Sobre el ataque de Felix de Azúa al relativismo

Mi Goulue me dice que el sábado 15 de este mes de octubre Félix de Azúa escribió en El Paí­s un pequeño tratado sobre el relativismo que a mí­ me resultó incomprensible, pero que quise recordar, apuntándolo en esa libretita, porque me pareció representativo de una vuelta generalizada (y manifestada en muy distintos ámbitos) al conservadurismo propio de los defensores de la verdad objetiva entendida como la adecuación de la palabra a la cosa.

Apoyándose en un debate que, por lo visto, tuvo lugar en las páginas del Times Literry Supplement, repasa la biografí­a de Foucault, un autor realmente relativista como lo es lo que se ha dado en llamar la French Theory en su totalidad. Según lo que de Azúa nos cuenta de ese debate no acabamos de saber si Foucault creí­a realmente que el sida era una creación del poder reaccionario o si decidió suicidarse sabiendo que esa enfermedad era realmente una enfermedad y además mortal o si infectó o no a otros a propósito.

Pero en realidad no importa mucho el caso de este pensador francés pues es solo utilizado como introducción al gran tema del relativismo y a la discusión de la responsabilidad del intelectual ante la invasión de este virus y ante la invasión de virus de cualquier otro tipo.

El relativismo es vilipendiado como invulnerable por estar vací­o de un contenido que pudiera ser falsado. Esta toma de postura no es justa pues no reconoce el planteamiento de muchos intelectuales pragmatistas o hermeneúticos que se molestan en defenderse, con toda clase de argumentos, afirmando que sus posiciones no implican relativismo alguno. Me temo, de todas formas que de Azúa no acepatarí­a esos argumentos.

La responasabilidad del intelectual es un asunto que se definirí­a y medirí­a según ese ser raro actuara o no de acuerdo con sus propias teorí­as. Y así­ Foucault podrí­a aparecer como muy responsable y no como un asesino deseperado y los comunistas conversos como muy poco responsables. Un tema éste que tampoco parece ser el objetivo central del pequeño tratado al que me estoy refiriendo y que, en cualquier caso es muy aburrido.

A lo que finalmente ese escrito de Felix de Azúa parece dirigirse especificamente es a acusar a muchos intelectuales de hacer caso omiso de los facts, un concepto que actúa como fetiche en su discurso,como si estos facts pudiera establecerse inequivocamente y no fueran simplemente artefactos más o menos admitidos por la comunidad que pretende ser relevante en cada caso.

El «j ´accuse» que siempre se esconde detrás de un escrito de un intelectual se concentra finalmente en España en donde parecerí­a, según nuestro autor, que no hay ningún respeto por los hechos o que todo el mundo se ha hecho relativista. Una alternativa diabólica y desesperada pues ninguna de sus salidas parece ser muy alentadora.

Esto último me hizo pensar en el extraño odio, ni siquiera mitigado por la curiosidad, que creo detectar en España sobre cualquier cosa que suene a multiculturalismo, relativismo, posmodernismo, postestructuralismo, cultural studies o a esas custiones de género que pretendidamente intentarí­an negar el hecho de que hay diferencias cromosomáticas entre hombres y mujeres so pretexto de aclararnos que ese hecho puede muy bien ser irrelevante a la hora de liberarnos de las carácterí­sticas socialmente construí­das de cada género.

Esta caracterí­stica de nuestra intelectualidad me remite a otros muchos rasgos raciales de la patria de «al pan pan y al vino vino» y del «no nos engañemos» que nos llevarí­an por la senda de la seguridad epistemológica. Recuerdo dos casos paradigmáticos, ambos relacionados con dos ciéntí­ficos serios y homologables.

El primero de estos cientí­ficos se reí­a amablemente de que, en una tesis de alguna rama del pensamiento social, se dudara del contenido del pensamiento de un autor vivo. Hubiera bastado con llamar al autor por teléfono para eliminar las dudas, decí­a el cientí­fico, como si este procedimiento nos pudiera dar garantí­as sobre lo que quiso decir y no nos permitiera entender su pensamiento de maneras alternativas que se alejan del propio autor.

