La vida de los otros

Una de mis fantasí­as siempre fue ser bailarí­n de ballet clásico, como era la del personaje de Rex Harrison (Volpone) en Mujeres en Venecia, la más inteligente pelí­cula de uno de los más inteligentes directores de cine, el inolvidable Manckiewitz. Pero otra menos atrevida es la ganarme la vida haciendo de crí­tico de cine, y poder expresarme a traves de ese género que me llevarí­a ver por enésima vez esas Mujeres reunidas en Venecia por un astuto artista de la vida.

Quizá esa vocación frustrada se deba a que me eduqué con Cahiers du Cinema. Pero sea esta la razón o no o sea lo cierto es que hace unos dí­as me fui solo, tal como imagino que iba Goddard allá por los años 50, y tal como hay que ir para «ver» el cine, a explorar La Vida de los Otros.

Y es sobre esta pelí­cula, a la que acaban de dar un Oscar, sobre la que querrí­a hacer mi pequeña reseña sin pretensiones de experto.

El tí­tulo, clavado del original alemán, Das Leben der Anderen, es vulgar: todos estamos interesados en la vida de los otros y el mero hecho de ir al cine o ser un lector de literatura o del Marca lo prueba. Entramos en una sala de cine para sentirnos marí­antonieta; leemos a Dashiel Hammet o Raymond Chandler para saber cómo se puede uno educar, o componer su personaje, mirando por las rendijas de las puertas; o devoramos el Marca porque se ha dejado de hablar de futbol y habla de futbolistas y de su vida.

Por cierto, el impulso sexual después de la adolescencia no es sino el interés desmedido y deseperado por la vida de alguien o de alguienes. Rercordemos La Ventana Indiscreta en la que la sabidurí­a de Hitchcock mezcla la actividad sexual de la pareja protagonista con la curiosida morbosa por la vida de unos vecinos.

Tengo que continuar mi reseña afirmando que a pesar de todos los premios cosechados, la pelí­cula se queda corta pues no saca jugo a todas las conexiones que se pueden establecer entre las cosas que acabo de mencionar. El espionaje de la STASI tiene una lectura polí­tica; pero esa ya no interesa mucho pues sabemos el final y no hay ningún intento ambiguo de fantasear con cómo serí­a realmente una vida totalmente controlada en la que la libertad fuera realmente no respetada sino «construí­da» por la prevención total de nuestras pulsiones y la correspondiente ingenierí­a social. Esa era la «gracia» del utopismo comunista; pero no veo alrededor nadie que se detenga en esos anhelos tan repudiados, y justamente, pero que dicen mucho del ser humano.

Sin aspirar a tanto me hubiera gustado mucho contemplar una reflexión sobre el espiar y, en cierto modo eso es la pelí­cula si la leemos bien. Hay espí­as singles; pero también los hay dobles, lo que parecerí­a lo natural si lo que interesa es la vida de los otros. No te basta para ello conocer al espiado, sino que no puedes librarte de la exigencia de conocer a quien te paga por espiar. Y lo más interesante, y creo que esto es lo que aporta La vida de los Otros, es que hay espí­as triples que, a través de su doblez como espí­as, acaban espiándose a sí­ mismos como si se tumbaran en el diván de un sicoanalista. Las conversiones profundas , como la que narra esta pelí­cula, son simpre un juego de espí­as triples.

¿Por qué digo entonces que la pelí­cula se queda corta? Porque no saca las consecuencias últimas de estas evidencias. El espionaje triple es un triángulo amoroso en que todos los involucrados aprenden, en el que reconozco mi yo, mi ello y mi superego y, en el que queda de manifiesto cómo no somos uno sino que somos tres mantenidos separados por la fuerza de la pulsión a la desaparición en el otro que nos anonadarí­a si solo fuéramos dos. El tercero es el que mantiene lo que hay justamente mediante su propia pulsión a desaparecer.

Pero de esto ya he hablado en otra ocasión.

Traducciones infumables o quizá fumigables

Acabo de ojear dos libros cuya traducción me ha impelido a abandonar su lectura. No mencionaré ni los libros ni la editorial ni los traductores.

Traducir «market for lemmons» como mercado de limones en un libro sobre la manera de pensar de los economistas es, además de un fallo estrepitoso, velar esa forma de pensar que a mí­ me parece original. El famoso artí­culo de Akerlof sobre el mercado de coches usados y que, desde luego trasciende ese ejemplo concreto, se refiere ciertamente al Market for Lemmons que quiere decir no limones sino cacharros refiriéndose a los coches usados y en mal estado

En una reciente biografí­a de Gödel se confunde la «faculty» de un Departamento del famoso Centro de Estudios Avanzados de Princeton con la facultad de ese Departamento. Esa traducción hace incomprensible lo que se quiere decir para todo el mundo incluyendo los universitarios que se supone son los lectores de un libro sobre la obra y la vida de un metamatemático. «Faculty» sinifica Profesorado.

