banco como yo salimos ganando. El banco porque hace su negocio. Y yo porque el crédito ha aumentado mis oportunidades y me ha permitido disfrutar con mi amor de una casa en propiedad.

Aquí empieza la discusión. La hipoteca de la que nos habla Kueli, siempre tan romántico, es un contrato de crédito que se firma porque ambas partes piensan que hay condiciones verificables en las cuales ambos ganan, lo que ocurre con muchos otros contratos sin tener que distinguir entre análisis de equilibrio parcial o general. Estos contratos de créditos forman parte del inside money pero este inside money se compone también del empaquetamiento de este crédito hipotecario y su distribución mediante contratos que asignan mejor el riesgo haciéndoselo correr a mucha gente en pequeñas cantidades: un posible aumento de riqueza en algún sentido, pero no en el habitual. Aunque discutible, yo diría que este derivado así como el aseguramiento de cualquier riesgo no son evidentemente parte de la riqueza en este análisis de equilibrio parcial si consideramos cadenas cerradas.

Así que yo me atrevería a decir que lo de las cadenas de apuestas sí es relevante. De acuerdo con este equilibrio parcial y tal como decía en las divagaciones previas sí que se crea riqueza si consideramos no las apuestas sino los contratos que si son apuestas lo son en un sentido distinto del que tiene un contrato de compraventa de un ordenador, digmos. Los sellos de Afinsa también se revalorizaban y si hemos de creer a los inspectores de hacieda esta firma destruyó riqueza.

Pero lo importante viene ahora en cuanto entra lo del equilibrio general.

Y segundo, y aquí aparece el equilibrio parcial en tus análisis, porque la hipoteca trastoca mis márgenes y cambia mis incentivos para crear riqueza. Si yo fuera una persona de bien y tuviera una hipoteca, probablemente habría dedicado este rato a realizar alguna actividad remunerada. Por ejemplo a preparar mis clases, que según mi empresa deben ser obras maestras. Todas y cada una de ellas. Y eso sí qué es riqueza.

Esto está bien visto. Pero naturalmente diré que todos ls engañados por Madoff también cambiaron su estructura de incentivos y pasaron de trabajar a pintar obras maestras.

Esto es lo que acaba reconociendo Kueli:

Pues con tus cadenas de apuestas al fin y al cabo pasa lo mismo. Cada eslabón aumenta las oportunidades. Cada eslabón trastoca los márgenes. Y cada eslabón crea riqueza. Por eso debemos volver a ellas cuanto antes,

La tarmpa está aquí. Es cierto que cada eslabón trastoca los márgenes; pero no se sigue que esto crea riqueza. Yo por ejemplo desde que Madoff me ha pillado tengo que mantener mi reputación de tipo rico amigo de Bernie y al tener que aparecer a menudo por Horcher, si bien doy de ganar a este negocio de restauración, dejo de escribir maravillosos posts con lo que perdéis todos.

Esto del inside money siempre ha sido un lío; pero para terminar tengo que añadir que concluyamos lo que concluyamos la cantidad de esta especie de dinero sí que es relevante aunque no fuera más que porque ha dejado en los últimos años bastante dinero a casi a todos en forma del capital público que se ha generado.

Como dice Kueli esperemos entonces que continúen las cadenas y en general las innovaciones financieras que reparten mejor el riesgo y hacen que la industria financiera se adapate mejor al perfil de riesgo deseado de cada persona.

Lenguaje y violencia

La idea de que el lenguaje es nuestro dueño aunque creamos que hacemos lo que queremos con él, encuetra su ratificación inesperada en un párrafo del último libro de Slavoy Zizek. Violence está editado por Profile Books Ltd en su colección Basic Ideas en este año 2008 que se acaba.

Es un libro «escandaloso» sobre un tema escabroso que no creo que nadie se atreva a publicar en España. Y, sin embargo, este provocador que da la vuelta a todos los argumentos que parecen bien fundados nos ofrece muy a menudo verdaderos destellos de luz.

No resisto traducir uno de esos destellos, uno que me es especialmente deslumbrador.

Cuando percibimos algo como un acto de violencia, lo medimos mediante un estándar pre-supuesto de lo que es una situación no violenta «normal»- y la forma más alta de violencia es la imposición de este estándar con referencia al cual algunos acontecimientos aparecen como «violentos».

Lo que representa la mayor violencia es la pretensión de ser dueño del lenguaje:

Es por lo que el propo lenguaje, el mismísimo medio de la no violencia, del reconocimiento mutuo, envuelve una violencia incondicional.

Menos mal que nadie es el dueño del lenguaje, sino que el lenguaje es nuestro dueño.