El otro caso se refiere también a uno de esos cientí­ficos que presumen de apelar al tribunal de los hechos. Trataba yo, en este caso y de manera voluntariosa, de explicar el proyecto investigador de Bruno Latour y asociados como un intento de entender la parte de construí­dos y negociados que tiene los hechos ciéntí­ficos, cuando, impaciente, el cientí­fico reputado ( y por buenas razones ) me preguntó provocativamente si yo pesaba que realmente la bomba habí­a estallado sobre Iroshima y Nagasaki. Su pregunta inquisitiva jugaba el mismo papel que la llamada telefónica del cientí­fico del caso anterior. Sí­ que explotó y mató, pero eso no nos exime de preguntarnos si se debió utilizar o no la bomba atómica, cómo se tomó la decisión de usarla y con que argumentos, si la ciencia es o no responsable, si los cientí­ficos son o no unos simples mercenarios, si la ciencia con aplicaciones militares puede o debe ser nacional o internacional, si los secretos ciéntí­ficos son, como tales secretos, una traición a la obligación de poner en el dominio público los rsultados relevantes para la búsqueda de la verdad, si es o no esperable el cumplimiento de lo pactado en tratados internacionales al respecto o, más en general, si la influencia de lo militar es determinante en la dirección de la cencia.

Y justo unos dí­as después del artí­culo que he pretendido glosar y de los recuerdos que evocó en mí­, Corea del Norte parece que realiza una prueba nuclear aunque hasta la fecha de hoy yo no he conseguido enterarme si realmente lo fue o si fue un simple simulacro dirigido a otras finalidades que algunos de los relativistas ya han apuntado.

Comprendo el malestar que produce el relativismo y la agresividad que suscita, pero eso no justifica, creo yo, la simplista adoración de los hechos y el «ojo al dato» que más bien parece el latiguillo de un cronista deportivo recordándonos las estadí­sticas la ví­spera del acontecimiento deportivo del año.

Adornarse,arrimarse

En la campaña catalana Zapatero dijo de Montilla, el candidato del PSE a a Presidencia de la Generalitat, que es un polí­tico que se arrima aunque no se adorna. No me gustan los toros, pero me gusta el lenguaje taurino. Posiblemente se trata de alguna perversión de la que no soy consciente y en la que, en cualquier caso, no me voy a detener.

Lo que me importa, siguiendo con este simil taurino, es que admiro a los polí­ticos que se arriman aunque no desprecio los adornos. En realidad me entusiasman los que parece que solo quieren lucirse; pero que de hecho se la juegan. Me recuerdan a Oscar Wilde al que admiro no solo por su gusto por el adorno, la brillantez, la paradoja o la frase feliz; sino también por la profunda seriedad que muestra en su De Profundis o Carta desde la Carcel de Reading.

Los que solo se adornan no se concentran, faenan para los tendidos, para la galerí­a, y se pierden el goce propio. Los que se arriman bailan con el toro, lo aman y juntos se olvidan del mundo que les rodea. Un polí­tico tiene que hacer ambas cosas, especialmente si no es muy conocido popularmente.

Este parece ser el caso de Miguel Sebastián al que algunos periódicos dan por desconocido. Yo le conozco y bien, no tanto por su curriculum, sino sobre todo por las no pocas horas de conversación. Quise llevarle a la Carlos III y se zafó de mi invitación con elegancia; le he conocido durante muchos años como Chief Economist del BBV y todo lo que me enseñó me hizo sentir todaví­a más su pérdida para la Carlos III; y ha sido durante años miembro del Consejo Editorial de EXPANSION y Actualidad Económica donde mostraba periódicamente su inteligencia mordaz y su formación general redonda: se arrimaba sin dejar de adornarse.

No me cabe duda que sabrá arrimarse si le tocan responsabilidades municipales. Pienso que, de hecho, si contra todas las previsiones acabara siendo alcalde de Madrid, nos encontrarí­amos con un alcalde que harí­a saber a los madrileños porqué se hace lo que se hace, desde las obras públicas, hasta las construcciones inmobiliarisa privadas, pasando por las villas olí­mpicas, o porqué no se deben hacer.

