Más apuntes en mi Goulue

El calentamiento global ha cambiado el color del agua del Abra de Bilbao, ese pedacito de mar civilizado que contemplo desde el ventanal de mi casa.

Hace 30 años el Abra era marrón con irisaciones de verde legí­a. Hoy es azul; pero no de un azul cualquiera. Es del azul de fondo de señal de autopista. Muy parecido al azul como añil que tanto usa MPH y que aparece en su último collage.

Pasear por el muelle de Las Arenas ya no es un ejercicio de contemplación de la fuerza de un capitalismo proteccionsta que creaba riqueza a expuertas mientras maltrataba el entorno. Hoy es pasear por la Croissete de Cannes aunque sin starlettes y con ciudadanos que se miran asombrados.

There is a crack in everything dice Cohen ( Leonard, desde luego) y quizá tega razón, aunque la sentencia es tan general que da miedo. Quizá todos tememos padecerla y todos somos conscientes de que la mayorí­a de las instituciones podrí­an tenerla oculta entre los pliegues de su vieja piel.

The golden Bowl de Henry James, llevada al cine por la pareja Merchant-Ivory, refleja muy bien cómo un matrimonio puede padecerla,saber que la padece y sin embargo hacer como si ese no fuera el caso con evidente ventaja para todos.

Un experimento con neutrones puede descubrir una fisura por muy recóndita que se halle. Podemos testar la generalización poética de Cohen. Pero también aterroriza pensar que fuera verdad. Todo serí­a frágil y a punto de cascarse, de destruirse, de desaparecer en su forma presente.

Pero para obtener los neutrones para el experimento metafí­sico que propongo tenemos que astillar, o descascarillar, un átomo liberando los neutrones que se arraciman y en estampida se lanzan hacia adelante si les ponemos una guí­a. Astillar neutrones es dejar de mantener las distancias y cuando se hace eso las cosas cobran una fuerza inimaginable.

Para generar energí­a o para descascarillar neutrones, que no es lo mismo, tenemos que perder el respeto a las distancias y romper esa distancia que nos mantiene pardójicamente juntos.

La Goulue navideña

No hay manera de sentirse cómodo en estas fiestas. Tampoco se puede, o al menos yo no puedo, olvidarme de ellas y escribir largo. Solo me quedan las notas de mi Goulue para salvarme del naufragio.

George Sanders era igual que mi padre , dice mi primer apunte.

Eso ha sido un lugar comú en mi casa desde hace más de 50 años. Pero la novedad es que al verme en una foto de mi boda he decubierto que yo habí­a heredado ese parecido. En bajito era en aquella juventud como ese inolvidable cí­nico the All about Eve debió ser de jóven.

Espero encontra fotos suyas y ser capaz de incluirles la mí­a De esa manera reconocerán que no era un farol cuando presumí­a de parecerme a Chillida y afirmaba que los dos éramos guapos a lo vasco.

Pues resulta que George Sanders, que no creo tuviera antecedentes vascos conocidos, se parece a mi padre. ¿Se parecen entre sí­ George y Eduardo?

eduardo chillida

Eduardo Chillida

El conservadurismo de los economistas

Hay una entrada interesante en el blog de Greg Mankiw sobre la presunta mayor actitud conservadora de los estudiantes de economí­a.
En su post Mankiw ofrece tres razones inteligentes para que esto sea, all in all, cierto. Deja de mecionar algunos experimentos en los que esto aparece con claridad y una de sus razones se me antoja débil.

El experimento es el de los estudiantes jugando el juego del ultimatum. Los economistas son menos equitativos en el reparto de una cierta cantidad de dinero que proponen, y que si se acepta por el otro jugador se lleva a cabo y si no se pierde para ambos. Lo racional es proponer un reparto como 10%/90%; pero de hecho se suele observar como mdia un 40%/60%, excepto en el caso de los estudiantes de economí­a que proponen tratos más miserables creyendo que lo único racional que puede hacer el otro jugador es aceptarlos. Si ser conservador es ser menos generoso, efectivamente los estudiantes de economí­a lson más conservadores que estudiantes de otras disciplinas.

