Souvenirs d´enfance. XII: la risa de mi padre
BUE
Inolvidable. Así era su risa.
Aun le puedo ver sentado a la cabecera de la mesa del comedor, los ojos cerrados con fuerza, la cara arrugada, lágrimas asomando por las pestañas, la boca medio abierta, el cuerpo agitado en suaves convulsiones, los brazos descansando sobre el mantel.
El sonido de la risa era como un acorde grave, armonioso, continuo, alargado, estirado en el tiempo.
Lo más asombroso era que una vez repuesto del ataque, y cuando había pasado un tiempo razonable, volvía a recordar lo que fuera le había provocado el acceso de hilaridad y comenzaba a reír con la misma fuerza, convicción, naturalidad. Y esto se repetía sucesivamente en cortos periodos de tiempo, hasta que algo le distraía del pensamiento cómico de lo sucedido, contado o mencionado.
Era contagiosa. Acababas riendo sin saber bien por qué, simplemente porque su risa te obligaba a hacerlo
Pero esto no sucedía solo en la intimidad del hogar, sino que ante el agobio de mi madre, ocurría en cualquier sala de proyección cinematográfica cuando había algo que provocaba su risa. Y el ataque seguía el mismo proceso que el familiar
Hasta tal extremo llegaba que en más de una ocasión, se le acercó el acomodador y rogó a mi padre que controlará la risa porque el público se distraía y no podían concentrarse en la película.
Mi padre y su risa son inolvidable.
JUE
Recuerdo a mi padre ocupando la cabecera sur de la mesa del comedor cuando siedo yo muy pequeño se me permitía a veces cenar con los mayores y nos disputábamos su gabardina como prenda de abrigo. Un chiquillo cenando en un comedor bastante amplio enfundado en una gabardina enorme ¡qué espectáculo! Debían ser meses fríos y la cabecera norte de la larga mesa seguramente era heladora. Veinte años más tarde, y ya bastante enfermo, le recuerdo en esa misma cabecera, por ejemplo el día que casi se ahoga con un hueso de aceituna y hubo que llevarle a una clínica en donde arreglamos el desaguisado.
Pero entre esas dos fechas ocupó la cabecera norte en comidas y cenas y es ahí donde yo le recuerdo en sus ataques de risa. No los podría describir mejor que mi hermana; pero puedo añadir que muy a menudo tenía que sacar su enorme pañuelo del bolsillo del pecho de su chaqueta para secarse las lágrimas.
Desde luego ese es el padre que me gusta recordar. Nos contagiaba a todos y nunca explicaba cual era el chiste. Creo que todos nos reíamos poque le veíamos contento.
Como dice mi hermana, no solo sucumbía a sus ataques de risa en casa sino también en cualquier sitio público. Y, por lo que tengo entendido, también lloraba de risa leyéndole El Quijote a ella tumbados ambos en el suelo.
Quizá era un hombre de ataques repentinos de otras cosas pues yo también recuerdo su famosas series de estornudos estruendosos apenas apagados por el mismo pañuelo blanco que le sobraselaía bien arrugado y como en una masa informe del bolsillo de una chaqueta de tweed. Me temo que también los estornudos eran contagiosos.
No he heredado la risa aunque en ocasiones la mayor tontería, y sobre todo las tonterías, me hace desternillarme hasta que creo que la cabeza me puede estallar.
Pero no contagio a nadie. Sin embargo creo que mis estornudos heredados están pasando a mi hija Itziar a la que D. Rafael nunca conoció.
