Frankie Laine

He leí­do en un periódico de hoy que ha muerto Frankie Lain y su recuerdo me ha sumido en una dulce nostalgia.

He recordado lo importante que fue en mi casa el primer tocadiscos portátil. Habí­a ya nacido el microsurco (que hoy llamamos vinilo) y en estos tocadiscos se podí­an hacer sonar aquellos vinilos de 45 que tení­an un agujero de gran diametro en el centro y en los que, para que giraran correctamente, se hací­a necesario un adminí­culo redondo que rellenaba el agujero.

Este invento facilitó mucho la celebración de aquellos guateques de los años cincuenta a los que mis hermanas acudí­an, supongo. Les recuerdo con sus falditas amplias y los chalequitos con manga currita como las portoriqueñas de West side Story.

Yo no tení­a la edad para esas cosas; pero escuchaba la música del momento y reproducí­a los sonidos del inglés sin saber lo que decí­a. Más adelante me ocupé de recupera aquellas letras y confieso que parodio a menudo a Franki pensando que , si alguna vez me veo obligado a acudir a un karaoke, pediré que me pongan una de sus canciones.

Una hermana, la más enamoradiza, se extasiaba con una canción cuya letra decí­a: You can gamble for matchsticks, you can gamble for gold but if you haven ´t gambled for love and lost you you haven ´t gambled at all. Es lo que podrí­amos llamar, en beneficio de los epistemólogos, una verdad de Big Band.

La otra hermana, más mí­stica, me cantaba lo de I Believe: every time I here a new born baby cry, or touch your lips, or see the sky I have no words I just believe. Ya ven las emociones como fuente del saber sin palabras.

Ah! Qué años aquellos! Ya nadie cree que el amor es un juego al que se puede apostar ni nadie de los que yo conozco piensa en nada trascendente cuando ve crecer una flor.

Que quieren que les diga, me parece que hemos mejorado.

La pretensión de Antígona y la racionalidad

Las similitudes entre Israel y Euskalherria (por usar el nombre de País Vasco que utilizan quienes lo entienden de una manera extendida hasta los confines de donde algún dí­a se habló euskera) son extraordinarias. Son tan obvias que parece imposible ser constitucionalista y proisraelí­ al mismo tiempo en la España de hoy.

En ambos casos, el de Israel y el de Euskalherria se enarbola reivindicativamente una ley anterior a la estatal que legitimarí­a la justeza de pretensiones aparentemente fuera de lugar. Así­ es como Hegel pensaba que habí­a que interpretar el mito de Antí­gona, como la encarnación de la pretensión de ser fiel a una ley anterior y superior a la estatal que le permitirí­a y, de hecho, le exigirí­a, enterrar a su hermano-esposo a pesar de la prohibición de hacerlo que impondrí­a la ley estatal.

Por eso Israel puede saltarse a la torera las resolucines de una ONU que ni siquiera es estatal. Y por eso mismo los nacionalistas radicales vascos no se dan por enterados de la Constitución. No va con ellos tal como afirman en los juicios que ahora se les acumulan.

Hay, además, otra similitud entre el Israel normal y el País Vasco normal que me gustarí­a destacar. Los vascos, radicales o no, parecen no ser malos en la teorí­a de los juegos, aunque quizá no tan buenos como los israelí­es.

Hay en las universidades israelí­es de Jerusalem y Tel-Aviv verdaderas figuras geniales en ese campo que pretende ser la exploración más seria posible de las consecuencias necesarias de la racionalidad. En la Universidad del Paí­s Vasco también hay especialista en teorí­a de juegos que, aunque no configuren una comunidad cientí­fica comparable a la israelí­, no dejan de ser respetables.

Preguntémonos ahora si la teorí­a de juegos puede arrojar alguna luz a la pretensión de Antí­gona. La actitud de Antí­gona no puede entenderse como una respuesta más o menos racional a la estrategia de Creonte, su oponente en el juego y el que representarí­a al Estado. Antí­gona es como la naturaleza. De ahí­ que enfrentarse a las antígonas de este mundo no puede ser entendido, racionalizado o mejorado mediante la teorí­a de juegos. Se trata más bien, desde el punto de vista de los israelí­es normales y de los vascos normales, de un problema de decisión en el que el oponente es simplemente la invariable naturaleza.

