Sobre las ventajas y los inconvenientes del lenguaje ambiguo

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 9:17 am el Jueves, Octubre 5, 2006

En un seminario reciente sobre Economía y Leguaje discutimos con cierto calor las ventajas e inconvenientes de la precisión en el lenguaje. Mi punto de vista de entonces era que un exceso de precisión puede llevar a imposibilitar ciertos arreglos sociales y que la vaguedad podía ser buena para la estabilidad de estos arreglos, una vez puestos en práctica.

No he cambiado de opinión; pero dos hechos con los que me topo repetidamente me han hecho recapacitar.

Parece claro que ciertos signos diseñados para facilitar la movilidad y el depósito de los vehículos no son del todo precisos. Parece ser que donde luce una señal de no aparcar o incluso en las aceras donde no lo pone porque esa prohibición parece obvia, no es del todo cierto que no se pueda aparcar. Al menos se aparca de manerar regular y no sancionada cuando están colocadas alrededor de un campo de futbol y es un sábado o un domingo de liga. La ambigüedad en este caso evita el caos definitivo y total y quizá los vecinos no debiéramos quejarnos con demasiado ruido.

También parece obvio que la luz verde en los taxis no quiere decir que están disponibles para llevara cabo el servicio público que se les atribuye. Yo soy dolorosamente consciente de la ambigüedad de esta señal pues a menudo descubro, despues de una carrera agotadora para atraparlo desde detrás antes de que se abra el semáforo, de que el señor conductor va camino de su casa justo en la dirección opuesta a la que yo pretendo seguir. En este caso la ambigüedad de la señal verde me rompe el espinazo y me irrita lo indecible pues yo creía que era el cliente de un taxi disponible el que decidía a qué lugar de la ciudad deseaba ser conducido.

En un caso la vaguedad impide el caos, en el otro es solo una trampita de pícaro sin ninguna justificación. O sea que las ventajas de la ambigüedad en el lenguaje son así mismo ambiguas. Pero quizá, dada esta ambigüedad, podríamos inventar algo para sacar partido de ella.

Para llegar a comprender el porqué de los arreglos que quiero proponer, es necesario entender y aceptar que en ambos casos está involucrada la noción de renta. El equipo local disfruta de una renta de situación ya que las facilidades para aparcar donde está prohibido ayuda a sus socios y éstos, satisfechos, nutren las arcas del club que puede comprar galácticos quienes, al animar los partidos, generan una mayor afluencia. El señor taxista de retirada también disfruta de una renta al cobrar al que va en su dirección algo que no tendría porqué.

En cosecuencia y llevado por mi irrefrenable deseo de erosionar rentas en favor de una verdadera igualdad de oportunidades propongo primero que los taxistas de retirada no lleven la luz verde si no están dispuestos a llevarte a cualquier lugar y que si la llevan encendida no cobren la carrera a qien tiene la suerte de ir en su dirección y, segundo, que el club de futbol correspondiente nos pague un pequeño tanto alzado a los vecinos del entorno que vemos nuestras aceras invadidas justo cuando queremos dar un paseíto tranquilo o, lo que sería lo mismo, que pague al ayuntamiento para que este pueda pagar las horas extras de los municipales que prohiban la invasión molesta de los paseos.

Concluyo con dos comentarios. La ambigüedad del lenguaje puede, además de otras de sus virtudes, dar origen a arreglos socilales interesantes; pero no debemos ser optimistas al respecto porque esos arreglos disiparían rentas que de tan establecidas que están no se reconocen como tales.

Eliminar rentas es más dificil de lo que parece.

La pasión de Pablo de Tarso

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 7:59 am el Martes, Octubre 3, 2006

El sábado pasado volví a oir con gusto esa epístola de San Pablo que, por defecto, se lee en casi todas las bodas católicas. No me extrañaría volverla a oir este próximo sábado pues a mi edad se acumulan estos actos sociales y religiosos que homologan, controlan y legitiman lo que de otra forma sería un desorden empujado por el deseo.

Siempre me ha parecido una pieza literaria de primer orden y el sábado pasado lo ratifiqué. La cadencia es impecable y el misterio se guarda hasta el final cuando llegamos a saber que es ese Amor del que en la primera parte se habla como más importante que todas las demás vitudes y capacidades que se citan. El trozo de la primera carta a los corintios que se suele leer dice así:

Hermanos: ambicionad los carismas mejores. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de la predicación y conocer todos los secretos del saber, y una fe como para mover montañas, si no tengo amor no soy nada. Podría repartir en limosnas lo que tengo y aun dejarme quemar vivo, si no tengo amor no soy nada. El amor es comprensivo , servicial, no tiene envidia, no presume ni se engríe, no es mal educado, ni egoista, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza de la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca

Si quien lee este pasaje tiene sentido del ritmo puede resultar algo tan bello como un poema cantado.

Verán porqué a mi me recuerda a Paco Ibañez cantando a Celaya. Sí, aquel poema que me enardecía: “a la calla que ya es hora de pasearnos a cuerpo y decir que pues vivimos anunciamos algo nuevo. No quiero justificarte como haría un leguleyo, yo quiero ser un poeta y escribir tu primer verso. Nosotros somos quien somos , basta de historia y de cuento, somos fresca y turbia un agua que atropella sus comienzos”.

