Economía e Historia

Según los historiadores el pasado influye en el presente. Según los economistas el futuro influye en el presente a través de las expectativas. Parece por lo tanto que el presente serí­a un producto del pasado y del futuro. Pero, en realidad, lo que influye en el presente es la memoria del pasado y la imaginación del futuro.

Ahora bien, la memoria del pasado es lo que escriben hoy los historiadores y la expectativa del futuro es lo que escriben hoy los economistas. Pensar que memoria e imaginación se nos aparecen en el resplandor de su verdad indubitada serí­a una simpleza.

Luego para entender el presente tenemos que enterarnos de lo que dicen economistas e historiadores y aprender a discriminar entre los rigurosos y los cantamañanas.

Pero ¿cómo se discrimina? No hay forma objetiva de hacerlo. Solo cuenta la capacidad de convencimiento, la habilidad para seducir. En definitiva la retórica, esa manera de obligarnos a reposar nuestra vista en aquella historia y en aquella formalización económica que se nos imponen por razones nada técnicas.

Lo único sensato es tratar de entender el consenso de los especialistas reputados. Pero la sensatez tiene un precio, el de contribuir a dificultar la emergencia de ideas nuevas o de renovadas lecturas del pasado.

No podemos desembarazarnos de la pesada carga de tener que juzgar de primera mano. Una tarea, por cierto, no solo pesada, sino también difí­cil.

Mi Goulue en Bilbao

La razón para acudir a Bilbao desde Madrid la semana pasada acompañado de A.P.A. fue acudir a una especie de seminario sobre naciones, estados y esas cosas de las que no se habla más que por bajines.

No les voy a aburrir con las disquisiciones técnicas al respecto; pero sí­ les voy a releer algunas de las notas que tomé en la Goulue que siempre me acompaña:

  1. Rechazo todos los monopolios incluí­do el de la violencia. La seguridad fí­sica no requiere bloquear la violencia sino entrar en una interdependencia interesada.
  2. No entiendo que una forma de legitimacií­ón del Estado sea la formación de un espí­ritu nacional. Esa no era la idea de Hobbes.
  3. Holismo e individualismo. Los politólogos, historiadores del pensamiento y sociólogos tienden a ser holistas. Los economistas individualistas. ¿En dónde cae el intento de George Akerlof de integrar la sociologí­a en la economí­a?
  4. Pensar bien dos cosas:
    • La tensión entre diversidad y homegenidad y cómo afloja gracias a las TIC.
    • Lo de la cesión de soberaní­a en la polí­tica económica.

Y como no hay seminario o reunión de cualquier tipo en el Paí­s Vasco sin una buena cena, disfruté de una visita “guiada” al “Echanove” que ya tiene su primera estrella Michelin. Además de disfrutar de los sabores sabios que fabrica Fernando Canales Echanove, escuché embelesado su crí­tica a la perversa deriva de la cocina vasca. Tantea Fernando la creación de una marca de gastronomí­a vasca que no se esfume en el aire. Lo importante, según él, no es ni el cocinero ni el plato sino el cliente, su satisfacción.

Y nada más que pueda ser comentado. El resto de mis notas es secreto.

El igualitarismo vasco

El jueves pasado tomaba un avión tardí­o para Bilbao con A.P.A y ante la natural intención de este amigo mí­o de plantarse en la cola más corta para sacar la tarjeta de embarque fue recriminado por un jóven que pacientemente hací­a la cola más larga a la voz de “¡oiga caballero!”.

Habiendo sido docente en Bilbao durante muchos años no me acostumbro a que me traten de usted como hací­an los alumnos de Madrid y mucho menos a que me llamen “caballero”. No soy tal sino un señor mayor al que le gusta que le traten de tú, especialmente los jóvenes. Nunca he sido ungido “caballero” por ningún señor feudal y no me gustarí­a serlo en cualquiera de las formas actuales que tratan de reproducir esa manera de estar en el mundo que mezcla, incomprensiblemente para mí­, el orgullo con el acatamiento.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me dieron, ahora a mí­, este tratamineto repelente ya una vez en Bilbao. ¿Se estarí­a convirtiendo mi Bilbao en una corte?