Si la actitud del decisor enfrentado a la naturaleza es la de actuar como otra naturaleza que ciégamente sigue su curso, nos encontramos en una situación peculiar. En efecto, ¿qué pasa en un juego cuando la naturaleza se enfrenta a otra naturaleza? Pues que estamos en una tragedia griega en la que nada va a poder ser enmendado pues nadie imagina las reacciones del otro pues no le interesan ya que él no piensa cambiar de estrategia. Esta le viene impuesta como el instinto a los animales.

El problema estrátegico que debe ser considerado es por lo tanto si la pretensión de Antí­gona es una estrategia en un juego o un parámetro de la naturaleza.

Lo que parece estar en juego en los casos de Israel y de Euskalherria es si podemos considerar la pretensión de Antí­gona que ambos representan como una estrategia o como una necesidad natural. Me temo que es imposible distinguir entre ambas posibilidades.

De todas formas y aunque esta imposibilidad hace del problema algo muy dificil de resolver, nos deja en una situación algo mejor que la que corresponde a la tragedia de saber con certeza que estamos en una lucha entre placas tectónicas.

Parecerí­a que los acontecimientos nos dicen que oscilamos entre una y otra forma de considerarla. Lo que no me parece razonable es considerarla en el caso de Israel de una manera y en el de Euskalherrí­a de otra. No me parece razonable por lo tanto considerar las estrategias de Israel como expresión de la racionalidad de un jugador enfrentado a un muro y las de los etarras como la irracionalidad de un jugador enfrentado a un estratega.

Lo que ocurre es que no sabemos donde estamos, o a qué juego jugamos o si se trata de un juego o de un mero problema de decisión. ¿Cual es la estrategia óptima en una situación así­? Depende naturalmente de la función de pagos. Pero esto es negado por aquellos que creen que Antí­gona es irreductible.

Un lí­o.

Sociología y Economía

Publicado en Expansión, martes 6 de febrero de 2007

En el artículo de hace un mes («Maynard o Milton, Milton o Maynard«) trataba de entender las similitudes y diferencias entre Friedman y Keynes. En cierto modo lo que hoy voy a tratar de decir es continuación de lo que allí dije y, debo advertirlo, es bastante aburrido ya que es un comentario de economista para economistas relacionado con lo que decía hace un par de semanas Martin Wolf en el F.T. bajo un título revelador: Evolution can provide a missing link to the modern economy.

Una de las cosas que espero quedaran claras hace un mes es que ambos gigantes eran economistas en el sentido humeano porque trataban de explicar ciertas regularidades u observaciones empíricas generales a diferencia de aquellos otros economistas de la segunda mitad del siglo pasado (y que llamaríamos por contraposición kantianos) que, de forma muy brillante, trataron de construir un verdadero modelo estándar del funcionamiento general de un sistema económico abstracto y que se basaba en la idea de equilibrio y en la racionalidad instrumental de los agentes económicos.

El trabajo de estos últimos economistas teóricos dejó una impronta indeleble y hoy no hay manera de ser keynesiano en el sentido antiguo de usar reglas de comportamiento ad-hoc basadas en la introspección del investigador, o de renunciar a la idea de que el equilibrio se da en todo momento. Así nace la Nueva Macroeconomía Clásica que representa para los economistas lo que su modelo estándar para los físicos que intentan explicar el desarrollo del universo a partir del Big-Bang.

Así las cosas los macroeconomistas no tienen más remedio que tratar de continuar con sus objetivos investigadores desde ese punto de partida y tratar de introducir elementos enriquecedores. Los esfuerzos que se realizan en este sentido van en la dirección de modificar la modelización de los agentes racionales apelando a la sicología o incluso a la neurología con resultados prometedores en el primer caso y simplemente exploratorios en el segundo. Sin embargo desde hace tiempo Akerlof y coautores, especialmente Rachel Kranton, están tratando de introducir regularidades sociológicas en la modelización de las decisiones individuales con la sana intención de derivar comportamientos agregados observados y difíciles de explicar de otra manera.

