Parecidos razonables

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 5:44 pm el Jueves, Agosto 10, 2006

No presumiré más de mi pacidad fisiognómica, aunque ésta ha mejorado con la dieta a que me he sometido. Me limitaré a consignar parecidos razonables.

Hay algunos obvios. El de el director de mi periódico, EXPANSION, Jesús Martínez y el famoso director de cine de la lista de Schindler o, más recientemente, de Munich, Spielberg;es demasiado obvio y se lo deben de haber dicho a Jesús cientos de veces. Lo interesante es que acabo de descubrir que los dos son idénticos al tenor catalán, Vandelló, que hace unos días se encargó de la figura del cristiano en Die Shuldigkeit der ersten Gebot, una pieza que Mozart escribió a los diez años.

Igualmente obvio es el parecido entre el desaparecido Raul Castro y el recientemente editado Juan Pablo Fusi. Es el bigote de ambos el que desea, pero no puede, ocultar una sonrisa resbaladiza.

Menos obvio es el que existe entre Jordi Savall y Victor Pérez Díaz. Olviden las cabelleras, rala y ebourifé respectivamente. Pero miren a su rostro serio. Ambos miran de frente como si quisieran leerte los labios. Y ambos tienen la sana o fea, según se mire, costumbre de no darte nunca la razón. Igual es que son sordos los dos, pero sería raro, al menos en el caso de Savall.

Compraventa de libertades

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 8:51 am el Jueves, Agosto 10, 2006

En el boletín de FEDEA, una institución de investigación económica que respeto, me entero de la existencia de un documento de trabajo reciente en el que sus autores abogan, según parece desprenderse de una breve reseña, por establecer un mercado de derechos civiles a efectos de luchar contra el terrorismo o sus apoyos.

La propuesta es coherente con su diagnosis sobre la posibilidad del terorismo. Este es posible porque faltan mercados.Si uno pudiera vender tu privacidad (fiscal, de cominicaciones o del tipo que sea) a cambio de una rebaja impositiva, podría ser posible desenmascarar a los terroristas que, ciértamente, no usarían esa oportunidad.

En efecto, digamos que permito al fisco urgar en todas mis cuentas a cambio de que me rebajen el tipo marginal en 5 puntos.
Parece sensato pensar que los terroristas estarían entre los que no hacen uso de esa venta de la privacidad, fiscal en este caso.

Esto es lo que colijo de la lectura de la breve reseña y me suena mal. Mi conciencia de scholar me dice a la oreja: léelo antes de escribir nada. Pero mi descaro de bloger me apremia a anotar lo que se me ocurre de primeras sobre este esquema incentivador que, al menos a este nivel de descripción, no se puede llamar un mercado.

Lo primero que se me ocurre es que hay derechos a los que no se puede renunciar. No se puede, por ejemplo,entregar tu libertad mediante un contrato de esclavitud. Y tampoco puedes renunciar a tus derechos de autor según tengo entendido.

No sé cual es la razón. Seguramente que esa renuncia deblita el mismo derecho de los demás en algún sentido, como en el caso de la esclavitud, o que puede desnaturalizar la (falsa) competencia en el caso de la propiedad intelectual. Pero sea cual sea esa razón, no parece sencillo que nuestra sociedad pueda asumir el esquema incentivador que se propone.

Pero lo más serio es la segunda reflexión que me viene a las mientes. Para transformar el esquema incentivador en un verdadero mercado tendríamos que admitir que el fisco pueda vender la contraparte de ese derecho a un tercero que a cambio de que no miren sus comunicacines o sus cuentas está dispuesto a pagar un incrementeo en el tipo marginal del IRPF.

Esto tedría la ventaja de que el fisco puede incluso hacer dinero; pero me parece que no sería muy eficaz a la hora de aislar al terrorista que financia armas o el mantenimiento durante años de terroristas suicidas o paga el impuesto revolucionario de manera “alegre y combativa”

La razón de mi escepticismo está en que comprarían la seguridad de su privacidad no solo los terroristas, sino también los adúlteros, los pornógrafos y los pederastas, por mencionar solo algunos de los que prefieren que no se conozcan sus actividades.

Puestos a elucubrar, el fisco, asesorado por algún brillante ingeniero social, podría discriminar precios a efectos de separar las categorías de malvados; pero si empezamos con esas sutilezas, dejamos la puerta abierta a comportamientos oportunistas de todos ellos, incluyendo los terroristas.

Por ejemplo, si yo fuera un terrorista, en lugar de no utilizar este nuevo mercado en el que se compran y se venden derechos civiles, entraría en él, de acuerdo con mi esposa, al precio que identifica a los adúlteros, poniendo a la policía sobre la pista falsa y, de paso, ganándome una cohartada ante mi señora para aventuras non-sanctas.

