Parecidos razonables

No presumiré más de mi pacidad fisiognómica, aunque ésta ha mejorado con la dieta a que me he sometido. Me limitaré a consignar parecidos razonables.

Hay algunos obvios. El de el director de mi periódico, EXPANSION, Jesús Martí­nez y el famoso director de cine de la lista de Schindler o, más recientemente, de Munich, Spielberg;es demasiado obvio y se lo deben de haber dicho a Jesús cientos de veces. Lo interesante es que acabo de descubrir que los dos son idénticos al tenor catalán, Vandelló, que hace unos dí­as se encargó de la figura del cristiano en Die Shuldigkeit der ersten Gebot, una pieza que Mozart escribió a los diez años.

Igualmente obvio es el parecido entre el desaparecido Raul Castro y el recientemente editado Juan Pablo Fusi. Es el bigote de ambos el que desea, pero no puede, ocultar una sonrisa resbaladiza.

Menos obvio es el que existe entre Jordi Savall y Victor Pérez Dí­az. Olviden las cabelleras, rala y ebourifé respectivamente. Pero miren a su rostro serio. Ambos miran de frente como si quisieran leerte los labios. Y ambos tienen la sana o fea, según se mire, costumbre de no darte nunca la razón. Igual es que son sordos los dos, pero serí­a raro, al menos en el caso de Savall.

Compraventa de libertades

En el boletí­n de FEDEA, una institución de investigación económica que respeto, me entero de la existencia de un documento de trabajo reciente en el que sus autores abogan, según parece desprenderse de una breve reseña, por establecer un mercado de derechos civiles a efectos de luchar contra el terrorismo o sus apoyos.

La propuesta es coherente con su diagnosis sobre la posibilidad del terorismo. Este es posible porque faltan mercados.Si uno pudiera vender tu privacidad (fiscal, de cominicaciones o del tipo que sea) a cambio de una rebaja impositiva, podrí­a ser posible desenmascarar a los terroristas que, ciértamente, no usarí­an esa oportunidad.

En efecto, digamos que permito al fisco urgar en todas mis cuentas a cambio de que me rebajen el tipo marginal en 5 puntos.
Parece sensato pensar que los terroristas estarí­an entre los que no hacen uso de esa venta de la privacidad, fiscal en este caso.

Esto es lo que colijo de la lectura de la breve reseña y me suena mal. Mi conciencia de scholar me dice a la oreja: léelo antes de escribir nada. Pero mi descaro de bloger me apremia a anotar lo que se me ocurre de primeras sobre este esquema incentivador que, al menos a este nivel de descripción, no se puede llamar un mercado.

Lo primero que se me ocurre es que hay derechos a los que no se puede renunciar. No se puede, por ejemplo,entregar tu libertad mediante un contrato de esclavitud. Y tampoco puedes renunciar a tus derechos de autor según tengo entendido.

No sé cual es la razón. Seguramente que esa renuncia deblita el mismo derecho de los demás en algún sentido, como en el caso de la esclavitud, o que puede desnaturalizar la (falsa) competencia en el caso de la propiedad intelectual. Pero sea cual sea esa razón, no parece sencillo que nuestra sociedad pueda asumir el esquema incentivador que se propone.

Pero lo más serio es la segunda reflexión que me viene a las mientes. Para transformar el esquema incentivador en un verdadero mercado tendrí­amos que admitir que el fisco pueda vender la contraparte de ese derecho a un tercero que a cambio de que no miren sus comunicacines o sus cuentas está dispuesto a pagar un incrementeo en el tipo marginal del IRPF.

Esto tedrí­a la ventaja de que el fisco puede incluso hacer dinero; pero me parece que no serí­a muy eficaz a la hora de aislar al terrorista que financia armas o el mantenimiento durante años de terroristas suicidas o paga el impuesto revolucionario de manera «alegre y combativa»

La razón de mi escepticismo está en que comprarí­an la seguridad de su privacidad no solo los terroristas, sino también los adúlteros, los pornógrafos y los pederastas, por mencionar solo algunos de los que prefieren que no se conozcan sus actividades.

Puestos a elucubrar, el fisco, asesorado por algún brillante ingeniero social, podrí­a discriminar precios a efectos de separar las categorí­as de malvados; pero si empezamos con esas sutilezas, dejamos la puerta abierta a comportamientos oportunistas de todos ellos, incluyendo los terroristas.