Este intento, que ya tiene una cierta tradición, ha sido cuidadosamente explicado por George Akerlof (premio Nobel del año 2003) en su Presidential Adress a la American Economis Association en los clásicos encuentros anuales que se celebran a primeros de año. Este autor comienza por exponer unos resultados de los que no puede olvidarse la macroeconomía. El les llama las cinco proposiciones de neutralidad y son las siguientes:

  1. De acuerdo con la teoría del consumo que asociamos, entre otros, a Friedman el consumo corriente es independiente del ingreso corriente de un agente dada su riqueza. Es decir la renta corriente es neutral respecto al consumo corriente.
  2. La inversión en nuevo equipo es independiente de la forma de financiarla, sea con deuda o con capital. La inversión es pues, según Modigliani y Miller, independiente de la forma de financiarla.
  3. De acuerdo con la teoría de la tasa natural de desempleo, ésta es independiente de la inflación de forma que , como dijeron Phelps y Friedman, a largo plazo la tasa de desempleo es independiente de la política monetaria que sería neutral frente al empleo aunque puede generar una inflación acelerada.
  4. Casi como una consecuencia de la anterior neutralidad topamos con la imposibilidad de estabilizar el empleo a través de política monetaria si las expectativas son racionales. De acuerdo con la llamada Crítica de Lucas, la política monetaria sería pues neutral a largo plazo.
  5. Según la teoría de la equivalencia ricardiana, revitalizada por Barro, el comportamiento de un agente racional en cuanto al consumo es independiente de los impuestos y de los déficits presupuestarios de forma que podemos decir que la política fiscal es neutral en cuanto al consumo.

Ante estos teoremas nos encontramos incómodos porque, a pesar de su corrección formal, sabemos que de hecho la gente cambia su comportamiento de consumo no solo con el ingreso corriente, sino también con la política fiscal; poseemos evidencia de que la forma de financiación de la inversión influye en el monto de ésta y somos conscientes de que los gobiernos y los bancos centrales actúan para tratar de influir en el empleo mediante políticas fiscales y monetarias que en pura teoría parecerían inútiles. La realidad contradice los teoremas que enmarcan nuestro modelo estándar.

La estrategia de Akerlof consiste en e introducir en el modelo estándar unas reglas de comportamiento (normas) que provienen de la sociología, pero que recuerdan mucho a las reglas ad-hoc que usaba Keynes como alguien que tiene prisa en obtener resultados prácticos más allá de la conformidad con un modelo unificador. En el trabajo al que me estoy refiriendo explica los resultados sociológicos a introducir en cada uno de los cinco casos de neutralidad expuestos y nos ilustra en qué sentido y cómo pueden hacer que el modelo estándar así modificado puede acomodar las observaciones empíricas que chocan con los teoremas que incorporan esos resultados de neutralidad. Baste aquí con un par de ejemplos.

Pensemos en primer lugar en la equivalencia ricardiana. Si un padre recibe un inesperado pago extra en su pensión no modificará su consumo pues sabe que su hijo, a quien piensa dejar su patrimonio en herencia, tendrá que pagar nuevos impuestos para hacer frente a la deuda contraída por el sector público al haber incrementado la pensión del padre quizá por razones electoralistas que pretenden alegrar la actividad económica. Sin embargo sabemos que dejar una herencia a los hijos produce felicidad y así lo muestran muchos estudios sociológicos. Pues bien, de acuerdo con el principio de la utilidad marginal decreciente, solo se aumentará la masa testamentaria en parte del incremento inesperado en la pensión, procediendo a consumir ahora algo de ese ingreso inesperado.

Pensemos en segundo lugar la tasa natural de desempleo y en la imposibilidad de modificarla a través de la política monetaria. Este resultado se debe a que suponemos que el trabajador, como cualquier ser racional, solo reacciona a cambios en las variables reales (en el poder de compra de los salario) y no a los meros cambios nominales. Sin embargo esto no es del todo cierto en la realidad. Hay un elemento de dignidad en el trabajador que le lleva a rechazar recortes salariales nominales aunque se diera el caso de que su poder de compra no hubiera variado. Esta peculiaridad está bien documentada y una vez tenida en cuenta explica que se pueda disminuir el desempleo mediante una política monetaria que genere una inflación inesperada.

Estos dos ejemplos nos permiten añadir algunos comentarios sobre la estrategia macroeconómica propuesta por Akerlof. Como ya no es aceptable la introducción sin más de estas peculiaridades sociológicas, pues rompería el dogma metodológico incorporado en el modelo estándar, es necesario endogeneizarlas. Pensemos en la forma de endogeneizarlas.