Como estos libros deben de tener una tirada muy corta las cuentas no salen a no ser que se escatime en los costes. Eso debe de ser. Pero aunque el delito tenga explicación esos libros merecen ser fumigados y en cualquier caso no hay quien se los fume.

La oferta de títulos nobiliarios

El trapicheo con honores para financiar al partido puede amargar los últimos meses de Blair. Sé que ha declarado a la policí­a durante 45 minutos y que es la primera vez que esto ocurre con un primer ministro del Reino Unido. Y sé que su declaración tení­a que ver con una fuente de financiación del laborismo que provení­a de otorgar tí­tulos de nobleza a cambio de generosas donaciones al partido.

A partir de ahí­ no entiendo nada y no tengo ganas de surfear la red. Así­ que voy a elucubrar.

No entiendo que se pueda comprar un tí­tulo mobiliario al Gobierno. Yo creí­a que los otorgaba la Corona; pero quizá lo hace a propuesta del gobierno. Tampoco estaba muy al tanto de la reforma de la Cámara de los Lores que se propone y que propiciarí­a, parece ser, la venta de tí­tulos por parte de aquellos que los tienen pero que ahora quizá ya no le sirva para ser legisladores y vender así­ sus favores. De una y de la otra forma ahí­ tenemos dos fuentes de oferta de tí­tulos. Pero ¿habrá demanda?

Creo que algien estará dispuesto a comprarse un tí­tulo si no es muy caro. A qué precio salga dependerá del final de la investigación de Scoltland Yard y de la reforma de la cámara alta. Serí­a magní­fico tener un mercado y llegar a saber a cuanto están los diferentes tipos de tí­tulos nobiliarios.

No hay porqué escandalizarse. De siempre se han comprado puesto que se otorgaban a quienes hací­an algún favor al noble que los otorgaba y todos estos favores siempre tení­an un componente dinerario: financiar una guerra o la vida de un convento.

Que fueran tranasmisibles por herencia hací­a de ellos ya algo dudoso pero si se aceptaba eso y con gusto, no entiendo porqué nos e va a admitir que se transmita por compraventa pues algo de eso tienen también las herencias. Compramos la buena voluntad de nuestros hijos mediante un pago esperado futuro.

Quizá haya alguien que piense que hay bienes no mercantilizables. Pero, ¿realmente piensan esas personas que este caso es similar al caso del propio cuerpo por ejemplo? Parecerí­a que si estamos dispuestos a admitir la oferta de favores sexulales, deberí­amos admitir así­ mismo la oferta de tí­tulos nobiliarios.

Ellas se cuidan

Que me estoy haciendo mayor es un hecho. Que ese envejecer sesgue mis percepciones no es seguro. Al contrario, pienso que la invisibilidad que da la edad me permite la observación distanciada de lo que pasa a mi alrededor.

Mi primera observación es que ellas son mucho más atractivas que ellos. Ellas, sea cual sea la hora del dí­a, van cuidadas, arregladas, maquilladas. Ellos van vestidos bien como oficinistas o rabinos o bien llevan unos pantalones con el tiro por las rodillas y exhiben impúdicamente una barba descuidada de varios dí­as. Ellos llevan una mochilita de horrible plástico; pero ellas llevan, además de un ordenador portátil colgado en bandolera, y de su portafolios , su propio bolso que uno intuye de profundidad abismal.

Mi segunda observación se refiere al comportamiento en los ascensores. Si el ascensor está repleto de gente el tono de la convesación, necesaria para paliar los efectos de la proximidad fí­sica, lo imponen ellas con una especie de gorgeo de pájaro que alegra la mañana. Si el ascensor solo está ocupado por una de ellas y yo, esa ella pasa de mí­ , se vuelven hacia cualquier superficie reflectante y se arregla el pelo.

Ambas observaciones me hacen pensar que por fin son ellas las que dirigen nuestros destinos más allá de los chistes sobre el matriarcado al que acabamos resignándonos y que siempre han sido como la manera indirecta que tení­amos los machos domados de aparentar que seguí­amos dominando la escena.

Y me regocijo de que todaví­a me quede tiempo de ver su éxito definitivo. Porque ellas se aman a sí­ mismas podemos tener confianza en que harán bien lo que contribuye a cuidar lo demás, es decir a todos y a todo, desde los animales al planeta.