Por ejemplo, si yo fuera un terrorista, en lugar de no utilizar este nuevo mercado en el que se compran y se venden derechos civiles, entrarí­a en él, de acuerdo con mi esposa, al precio que identifica a los adúlteros, poniendo a la policí­a sobre la pista falsa y, de paso, ganándome una cohartada ante mi señora para aventuras non-sanctas.

Seguro que no he entendido bien el documento de FEDEA.

Chancla con diamantes

No sé cómo decí­rselo a Elisabet Ros; pero le voy a tener que dejar a pesar de su maravillosa figura y su cabellera de fuego. He encontrado a «alguien» que se me impone sin remedio posible.

Es música y canadiense, toca el violí­n como los ágeles y su sonrisa es suficiente para imponerse a todos sus compañeros de orquesta. Se llama Farran James y con ese nombre de minero puede alcanzar lo sublime en su interpretación de la música barroca, catalana o austrí­aca.

Es la concertina-directora de la Orquesta Barroca del Festival de Torroella de Montgrí­-La Principessa Filósofa y no puedo negar que este último nombre algo tuvo que ver con mi instantáneo enamoramiento de ayer por la noche, hace menos de diez horas.

No tení­a mala localidad; pero la horizontalidad del suelo de la Iglesia de Sant Gení­s no me permití­a oservar los pies de los músicos en todo su esplendor. No tengo tiempo de explicar porqué esa visión panorámica es imprescindible para una cabal comprensión de la versión precisa de cualquier pieza musical.

Pero es que lo único que quiero explicar a Elisabet para justificar mi veleidad en este juego del amor es que, entre las cabezas de los Consellers Tura y Nadal y junto a la cabecita de Montilla, podí­a observar el pie izquierdo de Farran.

Marcaba el compás, eso desde luego, pero dejaba ver, como quien no se entera del efecto que causa ,su pie desnudo apenas engarzado en una chancla con diamantes. Su vestido negro realzaba una figura de hembra jóven y ese vestido como de satén haciendo aguas y dibujando flores de loto y su pie desnudo te transportaban sin remedio al mundo de Isadora Duncan. Pero al de una Isadora que todaví­a no fuera consciente de su poder ilimitado.

La pobre Ana-Sophie Mutter se desgarraba en mi subconsciente imposibilitada de salirse de la contundencia de un cuerpo ya remanido por la debilidad del pobre marido/padre Previn . Nadie puede mejorar el efecto erótico de esa chancla con diamantes que se cimbrea en un exquisito tobillo y aisla para su idolatratación un luminoso y delgado dedo gordo.

Si no fuera por el respeto que, a pesar de todo, debo a Elisabet, que bailaba el «ne me quitte pas» de Brel, yo comenzarí­a hoy mismo, todaví­a bajo el encantamiento de esa princesa filosofa que suda y suspira con la música, a «inventarle palabras insensatas que sola ella comprenderí­a» y a «regalarle perlas y plumas venidas del paí­s donde no llueve» . Y le llevarí­a conmigo a «esa tierra donde el amor es ley, donde el amor es rey y en donde tu», mi dulce Farran con nombre de minero, «serás reina».

¿Es así la guerra?

Arde el Alt Empordá. Está en llamas el triángulo que forman Figueras, Verges y Cadaqués.

La noche que comienza todo, Josep Pons se acuesta tarde y ve, desde su masí­a de La Sala, reflejos de fuego hacia Figueras. Se despierta unas horas más tarde y el fuego está ya en Verges. Cree que la tramontana empuja las llamas a una enorme velocidad. Piensa que va a tener que despertar a su mujer y a su hijo y salir pitando para salvar las partituras.

Al dí­a siguiente se entera de que eran dos fuegos distintos ; pero da por bien empleada su vigilia de la noche. Comenta con Jauma, el de Can Quel, que la luz del fuego parecí­a el avance de los Panzers en el campo de batalla.

Y yo callo porque he dormido como un niño y como tal criaturita imbécil me he regocijado con la visión, desde mi terraza panorámica, de la enorme columna de humo que, al despertar, he visto surgir por el norte, deslizarse perezosa hacia el sureste cubriendo el MonGri y difuminarse por encima de los Massos de Pals.

Primero he pensado en el Peter Justinov de mis cromos de Quo Vadis?; pero luego he recordado al jóven providencialista que no se quiere ir de Beirut y confí­a que la bomba no le destruya su chamizo.