Sus tres argumentos son. El fin de las utopí­as cuando te das cuenta que hay trade-offs como el de libertad- equidad; el reconocimiemto de que el mercado es una máquina maravillosa y la aceptación realista de que la redistribución no se hace en favor del quienes lo necesitan sino de los cercanos al poder.

A mí­ me parece que el reconocimiento del milagro del mercado no hace conservadores sino todo lo contrario. Esto es obvio si lo relaciomamos con el tercer argumento. Es la competencia la que elimina rentas, especialmente las de los poderosos. Siempre que el mercado sea realmente competitivo y no un simulacro, tal como ya he dicho en muchas ocasiones.

Christmas Economics

Este es mi regalo de Navidad para mis socios y amigos de Las Indias. Justamente una reflexión sobre el regalo que no la hago yo;sino Greg Mankiw y que espero que guste a estos jóvenes colegas que hacen propaganda de la lógica de la bundancia y de la manera de ser del mumi, esta vez desde el hemisferio sur, y que hacen la única editorial anual regocijándose una vez más en el regalo gratuito. Como dice Bernardo Atxaga nada hay más necesario que lo caprichoso.

The Economics of Gifts

Case Study
Gifts as Signals

A man is debating what to give his girlfriend for her birthday. «I know,» he says to himself, «I’ll give her cash. After all, I don’t know her tastes as well as she does, and with cash, she can buy anything she wants.» But when he hands her the money, she is offended. Convinced he doesn’t really love her, she breaks off the relationship.

What’s the economics behind this story?

In some ways, gift giving is a strange custom. As the man in our story suggests, people typically know their own preferences better than others do, so we might expect everyone to prefer cash to in-kind transfers. If your employer substituted merchandise of his choosing for your paycheck, you would likely object to the means of payment. But your reaction is very different when someone who (you hope) loves you does the same thing.

One interpretation of gift giving is that it reflects asymmetric information and signaling. The man in our story has private information that the girlfriend would like to know: Does he really love her? Choosing a good gift for her is a signal of his love. Certainly, the act of picking out a gift, rather than giving cash, has the right characteristics to be a signal. It is costly (it takes time), and its cost depends on private information (how much he loves her). If he really loves her, choosing a good gift is easy because he is thinking about her all the time. If he doesn’t love her, finding the right gift is more difficult. Thus, giving a gift that suits the girlfriend is one way for him to convey the private information of his love for her. Giving cash shows that he isn’t even bothering to try.

The signaling theory of gift giving is consistent with another observation: People care most about the custom when the strength of affection is most in question. Thus, giving cash to a girlfriend or boyfriend is usually a bad move. But when college students receive a check from their parents, they are less often offended. The parents’ love is less likely to be in doubt, so the recipient probably won’t interpret the cash gift as a signal of lack of affection.

No hay gran cosa que añadir. ¡Feliz Navidad!

Sí está de moda hablar de religión

A pesar de que mi último post sobre el ateismo me parecí­a un poco extemporáneo, me decidí­ a publicarlo porque creí­a realmente que el ateismo se está poniendo de moda en la cultura occidental. A la luz de lo que luego descubro en un Herald Tribune atrasado que llevaba en la cartera, me parece obvio que lo que sí­ está de moda es la religión sea para criticarla, sea para promocionarla.

Me parece que una vez que ya cometí­ la descortesí­a de hablar de estas cosas en estas fechas, no creo que lo pueda empeorar si continúo haciéndolo a través de mi respuesta a los dos artí­culos del Herald Tribune.

Me quedarí­a luego tratar de argumentar que hablar de religión no es ajeno a hablar de la existencia de Dios.

En Religion II: Faith that refuses questions, Mark C. Taylor, un profesor de religión y humanidades de Williams College, parece querer decir que la religión no estarí­a tan mal si estuviera abierta a las dudas. No se me ocurrirí­a discutir que lo importante es no cegar el pozo de las dudas; y si esto fuera compatible con la religión pues estupendo. Pero ¿lo es?