Seguro que no he entendido bien el documento de FEDEA.

Chancla con diamantes

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 10:35 am el Miércoles, Agosto 9, 2006

No sé cómo decírselo a Elisabet Ros; pero le voy a tener que dejar a pesar de su maravillosa figura y su cabellera de fuego. He encontrado a “alguien” que se me impone sin remedio posible.

Es música y canadiense, toca el violín como los ágeles y su sonrisa es suficiente para imponerse a todos sus compañeros de orquesta. Se llama Farran James y con ese nombre de minero puede alcanzar lo sublime en su interpretación de la música barroca, catalana o austríaca.

Es la concertina-directora de la Orquesta Barroca del Festival de Torroella de Montgrí-La Principessa Filósofa y no puedo negar que este último nombre algo tuvo que ver con mi instantáneo enamoramiento de ayer por la noche, hace menos de diez horas.

No tenía mala localidad; pero la horizontalidad del suelo de la Iglesia de Sant Genís no me permitía oservar los pies de los músicos en todo su esplendor. No tengo tiempo de explicar porqué esa visión panorámica es imprescindible para una cabal comprensión de la versión precisa de cualquier pieza musical.

Pero es que lo único que quiero explicar a Elisabet para justificar mi veleidad en este juego del amor es que, entre las cabezas de los Consellers Tura y Nadal y junto a la cabecita de Montilla, podía observar el pie izquierdo de Farran.

Marcaba el compás, eso desde luego, pero dejaba ver, como quien no se entera del efecto que causa ,su pie desnudo apenas engarzado en una chancla con diamantes. Su vestido negro realzaba una figura de hembra jóven y ese vestido como de satén haciendo aguas y dibujando flores de loto y su pie desnudo te transportaban sin remedio al mundo de Isadora Duncan. Pero al de una Isadora que todavía no fuera consciente de su poder ilimitado.

La pobre Ana-Sophie Mutter se desgarraba en mi subconsciente imposibilitada de salirse de la contundencia de un cuerpo ya remanido por la debilidad del pobre marido/padre Previn . Nadie puede mejorar el efecto erótico de esa chancla con diamantes que se cimbrea en un exquisito tobillo y aisla para su idolatratación un luminoso y delgado dedo gordo.

Si no fuera por el respeto que, a pesar de todo, debo a Elisabet, que bailaba el “ne me quitte pas” de Brel, yo comenzaría hoy mismo, todavía bajo el encantamiento de esa princesa filosofa que suda y suspira con la música, a “inventarle palabras insensatas que sola ella comprendería” y a “regalarle perlas y plumas venidas del país donde no llueve” . Y le llevaría conmigo a “esa tierra donde el amor es ley, donde el amor es rey y en donde tu”, mi dulce Farran con nombre de minero, “serás reina”.

¿Es así la guerra?

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 11:30 am el Martes, Agosto 8, 2006

Arde el Alt Empordá. Está en llamas el triángulo que forman Figueras, Verges y Cadaqués.

La noche que comienza todo, Josep Pons se acuesta tarde y ve, desde su masía de La Sala, reflejos de fuego hacia Figueras. Se despierta unas horas más tarde y el fuego está ya en Verges. Cree que la tramontana empuja las llamas a una enorme velocidad. Piensa que va a tener que despertar a su mujer y a su hijo y salir pitando para salvar las partituras.

Al día siguiente se entera de que eran dos fuegos distintos ; pero da por bien empleada su vigilia de la noche. Comenta con Jauma, el de Can Quel, que la luz del fuego parecía el avance de los Panzers en el campo de batalla.

Y yo callo porque he dormido como un niño y como tal criaturita imbécil me he regocijado con la visión, desde mi terraza panorámica, de la enorme columna de humo que, al despertar, he visto surgir por el norte, deslizarse perezosa hacia el sureste cubriendo el MonGri y difuminarse por encima de los Massos de Pals.

Primero he pensado en el Peter Justinov de mis cromos de Quo Vadis?; pero luego he recordado al jóven providencialista que no se quiere ir de Beirut y confía que la bomba no le destruya su chamizo.

Y más tarde, ya rumiando a solas la vergüenza por mi insensibilidad, he pensado que igual la guerra es así, un espectáculo propio de los festivales de verano que recubren Europa, una nueva versión del Anillo.

Y no he sentido nada.

Caemos continuamente en el vicio europeo de empeñamos en dar sentido a lo que no lo tiene y quizá la guerra, el fuego y la muerte no son sino simples y torpes instrumentos que controlan el proceso homeostático de rebalanceo del desquilibrio acumulado por nuestros excesos.

