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Tragedia en las cumbres

Hace más de treinta años pasé unas breves vacaciones veraniegas en Aspen, Colorado. Mi mujer y yo llegamos a esta estación de ski de las montañas Rocosas conduciendo un viejo cancarro y provistos de dos copias de La Montaña Mágica de Thomas Mann, de la editorial Bruguera, una para cada uno.

Cuando terminamos la lectura de la novela de Mann volvimos al valle a lomos de nuestro cancarro. Eramos jóvenes y nuestro corazón resistió la altura de Aspen, además de la tragedia premiosa de Mann.

Ayer murió allí­ Kenneth Lay: su corazón explotó mientras esperaba la sentencia que habrí­a de dictar un juez después de que un jurado le declarara culpable de varios y graves delitos económicos en el caso Enron.

He tenido ocasión de escribir sobre Lay y sus colaboradoes en un post de hace meses que dejaba traslucir mis sentimientos a raiz de una pelí­cula-documental sobre el caso que casi pasó desapercibida para el público aunque no para la crí­tica. No quiero hoy volver sobre lo que allí­ dije; sino elevarme un poco y reflexionr sobre el trágico destino de algunos héroes que contrasta con el épico de otros.

Si eres un mero ladrón o incluso un criminal puedes acabar como un héroe o como un villano. En efecto, estos dí­as hemos leí­do, a raiz de la enorme aportación de Warren Buffet al Fundación de los Gates, mucha información sobre los orí­genes de la filantropí­a americana y , más en particular, sobre los orí­genes delictivos de las mayores fortunas americanas del siglo pasado de las que surgen las grandes Fundaciones y su aportación a la ciencia y la cultura.

Todos los grandes, desde Rockefeller a Carnegie, aportaron mucho al capitalismo y sus brutalidades, que les hicieron merecedores del tí­tulo de Robber Barons , han sido convenientemente olvidades cuando no exaltadas en el silecio de los corazones. Sin embargo personajes como Millken, el de los bonos basura, no consigue blanquear su imagen a pesar de haberse volcado en avtividades caritativas y filántropicas desde que salió de la cárcel.

Explicar este contraste es un reto. No me basta con llamar la atención sobre la relatividad de nuestra moral. Quiero una explicación más de economista y se me ocurre una centrada en la diferenvia entre sectores.

Podrí­a ser el caso que el sector real ( petróleo, hierro, quí­mica) fuera el único que nos parece “real” y que dejemos pasar las barbaridades que en él se cometen como una desagradable necesidad, mientras que el sector financiero no merecerí­a este tratamiento afectivo porque no es realmente “real” y no hay necesidad material o histórica que justifique los desmanes que en él se llevan a cabo.

Algo de esto me parece que está en el subconsciente colectivo; pero no me demoraré en ello, sino que solo cantaré la tragedia del presidente de Enron durante los años dorados de finales de los noventa.

¿En qué sector se ubicaba Kenneth Lay? En ambos- el real y el financiero- y en ninguno. Aplicó técnicas financieras al sector de la energí­a. Seguramente la justicia es sabia y no se debe ser demasiado creativo en la innovación financiera o en la contabilización de los beneficios futuros, pero nadie le podrá quitar el derecho de autor de ciertas formas de dar profundidad al mercado energético. El capitalismo le debe algo, como a los Robber Barons; pero le concede menos o se considera vejado a pesar de que aquellos no solo robaban sino que, además, parece ser que mataban.

Su corazón no ha resistido la pureza de las cumbres de las Rocosas. Esas alturas son solo para aquellos que, con Thomas Mann, saben que el bien y el mal se mezclan en un tirabuzón imposible de desenredar.