Ciertamente no, si estar abierto a las dudas no es sino una estrategia impostada para aparentar un signo de inteligencia cultural. Si estar abierto a las dudas fuera parte de la revelación, entonces es como si la religión estuviera sentada sobre una bomba de relojerí­a. Las religiones son dogmáticas o no son sino simples recetarios para la buena vida como serí­an los cultos polititeistas o, según algunos, el análisis freudiano.

Más dificil de discutir es el artí­culo de dos profesores de Saint Martis College y de Instituto de Luxemburgo de estudios europeos e internacionales respectivamente. En Religion I: The problem with secularism proponen a la relgión ( supongo que bien entendida)como la única forma de luchar contra el fundamentalismo religioso. Defienden esta extraña posición basándose en dos argumentos. Que el ateismo no se lleva, no tiene hoy tirón, y que la razón última del secularismo, es decir la primací­a de la razón, es tan imposibñe de probar como la existencia de Dios, imposibildad ésta en la que estaba basada mi defensa del ateismo como la única postura epistemoológicamente honesta y respetable.

Ni que decir tiene que su primer argumento es justamente lo que yo negaba. Pero es que su segundo argumento me parece fraudulento. Hay razones para pensar que la racionalidad funciona sin necesidad de exigir una la prueba contundente de su fundamento último. Sin embargo no hay razón alguna para creer en la existencia de algo o alguien que no es observable o que nomse ha manifestado nunca. Y esto a pesar de las Fuentes de la Creencia en la existencia de Dios de Sertillanges, un P.O. que escribió ese libro antes de mi nacimiento, que fue publicado en castellano con permiso del censor y el nihil obstat correpondiente en 1942 y que desentierro de mi biblioteca este dí­a tonto de hoy.

Podrán decirme que estoy hablando de religión y no de Dios y tendrán razón; pero convendrán conmigo en que es esta religión la que está en juego cuando hablamos de agnosticismo o de ateismo y no las religiones animistas o misticismos varios o las ya referidas ayudas al buen vivir. Por lo tanto los artí­culos que acabo de glosar brevemente son una muestra de lo dificil que es todaví­a aceptar el ateismo. El sábado en El Pais Timothy Garton Ash nos proporcionaba una muestra de la misma dificultad al incitarnos a no creer tonterí­as y respetar a los creyentes. Un arreglo muy deseable; pero dificil de ejecutar si el respeto va más allá de la educación. El verdadero respeto ha de tener que ver con la ausencia de trampas y esto es justamente lo que no exhiben las religiones monoteistas.

Y de la tranascendencia qué, me preguntarán ustedes. Pues nada, les contesto yo, mientras no me pongan la pregunta en términos que se puedan discutir. Si no pueden hacerlo, sigamos el consejo de Wittgestein y callémonos. Hablemos solo de la existencia de un Dios y respecto a esto me quedo con lo dicho en el post anterior.

¿Está de moda ser ateo?

Topé con Tom en la calle Almagro y me felicitó las pascuas en una actitud como de pedir perdón por felicitar estas fiestas excvusivamente cristianas. Como yo pienso que Tom Burns es un católico inglés de esos que realmente lo son seriamente, no pude reprimirme y le contesté que, aunque ateo, celebraba estas fiesta, que naturalmente admití­a su felicitación y que debí­amos conmemorarlas en un mano a mano cuando pasen las fechas oficiales.

Ante mi insolencia Tom sacó lo mejor de sí­ mismo y con un revoloteo de gabardina me hizo gesto de decir: ¡cómo puedes decir esas cosas tan antiguas! No me dejé arrugar por su indudable wittiness y respondí­ que estaba equivocado, que hoy ser ateo se habí­a puesto de moda. Como un rayo se volvió de frente a mí­, me me miró con conmiseración y me acusó de haber leí­do The God Delusion de Dawkins. Aunque es mentira le dije que desde luego; pero que el bueno era el libro de Daniel Dennet, Breacking the Spell. Ahí­ le pillé y abatimos nuestros floretes de juguete.