Y más tarde, ya rumiando a solas la vergí¼enza por mi insensibilidad, he pensado que igual la guerra es así­, un espectáculo propio de los festivales de verano que recubren Europa, una nueva versión del Anillo.

Y no he sentido nada.

Caemos continuamente en el vicio europeo de empeñamos en dar sentido a lo que no lo tiene y quizá la guerra, el fuego y la muerte no son sino simples y torpes instrumentos que controlan el proceso homeostático de rebalanceo del desquilibrio acumulado por nuestros excesos.

Mueren niños y un dí­a serán los mí­os y otro dí­a seré yo; pero no consigo acongojarme.

Igual estoy ya calcinado, muerto.

Biedermeier

Yo creí­a que Biedermeier era un estilo de mueble alemán/austriaco que, requetepulido y redondeado en sus esquinas, se parece a una portada de iglesia barroca. Y es un estilo de mueble, desde luego, pero también es algo más.

Es que uno aprende muchas cosas en las lecturas vacacionales. Leo, excitado por la tramuntana represada, un libro inusitado: The Austrian Mind. An Intellectual and social History 1848-1938, de W.M. Johnston, editado por la University of California Press en 1972.

Me sorprendo a mí­ mismo al verme leyendo cosas así­; pero todaví­a me sorprende más lo que, inesperadamente, aprendo. No me refiero a que Herr Biedermeier era un personaje ficticio elaborado sobre la figura de un triste maestro de escuela y poeta aficionado por un par de amigos y alumnos suyos como ejemplar del Kleines Mann que acepta con resignación su destino mediocre. Me refiero a que me encuentro de repente y sin previo aviso con que lo que llamarí­amos el estilo de vida Biedermeier constituye el prototipo del estilo de vida bilbaino de mis años de infancia y juventud.

Acabo de aprender que el mirar a mi infancia como un ejemplo tí­pico de tristeza de posguerra, aunque no falso, ha trabajado hasta hoy mismo como una pista falsa que me ha ocultado muchas cosas de interés. Lo que ahora sé que ocurrí­a en aquel entonces es que la guerra y el franquismo habí­an paralizado el salto de lo nuevo a lo viejo, un salto que se preparaba pero fue frenado en seco. Un siglo antes el shock de la revolución del 48 y su represión frenó el mismo reto en la Austria de Metternich.

La burguesí­a vienesa y la bilbaina, con un siglo de decalaje esta última estaban preparadas para saltar de la Gemeinschaft a la Gesellschaft en la terminologí­a de Tí¶nnnies que nos recuerda Johnston. Representaba esa burguesí­a el rechazo social de la universalidad de los valores y la meritocracia que conforman la Gesellschaft. Asustada ante la peligrosidad del salto se demora esta burguesí­a en la Gemeinschaft, una postura melancólica que la preserva de los peligros revolucionarios a cambio de seguir atrapada en el particularismo y en el posicionamiento inamovible dentro del grupo.

Esta suspensión entre lo viejo y lo nuevo genera- y aquí­ voy a glosar a Johnston- la cultura Biedermeier. Una cultura que yo relaciono no solo con los muebles a los que me he referido; sino también con la resignación a la irrelevancia polí­tica, delegada ésta en los poderosos, con el espí­ritu de camarilla que se traduce en la vida de salón vienés en el que se hace música de cámara, con la erudición que no muerde, con la archiví­stica que preserva lo innecesario, con las estampas de paisajes y las litografí­as cursis que adornan las paredes de es salón y con el Kleine Mann que envejece gordo, reluciente y calvo, en su negociado de probo funcionario y solo se siente cómodo con su mujer y sus hijos a los que pretende protejer.

Así­ justamente era mi Bilbao. No salí­an mis mayores a disfrutar de la vida atrapados por una especie de tristeza profunda. Su vida estaba pautada y pertenecí­an o no pertenecí­an a las pequeñas sociedades eruditas, como la Bascongada o musicales como la Filarmónica. Frecuentaban o no, según su ignorancia, los archivos de la Diputación y las colecciones de museos locales. Habí­a pocos funcionarios; pero la pequeña burguesí­a trabajaba como empleados de confiana de los incipientes capitalistas que, a pesar de su nombre, no eran nada universalistas ni estaban dispuestos a competir en igualdad de condiciones, para al final del dí­a recojerse en su domicilio y disfrutar del pegajoso calor familiar y de las lecciones de piano de sus hijas que interpretaban hasta la extenuación la Para Lisa.