No se si sabe bailar el chotis; pero en cuestión de adornos creo que Gallardón harí­a bien en atarse los machos. Miguel es inteligente en grado sumo, como Gallardón; tiene sentido del humor, como Gallardón; pero a diferencia de éste puede ser mucho más ácido y machacar al contrario en un debate público porque sospecho, aunque a mí­ no me lo haya mostrado, que tiene un coté implacable, como de asesino de arma blanca, que hace que sus banderillas hieran muy hondo. Una faceta que se confunde a veces con una falta de piedad social que yo nunca he detectado.

La campaña va a ser distinta, ya lo veremos, y no porque aparezca más el tema económico o porque Sebastián sepa lidiar con un problema de endeudamiento; sino porque va ser un choque de personalidades, una confrontación entre dos toreros chulos y valientes.

Pero Miguel cuenta con un activo definitivo: es un explorador de los fondos marinos de los cinco continentes y esto, que no parece que quisiera decir nada, es sin embargo crucial porque los fondos marinos dan tanto miedo como el subconsciente y el que se mueve ahí­ con soltura, citando de lejos al terror, sabe como ganarse la atención de las gentes.

Pero no solo me parece temible como oponente al que defiende su silla y bueno para Madrid, donde vivo pero no voto; sino que me parece una persona integra y cariñosa y es amigo mí­o. Si yo fuera madrileño no lo dudarí­a a pesar del respeto que tengo por el otro candidato.

Intertextualidad inversa

Todos recordamos el caso ya antiguo de Ana Rosa Quintana al que el negro le salió plagiario. Más tarde el de a la sazón director de Biblioteca nacional, Luis Racionero, quien interpretó el uso libre de ciertas lí­neas de otros autores como imtertextualidad. Y el último episodio de este fenómeno tan posmoderno, en la medida en que pone en duda la función de autor, ha ocurrido recientemente en relación a un texto de Lucí­a Echevarrí­a.

Sin embargo me parece todaví­a más inquietante el fenómeno inverso consistente, no en atribuirse los textos de otro; sino en añadir anónimamente ideas de cosecha propia al texto ajeno. Se trata por lo tanto de un fenómeno al que podrí­amos denominar intertextualidad inversa.

Este fenómeno me parece inquietante, especialmente para el autor, pues se sentirá como un mero vehí­culo involuntario de las ideas de otro. Como nos sentimos los humanos cuando pensamos que no somos sino instrumetos en manos de los genes que nos utilizan para su agenda propia, llegando incluso a hacerrnos creer que somos algo especial.

En este mundo de las ideas escritas hay muchos tipos de genes egoistas. Puede ser uno de esos periodistas que ayudan a famosos a escribir un libro y que quieren dejar su impronta, quizá como venganza. Puede ser el editor de un ensayo al que mejora con sus «morcillas» sin un consentimiento explí­cito del autor. Y puede ser el director de un periódico que manipula los originales que le enví­a un colaborador habitual en un momento determinado para apoyar la estrategia comercial o polí­tica de su negocio.

En todos estos casos no es cuestión de piraterí­a, ni está en juego la propiedad intelectual, en cualquiera de sus formas, o las dificultades que ésta pueda acarrear a la innovación. Lo que está en juego es algo distinto en cada caso de los citados a modo de ejemplo.

En todos ellos hay una evidente falta de respeto por la autorí­a; pero esto tampoco dice mucho. Puede tratarse de una especie de función de autor que aprovecha los nuevos medios tecnológicos como si fuera un dj creativo que no oculta el «texto» primitivo y lo enbellece o adapta según las cirunstancias utilizando un sampler o algo parecido. Pero también puede tratarse de algún otro tipo de delito contra el autor del texto primitivo al que se le puede forzar a decir calumnias o a expresar ideas corruptoras.

Cuando esta intertextualidad inversa proviene de un medio de comunicación me parece una violación de la Responsabilidad Social Corporativa que, en ese caso, no consistirí­a en contribuir a cualquier buena causa o en apuntarse al comercio justo o en mostrar sensibilidad medio- ambiental; sino en informar fidedignamente y en dar la palabra a aquellas personas que la casa editora considere dignas de ser escuchadas. Justo lo que este fenómeno de la intertextualidad inversa viola tonta o malintencionadamente.