Como se trata de normas la manera más razonable sería verlas como el equilibrio evolucionariamente estable de un juego evolutivo. Resistir cualquier modificación a la baja de salario nominal puede ser un comportamiento evolucionariamente estable y transmitir una herencia positiva a la prole puede ser una forma de garantizar la pervivencia de los genes. A esto es a lo que se refería Martin Wolf en el artículo citado como una forma de enlazar el modelo estándar con la nueva forma de hacer economía.

Pero hay que hacer notar que esta forma de hacer las cosas rompe ese modelo estándar. La racionalidad que se predica de los agentes en los juegos evolutivos no es ilimitada y la noción de equilibrio empleada solo tiene en común con la estándar su naturaleza de punto fijo en sentido matemático. No se puede endogeneizar los resultados sociológicos que nos son útiles y mantener el modelo estándar. Quien sea un economista como Keynes o Friedman debe saber que tendrá que dejar de pertenecer a una profesión socialmente establecida sobre estándares bien definidos. Para más inri resulta que los resultados económicos basados en normas sociológicas bien establecidas que pueden explicarse como juegos evolutivos, son resultados que varían según la comunidad de la que estamos hablando. Heterodoxia y encima relativismo.

Los aunques que me hacen admirar la ciencia

Admiro a la ciencia y no sé porqué. Ciertamente no es por ninguna de las razones generalmente aducidas.

No me parece que la ciencia sea una búsqueda sofisticada y desinyeresada de la verdad. Es una búsqueda de reputación como inteligente que satisface mi ego, aunque este vicio privado pueda redundar en una virtud pública y me acerque a la verdad a través de mi irrefrenable egolatrí­a.

Tampoco me parece que la ciencia sea condición necesaria para el desarrollo de esa tecnologí­a que nos hace la vida más fácil e incluso más larga y más divertida. Muchos de los desarrollos tecnológicos se hubieran dado sin necesidad de ciertos y concretos avances cientí­ficos que pretendidamente los han hecho posibles. Es más, creo que, a veces, son los desarrollos tecnológicos los que han alentado una búsqueda de basamento que ha hecho evolucionar el corpus cietí­fico. Aunque, al final, no hay una distinción ní­tida entre los dearrolladores de tecnologí­as y las mentes elucubradoras que ubican ordenadamente las proposiciones haciendo pasar lo ordenado por lo profundo.

Ni es la ciencia, creo yo, un ejemplo de cooperación a pesar de que el sistema de ciencia abierta ha desarrollado un sistema de compartir resultados sin secretos ni problemas de propiedad intelectual. Y no es ese ejemplo de trabajo cooperativo porque, aunque no quepa el secretiso ni se permita la patentabilidad de los resultados básicos, la aparente cooperación encierra toda clase de trampas para fingir resultados o para hacerse con ideas ajenas.

Ni representa la ciencia la competencia en estado puro. Hay como en ningún otro campo de la actividad humana un florecimiento inusitado de actividades de «rent seeking» que tienen éxito y configuran verdaderas famas inmerecidas por medio de ocultamientos torticeros de verdaderos resultados revolucionarios que solo los muy buenos pueden detectar; pero que si lo hicieran les desplazarí­an de su posición privilegiada en relación a fama o dinero. Aunque quizá en este campo más que en ningún otro sean las rentas realmente efí­meras.

Y de ninguna manera admitirí­a que es la ciencia una especie de sacerdocio laico tal como querrí­a la imagenerí­a popular que, en este punto, pretende hacernos mirar al cientí­fico como un artista pobre y solitario que solo vive para su visión, posiblemente celestial, aunque no digo que no haya muchos de estos tipos iluminados en el campo de la ciencia.

Y entonces ¿por qué admiro la ciencia o a los cientí­ficos? Pues porque la ciencia es un esfuerzo hercúleo necesariamente frustrante frente al que sus practicantes no se arredran. Porque los cientí­ficos tienen obsesiones más bonitas que las que atormentan a otros. Porque es más divertido charlar con un cientí­fico que con un contable digamos, o con un notario o con un dentista y porque se parece bastante a la conversación con un banquero de inversiones que disfruta imaginando el mundo del revés.

Y en general, respeto y admiro a los cientí­ficos por todos los aunques que han aparecido en los párrafos anteriores. Pero no por cada uno de ellos sino por el conjunto de todos ellos.