Gracias a Dios se me disiparon las dudas en el sentido que yo esperaba cuando el chófer que nos condujo a A.P.A. y a mí­ desde el aeropuerto al hotel resultó ser una persona cultivada, educada, magní­fico conductor y singularmente igual a nosotros en la conversación. No necesitaba llamarnos caballeros ni utilizar ninguna otra argucia aduladora para mantener las distancias ni acercándose demasiado ni permitiendo que lo hiciéramos nosotros. Ese sí­ es mi Bilbao.

Pero ¿serí­a realmente así­ la cosa o era un mero espejismo?. No lo dudo ahora porque a los dos dí­as este mismo conductor me llevo de vuelta al aeropuerto de Calatrava, que cada vez ne gusta más, pasando por una escultura de Larrea, que cada vez me gusta menos, y nuestra conversación se centró en el acercamiento al “mundo feliz” de Huxley que representa el aparato electrónico que permite pagar el peaje sin parar.

Este igualitarismo vasco me gusta. Me hace sentirme hermano de mis hermanos.

Delitos y penas

Vivimos épocas de sentencias que retumban. No hay que pormenorizarlas porque están en la mente de todos. Y esta proliferación de las sentencias me retrotrae a la época en que tuve que estudiar derecho penal.

El primero de los cursos de penal era, he de reconocerlo, francamente estimulante. Te hací­a pensar, junto con la densa doctrina alemana, sobre la naturaleza del delito y las condiciones que deberían caracterizarlo, así­ como sobre la naturaleza de la pena no tomándola simplemente como un pago a la sociedad. Saqué buena nota.

El segundo y último curso de derecho penal era una terrible pesadez sobre el código penal español y sobre cada uno de los delitos tipificados, su pena y la correspondiente horquilla para que el juez pudiera utilizar su discreción. Era algo completamente arbitrario que te dejaba estupefacto por la evidente falta de correspondencia entre la importancia del delito y su pena, según fuera el delito.

Se notaba que el código penal era el resultado de extraños sedimentos a pesar de la propaganda sobre la parsimonia que habí­a de haber guiado a los sabios juristas que informaban sobre cualquier modificación. Suspendí­.

Este segundo año hubiera sido mucho más divertido si ya se hubiera dado la revolución de la teorí­a de incentivos y la hubiésemos podido aplicar al derecho penal, una aplicación que todaví­a hoy parece esotérica en el campo que se denomina Law and Economics.

Y, sin embargo a mí­ me parece que hay una aplicación inmediata que ya ha sido detectada por dos autores alemanes en un paper que me pasó Salvador Barberá y que no me consta haya sido publicado. Su argumento era impecable. Si las condenas son muy largas (o a muerte ) y no hay posiblidad de redención, el delincuente tiene incentivos a seguir cometiendo crí­menes horrendos ya que nada peor le puede pasar si le cogen de lo que ya le iba a pasar.

A mí­ me parece que esta reflexión debiera tener cabida al menos en la doctrina. Quizá ya la ha tenido y no me he enterado; pero lo más probable es que los tratadistas no sa hayan pereocupado de este asunto de incentivos. Deberí­an pensar, como los autores alemanes a los que me he referido sin poder citar, en las leyendas medievales de las que Wagner se hací­a eco para servir de soporte a su música.

Tannhäuser, después de haberse dedicado al placer sin freno y sabiéndose imperdonable, deberí­a haber seguido disfrutando de la suavidad del placer. Pero el hecho de que cupiera el indulto del Papa le llevó a peregrinar a Roma y a redimirse finalmente gracias al milagro del renacer de la vida.