Y, sin embargo, nada contundente se dice contra esta práctica que a mí­ me gusta muy poco y, desde luego, menos que la simple intertextualidad o el plagio puro y duro. Este último caso es como el del pobre que roba para comer. El inverso es el del rico que utiliza al hambriento para hecerse más rico.

La Escuela Austríaca

Jesús Huerta de Soto me ha enviado recientemente , entre otras obras suyas, un libro breve muy útil para entender el pensamiento de esa maravillosa escuela de economí­a que se llama la Escuela Astrí­aca.

Según Jesús, entre otras cosas esenciales que diferencian la manera de hacer de esta Escuela Austí­aca de la del Neoclasicismo ( esa manera de pensar lo económico propia de todo el resto del mundo) es que esta última serí­a responsable de todos los fallos económicos desde al menos la Gran Depresión, aunque he de suponer que Jesús admitirí­a que también lo es de todas las mejoras, bien reales, que hemos observado.

Para Huerta de Soto los Keynesianos y los miembros de la Escuela de Chicago son parte de ese nefasto Neoclasicismo. Y lo explica bien. Pero necesariamente de una manera tan general que puede meter en el mismo saco a Cambridge y a Chicago. Aunque serí­a difí­cil argumentar con pulcritud esta asimilación, no es tan sorprendente si reconocemos que los economistas asociados a la tradición de de una u otra universidad son, o se presentan, como ingenieros sociales. Y es justo ahí­ donde los austrí­acos ven el pecado original de toda otra manera de pensar que no sea la suya, ya que en lo social no cabrí­a la ingenierí­a.

Es sorprendente lo bien que encaja esto en la idea, que ya he mencionado en este blog, del nihilismo terapeútico, una de las caracterí­sticas básicas de la decadencia del Imperio Austrohúngaro y también de lo que serí­a una concepción providencialista de la acción humana propia de un pensamiento católico.

A mí­ me hipnotiza la fe con la que defienden su manera de pensar.

Indigenismo

Parece ser que un alto polí­tico Boliviano, preguntado por lo que él creí­a que el gobierno de Evo querí­a hacer con lo recursos naturales del paí­s, contestó que eso no era lo importante, que lo que importaba era «lo que los recursos quieren hacer con nosotros».

No parece que, con estas alusiones a «pachamama», Repsol o cualquier otra empresa de extracción, vaya a poder arreglarse con los gobiernos indí­genistas. Y sin embargo los occidentales que domamos la energí­a o reconocemos el eco del Big Bang, también sabemos que no somos nada serio, sino monigotes en manos de fuerzas juguetonas. El lenguage nos habla y los genes nos manipulan. ¿De qué nos extrañamos cuando oí­mos hablar a alguien que quiere escuchar a la tierra?

Sí­ que entendemos lo que el polí­tico boliviano está diciendo; pero nos extraña porque esas ideas o pulsiones no están nunca en el poder. Una cosa es la vida contemplativa de nuestros mí­sticos que usamos como reclamo cultural y otra tomarlos en serio cuando hablan del alma sosegada y de renunciar a la droga de la hiperactividad. Una cosa es leer a Suzuki y otra gestionar una empresa como lo harí­a un monje zen.

Es como si lo profundo solo pudiera ser marginal. Es que si no lo fuera no tendrí­amos que preguntarnos por nuevas fuentes de energí­a, sino por cuantos seres humanos la tierra desea acarrear. Pero eso violarí­a no solo nuestra presunta dignidad de seres que hablan, sino sobretodo nuestra convicción de que todo es posible y que todo lo posible debe ser experimentado.

Lo que el indigenismo nos escupe en la cara es nuestra falta de pudor. Aunque no creo que ya sepamos lo que es eso.

Estructura y Contextualismo

Hace ya unas semanas visitó Madrid un conocido filósofo de la ciencia, Harold Kincaid, que presentó, en jornada doble, un par de trabajos. Sobre Realismo Estructural por la mañana y sobre Contextualidad Axiológica por la tarde. Yo estoy interesado en ambas aproximaciones especialmente en lo que respecta a las Ciecias Sociales.