Los grandes viven más

Hace unos dí­as murió Musgrave, el gran hacendista, del que todos aprendimos economí­a pública bien sea directamente o indirectamente. Tení­a 95 años.

Ahora llega la noticia de la muerte de Rapoport a una edad también respetable. Me limito a adjuntar aquí­ el comentario de Brad Delong quien resalta que fue el ganador del famoso torneo de Axelrod proponiendo la estrategia Tit-for-tat para el famoso juego del dilema del prisionero.

Más de Vicente Urnieta

En un post anterior trataba de homenajear a Vicente Urnieta publicando En la muerte de Vicente Urnieta que me pasó Esteban Ormeche quien habí­a sido su negro en algún momento.

Ormeche debió leer mi homenaje y darse cuenta de mi interés genuino por los escritos de Vicente, originales o apoyados, y me envió por correo postal varias piezas de mi pobre amigo. No todas son publicables ahora; pero lo serán algún dí­a. Por ejemplo sus opiniones sobre el Plan Ibarreche constituirí­an hoy una publicación totalmente intempestiva.

Sin embargo el artí­culo que sigue me hace gracia. Lo entiendo y espero que el lector también capte su intención. Sin embargo muestra un rasgo de Vicente que era irritante a no ser que uno aprendiera a convivir con él y viera más allá de su mera superficie. Me refiero a su afición a la teorí­a de los juegos sin haberla estudiado de verdad.

Les aseguro que lo que dice es formalmente correcto y que se podrí­a presentar de una manera más atildada; pero precisamente su falta de profesionalidad refleja su personalidad.

Espero que les guste y que no hiera su sensibilidad, a pesar de que bien leí­do descubre la vaciedad total de la polí­tica de este mismo momento a pesar de que se refiere a una época ya pasada. Datarlo serí­a muy fácil, pero no merece la pena. Curiosamente es muy paraecido a lo que ayer sábado decí­a en El Paí­s Juan-José López Burniol («Conllevancia o autodeterminación»)

Solo me queda añadir que scaneé el documento en papel que me mandó Ormeche y luego lo pasé a word para poder corregir algunoas erratas. Pero luego lo pensé mejor y dejé todo como estaba. Sin embargo por ese camino tortuoso se perdieron las matrices de la forma normal de los dos juegos y, como quizá no sea fácil seguir el artí­culo al que no esté mí­nimamnete versado en teorí­a de juegos, me he permitido una intromisión indicando las entradas de las matrices de pagos a las que se hace referencia en el texto.

Creo que Vicente merecí­a esta publicación póstuma aunque no se entienda bien.

OPINIONES DE UN SOBERANISTA DUBITATIVO
Vicente Urnieta

Desde hace bastante tiempo las páginas de los periódicos han acogido un inusitado número de artí­culos de opinión sobre independentismo, soberanismo y sobre el peligro que representan, lo que no es extraño en un perí­odo preelectoral en el que los partidos nacionalistas están protagonizando algunos movimientos en el Paí­s Vasco y en Cataluña que no pueden pasar desapercibidos. Parece claro que estas elecciones generales están agregando las discrepancias entre PP y PSOE respecto a temas concretos en una gran discrepancia larvada respecto al gran tema de la unidad nacional, con el PP presentándose como garante de la misma y con el PSOE tratando como sea de no desentonar a pesar de los avatares del gobierno tripartito catalán que permiten al PP acusarle de tibio en la defensa de la unidad. En esta situación creo que tiene interés tratar de entender el pensamiento al respecto de un soberanista dubitativo, papel que me atribuyo por razones exclusivamente expositivas, a efectos de entender mejor la posible estrategia de un partido nacionalista cualquiera y, de rebote, el propio juego entre los dos grandes partidos de ámbito estatal. Las opiniones que siguen aspirarán a remedar modestamente las opiniones de Hans Schier, el payaso de Heinrich Bí¶ll, que conseguí­an trasladar al lector la perplejidad y el malestar de quien no encaja con su entorno y sin querer, mientras ejecuta sus trucos malabares, desvela las dificultades e incongruencias por las que pasa su paí­s. Disfrazado pues de payaso disfrazado de soberanista dubitativo voy a abrir mi maleta repleta de artí­culos de pega, instrumentos de mi oficio y disfraces varios para trasladar mis dudas y mi diagnosis oblicua de lo que está pasando.
La situación puede estar hoy representada por uno u otro de los dos juegos que se presentan a continuación en su forma normal:

PSOE PSOE

PP S U
PP S U
S 10,10 0,15 S 10,10 0,5
U 15,0 1,1 U 5,0 1,1

( Aquí­ no me queda más remedio que tratar de rehacer las dos matrices para beneficio del lector. La que estaba a la izquerda corresponde al juego del dilema del prisionero. La casilla noroeste tendrí­a las entradas 10,10; la nordeste las 0,15, la sureste 1,1 y la suroeste 15,0. La matriz del juego que estaba a la derecha correspondí­a a eun juego de coordinación y las casillas correspondientes, siguiendo el mismo orden que acabo de utilizar, serián 10,10, 0,5, 1,1 y 5,o. Espero que esto sea suficiente para seguir el argumento de Vicente.)

Empezaré por describir los juegos. En ambos, el jugador fila (PP) y el jugador columna (PSOE) tienen dos estrategias a su disposición que, representadas por U o por S, quieren indicar respectivamente el mantenimiento a ultranza de la situación actual sin modificaciones estatutarias o constitucionales y la disposición a efectuar alguna de esas modificaciones a efectos de “perfeccionar ” la naturaleza de España como una nación plural o nación de naciones. Dependiendo de la estrategia que cada jugador decide llevar a cabo se obtendrá un resultado (medido de cualquier manera compatible con que un número más alto signifique una situación más deseada por el correspondiente jugador) que se representa en cada casilla por un vector de dos números, el primero para el jugador fila (PP) y el segundo para el jugador columna (PSOE). El juego de la izquierda corresponde al famoso dilema del prisionero y el de la derecha es un juego de coordinación.
Continuaré ahora con un comentario que aunque obvio es crucial. En ambos juegos la situación (S, S) es lo que los economistas llaman un óptimo paretiano e indica una situación en la que ninguno puede mejorar sin que el otro empeore simultáneamente. Notemos ahora que (S, S) seguirá siendo un óptimo paretiano siempre que en esa casilla el resultado siga siendo mayor que 1 para cada jugador. Hasta aquí­ lo obvio. Lo crucial es que (S, S) no puede dejar de ser un óptimo paretiano pues si el resultado fuera de un cero o negativo para cada jugador, la situación (U, U) pasará a ser el único óptimo paretiano en ambos juegos y los nacionalistas, soberanistas o independentistas, que contemplan desde fuera estos juegos romperí­an la baraja ya que no podrián tener la menor esperanza de que en España se alcanzará el resultado correspondiente a (S, S). Este romper la baraja significarí­a,además, que ninguno de los dos juegos servirí­a ya para interpretar lo que está pasando. En consecuencia los dos juegos, tal como están, representan bien un cierto aspecto de la situación actual. El otro aspecto de dicha situación que también puede reflejarse en ambos juegos es que no se juegan en el vació sino desde una situación inicial y que ésta es precisamente (U, U) de forma que, en cualquiera de ambos juegos, a cada partido le encantarí­a que el otro coqueteara con los nacionalistas.
En tercer lugar tengo que admitir que como observador de lo que pasa no sé que juego se está jugando pues acabo de convencerme a mí­ mismo de que ambos son compatibles con lo que sé: que, ciertamente, sea cual sea el juego, cada jugador está utilizando la estrategia U aunque el PP acusa al PSOE de hacerlo sólo de boquilla.Y, desde esa ignorancia, este observador se pregunta si hay esperanza de que ambos partidos dialoguen y se pongan de acuerdo para alcanzar (S, S),lo que satisfarí­a su soberanismo dubitativo. El payaso abre su maleta y se apresta a realizar un truco que ha solido gustar: tener en cuenta estrategias dialogantes en las que cada jugador anuncia lo que va a hacer (en una especie de cotilleo previo o cheap-talk) y luego hace lo que quiere. Por ejemplo la situación inicial podrí­a entenderse como una situación en la que cada jugador está utilizando la siguiente estrategia dialogante simple (no condicionada): “anuncio U y hago U ”. ¿Cabe que esta posibilidad de diálogo lleve en algún momento a la situación (S, S)?