Yo acababa de leer en efecto un escrito bastante largo de Dennet en la red y horas más tade le contaba a Samuel B. cómo Dennet, ateo confeso y militante, recuperándose todaví­a de una segunda operación de nueve horas a corazón abierto, agradecí­a los ánimos de sus amigos y la buena intención de aquellos de éstos que le confesaban que rezaban por él. Pero aun en su postoperatorio tiene ánimos para afear a los rezadores que se hubieran limitado a elevar el corazón a su Dios; pero no le hubieran sacrificado una cabra. El artí­culo continúa y recomiendo se lectura pues ésta y muchas de las entradas en la gran página de John Brockman justifica la contestación positiva a la pregunta del tí­tulo.

Samuel B. aprovechó la ocasión para contarme que habí­a por ahí­ un experimento en el que se constata cómo la oración por los enfermos es perjudicial para ellos y para los que se preocupan y calman los nervios elevando la mirada al cielo y musitando letaní­as. Este esperimento relatado contado por un asistente activo a las jornads cientí­ficas organizadas por la Areces a las que ya he hecho referencia en este blog, nos deberí­a hacer pensar que quizá ha llegado la hora de abandonar el agnosticismo del que no tiene opinión y pasar a tratar de explicar porqué es natural inventarnos a Dios y porqué esto no implica que tengamos que creer en ese constructo de nuestra naturaleza. Esto es lo que explica muy bien Dennet en el libro con el que golpeé amablemente a Tom, libro éste que sí­ que he leí­do.

No basta con suspender el juicio, hay ya que decir en alta voz que, exista Dios o no exista, no hay manera de saberlo y que afirmar su exixtencia es un simple abuso del lenguage. De acuerdo con lo poco que sabemos y las reglas del lógica nuetra obligación moral es, dado el estado presente de nuestro conocimiento, defender su inexistencia.

Que el ateismo se ponga de moda es un buen sí­ntoma de que la libertad de pensamiento se impone.

La descentralización del Sistema Nacional de Salud

La Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM) ha realizado un estudio con un nombre revelador de su contenido: Estudio de las condiciones de trabajo, retribuciones y carrera profesional de los médicos en España. El estudio se presentó el jueves 14 de este mes y al dí­a siguiente el ABC se hizo eco de él subrayando que los médicos reclaman la recuperación de la centralización del Sistema Nacional de Salud (SNS). Se pueden consultar estas reacciones en la pagina de esta confederación sindical

Los médicos se movilizan y algunos periódicos se hacen eco de la protesta para defender una vez más la unidad y la centralización. Es curioso que una confederación de sindicatos y un periódico de derechas parezcan resonar en la misma onda. Y digo solo que parezcan porque, como el estudio no ha sido colgado todaví­a en la página citada, no puedo comparar el original con la interpretación del periódico. Pero a la luz de las reacciones que ha provocado el estudio y que, como he dicho, se recogen en dicha página, me parece una resonancia dudosa.

En cualquier caso parece que el estudio sindical pone de manifiesto las diferencias autonómicas en materia no solo de salarios, sino también de carrera profesional y de condiciones de trabajo. Sin embargo lo más llamativo es la difrencia salarial entre los médicos en Baleares (53.000 euros anuales) y, por ejemplo, Andalucí­a (31.000 euros anuales).

Claro está que antes de opinar sobre el estudio y su contenido tendrí­a que conocerlo y asegurarme de que se han tenido en cuenta las diferencias en í­ndices de inflación y en práctica privada así­ como en arreglos institucionales que quizá expliquen buena parte de las diferencias. Así­ mismo, y ya puestos, no serí­a malo comparar también la dispersión salarial en cada comunidad así­ como las diferencias por género o por edad. Darí­an información interesante. Pero dejando aparte todas estas precisiones, lo que me llama la atención es que el periódico citado subraye con insistencia que parece necesaria una recentralización del SNS. Y me llama la atención porque no creo que los datos aportados sostengan esa interprtación.

A mí­, por el contrario, los datos disponibles me harí­an pensar, más bien, que las preferencias de cada comunidad autónoma son diferentes y que la competencia está ya sustituyendo a la burocracia en la administración de las carreras profesionales y en las oportunidades de nuestros médicos. Cosas estas todas buenas.