Seguro que hay opiniones en contra de esta sugerencia pero me gustarí­a oirlas. Por mi parte solo me queda referirme a una posible analogí­a. En Economí­a del Trabajo existe una parte que está basada en la búsqueda de empleo. La sabidurí­a convencional decí­a que cuanto más alto fuera el seguro de desempleo menor serí­a la intensidad de búsqueda y por lo tanto mayor la tasa de desempleo.

Pero si, como ya expliqué un dí­a, en un artí­culo que se llamaba Sex-up las Vacaciones Pagadas (y en el que hací­a referencia al pobre Vicente Urnieta y aparece en la web page debajo de este blog con fecha de noviembre del 2003), tenemos en cuenta que encontrar trabajo es tener derecho al cobro de ese seguro quizá la gente se lanzara a buscar trabajo para poder en algún momento disfrutar de él.

¿Hace falta que destripe la analogí­a? Una sentencia alta es como un desempleo bajo. Este desincentiva la búsqueda de empleo y aquella, similarmente, desincentiva el arrepentimiento. Cuanto menor la pena menos incentivo a insistir en el crimen.

Me parece un argumento al menos atendible.

Viviendas desocupadas

Parece que algunas autonomías se empiezan a mover en relación a las viviendas vací­as y que proponen un aumento signifivativo del IBI, una especie de tasa de 9 euros al dí­a e incluso la expropiación.

Es una respuesta a la carestía de la vivienda, pero no estoy seguro que sea la respuesta adecuada. De hecho tengo sentimientos encontrados respecto de este problema y respecto a la soluciones que se proponen.

Por un lado me parece que gravar, o gravar aun más, la tenencia de un activo en el que materializo mi ahorro es penalizarme injustificadamente ese ahorro de la misma forma que serí­a injustificado penalizar mi tenencia de un terreno en el que no construyo o de unos valores mobiliarios de cuyos rendimientos no disfruto hasta que los vendo, como podrí­a ser el caso de un fondo de cualquier tipo.

Pero por otro lado hay algo en el movimiento okupa que me rejuvenece. Me recuerda a las bicicletas blancas de Amsterdam. Hay algo de civilizatorio cuando se socializa algo cuyo valor es tan pequeño para cada uno que a ningún propietario legal le molesta ponerlo a disposición de todos.

Pero el valor de un piso no es trivial cualquiera que sea su tamaño. Y su socialización no tiene ninguna gracia para el propietario.

Lo divertido serí­a poner en común la ocupación diaria de un piso vacío. Mi casa de verano, por ejemplo, podrí­a ser usada cada noche por quien la necesitara siempre, claro está, que se identificara y la dejara en perfecto estado de revista para la próxima noche.

Pero si algo así­ no fue posible con las bicicletas blancas de Amsterdam dificilmente lo va ser con los pisos vací­os. Pero la razon de la dificultad me parece tecnológica, no conceptual. Y tecnológicamente parece que hay soluciones pues el problema se parece mucho al uso de la capacidad de computación excedente que se puede utilizar, o se deberí­a poder utilizar, por cualquiera.

Liderazgo

El martes por la noche dejé de ver House en la Fox (a pesar de mi curiosidad por saber qué va a pasar a la pierna desquiciada del famoso doctor que le ata para siempre a su ex-mujer y al siempre aplazado ligue con la doctora Cudy).

Me privé del placer de los martes por la noche para ver el programa Madrid Opina, un programa de debate de Telemadrid presentado por Sáenz de Buruaga. Versaba en esta ocasión sobre la crispación polí­tica en general, pero acabó concentrándose exclusivamente en el terrorismo etarra, en los presuntos errores de Zapatero al respecto y en el qué hacer ahora.

En relación a este último punto, solo Anasagasti propuso algo, no muy concreto; pero al menos algo entendible. Se tratarí­a de romper la base sociológica de la violencia a través, supone uno, de integrar polí­ticamente a Batasuna para que no se vea obligada a estar mediatizada por ETA.