El soberanista dubitativo se rasca la cabeza y como no es tonto aunque haga el payaso, razona de la siguiente manera. Si estamos en el juego del dilema del prisionero, la estrategia U es estrategia dominante para uno y otro de los jugadores: el PP (PSOE) jugará U haga lo que haga el PSOE (PP). En consecuencia aunque uno de los jugadores anuncie en el diálogo que va a jugar S, el otro jugador no tiene ningún motivo para creerselo, sino que justamente tiene incentivos a jugar U aunque anuncie mentirosamente que jugará S. Por mucho diálogo que haya no hay manera de salirnos de la situación (U, U). Esto no ocurre, sin embargo, si nos encontráramos en el segundo juego, el de coordinación. Con este juego el diálogo permite pasar de (U, U) a (S, S). Para convencernos de ello consideramos la siguiente estrategia dialogante condicionada: “anuncio S y hago S si el otro anuncia S o hago U si el otro anuncia U ”. Es fácil ver, y si lo ve el soberanista dubitativo deberá verlo todo el mundo, que esta estrategia dialogante jugada por ambos jugadores lleva a que eventualmente se alcance la situación (S, S) en donde finalmente se observa continuamente la estrategia dialogante simple “anuncio S y hago S ”. Notemos, como un plus, que en el juego del dilema del prisionero el lenguaje del diálogo polí­tico es “pobre ”, porque la locución “S ” nunca llega a adquirir el significado de que realmente hago S porque eso no ocurre, mientras que en el juego de coordinación el lenguaje del diálogo polí­tico es “rico ” porque la locución “S ” llega a adquirir el significado de hacer S.
Mientras me desmaquillo después de haber realizado mi número me pregunto si el análisis anterior habrá enseñado algo a los dos grandes partidos. Cualquiera de estos puede, a su vez, pensar como sigue. Si el partido nacionalista de que se trate fuera realmente independentista le gustarí­a que el juego fuera el del prisionero pues en ese caso ante la imposibilidad de conseguir una convivencia plurinacional, imposibilidad ésta evidenciada en que ni siquiera se pueda hablar de ello, su estrategia óptima consistirí­a en la leninista de “cuanto peor mejor ”. Si, por el contrario, el partido nacionalista que estoy considerando es simplemente soberanista desearí­a que el juego fuera el de coordinación porque sabe que eventualmente se alcanzará, mediante el diálogo de PP y PSOE, la España como unidad plurinacional “perfeccionada» que ambiciona.
Si esto es lo que piensa cualquiera de los dos grandes partidos continúo elucubrando ahora como soberanista dubitativo, no me cabe duda de que, aunque de primeras no sepa cual de los dos juegos va a ser jugado, creo estar seguro de que jugarán el de coordinación porque eso les permitirá dialogar y alcanzar (S, S) en donde el soberanismo esta satisfecho y la estrategia desesperada de los independentistas queda desactivada. Esto es lo que pasará, dice mi racionalidad; pero no antes de las elecciones porque hasta ese momento las declaraciones de “hago U ” serán tan clamorosas que estaremos como si estuviéramos en el juego del dilema del prisionero y, ante la ausencia de diálogo, el independentismo se reforzará.
Cojo mis bártulos, recojo mis artí­culos de pega y los meto en mi maleta de payaso mezclados con los disfraces que mi oficio exige, entre ellos el de soberanista dubitativo y como Hans Schier, me voy a llorar mis penas en solitario.

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pilar bardemalmodovar

Me tragué la gala de los Goya; pero ya se me ha olvidado totalmente o casi. Recuerdo a la Bardem quejándose de que el presentador -el de homo zapping- no le habí­a besado como hací­a con todos y todas los que subí­an al escenario. Recuerdo también que Almodóvar no estaba presente.

Al dí­a siguiente, sin embargo, el director que le dicen manchego se sometió a una entrevista televisiva de la primera de TVE que para eso es una gloria nacional y contribuye a la formación de la marca España.

Es justamente en ese momento en el que me pareció obvio que eran la misma persona Pedro y Pilar. La misma madurez bella. Pedro la acaba de alcanzar desde una juventud poco agraciada. Pilar fue una mujer guapa desde jóven y finalmente ha alcanzado la serenidad.

Son dos personas trabajosamente hechas, con un pasado largo ella, con un futuro brillante él.

Miren las fotografí­as y se convencerán.