Resaca Navideña

Epocas surrealistas estas de las fiestas de Navidad. Contrasto, separadas por medio siglo, dos conversaciones navideñas. Recuerdo asombrado cómo mis tíos-bastante cargados- podían discutir hasta mucho más allá de la medianoche cómo navega el lenguado, si en horizontal o en vertical. Acabaron tumbando el nacimiento que descansaba sobre un arcón del hall. Hace un par de días los jóvenes sobrinos de mi mujer calculaban con perfecta sobriedad el tiempo que duraríamos dentro de una habitación sellada en compañía de una vaca y sus flatulencias. Es el salitre del cantábrico: enloquece a los hombres-y a las mujeres-.

El

La mañana de Navidad

Hace frío y el tiempo es deprimente. Me quedo en la cama leyendo a Zizek sobre Violencia agradeciendo que alguien me escandalice. Mi cabeza reposa sobre una doble almohada lo que me permite ver el árbol desnudo, que es como un tubérculo al revés e introduce sus ramas hasta mi ventana y, detrás, una línea de mar grisáceo que bordea el contamuelle de Arriluce. Más acá de la ventana hay una cómoda sobre la que reposa un marco con una foto de mi hijo Rafael sosteniendo en brazos a su hermana Itziar recién nacida.

La Ciencia en Tiempos Revueltos

Publicado en Expansión, martes 2 de diciembre de 2008

A pesar de ese optimismo respecto a la crisis y de ese deseo de hablar de asuntos menos tenebrosos que expresaba en mis dos últimas entregas en Expansión, parece que no tengo más remedio que seguir pegado a esa realidad turbulenta que no acaba de asentarse aunque, advierto, pienso hacerlo de una manera tangencial que me permita tomar distancia. Hablaré pues de la ciencia en tiempos revueltos.

Escribir sobre una cuestión así parecería romper la cadencia de mis escritos sobre la crisis; pero de hecho continúo con esa pesada tarea tratando ahora de reflexionar sobre el famoso cambio de modelo económico cuya urgencia parece evidente en un país como el nuestro que necesita imperiosamente mejorar su competitividad para suavizar su problema de déficit por cuenta corriente. La crisis financiera general y esa condición particular desde la que tenemos que encarar la crisis económica, justifica con creces la implantación de un nuevo Ministerio como el de Ciencia e Innovación, al que muchos como yo vemos como la posibilidad de aprovechar esa oportunidad que existe en toda crisis.

Hablemos pues de ciencia en estos tiempos revueltos que cambiarían las costumbres. En ellos se vestiría de manera distinta, se gastaría de forma no solo más mirada, sino también en una gama de productos más estrecha. El arte, la música, la literatura y la moda cambiarían de estilo. La austeridad reemplazaría al glamur, o al revés si el cambio fuera muy profundo. ¿Son estos tiempos revueltos buenos para la ciencia? Hace meses Sánchez-Ron, historiador de la ciencia, parecía dar por sentado, en un artículo de opinión aparecido en El País, que los tiempos presentes, aun siendo supuestamente buenos para la ciencia, quizá acaben siéndolo solo para un tipo de ciencia, la comercializable y más glamurosa, que no parecía ser muy de su agrado.

Concedamos que hoy vivimos en un mundo turbulento en casi todos los frentes, desde el económico al político pasando por el del pensamiento en general. En un mundo así, nos dice Sánchez-Ron, es natural que la ciencia sea vista como un refugio de serenidad y sobriedad moral. Aduce la siguiente cita de Einstein:

En principio, creo… que una de las fuertes motivaciones de los hombres para entregarse al arte y a la ciencia es el ansia de huir de la vida diaria, con su dolorosa crudeza y su horrible monotonía… . Una naturaleza de temple fino anhela huir de la vida personal para refugiarse en el mundo de la percepción objetiva y el pensamiento«

(resaltado mío)

La ciencia sería entonces como un descanso para la triste vida del que se deja infectar por el relativismo presuntamente omnipresente.

¿Es real esa imagen idílica? ¿Es la ciencia el cultivo de ese huerto al que nos retiramos cuando el mundo nos decepciona? Nuestro catedrático de Historia de la Ciencia, nos ofrecía, de hecho, buenas razones para pensar lo contrario ya que el mundo de la ciencia hoy es un mundo competitivo y de guerras entre clanes, guerras que se juegan con armas como las que se utilizan en el mundo de los negocios y que reflejan una competitividad implacable. Para reflejar este punto de inflexión en la ciencia no hay ningún ejemplo mejor que el de la figura de Craig Venter quien, según su autobiografía (A Life Decoded, Peguin Books 2007), intentó romper el tabú de la inapropiabilidad privada de la ciencia en la carrera por la decodificación del genoma humano y continúa ahora por iniciativa propia sus investigaciones sobre vida artificial o sintética.