Que las comunidades autónomas compitan, incluso en lo fiscal, me ha parecido siempre bueno porque ello llevará a que la homogenización se lleve acabo, si así­ hubiera de ser, de manera natural teniendo más en cuenta las preferencias de los ciudadanos que las de los burócratas. Lejos de cegar la movilidad, la competencia territorial la promueve de acuerdo con las preferencias de los médicos. Quizá los ya maduritos prefieran climas cálidos y los jóvenes ambiciosos deseen trabajar con alguien prestigioso en un centro en el que se paga poco. No consigo ver ninguna ventaja en la recentralización que serí­a, pienso yo, contraproducente para la competencia.

Otra cosa sin duda distinta es la coordinación a efectos del uso de las facilidades sanitarias por residentes en otra comunidad o a efectos de la práctica médica. Pero aquí­ el problema serí­a el de saber qué es mejor, si una coordinación centralizada o una descentralizada. La sola pregunta puede no entenderse o malinterpretarse. ¿Cómo es posible que haya una coordinación descentralizada? Pues hay ejemplos y hay razones. Aunque acabo de escribir una cosita sobre estos temas, basta aquí­ con un poco de intuición. Cuando no hay problemas de alineación de incentivos, puede haber razones para preferir una coordinación descentralizada. Como las condiciones de trabajo no se fijan, parece ser, centralizadamente no parece que haya tensiones de incentivos: yo, cardiólogo en el hospital de Cruces (Baracaldo), no voy a ganar más porque el de trauma en la Fé de Valencia gane menos. Si esto es así­ la coordinación podrí­a ser descentralizada cuando, por ejemplo, hay mucho que aprender de las condiciones particulares de cada hospital o de cada Comunidad. Si ese fuera el caso la coordinación centralizada y la tendencia a la homegenización que trae consigo la consiguiente burocracia, cegarí­an las posibles fuentes de la innovación y, sobre todo, de su diseminación.

En el fondo de esto hay una profunda desconfianza hacia el mismí­simo estado de las autonomí­as y no digamos ya frente a sistemas federales o confederales. Y sin embargo en muchos de los paises que admiramos hay esas diferencias regionales aun mayores que las que estoy comentando, hasta el punto, sea esto mencionado a mero tí­tulo de ejemplo, de que para ejercer de abogado en otro estado de los EE. UU. no basta con colegiarte, sino que tienes que pasar un examen nada fácil.

Cuando la derecha pide la centralización deberí­an acordarse de Hayek y los verdaderos liberales que sienten una repugnancia instintiva hacia cualquier tipo de planificación, justo lo que parecen estar pidiendo los sindicatos y extrañamente también un periódico como el ABC. El orden que gusta a la derecha es a veces estéril y, en cambio, un poco de desorden aparente puede ser útil para aprender unos de otros.

Por el tipo de razones que acabo de apuntar, a mí­ los datos que se han hecho públicos, lejos de parecerme escandalosos, me parecen esperanzadores incluso en términos de la famosa unidad de mercado, el útimo slogan de los centralizadores. No es que yo sea un loco que trabaja en contra de la unidad de mercado. La pérdida de esa unidad serí­a costosa para todos. Tampoco es que rechace todo centralismo. Lo que ocurre es que los datos me parecen revelar que la competencia funciona y su juego me parece tan beneficioso que compensa los posibles costes de transacción en los que podrí­a hacer caer al sistema público de salud.

Groucho reinterpretado

Siempre he disfrutado mucho del chiste que se atribuye a Groucho Marx y que dice que él nunca pertenecerí­a a un club que le admitiera como socio. Pero nunca he sabido muy bien porqué me hací­a tanta gracia. Pensaba que era la descarnada declaración de un pesimista risueño que no se creí­a digno de formar parte de una sociedad exclusiva y excluyente. Una especie de duda muy judí­a sobre la pertenencia.