Pienso que el Realismo es solamente sostenible cuando la realidad es construí­da y, en cuanto a los valores, creo que no hay más remedio que ser relativista a pesar de la mala prensa que esto tiene, tanto entre filósofos locales como desde la autoridad vaticana.

Todo esto exigirí­a una reflexión pausada y cautelosa porque el discurso relativo a estos asuntos esotéricos está lleno de trampas; pero no tengo paciencia y prefiero lanzarme a arriesgar opiniones contundenetes. Escuchando a Harold Kincaid pensé que la noción de Estructura, aplicada al Realismo, y la de Contextualidad de los valores son dos maneras de escaparse de los dos cuernos de un dilema.

La Estructura es, conceptualmente, el último reducto de quien persigue la comprensión total. Esta es solo posible cuando el todo tiene un caparazón que lo delimita. Cuando reconocemos que la realidad se desparrama nos inventamos, para no darnos por vencidos en nuestra necesidad de entender, la noción de Estructura, algo que si no es algo general no es nada. Y no faltan las corrientes postestructuralista que dicen que, efectivamente, no es nada A mí­ me parece que structure matters but we do not know how.

En cuanto al Contexto, la cosa es todaví­a más claramente fallida. El Contextualismo valorativo es una forma de escapar del duro hecho de que los valores, aunque importan siempre, no son sino convenciones alcanzadas en un proceso evolutivo en un ámbito determinado. Estoy de acuerdo hasta aquí­, pero la misma evolución junta y separa ámbitos y los valores aparecen y desaparecen. Lo que hay que saber es cómo. Una vez más puedo decir que los valores importan; pero no sabemos cómo.

En ambos casos, el de la Estructura y el del Contextualismo, parecerí­a como si hubiera una renuncia a la universalidad del conocimiento sin un reconocimiento paralelo de las consecuencias de esa renuncia. La renuncia es un descanso y en cuanto a sus consecuencias pues en ello estamos. Unos tatan de salvar los muebles y otros de diseñar otros muebles nuevos.

Sonia Ferrer

Vuelvan por favor al post sobre GENTE y compararen la presentadora de mirada complicadamente ambigua y un poco insultante o quedona con la Sonia Ferrer que presentó, de manera convencional e incluso casi paródica,el lanzamiento de Premonición, el nuevo album de Bisbal.

Sonia Ferrer

¿Quién la vistió? Unos dirí­an que su enmigo. Yo, sin embargo, creo que fue ella misma, con su sentido de la distancia, la que decidió decirnos: He aquí­ unas piernas de atleta que están en GENTE pero que yo oculto de tu mirada atrayéndote a mi boca que yo puedo hacer sexi si quiero.

Sonia Ferrer es demasiado inteligente para la televisión. Es una magní­fica payasa que algún dí­a será descubierta por un productor con genio. Para ser Katheryn Hepburn solo le falta un Spencer Tracy a su altura y me temo que no lo hay. Los potenciales persiguen a vulgares figuras mediáticas Y bailarinas de acompañamiento.

Marlowe

Ni el detective de Raymond Chandler, ni el narrador de Joseph Conrad. Mi Marlowe de hoy es Shakespeare o eso piensa Isabel Gortazar, una irreductible vasca que hereda la terquedad de los viejos pescadores de bacalao.

Desde este topos privilegiado, y como miembro de la Marlowe Society, ha escrito generosamente sobre la figura real de Marlowe, sobre la fierecilla domada en The Clue is in the Shrew , en donde apaecerí­an las claves de su reconstrucción shakesperiana,y también sobre La Tempestad.

Sostiene Isabel haber probado, frente a otras posibles hipótesis, que Shakespeare no es el autor de Shakespeare; sino que Marlowe escribió las 36 tragedias y toda la poesí­a. Escucharle es toda una experiencia que mezcla la aventura, la scholarship y el ocultismo.

Su trabajo merece un Workshop. No perdamos tiempo y he aquí­ mi propuesta.

Marlowe and the authorship problem: A proposal of workshop.

1.La función autor.
El conocido ensayista magiar Theodor A. von Karman expondrá su no tan conocida conjetura de que el origen de esa función autor que se asocia al nombre de Foucault, proviene del Adorno de la escuela de Francoforte.