¿A dónde conducí­a esta vida resignada y tristse? Al enriqecimiento de la alta burguesí­a que poco a poco se asienta como espejo del buen gusto en el que la pequeña burguesí­a desearí­a verse reflejada diferenciándose así­ de lo rural que queda o para la garrulerí­a o para la aristocracia a al que aspira la alta burguesí­a. Esta pequeña burguesí­a toma de la Gemeinschaft el particularismo y de la Gesellschaft la meritocracia y, con todo ello, organiza su revolución silenciosa hacia lo nuevo a través del nacionalismo. Ese nacionalismo que desmembró el Imperio austrohúngaro y que, entre nosotros, surgió en la II República y crece emboscado durante la dictadura después de que la guerra lo abortara en su momento.

Todo esto me lleva a concluir que el nacionalismo que tanto preocupa hoy no tiene grandes dosis de etnicismo y sí­ un gran componente social. Es el producto, pienso hoy, de los capataces que ya no pueden seguir confiando en el Estado al que pertenecen para realizar su destino como clase emergente porque ese Estado está en manos de los que fueron sus señores. Y acaban enganchándose a un tren antiguo, pretendidamente mí­tico y heroico que canalizará su justo(?) rencor y les liberará.

La pequeñez deviene heroica lucha por la liberación. Quitarle falsa purpurina al nacionalismo de hoy no es, sin embargo, sinónimo de rechazo. Depende de quién fuera tu padre.

Blogofascismo

Ugarte nos remite al artí­culo de Lee Siegel en the New Republic que lleva como tí­tulo el de esa columna que es también el de la columna de David.

No estoy seguro de que la etiqueta sea la apropiada; pero en cualquier caso es conveniente reflexionar sobre el contenido del análisis.

Parece ser que, a medida de que el número de blogs aumenta es más fácil localizarlos en el espacio de las coordenadas tradicionales.

No me resulta extraordinario. Los grupos se caracterizan por un imaginario cultural colectivo que define su identidad. Esta identidad es más o menos profunda según sea el coste de la disdencia en relación a esa identidad. A mayor coste mayor profundidad identitaria.

La identidad de los blogers es muy superficial porque es muy barato abandonar lo que el mismo David llama la ética del hacker.

Uno de los factores pricipales de ese bajo coste de la disidencia es precisamente que, como para los hackers el valor supremo es la experimentación (o, si queremos, el bricolage), es muy fácil disfrazar de vanguardista cualquier uso que se haga del nuevo medio para reforzar las viejas identitades centradas en valores religiosos, nacionales o simplemente éticos.

No nos hemos de extrañar, por lo tanto, de que ante la agoní­a del dictador de la isla, el mundo se divida en dos: los hiperconservadores que no abandonan el derecho a ser restituí­dos de lo que la revolución les privó y los ultra progresistas que defenderán los avances revolucionarios en materias como la eseñanza o la sanidad.

¿Cómo librarnos de esta dictadura de los estremos, de este blogofascismo al que referí­a antes? Pienso que la única manera de hacerlo es siendo un verdadero hacker. Y por otro lado utilizando estos nuevos medios distribuí­dos que no pueden ser silenciados por los grandes medios. Siempre encontraremos pequeñas colectividades que tienen ideas claras, detalladas y constructivas de lo que hacer en cada caso.

Por ejemplo hay un grupo serio de economstas cubanos en el exilio que ni son revanchistas ni toleran la pervivencia de prácticas ridiculamente intervencionistas.

Ya se verá y pronto cómo emergen a la luz. Entonces será el momento de apoyarles en la blogosfera.

Quería quererla querer

Se trata de un poema de Joaquí­n Sabina que escucho sin parar, obsesivamente, en la voz de esa descarada y desgarrada Marí­a Jiménez.

Que el malo no era él, que esa vez «querí­a quererla querer». La traducción es obvia; nuestro personaje deseaba quererla amar. No la amaba; pero él hubiera querido estar en esa situación, previa al enamoramiento, en la que uno lo que desearí­a es amarla para poder pedir sexo con palabras creí­bles.