Zapatero sí­, Zapatero no, fue el asunto central del debate. Que si ha rectificado algo o no se ha movido un ápice, que si está a la altura de su responsabilidad o no vale para nada. Nada sorprendente excepto por dos detallitos sin importancia.

El primero fue el indudable parecido entre el periodista de Interviú y Anthony Hopkins el actor que da encarnadura a Hannibal Lechter. Incluso presentaba esa enorme serenidad en sus juicios contundentes que resonaban como la elegante conversación de ese educado caní­bal.

Pero fue el otro detalle sin importancia el que más me interesó: la apelación al liderazgo en la lucha antiterrorista por parte de Edurne Uriarte. Hace tiempo que, modestamente, trato de desmontar esa idea (ver por ejemplo el post sobre la orquesta Orpheus) pero se demanda cada vez más de esa cosa.

No me gusta el liderazgo. Me parece que responde a una noción anticuada de la organización que se asocia a la jerarquí­a como algo indispensable para esa organización y, tangencialmente, a una obvia nostalgia de los conducators de este mundo.

Este segundo aspecto del revival del liderazgo que vivimos me parece más bien una consecuencia no querida de la división del trabajo. Pero es que yo no quiero desentenderme del devenir polí­tico y que se ocupe otro de ese menester. Ofende mi dignidad; pero, al parecer, no ofende la dignidad de una gran mayorí­a que dicen pasar de polí­tica pero demandan mano dura. Vease si no las tendencias al liderazgo populista que se observan en la zona andina y en el sudeste asiático.

Y en cuanto a las jerarquí­as como expresión de la necesidad de coordinación ya escribí­ en el BIAM que cuanto más global se hace el mundo y mayor deviene una organización que se globaliza, menos centralizada necesita ser la coordinación entre distintas partes de esta organización y más podemos confiar en la coordinación horizontal y espontánea.

El liderazgo me parece un remanente caduco de la cultura falocrática. La espontaneidad coordinadora me parece, por el contrario un signo de lo que viene: un mundo más horizontal que para ser entendido en su complejidad exige una sensibilidad más bien femenina, signifique esto lo que signifique.

Ah! y en cuanto a la valí­a personal de Zapatero ¿qué quieren que les diga? Lo importante no es su inteligencia, su capacidad dialéctica o sus logros profesionales. Lo único importante es que tuvo más votos que los demás candidatos en las últimas elecciones generales. Pero puestos a hablar por hablar les diré que a mí­ me parece más a tono con los tiempos que todos los autoritarios encubiertos que le critican incluso desde su mismo partido y precisamente por la falta de liderazgo.

Comentarios sobre filantropía: el porqué (cont.)

Decí­a que el porqué, en mi opinión, se entendí­a muy fácilmente. Con una actividad filantrópica continuada lo que se persigue es fundamentalmente crear mercados.

Sin embargo esto no es lo que se dice normamente en la prensa diaria que últimamente le dedica a este asunto una atención inusitada.

Se dice que es el ego, es decir, la necesidad de diferenciarse. Unos tienen yates, otros se entregan apasionadamente a cultivar la vid y otros hacen filantropí­a a traves de una fundación que lleva su nombre como lo podrí­a llevar una botella de vino con denominación de origen.

Esta motivación para la filantropí­a no parece descabellada, especialmente si la extendemos un poco y hablamos no solo de ego sino de una forma desesperada de deseo de no morir y de dejar al menos tu nombre. No será ego; pero se le parece mucho. Es como si mi ego se hinchara hoy imaginando que la imagen que tendrán de mí­ es la que quiero que tengan, aunque no vaya a disfrutarla después de muerto.

Cuando la filantropí­a se ejerce en el contexto empresarial, se suele justificar como una devolución a la sociedad de lo que ésta ha dado a esa empresa. Nunca he entendido este argumento. Si se quiere devolver algo es que nos lo hemos llevado o, si pensamos en la famosa R.S.C., que debemos atender a los stakeholders de nuestra empresa. Sea una u otra la explicación del deseo de devolución, me parece tramposo.