Hace tiempo dediqué bastantes páginas a tratar de desmontar la mayoría de los argumentos contra la privatización de la ciencia con escaso éxito al parecer ya que la opinión general, incluyendo la de Sánchez-Ron, sigue pensando que esa privatización nos llevaría a un mundo científico en el que nadie querría refugiarse aunque fuera el reino de la racionalidad. Es, se dice, un error pretender que los intereses económicos, y en general el mercado, se introduzca en el mundo de la ciencia. Pero como parece inevitable que esto ocurra justamente por la necesidad de cambiar de modelo económico, miramos con nostalgia a la pasada sacralidad de la ciencia.

Sin embargo, en mi opinión, esta nostalgia de una ciencia pura y no contaminada por intereses comerciales está fuera de lugar. Aunque es cierto que la ciencia ataca a menudo problemas meramente instrumentales, no hay quien le libre de confrontar asuntos de método que nunca podrán ser reducidos a ideas vendibles una vez incorporadas a objetos tangibles. Además, no todos los temas de los que trata la ciencia son instrumentales. Más bien creo que hay muchos problemas científicos que nada tienen que ver con objetivos prácticos y que difícilmente pueden calificarse como comercializables. No solo no hay lugar para la nostalgia de una vida al socaire de las preocupaciones terrenales sino que, además, hay que reconocer que la creación de conocimiento científico, sea más o menos teórico y desinteresado o sea portador de aparentes aplicaciones prácticas y comercializables, puede ser una actividad liberalizadora e intelectualmente gratificante siempre que se den algunas condiciones más allá y más acá del espíritu sacerdotal que parecería impregnar aquella ciencia que hoy se contempla en la distancia con inadecuada nostalgia. Mencionaré dos de esas condiciones, las dos que mas sorprendentes me parecen a mí.

Lo primero que se necesita es, más acá de ese espíritu sacerdotal, atreverse a ser herético y renunciar de manera general a esa escasez artificial que se llama genéricamente propiedad intelectual. Esto, que parecería una vuelta a ese espejismo de una ciencia pura e incontaminada, es más bien lo contrario. Como los descubrimientos son secuenciales, las patentes retrasan la creación de conocimiento o su explotación justamente porque conceden monopolios temporales (que como se sabe son la antítesis del libre mercado) y porque dan origen a comportamientos oportunistas.

La evidencia empírica, además, hace ver con bastante claridad que los incentivos a crear, hacer ciencia o innovar, no decrecen dramáticamente en ausencia de esa protección artificial en los sectores más relevantes. La manera tradicional de pensar de los economistas está en entredicho y no puede ser seguida acríticamente aunque la mismísima Universidad despierte hoy a la explotación comercial de los resultados científicos ante la mirada complacida del empresariado.

Pero hay una segunda condición, más sutil, más allá del espíritu sacerdotal. Aunque no hubiera patentes hay otras formas de acabar con la competencia, noción ésta distinta de la de mercado, pero responsable principal de la capacidad de generar riqueza que se atribuye, y con toda justicia, a esa extraña institución que se llama libre mercado.

Paradójicamente esas formas «tóxicas» son aquéllas que se supone reflejan precisamente esa competencia. Pensemos en los rankings bibliométricos basados, por ejemplo, en el índice w, índice que alcanza un científico que ha publicado w trabajos que han sido citados al menos 10w veces. Al igual que las patentes y a pesar de la sabiduría convencional (que diría que estimulan la competencia entre científicos y la innovación intelectual) estos rankings corren el peligro de contribuir a cegar la fuente de la creatividad. Así como el monopolio temporal que otorga una patente es bueno para su titular y malo para la sociedad, los rankings bibliométricos pueden ser útiles en muchos sentidos (para la contratación, para distinguir a los científicos excepcionales y premiarles o para ofrecer modelos a la juventud) pero también pueden ser mal utilizados de forma que redunden en la polarización de las preocupaciones dejando en sombra problemas serios y quizá intelectualmente más productivos al tiempo que condicionan el poder académico por razones espúreas.

Con esos dos tipos de apoyos artificiales los científicos corren el peligro de adocenarse, de convertirse en tristes oficinistas poco honestos unos con otros y sin verdadera apreciación por la creatividad y el «eureka«. Lo que quiero concluir es que, en buena parte, eso ocurre porque no tienen el contraste del mercado. Si se lo proporcionamos les convertiremos en ciudadanos más libres, en científicos más productivos y en personas más contentas consigo mismas pace Einstein. De ahí la importancia del nuevo Ministerio al que, en todo caso y especialmente si se deja convencer por mis argumentos, no le auguro una vida placentera. Y es que tiene que romper con la «dependencia del recorrido» propia de las comunidades científicas. Pero esto es otra historia.