Mueren niños y un día serán los míos y otro día seré yo; pero no consigo acongojarme.

Igual estoy ya calcinado, muerto.

Biedermeier

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 9:06 pm el Viernes, Agosto 4, 2006

Yo creía que Biedermeier era un estilo de mueble alemán/austriaco que, requetepulido y redondeado en sus esquinas, se parece a una portada de iglesia barroca. Y es un estilo de mueble, desde luego, pero también es algo más.

Es que uno aprende muchas cosas en las lecturas vacacionales. Leo, excitado por la tramuntana represada, un libro inusitado: The Austrian Mind. An Intellectual and social History 1848-1938, de W.M. Johnston, editado por la University of California Press en 1972.

Me sorprendo a mí mismo al verme leyendo cosas así; pero todavía me sorprende más lo que, inesperadamente, aprendo. No me refiero a que Herr Biedermeier era un personaje ficticio elaborado sobre la figura de un triste maestro de escuela y poeta aficionado por un par de amigos y alumnos suyos como ejemplar del Kleines Mann que acepta con resignación su destino mediocre. Me refiero a que me encuentro de repente y sin previo aviso con que lo que llamaríamos el estilo de vida Biedermeier constituye el prototipo del estilo de vida bilbaino de mis años de infancia y juventud.

Acabo de aprender que el mirar a mi infancia como un ejemplo típico de tristeza de posguerra, aunque no falso, ha trabajado hasta hoy mismo como una pista falsa que me ha ocultado muchas cosas de interés. Lo que ahora sé que ocurría en aquel entonces es que la guerra y el franquismo habían paralizado el salto de lo nuevo a lo viejo, un salto que se preparaba pero fue frenado en seco. Un siglo antes el shock de la revolución del 48 y su represión frenó el mismo reto en la Austria de Metternich.

La burguesía vienesa y la bilbaina, con un siglo de decalaje esta última estaban preparadas para saltar de la Gemeinschaft a la Gesellschaft en la terminología de Tönnnies que nos recuerda Johnston. Representaba esa burguesía el rechazo social de la universalidad de los valores y la meritocracia que conforman la Gesellschaft. Asustada ante la peligrosidad del salto se demora esta burguesía en la Gemeinschaft, una postura melancólica que la preserva de los peligros revolucionarios a cambio de seguir atrapada en el particularismo y en el posicionamiento inamovible dentro del grupo.

Esta suspensión entre lo viejo y lo nuevo genera- y aquí voy a glosar a Johnston- la cultura Biedermeier. Una cultura que yo relaciono no solo con los muebles a los que me he referido; sino también con la resignación a la irrelevancia política, delegada ésta en los poderosos, con el espíritu de camarilla que se traduce en la vida de salón vienés en el que se hace música de cámara, con la erudición que no muerde, con la archivística que preserva lo innecesario, con las estampas de paisajes y las litografías cursis que adornan las paredes de es salón y con el Kleine Mann que envejece gordo, reluciente y calvo, en su negociado de probo funcionario y solo se siente cómodo con su mujer y sus hijos a los que pretende protejer.

Así justamente era mi Bilbao. No salían mis mayores a disfrutar de la vida atrapados por una especie de tristeza profunda. Su vida estaba pautada y pertenecían o no pertenecían a las pequeñas sociedades eruditas, como la Bascongada o musicales como la Filarmónica. Frecuentaban o no, según su ignorancia, los archivos de la Diputación y las colecciones de museos locales. Había pocos funcionarios; pero la pequeña burguesía trabajaba como empleados de confiana de los incipientes capitalistas que, a pesar de su nombre, no eran nada universalistas ni estaban dispuestos a competir en igualdad de condiciones, para al final del día recojerse en su domicilio y disfrutar del pegajoso calor familiar y de las lecciones de piano de sus hijas que interpretaban hasta la extenuación la Para Lisa.

¿A dónde conducía esta vida resignada y tristse? Al enriqecimiento de la alta burguesía que poco a poco se asienta como espejo del buen gusto en el que la pequeña burguesía desearía verse reflejada diferenciándose así de lo rural que queda o para la garrulería o para la aristocracia a al que aspira la alta burguesía. Esta pequeña burguesía toma de la Gemeinschaft el particularismo y de la Gesellschaft la meritocracia y, con todo ello, organiza su revolución silenciosa hacia lo nuevo a través del nacionalismo. Ese nacionalismo que desmembró el Imperio austrohúngaro y que, entre nosotros, surgió en la II República y crece emboscado durante la dictadura después de que la guerra lo abortara en su momento.