No es dificil descifrar el juego de palabras del poeta; pero la traducción no tiene ninguna gacia y el poema sí­. Quizá por el aliento poético del desvergonzado poeta; quizá porque se necesita de esa desvergí¼enza para ser vehí­culo del lenguaje, fiel escudero de sus aventuras, sanchopanza de un loco donquijote incontrolable.

Quizá un poeta de verdad, como cualquier mí­stico que no sea de pacotilla, no es sino como esa hormiga que es utilizada por un virus especí­fico que le ataca al diminuto crebro y le hace trepar sin descanso hasta el pico de una liviana hoja de hierba desde la que cae solo para volver a trepar. Quizá la hormiga no está loca, sino que persigue su destino de vehicular el virus hasta el estómago de un mamí­fero que pasta en ese campo y que es el gran útero reproductor del virus.

Este ejemplo que ofrece Daniel Dennet en su último libro, Breaking the Spell. Religion as a Natural Phenomenon (Allen Lane, 2006), es una magní­fica manera de entender cómo el leguaje nos utiliza, es decir se recrea a través de nuestros humillantes intentos de expresarnos verbalmente.

Lo mismo que decí­a el otro dí­a respecto al «viendo a ver» de la Ministra de Educación.

Relevo en el Banco de España

Publicado en Expansion, martes 1 de agosto de 2006

Hace dos semanas Miguel Ángel Fernández Ordóñez tomo posesión como nuevo Gobernador del Banco de España. En las fotos de todos los periódicos del día siguiente se veían caras sonrientes por doquier. Sonreía satisfecho Pedro Solbes, sonreía aparentemente contento el nuevo Gobernador y aplaudía el saliente. Miguel Sebastián ocupaba su habitual lugar discreto en las fotos lo mismo que José Viñals, una magnífica elección como subgobernador dada su trayectoria.

Pero no se veían por ningún lado a representantes del principal partido de oposición. Quizá no es costumbre invitarles a estas ceremonias o quizá no quisieron acudir. En cualquier caso así terminaba un periódico cargado de ataques y contraataques entre El PSOE y el PP alrededor de la forma de llevar a cabo el relevo.

Dicen que había una regla no escrita, de esas que sirven para cimentar las buenas relaciones entre las personas de diferente militancia política, según la cual el partido en el gobierno nombra al Gobernador y el principal partido de la oposición señala al segundo de a bordo. Sea o no cierta esa regla no escrita, se haya cumplido o no escrupulosamente en el pasado y sea o no conveniente, lo cierto es que las circunstancias han cambiado y que lo que merece la pena pensar con cuidado más allá de las costumbres, es el perfil adecuado de los banqueros centrales para cumplir con una misión que no puede ser igual que antes de la existencia de un Banco Central Europeo.

La Política Monetaria está ya en manos del BCE y la influencia de cualquier Banco Central nacional es pequeña y dependiente de su reputación como antiguo responsable de la Política Monetaria, como técnico de la supervisión bancaria, o financiera en general, y como elaborador de la regulación de las entidades supervisadas. Hay aquí varios temas de interés que se entrecruzan.

Sobre Bancos Centrales como diseñadores de la Política Monetaria se ha escrito tanto que basta con recordar brevemente los principales debates para luego pasar a otros temas de un interés más inmediato. Esta institución llamada Banco Central que nos parece tan natural podría no existir si los tipos de cambio fueran fijos y se reimpusiera el patrón oro con un coeficiente de reservas del 100%.

A pesar de que esta podría ser la postura austriaca y no está muy alejada de algunas propuestas ya antiguas de Milton Friedman, la emergencia de un sistema de tipos de cambio flexibles en un mundo que no constituye una área monetaria ya no óptima, sino simplemente factible, acompañada por la centralidad de una Política Monetaria nacional y su delegación en un Banco Central independiente del Gobierno, ha permitido el crecimiento notable de los últimos lustros haciendo de la inflación un problema casi olvidado y facilitando así la suavización de los ciclos económicos y la emergencia de reglas que proporcionan un escenario creíble a la iniciativa privada.

La realidad económica es path dependent y es a partir de esa situación desde la que tenemos que juzgar a esta institución que puede ir cambiando su ámbito, tal como está ocurriendo en la UE, para caminar en la dirección de una especie de régimen de tipos de cambio fijos, como es el arreglo del euro, a pesar de que no hay ninguna imposibilidad metafísica de salirse de él.