Quien cuida su apariencia como lo hacen ellas ha de ser necesariamente alguien que se da cuenta, que está alerta, que resuena con el ritmo del mundo y en quien se puede confiar en el caso de que tu también seas apañado, o a quien hay temer si eres un desastre desgreñado.

Si incluso ante un individuo invisible como este señor mayor, ellas se retocan el pelo en el ascensor, debe ser cierto que les necesitamos urgentemente.

Lo tristre es que es dudoso que ellas nos necesiten a nosotros.

Dentadura y morada

Mi Goulue dice:

Dentadura y morada. Ambas se caen poco a poco y a pedacitos.

Nada que añadir.

Ya sabemos que mi Goulue nunca miente.

Abrazos gratis: una sugerencia

Estos últimos dí­as nos ha sorprendido la iniciativa de algunos que ofrecí­an abrazos gratis en plena calle. Puede ser que el calor humano sea bueno para la piel y que no haya que buscarle tres pies al gato ya que el que los ofrece ya tendrí­a suficiente gratificación en la suavidad d su propia piel.

Pero hay quien cree ver en esta extraña práctica reciente algo parecido a las ciberturbas, un fenómeno del que ya no se habla; pero que sigue siendo intrigante. Ya hablé de él y lo que decí­a enonces era que su finalidad era la de convertir en conocimiento común algo. En concreto decí­a entonces que lo interesante era ponerlas en relación con la ida del umbral de la tolerancia, una situación a partir de la cual nos rebelamos.

Para que ese umbral funcionara como el desencadenante de una acción colectiva era necesario que unos cuantos supieran que otros como ellos, igual de hartos que ellos, estaban por ahí­ desparramados. Y no solo eso sino que además era necesario que todos y cada uno supieran que los demás sabí­an que elos sabí­an que los demás sabí­an… que estabamos hartos.

Las ciberturbas tienen pues un componente cognoscitivo que está ausente de los abrazos gratis. De hecho que sean gratis los descalifica para significar nada de interés. No porque deberí­an cobrarse, que no lo sé, dependerá de si sirven para suavizar la piel o para cualquier otra finalidad útil, sino porque la gratuidad les vací­a de su posible arbitrariedad, un elemento este que debe estar ahí­ cuando se persigue el conocimiento común no de esto o de aquello; sino de ese mismo conocimiento común en sí­ mismo.

El conocimiento común de nuestro conocimiento común establecerí­a unos lazos entre los miembros de la ciberturba que harí­a de ella una fuerza imparable. Por eso creo que deberí­amos reanudar su práctica. Sugiero que reanudemos su práctica y, si se me permite tratar de matar dos pájaros de un tiro, que la reanudemos alredeor de la idea de abrazarnos. Serí­an cincio minutos de abrazos sucesivos sin finalidad alguna.

Cuando seamos muchos los que nos abrazamos sin más objetivo que contemplar cómo crece nuestro número, los poderosos de este mundo se darán cuenta que no nos pueden timar, que no pueden hacer lo que les de la gana y empezarán a comportarse como usuarios de metro, el verdadero rasero de la igualdad.

Akerlof: cuestiones metodológicas

En el último artí­culo que he publicado en EXPANSION hací­a referencia a teorí­as económicas recientes que intentan librarse del modelo estándar. Para ello unos se fijan en la sicologí­a ( por ejemplo, en los sesgos cognitivos), otros hablan de racionalidad acotada por las dificultades de procesar información y otros se entusiasman con las perspectivas que empieza a ofrecer la neurologí­a y que nos hacen entender mejor cosas como la tasa de descuento temporal. La economí­a experimental, por su parte, trata de confirmar o contradecir los resultados de las tres áreas que he mencionado.

Pero lo que pretende Akerlof en la Pesidential Adress a la que me he referido en el artí­culo citado, es la incorporación de la sociologí­a al modelo estándar mediante la incorporación de las normas sociales que han sido establecidas con cierta seriedad cientí­fica.

El mismo Akerlof se da cuenta de la necesidad de endogeneizar esas normas sociales y así­ lo expresa. Pero esta endogenización, argí¼ia yo, ha de traer consigo la problematización del modelo estándar ya que no puede hacerse más que en base a ideas evolutivas que incorporan racionalidad limitada y una noción de equilibrio que solo se parece a la estándar en sentido matemático ( se trata de un punto fijo de una cierta correspondencia).

Pero no es eso todo lo que pretende Akerlof. En segundo lugar, y de manera no independiente de la endogeneización, está la cuestión metodológica.