2.El problema de la autorí­a:

2.1 Las hipótesis de las que Harold Bloom se hace eco en su insuperable (?) taratado sobre el Bardo por excelencia.

2.2 La hipótesis Marlowe a cargo de la Marlowe Society coordinada por la erudita Gortazar que expondrá por primera vez ante un público general las claves de su interpretación y presentará su tabajo sobre Othello, un underground classic que merece ya la salida del armario de la mera erudición.

3.La vida de Marlowe: master, aventurero, autor y espí­a, a cargo de Johannes Ur von Thia. Esta última parte del workshop puede parecer extraña e intempestiva, pero no se puede desperdiciar la ocasión de discutir la famosa tesis de ese viejo, olvidado y cascarrabias salzburgués:todo intelectual es un traidor. Los espí­as se reclutan entre los traidores y todo espí­a es un proscrito porque todo espí­a es un doble espí­a o podrí­a muy bien serlo. Luego un espí­a está en una inmejorable posición para ser un intelectual.

Será un éxito entre literatos, crí­ticos, filósofos y agentes de la propiedad intelectual.

Un triste día hermoso

Por la mañana tuve el privilegio,como antiguo Consejero del Gobierno Vasco, de asistir al 70 aniversario del primer Gobierno de estos gobiernos, aquel presidido por el mí­tico Aguirre, Napoleonchu para algunos.

La casa de Juntas de Guernica, allá mismo donde está el nuevo árbol debajo de cuyo padre prestó juramento aquel primer Lehendakari cuando ya las tropas nacionales estaban a 25 kilómetros de Bilbao y era peligros incluso desplazarse a Guernica, vió desfilar a los tres lehendakaris que viven ante una buena presencia de hijos, nietos o sobrinos de los Consejeros de aquel Gobierno, entre los que se encontraban primos mí­os y primos de mis primos y hasta una bebecita de una hija de estos últimos.

Solo nosotros somos capaces de organizar una ceremonia tan sencilla y contundente. Un acuerdo formal de agradecimiento del actual Gobierno Vasco, un discurso de Ibarreche breve e inquí­vocamente condenatorio del fascismo absolutista contra el que su predecesor habí­a luchado hasta su muerte; unas imagenes de la época rescatadas para la ocasión y mezcladas con opiniones de historiadores respetables así­ como una rememoración de Joseba Aguirre, hijo del inolvidable Napoleonchu. Y al final el Gora Ta Gora. Y se acabó.

Me pareció que allá estaba un pueblo a prueba de derrotas. Socarrones como siempre, serios ante lo ceremonial, respetuosos con las autoridades o los himnos y nada olvidadizos aunque los recuerdos los guarden para ellos, excepto en ocasiones como ésta del sábado 30. Pero nunca insensibles al patetismo como el que rezuma la carta que el Consejero Espinosa, de la Unión Republicana, enví­a a su presidente dos horas antes de ser ejecutado pidiendole amparo para su mujer e hijos, le dice que no duele morir cuando se hace por la libertad y le pide que no ejecuten, sino que indulten e incluso que liberen a presos, que nadie debe estar encerrado. No solo mis ojos estaban húmedos.

Y luego, por la tarde una boda en San Vicente, una boda triligí¼e oficiada por ese amigo sacerdote, culto y de contextura arzobispal que agradeció en inglés la presencia de invitados británicos, cosagró en Euskera y ofició la boda en castellano. La música estaba cuidadosamente elegida con predominio de Hí¤ndel; pero, allá en medio, sin molestar a nadie, con brevedad inusitada apareció un Agur Jesusen Ama cuyo efecto en mí­ es independiente de su calidad musical: me explota el corazón que, de apretado, pasa a expandirse por el mundo imaginario. Y un buen aurresku a la salida de la Iglesia.

Por supuesto que luego hubo cena, copiosa y de calidad, y baile para carrozas y niños, pero el dí­a iba de la nostalgia de los derrotados que nunca lo serán del todo y yo volví­a llorar, como con Espinosa y con el Agur Jaunak que recibió a Garaikoetxea, Ardanza e Ibarreche.

