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La locuacidad de Dios

El silencio de Dios era antaño un problema para la gente de fe. El ser supremo no se pronunciaba ante las injuticias evidentes en una especie de demostración práctica de la Economí­a de la Salvación, una especie de acatamiento por parte de la omnipotencia del ritmo humano, una muestra de su infinita y sabia humildad que modulaba dicha omnipotencia. El problema es hoy la locuacidad de ese ser que reveló un dí­a la verdad y permitió que la desarrolaran los hombres dejando que el certificado de calidad lo otorgara el jefe de la iglesia inspirado por la tercera persona de la Trinidad Santí­sima. Habla tanto, parece ser, que el certificador de la calidad no da a basto y se introduce un ruido en el sistema que no nos permite a los observadores curiosos escuchar el mesaje con nitidez ni a los obispos lidiar con tanta implicación de la verdad revelada. Parecerí­a que estos obispos empiezan a patinar un poco. Yo les pedirí­a sosiego y un poco de fe y esperanza en la Economí­a de la Salvación.