Todo esto me lleva a concluir que el nacionalismo que tanto preocupa hoy no tiene grandes dosis de etnicismo y sí un gran componente social. Es el producto, pienso hoy, de los capataces que ya no pueden seguir confiando en el Estado al que pertenecen para realizar su destino como clase emergente porque ese Estado está en manos de los que fueron sus señores. Y acaban enganchándose a un tren antiguo, pretendidamente mítico y heroico que canalizará su justo(?) rencor y les liberará.

La pequeñez deviene heroica lucha por la liberación. Quitarle falsa purpurina al nacionalismo de hoy no es, sin embargo, sinónimo de rechazo. Depende de quién fuera tu padre.

Blogofascismo

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 3:41 pm el Martes, Agosto 1, 2006

Ugarte nos remite al artículo de Lee Siegel en the New Republic que lleva como título el de esa columna que es también el de la columna de David.

No estoy seguro de que la etiqueta sea la apropiada; pero en cualquier caso es conveniente reflexionar sobre el contenido del análisis.

Parece ser que, a medida de que el número de blogs aumenta es más fácil localizarlos en el espacio de las coordenadas tradicionales.

No me resulta extraordinario. Los grupos se caracterizan por un imaginario cultural colectivo que define su identidad. Esta identidad es más o menos profunda según sea el coste de la disdencia en relación a esa identidad. A mayor coste mayor profundidad identitaria.

La identidad de los blogers es muy superficial porque es muy barato abandonar lo que el mismo David llama la ética del hacker.

Uno de los factores pricipales de ese bajo coste de la disidencia es precisamente que, como para los hackers el valor supremo es la experimentación (o, si queremos, el bricolage), es muy fácil disfrazar de vanguardista cualquier uso que se haga del nuevo medio para reforzar las viejas identitades centradas en valores religiosos, nacionales o simplemente éticos.

No nos hemos de extrañar, por lo tanto, de que ante la agonía del dictador de la isla, el mundo se divida en dos: los hiperconservadores que no abandonan el derecho a ser restituídos de lo que la revolución les privó y los ultra progresistas que defenderán los avances revolucionarios en materias como la eseñanza o la sanidad.

¿Cómo librarnos de esta dictadura de los estremos, de este blogofascismo al que refería antes? Pienso que la única manera de hacerlo es siendo un verdadero hacker. Y por otro lado utilizando estos nuevos medios distribuídos que no pueden ser silenciados por los grandes medios. Siempre encontraremos pequeñas colectividades que tienen ideas claras, detalladas y constructivas de lo que hacer en cada caso.

Por ejemplo hay un grupo serio de economstas cubanos en el exilio que ni son revanchistas ni toleran la pervivencia de prácticas ridiculamente intervencionistas.

Ya se verá y pronto cómo emergen a la luz. Entonces será el momento de apoyarles en la blogosfera.

Quería quererla querer

Archivado en: dietario — Juan Urrutia a las 2:25 pm el Martes, Agosto 1, 2006

Se trata de un poema de Joaquín Sabina que escucho sin parar, obsesivamente, en la voz de esa descarada y desgarrada María Jiménez.

Que el malo no era él, que esa vez “quería quererla querer”. La traducción es obvia; nuestro personaje deseaba quererla amar. No la amaba; pero él hubiera querido estar en esa situación, previa al enamoramiento, en la que uno lo que desearía es amarla para poder pedir sexo con palabras creíbles.

No es dificil descifrar el juego de palabras del poeta; pero la traducción no tiene ninguna gacia y el poema sí. Quizá por el aliento poético del desvergonzado poeta; quizá porque se necesita de esa desvergüenza para ser vehículo del lenguaje, fiel escudero de sus aventuras, sanchopanza de un loco donquijote incontrolable.

Quizá un poeta de verdad, como cualquier místico que no sea de pacotilla, no es sino como esa hormiga que es utilizada por un virus específico que le ataca al diminuto crebro y le hace trepar sin descanso hasta el pico de una liviana hoja de hierba desde la que cae solo para volver a trepar. Quizá la hormiga no está loca, sino que persigue su destino de vehicular el virus hasta el estómago de un mamífero que pasta en ese campo y que es el gran útero reproductor del virus.

Este ejemplo que ofrece Daniel Dennet en su último libro, Breaking the Spell. Religion as a Natural Phenomenon (Allen Lane, 2006), es una magnífica manera de entender cómo el leguaje nos utiliza, es decir se recrea a través de nuestros humillantes intentos de expresarnos verbalmente.

Lo mismo que decía el otro día respecto al “viendo a ver” de la Ministra de Educación.

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