No sé Euskara; pero el lenguaje tiene muchas funciones y una de ellas es comunicar quien eres aunque no sepas articular las palabras que dijeran «soy vasco porque sí­». Pero esto es lo que mis oidos pecibieron por la mañana en Guernica y por la tarde en San Vicente.

Y estoy de acuerdo: «soy vasco porque sí­».

De ejecutivos y eslavas

Recuerden La Conciencia de Zeno de Italo Svevo. Su protagonista deambulaba por el Trieste de Joyce sin poder distraerse de sus ensoñaciones. A mí­ me empieza a pasar lo mismo; pero mis ensoñaciones no tienen nada que ver con un psicologismo postfreudiano. Son hechos comprobables.

Como era comprobable que, cuando en los aviones no se podí­a reservar la plaza, a mí­ siempre me tocaba al lado de un sacerdote en lugar de en el asiento contiguo al que habí­a conseguido aquella guapa chica a la que todos habí­amos echado el ojo en la sala de espera.

Y como son comprobables los dos hechos que últimamente se me imponen como incompatibles con la casualidad. Mis amigos exitosos empresarios, o altos ejecutivos de empresa, me muestran ahora más aprecio que hace unos años y un número no despreciable de mujeres jóvenes, rubias e inconfundiblemente eslavas me paran por la calle. Cada uno de estos hechos tiene su explicación o por lo mrnos eso me parece a mí­.

Por circunstancias raras de la vida, hace ya muchos años me tocó, casi en suerte, pertenecer a la cúpula directiva de una gran y poderosa empresa. Mis amigos que se habí­an roto la espalda en el mundo empresarial me felicitaron aunque con la boca pequeña porque el sitio que ellos ya me habí­an asignado en la sociedad era el de profesor universitario con veleidades intelectuales y ciertos escarceos de administrador que casi siempre acababan en fracasos ni siquiera estrepitosos. Como tal individuo raro era aceptado e incluso querido. Pero esto de encaramarme en una jerarquí­a por la que no habí­a luchado era demasiado duro de tragar. Ahora que ya he vuelto a mi redil particular me vuelven a sonreir con simpatí­a.

Por otro lado, y por circunstancias perfectamente naturales que no pienso contar ahora, paseo a menudo por el paseo central de la ciudad a horas extrañas para alguien que trabaja. Mis encuentros casuales son con mendigos, cada uno ensimismado en su cosa, estudiantes de academias que se aprovechan de la falta de organizaí­ón universitaria, jóvenes madres con sus crí­as y algún matrimonio de turistas de mediana edad. Pero últimamente me ocurre que una marea de mujeres jóvenes de evidente origen eslavo se dirigen a mí­ con un inconfundible acento para preguntarme cualquier tonterí­a como, por ejemplo, donde está una dirección o una parada de metro determinada.

Lo interesante es que ambos fenómenos tienen un origen común. Ni para los empresarios o los ejecutivos agresivos que aspiran a recibir el rendimiento justo de sus esfuerzos, ni para las rubias con marcado acento eslavo constituyo ya ningun peligro. Es que soy, visto así­ como de una manera impresionista, manso y previsible. No voy a arremeter ni a revolverme de manera incontrolada.

Parece que ya no estoy en la edad de aspirar a esos puestos que son los únicos que la sociedad respeta y aprecia muy por encima de los que desempeñan los servidores públicos, los escritores o los polí­ticos. Y no solo parece, sino que es rigurosamente cierto , que no corro detrás de una cabellera rubia que ondea allá arriba en el extremo superior de un cuerpo esbelto.

De acuerdo, posiblemente parecerí­a que soy, en sentido genérico, manso y nada peligroso. Pero que nadie se deje llevar por las apariencias. Mi ambición no tiene lí­mite y espero ser alzado a lo más alto de cualquier jerarquí­a en donde se tomen decisiones arriesgadas pues no conozco a nadie mejor que yo para eso. Y si las eslavas recién llegadas creen que soy un caballero confiable que se vayan desengañando porque nada hay más peligroso que un hombre mayor acoquinado ante el escaso tiempo que resta.

He decidido ahora mismo convertirme en un peligro público, en un Jack el Destripador potencial que sembrará el miedo en la ciudad. Que tiemblen ejecutivos y eslavas.