Gabriel Celaya quería ser un constructor de instituciones nuevas y lo mismo le pasaba a Pablo de Tarso, un converso que realmente contruyó el cristianismo, la Iglesia, más allá de los peimeros pasos de Pedro. Lo mismo que fue Aaron el que finalmente llevó al pueblo elegido hasta la tierra prometida cunando ya el visionario de Moisés se había extraviado.

La primera epístola a los corintios muestra con claidad que Pablo, antes llamado Saulo, es un constructor de instituciones. Y por fin lo he pillado. Claro que se trata de un gran poema aparentemente lírico que canta al amor; pero es mucho más que eso. Canta a un amor no de enamorados embobados. Canta a la hercúlea tarea de crear instituciones. Y para esa tarea sirven unas cosas; pero no otras.

En la primera parte desgrana Pablo las que parecía que servían: lenguas, erudición, retórica, fe o generosiad. Pero ninguna de esas cosas está a la altura de la tarea, ninguna sirve de gran cosa a no ser que por detrás esté la pasión. Una pasión que se ilustra por acumulación de ejemplos en la segunda parte y que no hay que confundir ni con el enamoramiento ni con el deseo sexual aunque estas dos pulsiones puedan estar también ahí. Lo que importa es la locura, la imposibilidad de no ser poseído por ella, la obsesión, la seguridad en la victoria final aunque haya que sufrir mucho.

Este tipo de pasión constructiva, mesiánica, ya estaba en El Tratado de la Pasión de Eugenio Trías. Pero la idea de este autor de que no hay comprensión sin pasión, aunque estaba clara en los ejemplos wagnerianos que él manejaba en esa publicación, lo está todavía más en esta epístola a los corintios que Pablo escribe a sus conciudadanos y al mundo diciéndoles que se dejen de tonterías y que se apresten a ser guerreros zen, indestructibles, ofreciénoles simultáneamente la receta para llegar a serlo. Una receta que al tiempo que subraya la resistencia, menciona el gozo en la verdad.

Da miedo. La receta es tener solo un objetivo y conservarlo pase lo que pase. Esto es algo muy propio de un converso o de un segundo matrimonio o de una comunidad asediada (Israel). Cuestión de supervivencia.

Desregulación

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 7:21 am el Martes, Octubre 3, 2006

Los economistas dicen saber que la virtud del mercado radica en que es el mejor mecanismo para sacar a la luz o agregar infirmación tácita o dispersa. Esta es, sin embargo y en el fondo, una afirmación vacía aunque sea correcta pues solo es estrictamente cierta en ausencia de restricciones impuestas por la regulación existente, regulación que, por otro lado y tal como expliqué en el último post, son inevitables en muchos casos.

En consecuencia, piensan muchos, debiéramos desregularizar. Pero la tarea desregularizadora es muy complicada y no se puede hacer de cualquier manera sin incurrir en costes inaceptables. Para verlo pensemos en que desregularizar es construir mercados y miremos a las dificultades de hacerlo.

Para construir un mercado cualquiera hay que partir de la existencia de contratos y luego generalizarlos, estandarizarlos y poner en marcha market makers que ofezcan contrapartidas, aseguren el cumplimiento de los contratos cuando una de las contrapartes no cumple y doten de liquidez al sitema. Pero para que todo esto ocurra hay que regular estas instituciones necesarias pues quizá no surgirían espontáneamente o lo harían defectuosa o muy lentamenete.

Ahora bien, cuando de una u otra forma el mercado está ya constituído, estas instituciones o su regulación sobran y hay que retirarlas como quien retira los andamios una vez terminada la construcción de un edifcio. Pero esta eliminación de andamios es, como la regulación, una operación dificil y peligrosa. Si se hace antes de que el edificio esté asentado peligra el edificio mismo. Si se tarda mucho en decidir llevarla a cabo es posible que los montadores de andamios se hagan los tontos y pretendan continuar cobrando el alquiler más allá de lo necesario.

Estas consideraciones deberían de ser tenidas en cuenta cuando se habla con toda naturalidad sobre la posibilidad de crear mercados nuevos, asociados a la desregulación o no, legales o ilegales. Piénsese cómo serían por ejemplo un mercado eléctrico construído a partir de una actividad totalmente regulada con tarifas fijadas y calculadas artificiosamente. Recuérdense los problemas que surgieron en California.

Lo mismo ocurre cuando pensamos en la creación de un verdadero mercado de control corporativo en el que parece imposible no tener en cuenta la competencia necesaria para que funcione como debe y, por lo tanto, la regulación que penalice la eliminación tramposa de esa competencia.

O por poner otro ejemplo, ¡qué no habrá que diseñar en el caso de los derechos de emisión de CO2! Aprenderemos algo al respecto si segumos los detalles del intento reciente de su creación en el que se han experimentando montones de detalles institucionales no siempre exitosos. Por ejemplo, se ha fijado arbitrariamente la cantidad sabiendo que, en esas condiciones, los precios no reflejan exactamente lo que reflejarían si ésta también fuera variable.

Y qué decir si quisiéramos organizar un mercado asocido a al construcción de la stakeholders society en el que se podrían intercambiar paquetes de derechos a participar de los beneficios empresariales por parte de cualquiera de las partes concernidas.

La desregulación es una tarea dificil en la que no basta la fé en los mercados como si éstos fueran plantitas que brotan con el agua y el sol (que es lo que parecen pensar los que se regocijan con el incipiente mercado de puntos del carnet de conducir) y no una construcción social complicada.

No hay hoy tarea más urgente que aprender a desregularizar y a crear mercados.

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