Pero, hace unos dí­as y en el contexto de unas jornadas cientí­ficas sobre Economí­a Experimental y Neuroeconomí­a organizadas por la Fundación Areces, aprendí­ de Tom Palfrey, de CALTECH, una interpretación alternativa. Tom empieza afirmando que los clubs existen para elevar el nivel social de sus miembros. De ahí­ se sigue que solo los que están por debajo del nivel social medio de un club se benefician realmente de él puesto que, a coste cero, reciben un empujoncito social por parte de los miembros que están por encima de esa media. Si me admiten como socio es porque la masa social piensa que estoy por encima de la media y, en consecuencia, no me interesa pertenecer porque si eso fuera cierto estarí­a prestando un servicio sin recibir nada a cambio.

Esta interpretación nos hace ver a Groucho con otros ojos; los ojos de un experto en teorí­a de clubs. Y aprendemos a ver un Groucho muy distinto del que creí­amos conocer. Ya no se trata de un pobre diablo que duda sobre su pertenencia o de un marginado que se rí­e de una vida cruel pero asumible sin tentaciones suicidas. Se trata de alguien que, aunque no lo parezca, sabe de lo que habla como si siempre hubiera pertenecido a la buena sociedad y que, sin embargo, ya no está dispuesto a generar beneficios sociales no retribuí­dos.

Quizá, además de una reinterpretación del personaje de un cómico genial, tenemos también una pequeña aportación teórica. Solo los muy muy ricos o muy importantes polí­ticamente son capaces de forzar su admisión en un club en el que ellos, a pesar de su poderí­o, estarí­an por debajo de la media del prestigio social, de forma que sacarí­an algo gratis. Por ejemplo, extraerí­an de los otros miembros el satus social que desean mediante el mero pago de las cuotas y quizá una entrada pero sin aportar ellos nada especial.

Nada realmente sorprendente. Son los poderosos los que obtienen las invitaciones a viajar gratis total en la vida. Y no hay manera de evitarlo pues no tendrí­a sentido no admitirlos a pesar de que no aporten satus. Aportan contactos de negocios o polí­ticos o ambos. Los ricos y poderosos siempre acaban haciendo buenas migas con los aristócratas. Pensemos en Lampedusa y su Gatopardo.

Hasta aquí­ me ha traí­do el comentario marginal de Tom Palfrey. Por lo demás las jornadas de la Areces estuvieron muy bien y acabé cargado de lecturas que digiero poco a poco.

En la muerte de Vicente Urnieta

Ha muerto Vicente Urnieta. Le traté mucho durante la carrera allá en Bilbao; pero luego perdí­ su pista.

Curiosamente me lo rescató Esteban Ormeche cuando hace un par de años delató a algunos personajes que le utilizaban como «negro» y entre los que estaba Vicente.

Alberto Lafuente conocí­a a Ormeche y me lo presentó un dí­a que lo encontramos revoleteando por Fuentetaja. Después de una suave presión me confesó Ormeche que Vicente sí­ que escribí­a él mismo algunas cosas que rara vez publicaba y que él guardaba varias. Me regaló una piecita que no parece del todo terminada; pero que se la ofrezco en homenaje póstumo a quien fue mi amigo

NIHILISMO JURíDICO ESPONTANEO

Me siento como un stsreacker en Wimbledon que pretende llamar la atención sobre el contenido de una pegatina adherida a una nalga y, quizás también, como un aspirante a matador que salta al ruedo el jueves grande la feria de San Isidro. Pretendo ciertamente llamar la atención; pero no renuncio a tratar de poner en juego algo que concierne, o deberí­a concernir, a los juristas serios.

Aunque voy a acabar hablando de la ley debe quedar claro desde el principio que lo que quiero es hacer polí­tica. En el mundo polí­tica (sic) cabe, además de “pasar ” de él, ser un revolucionario o un contrarrevolucionario. Yo, por ejemplo, fui en mi juventud aprendiz de revolucionario y “unsolicited ” compañero de viaje de los profesionales antifranquistas. Como ejemplo contrario tenemos a Juan Urrutia que, en uno de los últimos escritos de su página web, se declara contrarrevolucionario frente a esos neoconservadores que aspiran a domeñar la incertidumbre y que él tilda de revolucionarios. Yo fui casi revolucionario para abrir oportunidades; Juan Urrutia parece querer hacerse contrarrevolucionario para que no se cierren las que estaban abiertas. Como se ve, y a pesar de las etiquetas, perseguimos una finalidad común. He de suponer que Juan Urrutia no es contrarrevolucionario para evitar riesgos; sino que lo es porque sabe que en libertad hay riesgos inevitables y pretende denunciar la cobardí­a de los presuntos revolucionarios que, no queriendo reconocerlo, pretenden acabar con la incertidumbre mediante una robotización de la gente que elimine el problema de los incentivos a los que esa gente responderí­a si fuera libre para hacerlo. En mi caso quise ser revolucionario precisamente para desrobotizarme ya que preferí­a el riesgo voluntariamente asumido que la seguridad impuesta.