Haber cobrado menos en su momento o presionar para que cambie el gobierno de la empresa incluyendo a todos los stakeholders parecerí­an las reacciones más explicables. Creo que la filantropí­a empresarial es simplemente una forma de hacer crecer el valor de una marca.

Un amigo, Fernando Fernández, se reí­a el otro dí­a de los que creen que la filantropí­a es publicidad encubierta y no me dio tiempo a preguntarle por qué le parecí­a algo erróneo o risible. Lo tomaré como un signo claro de que hoy se admite que hay una especie de genuina fraternida en la filantropí­a. Nadie soy para negarlo; pero el principio de generosidad no me parece un fundamento serio para entender el fenómeno.

Aunque necesitarí­a más tiempo y más espacio para explicarlo me parece que mi idea inicial sigue siendo correcta con una pequeña variación. Cuando la empresa de uno, o uno mismo, se mueve en la economí­a del conocimiento la lucha no es simplemente en el mercado sino por el mercado, dada la potencia del efecto-red.

Esto deberí­a ser obvio si uno piensa que el mercado de uno mismo es el mercado de mi propia obra. Por ejemplo el mercado de posts de Juan Urrutia. Y para quedarse con el mercado no basta con introducir nuevas mercancí­as, sino que hay que dificultar la entrada ajena en ese mercado que, en principio, admite sucedáneos y productos sustitutivos, más allá de la protección natural que ofrece el efecto-red. Por si acaso hay que reforzar ese efecto delineando atractivamente la comunidad identitaria que se asocia a la marca. Y ser filantrópico es una manera de hacerlo.

Y así­ acabo con el porqué de la filantropí­a. Seguiré con las otras preguntas que me planteaba al iniciar esta miniserie.

Comentarios sobre filantropía: el porqué

En Veinte comentarios sueltos sobre economí­a y mecenazgo que publiqué en la Revista de Occdente en 1997, trataba de entender, después de distinguir entre patrocinio y mecenazgo, las razones de este último revistiera o no la forma fundacional.

El último comentario era revelador de mi concepción y puede constituir el punto de partida de la nueva reflexión que propondré poco a poco. Decí­a entonces en el último comentario suelto:

Una ventaja de concebir al mecenas como un creador de mercado es que así­ se le ubica en la corriente liberalizadora hoy en boga. Pero, ¿tiene esto sentido histórico? Quizá merezca la pena … elaborar una pequeña conjetura histórica.

Muy a menudo los economistas analí­ticos razonan como si el Mercado fuera un fenómeno natural que ha tenido que ser parcheado a lo largo de la Historia por el Estado debido a fallos que… devienen intolerables. De hecho la Historia puede haber recorrido la historia en sentido inverso. Al principio los recursos se asignaban por el Soberano y solo poco a poco se fue abriendo camino el Mercado que…, serí­a un fenómeno cultural y no algo natural.

Para los economistas analí­ticos el horizonte del pensamiento serí­a, paradójicamente, el Mecenazgo, mientras que para los observadores de la historia ésta parecerá llevarnos al reinado del Mercado. El papel histórico del Mecenazgo varí­a para una y otra concepción.

Para los unos el Mecenazgo serí­a realmente la superación de la idea de Estado y plasmarí­a el dominio propio de la Sociedad Civil que estarí­a organizada según algún principio de generosidad. Para los otros la única funcionalidad del Mecenazgo serí­a la de crear mercados allí­ donde faltan.

En mi opinión esta segunda concepción es más acorde con la Historia. Los mecenas del Renacimiento eran Estado. Los mecenas de hoy están llamados a introducir en el proceso de circulación mercantil aquellos bienes que hasta el momento no funcionan como mercancí­a, generalizando su disfrute. Nada Menos!