En todo caso, la situación de un Banco Central de cualquier país asociado al euro, como el Banco de España, ya no es la misma y su misión en el ámbito de la Política Monetaria y Cambiaria se limita a colaborar con los otros Bancos Centrales en dos puntos. Participar en el manejo del tipo de cambio del euro cuando las circunstancias internacionales impongan ese tipo de indeseables, pero inevitables, intervenciones. Y participar asimismo en la elaboración dicha Política Monetaria y en la forma de comunicarla.

Es esta limitación la que disminuye el poder del Banco de España y la que explica aquella famosa salida de Solbes que causó tanto revuelo en algunos periódicos en medio de las primeras escaramuzas entre los dos grandes partidos que acusaban al ya nuevo Gobernador de no ser independiente. Solbes dijo que esa independencia no era ya tan importante y tenía razón. El BCE sí ha de ser independiente; pero los otros Bancos Centrales no tienen porqué serlo más allá de lo su labor de supervisores y de reguladores.

La independencia de Miguel Angel Fernández Ordóñez hay que discutirla por lo tanto en estos otros ámbitos. Tener o no carnet de un partido no dice nada sobre la independencia de una figura pública. En mi opinión se trata de una señal equívoca. El tenerlo puede evidenciar una lealtad sospechosamente acrítica; pero el no tenerlo puede constituir una coartada para mejor servir los interese de quien sea, aunque no sean los nacionales.

En el caso del nuevo Gobernador, tenga o no carnet del PSOE, su independencia se probó durante sus años al frente del Comisión Nacional de la Energía. Y esto es importante porque su responsabilidad actual se parece más a la que ejerció en esa comisión que a la responsabilidad del banquero central.

Es justamente este tipo de independencia asociada más bien a una agencia reguladora normal la que va a necesitar el Banco de España para cumplir satisfactoriamente las que van a ser sus misiones principales. Como regulador no le va a quedar más remedio que tener las ideas claras y hacerlas públicas en lo que respecta a la inclusión en su ámbito de competencia de sociedades como Afinsa y Forum Filatélico y, lo que es más importante, en lo relativo al futuro de las Cajas de Ahorros. Es especialmente este último punto el que va a marcar el mandato del nuevo Gobernador y el que nos permitirá juzgar su independencia o su adaptabilidad, bien a las circunstancias, bien a los requerimientos políticos.

Además de estos dos asuntos calientes queda el más sutil de la aplicación de Basilea II, un experimento que aunque muy trabajado, justamente durante el mandato de Caruana, no deja de tener riesgos y otras consecuencias para la industria financiera. Al permitir ventajas a los bancos con mejores métodos de medir el riesgo, Basilea II va a exigir del regulador un seguimiento minucioso del experimento y una vigilancia atenta de los cambios que su aplicación pueda tener en la estructura del sector financiero.

Y estos asuntos que acabo de mencionar no son independientes de la supervisión. Pero el Banco de España funciona en esto como trenes en la noche, a toda máquina y sin sobresaltos. La sintonía con la industria es buena y no parece que esto pueda cambiar aunque el Gobernador fuera un fanático de la ideología de cualquier partido, lo que no parece ser el caso del nuevo.

No hay nadie que disienta acerca de la necesidad de evitar una estampida de depositantes de cualquier banco y para ello tiene que estar muy claro quien es el prestamista de última instancia. Como esto está todavía en discusión en Europa, es en este punto donde vamos a ver no tanto la independencia como la pericia del nuevo tándem que va dirigir el Banco de España.

Por un lado yo les veo sobradamente preparados, especialmente por la experiencia específica de Viñals, para influir en que la decisión que se tome en Europa a este respecto sea óptima. Por otro lado también les veo con la suficiente flexibilidad como para saber cómo comportarse si un problema de ese tipo surgiera, no en sociedades como las filatélicas citadas, sino en un banco comercial sujeto a supervisión. Aquí no es conveniente un gobernador robótico; sino alguien que coordine la salvación in extremis de una institución cuya quiebra desordenada podría acarrear un verdadero problema financiero y hasta económico. Yo confiaría en la experiencia y el carácter del nuevo Gobernador.

Dejémonos pues de juicios de intenciones y de recelos y hagamos votos porque el nuevo gobierno del Banco de España no solo no desacredite la más que razonable trayectoria de la institución, sino que la mejore en aquellos aspectos como los destacados aquí que son los cruciales ahora mismo. Tiene más que sobrada capacidad para ello.