Se comprenderá, después de estas reflexiones y de mi confesión, que me encuentre perplejo ante una cuestión que no sé si llama a la revolución o a la contrarrevolución; pero que pone en juego una cuestión jurí­dica yo creo que profunda. A juicio de este jurista espontáneo y amateur, la administración de justicia en sentido amplio se salta la ley a la torera. El ministro del ramo, en su encomiable afán antiterrorista, roza a veces la calumnia; pero no mete en la cárcel a quienes acusa de terroristas. El Tribunal Constitucional, con su inefable presidente a la cabeza, da por buenas (con el voto discrepante de siempre, gracias a Dios) extrañas leyes ad-hoc con efectos retroactivos. El Tribunal Supremo insta a otras instituciones a violar su propio reglamento (que es una ley). Y el ministerio fiscal se renueva a sí­ mismo con efectos retroactivos selectivos y se comporta de manera aparentemente servil con sus jefes. ¿Qué puede hacer uno si interpreta así­ lo que está pasando?.

Podrí­a uno quizá convertirse en contrarrevolucionario y pasar a la propaganda y a la agitación para frenar a los revolucionarios neoconservadores que parecen creerse elegidos por la mano de Dios para eliminar el terrorismo por la única ví­a aceptable o para defender la unidad de una patria, unidad que ellos creen sagrada y en peligro. Esto es lo que hará quizás Juan Urrutia quién posiblemente comenzarí­a por distinguir la ley de la moral y la legalidad de la legitimidad. Pero yo soy incapaz de adoptar esta posición contrarrevolucionaria, primero porque es inútil (pues si bien hay policita judicial no hay policí­a moral) y segundo porque esas distinciones apuntan a un absolutismo del que no sé si Juan Urrutia es consciente; pero del que yo abomino. Yo me quedo con el relativismo y afirmo que no hay más moral que la ley ni legitimidad distinta de la legalidad y que, por lo tanto, la ley puede variar en el espacio y en el tiempo.

Creo por lo tanto que tengo una concepción positiva del derecho y en consecuencia deberí­a plantearme, de acuerdo con mis orí­genes revolucionarios, el hacer polí­tica o ejercer la fuerza para que las leyes cambien o para que jueces y fiscales sean realmente independientes. Como viejo compañero de viaje siempre estaré dispuesto a acompañar a quién se atreva a iniciar una campaña en este sentido. Pero yo no me siento con ánimos para acometer una campaña que, en una democracia parlamentaria, no puede agotarse en denuncias, movilizaciones o pancartas; sino que debe ejercer un trabajo parlamentario continuado y una presión mediática costosí­sima y abrumadora para alguien de mi edad.

Por lo tanto, sólo me queda ofrecer la pataleta de un viejo loco: me declaro públicamente inmoral y decidido a no cumplir la ley siempre que así­ lo desee. No pretendo cambiar la ley (como querrí­a el Vicente Urnieta joven) pero estoy dispuesto a incumplirla, justo lo contrario de Sócrates. De acuerdo con mi positivismo jurí­dico no pongo en duda que la ley sea la única fuente de la moral. Afirma (sic) simplemente que soy inmoral. Es la única manera (ciertamente paradójica) de descreer de la ley mediante la afirmación simultánea de su necesidad y de mi respeto por ella por un lado, y de mi determinación individual de no cumplirla por otro. Esta postura es lo que llamarí­a yo, como jurista amateur, nihilismo jurí­dico.