A este respecto Akerlof arguye que la metodologí­a prevalente entre los economistas explicarí­a el porqué la profesión no se ha lanzado a encontrar los microfundamentods de las normas. Según él esta metodologí­a es la metodologí­a que expuso Friedman hace más de cincuenta años. Para los metodólogos esta metodologí­a puramente instrumental está superada y, añado yo, no incluye en cualquier caso la parsimonia en el quehacer teórico-económico que Akerlof le atribuye.

La verdadera razón metodológica que explicará el poco éxito de la propuesta de Akerlof hasta el momento es un poco más sutil. La neutralidad que recogen los teoremas que vimos en el artí­culo de EXPANSION es indispensable para estar seguros de que los efectos de las normas que se introducen, y que pueden estar muy bien fundamentadas, son solamente efectos de esas normas.

Es decir, resulta que una no-neutralidad revela que no estamos en un equilibrio propiamente dicho y que por lo tanto no nos sirve como bench mark para realizar ejercicios de estática comparada que son los que constituyen la finalidad última de la Economí­a como ciencia aplicada.

Lo que la metodologí­a correcta indicarí­a es que hay que endogeneizar las normas y ver qué observaciones son así­ explicadas en el equilibrio del modelo estándar así­ modificado. A partir de esa estrategia ortodoxa se nos presentarí­an sin duda nuevas anomalí­as y tratarí­amos de explicarlas mediante nuevas normas detectadas por los sociólogos, nuevas normas que habrí­a que endogeneizar y a continuación incorporar a la versión más reciente del modelo estándar. Una tarea que, como debe ser, no acaba nunca.

Curiosamente esta serí­a la versión metodológica ortodoxa. Pero a mí­ no me produce gran entusiasmo precisamente porque no tiene nada de revolucionaria. Lo realmente nuevo serí­a cambiar el modelo estándar renunciando quizás a la idea de equilibrio en un sentido que preserve la centralidad de las cuestiones de estática comparada, pero que no exija la racionalidad funcional aunque se aplique a nuevos escenarios con normas diferentes.

Esta última sugerencia que tampoco me parece que tendrí­a mucha aceptación por parte del grueso de la profesión, permitirí­a sin embargo seguir utilizando lo que me parece es la mayor aportación de una estrategia como la de Akerlof y que consiste en entender cómo los resultados de polí­tica económica son distintos en comunidades con distintas normas consuetudinarias.

Desigualdad

Uno de los editoriales del F.T. del pasado viernes se hací­a eco de algunas ideas que el mismo periódico ha difundido en sus páginas de opinión desde hace años sobre la causa de la desigualdad. Véase,por ejemplo el artí­culo de Bhagwati el 4 de enero.

La novedad que el editorial destaca y que ya anunciaba Bhagwati, está en que parece ser que la causa de una creciente desigualdad que se cree percibir es la tecnologí­ ­a y no la globalización.

Dejaré a un lado que hay diversas medidas de la desigualdad, desde el simple rango a la desviación tí­pica pasando por el í­ndice de Gini representado por la curva de Lawrence.

Prefiero fijarme en que hay varias formas distintas de componer las cifras de desigualdad entre paí­ses y las cifras de desigualdad interna en cada paí­s, cualquiera que sea la forma de medir esa desigualdad. Esto hace que merezca la pena comparar los diversos estudios tal como hizo Bob Sutclif en una escuela de verano que tuvo lugar en Donosti hace unos cuatro o cinco años, intervención que, más elaborada, ha sido recogido en unos cuadernos que edita el Instituto Hegoa de la UPV/EHU.

Entre los estudios más serios al respecto hay que mencionar al de X. Sala i Marti que hace también unos cinco o seis años mostraba cómo los números bien tratados desvelaban que la desigualdad global habí­a dsiminuí­ ­do gracias al aumento en la renta media de un paí­s como China.

Si las ideas que han aparecido en el F.T son correctas no solo entenderemos la dualidad del mercado de trabajo en los paises de occidente incuyendo la disminución de esa aparentemente estable variable que es la tasa de participación del factor trabajo; sino que además comprenderemos que al aumentar la dispersion de los salarios en China e India, aunque aumente la media gracias a las nuevas tecnologí­as y, en consecuencia también aumente la productividad de los trabajadres cualificados, ese aumento de dispersión aumenta la desigualdad global calculada de cualquier manera.

O sea que, en términos de igualdad parece que, si no estamos peor todaví­a, ya estamos en camino de estarlo.