Como creo que, después de la entrada en el mecenazgo o en la filantropí­a en general de Bill Gates y Sra., así­ como de Buffet, la falsa interpretación se mantiene, deseo seguir abogando en favor de la concepción que yo proponí­a poniéndola un poco al dí­a.

Comentarios sobre filantropía: introducción

Desde que en mi época de estudiante de doctorado topé con Kenneth Boulding y su Grants Economy, he estado interesado en aquella parte de la Economí­a que no tiene que ver con el mercado.

Un interés que no va en desdoro de mi admiración por el mercado, sino que lo complementa. El mercado es maravilloso como construcción social pues canaliza muy bien la enorme fuerza creativa de la competencia. The Nonprofit Economy, por utilizar el tí­tulo del libro de Burton A. Weisbrod, parecerí­a que, al reflejar que una buena parte de la actividad económica no pasa por el mercado, parecerí­a que nos está diciendo que la creatividad de la competencia puede quedar debilitada. Pero, en mi opinión, lejos de ello, la actividad filantrópica aumenta esa creatividad por caminos que todaví­a no están claros para el pensamiento teórico-económico.

Me propongo ir desgranando algunas ideas al respecto a lo largo de las próximas semanas de modo que hoy me basta con destacar las preguntas que se me antojan más interesantes.

A partir de tratar de contestar la pregunta básica de por qué existe la actividad filantrópica, cabe preguntarse por qué esa actividad reviste una forma u otra, cómo debe gestionarse cuando reviste la concreta forma fundacional, a qué deberí­an dedicarse las fundaciones y, finalmente cómo deberí­an regularse.

Sobre algunas de estas cosas ya escribí­ en el pasado en la Revista de Occidente; pero mi interés se ha reavivado tanto porque parece que EXPANSION se interesa por la filantropí­a anunciando una nueva edad de oro para ella, como porque Becker y Posner acaban de escribir sobre ello en su famoso blog con algunas ideas que me han chocado.

Sobre el poder curativo de la oración

Samuel B., al que yo citaba en el post sobre el ateísmo y al hilo de lo que contestaba Daniel Dennet a los que habí­an rezado por su salud a raíz de su larga operación a corazón abierto, me enví­a el artí­culo del N.Y. Times donde él lo habí­a leí­do, aunque me dicen que lo cuenta también Dawkins en su God Delusion.

Aquí­ está el artí­culo del N.Y. Times. Su lectura es recomendable pues ni es larga ni muy técnica.

Aparte detalles interesantes, solo para los entendidos o estudiosos, lo que se entiende es que las complicaciones posteriores a operaciones de corazón dependen de las oraciónes que se elevan a lo alto para que todo salga bien así­ como del conocimiento del paciente sobre esa oración.

Los que menos complicaciones postoperatorias sufrieron en el estudio al que se refiere el N.Y. Times fueron aquellos pacientes por los que nadie rezó. Luego aquellos por los que sí­ hubo alguien que pidió la intercesión divina pero ellos no lo sabí­an y finalmente aquellos que sí­ conocí­an que estaban siendo recomendados a Dios a efectos de evitar complicaciones para su vida en este valle de lágrimas.

Me es imposible tomarme en serio este tipo de estudios aunque se hayan realizado con todo el cuidado experimental, durante mucho tiempo y con una muestra amplia. Y mi escepticismo se remonta a aquel viejo adagio que se referí­a a la medición sin teorí­a. Cuando la teorí­a no establece alguna restricción previa me resulta dificil creer que sabemos lo que estamos midiendo.

No extrañará por lo tanto que termine con dos irreverencias contradictorias. La primerera es que, a pesar de todo, y por si acaso, no recen por mí­, aunque la evidencia no sea definitiva. Y la segunda es que quizá los resultados experimentales variarí­an si, en vez de rezar solamente, se acompañara la oración con algún sacrificio propiciatorio.

Espero que alguna Fundación dedique sus dineros a esta fascinante seguna cuestión.