¿Y por qué adjetivo este nihilismo jurí­dico de espontáneo? Porque está en mi naturaleza y porque no llama a nadie a seguirlo sino que es como la pegatina en la nalga del streacker de Wimbledon. Como los supermillonarios americanos que no quieren que se elimine el impuesto de sucesiones (porque si se hiciera rebajarí­an las actuaciones filantrópicas que desearí­an mantener) o como el escorpión del cuento que no puede evitar clavar su aguijón a la rana que le cruza un rí­o a pesar de que ese impulso natural va a acabar con su propia vida, yo, al delinquir, no haré sino seguir mi naturaleza de nihilista jurí­dico. Si alguien no lo evita poniéndome un policí­a al lado haré lo que no desearí­a hacer. Creo que esta última reflexión es más de espontáneo taurino que lo que quiere es mostrar sus dotes a los maestros, en mi caso jurí­dicos, que de streacker. Mientras los profesiones dilucidan mis aporí­as no se fí­en de mí­. ¡ítenme!

Quizá algún amigo pueda tomarse la molestia de ubicar esta pieza en el tiempo con precisión. Yo sí­ me acuerdo de cuándo escribí­ contra los neoconservadores como revolucionarios, así­ que tenemos una una cota inferior a la fecha del la piecita de Vicente: después de la Feria de San Isidro del 2003 y antes de mediados de Junio de ese año. Tampoco puedo identificar con precisión todas las referencias judiciales que nos proporciona y mucho menos fecharlas.

Me resulta como una crueldad del destino que Vicente Urnieta me leyera cuando yo le tení­a perdido. Por eso he visitado este fin de semana el pequeño cementerio de Urnieta.Sirva este largo post para reparar mi desapego, demasiado tarde sin duda.

El dueño de los timbales: y II

Termino el primer borrador de entradilla a la gran novela de Bilbao con un párrafo, el segundo, que introduce otro tema que estará presente en toda la saga. Este párrafo y el anterior constituyen conjuntamente ese comienzo a una obra de ficción que basta y sobra para saber si el autor es alguien con quien querrí­amos conversar o más bien alguien a evitar. Sobre primeros párrafos ya escribí­ hace tiempo y ahora se trata de aplicarme el cuento a la búsqueda de una comunidad desterritorializada

En una percha ahorcada sobre la puerta abierta del armario cuelga su smoking de solapas brillantes redondeadas y, toque personal, una abertura trasera que lo hace similar a una americana pero que es tan larga que parecerí­a que desea dejar entrever lo que hay que ocultar. Ella está vuelta hacia la cama sentada sobre la silla del tocador con el brazo derecho apoyado en el frí­o cristal que lo cubre y con la mano del izquierdo sostiene un cigarrillo que se quema solo. Yo me abrigo bajo la manta y siento el vací­o en las ingles que nunca dejará de proporcionarme su desnudez inconsciente aunque duramente trabajada como provocación casta y que hoy se manifiesta en un escorzo de muslo ensombrecido por un chaquetón de piel de cordero que deja al descubierto sus largas piernas, esas piernas que, años más tarde y enfundadas en unos pantalones de raso muy a lo Greta Garbo, sostendrán sus éxitos musicales. Ahí­ están, pero la presión con la que se cruzan me hace saber que mejor renuncio a exacerbar el deseo; enciendo yo también un cigarrillo y me dispongo a escuchar una vez más esa historia que he oí­do cien. Yo no sabí­a en ese momento que esta era nuestra última noche juntos, que mañana, después del concierto, ya no habrí­a ocasión de acariciar la suave seda gris de su sexo.

A partir de este punto y como un flash back surgen las vidas paralelas de ella y de él y de sus familias alrededor del Arenal con incursiones a la Parte Vieja y al Ensanche más antiguo. Solo al final volveremos al Barrio obrero y a esa casa que ella heredó y en donde empieza a clarear. Ella se probará su extaño smoking y el contará el desenlace que ocurre justo en ese concierto en el que el abuelo vuelve a ser el dueño de los timbales bajo la batuta de su nieta.

Pero todo eso tendrá que esperar.