Para los paises desarrollados, y para los gandes de los emergentes, como Chinaí‚ e India, la dualización del mercado de trabajo puede traer un problema serio de marginalización. En el mundo en general esta creciente desigualda puede recrudecer las migracianes y ponernos en una situación delicada.

El tamaño de los Estados

Hace unos dí­as tuve la oportunidad de presentar mis ideas sobre el número y el tamaño de los Estados. Resumí­ mal que bien algunas intuiciones que han aparecido en EXPANSION o en otros lugares y que aparecerán, todas ellas reunidas, en ese mamotreto que ya se va perfilando y que he llamado El CAPITALISMO QUE VIENE.

Resumiré un poco mis ideas sobre el número de estados más allá del principio VIPS (valor intrí­nseco de la pluralidad del ser) de Ulises Moulines

Primero, la globalización y la sociedad del conocimiento debilitan los argumentos en favor del tamaño grande de los Estados y, a través de la inmigración, más bien alientan los argumentos a favor de jurisdicciones pequeñas y homogéneas para la provisión de bienes públicos. Las TIC, por su lado, facilitan la internalización de las externalidades supraestatales.

Segundo, la regulación descentralizada es buena pues fomenta la innovación institucional y dificulta la captura del regulador.

Tercero, las polí­ticas macroeconómicas tradicionales no tienen porqué delegarse hacia arriba. Hay condiciones bajo las cuales las ventajas de la coordinación pueden ser alcanzadas sin renunciar a la soberaní­a.

Creí­ que con todo esto convenientemente ordenado y justificado, habí­a realizado un esfuerzo meritorio y contracorriente. Por esa razón me he quedo derrengado cuando a los pocos dí­as leo en el F.T.un artí­culo rutinario de Kenneth Rogoff, profesor en Harvard, que da como obvios los dos últimos puntos. Creo que merece la pena transcribir él párrafo que me interesa:

By and large, the world is far better off relying on more organic approaches that balance coordination and competition among national regulatory and legal institutions. If too much power is vested in a single global regulatory institution, there is a grave danger that innovation will be stifled. By the same token, a global central bank disaster.

Esta cita me sirve para dotar de autoridad a mis argumentos y me da la ocasión de usar al Manchurian Candidate como ejemplo de los peligros de tener un gran poder central. The Manchurian Candidate puede ser ese hombre o mujer perfectamente preparado/ preparada para defender la importancia crucial de un único Banco Central y que consigue llegar a su presidencia para dinamitarlo generando una gran inflación que pone el mundo en una situación muy peligrosa de desorden destructivo.

A Paco Sosa Wagner

Querido Paco:

Tu entrevista en el diario El Mundo me ha trasladado a tiempos pretéritos. Aquellos bonitos tiempos previos a la transición democrática cuando ésta se veí­a venir.

Nos uní­an las ganas de libertad y, como PNNs que éramos, el ansia de conocimiento.

Viví­as con tu mujer en una bonita plaza de Algorta y fuiste un poco más tarde de los primeros clientes de aquella gran aventura de la librerí­a Oroldi en la que oficiaba Maricarmen Castells, mujer de otro colega que lo siguió siendo mí­o mucho tiempo, nuestro querido Bubi Grafe.

Estás un poco más grueso, la pajarita te sienta muy bien y creo oir tu voz cuando desgranas las ideas de vuestro (tuyo y de tu hijo Igor) recientemente editado libro al hilo de la entrevista.

Pero vayamos al grano.

Afirmas con rotundidad que el Estado puede descomponerse si continuamos jugando con el Estado de las Autonomí­as. La idea no es nueva aunque compararnos con el Imperio Austro-Húngaro si que me parece una originalidad que no estoy seguro sea adecuada, aunque eso es lo de menos.

Ahora bien, reprobar la Confederación como posible arreglo institucional es una opinión que, en general, no tiene por qué ser cierta a pesar del ejemplo de Francisco José. Pensemos en el inicio de los E.E.U.U. o en lo que todaví­a se llama Confederación Helvética.

Si estuviéramos en la misma Universidad serí­a muy bonito organizar un seminario sobre estas cuestiones. O al menos un debate. Escucharí­a tus argumentos después de leer vuestro libro y te rogarí­a que leyeras lo que publiqué hace poco tiempo sobre el Principio Confederal en Polí­tica Exterior.

La discusión serí­a civilizada y saldrí­amos todos más sabios. Me temo sin embargo que esa discusión no vaya a tener lugar y no sólo porque estamos lejos o porque estamos agobiados de trabajo, sino porque no están los tiempos para estas finuras. Solo espero que leas esto y quizá ese pequeño trabajo que he mencionado y del que estoy bastante orgulloso.

Salud amigo.