Mi Goulue

He aquí­ mi Goulue. Es pequeña como un cuadernillo de papel de fumar. Es muy útil para llevarla en el bolsillo; pero tomar notas sobre ella es una tarea de miniaturista. Ha de hacerse con un pilot de pincel superfino o con lápiz blando y súmamente afilado.

Así­ que solo caben apuntes muy contundentes como los que mencionaba en un post reciente

Pero mi provisión de goulues se acabá. Así­ que cualquiera que pase por N.Y. me harí­a un gran favor si se pasa por Madison, entre la 64 y la 65 ,y se hace con un puñado de estos cuadernillos para escritores breves.

Yáñez y Sandokan

Me parece que este comentario no da para montar un periferia 3; pero creo que tiene que ver algo con la discusión entre centro y periferia.

Sandokan era el centro, el protagonista, de la serie sobre piratas de Mompracem de Salgari; pero muchos de nosotros nos encontrábamos más cómodos en la piel del portugués. No era protagonista; pero se comí­a al pobre Sandokan, siempre enamorado y con tan pocos recursos.

Exactamente igual que el contraste entre el enamorado de la princesa de la primera parte de La Guerra de las Galaxias y Han Solo con un jóven Harrison Ford que se comí­a la pantalla.

Aviso

El otro dí­a encontré un libro sobre Economí­a Feminista que espero tener tiempo de explorar para ver hasta qué punto mis elucubraciones al respecto iban o no descaminadas cuando me referí­a a ello en un post previo.

El libro al que me refiero está editado por Akal, ha sido coordinado por Marí­a Jesús Vara, está presentado por Marí­a Angeles Durán y lleva el tí­tulo de Estudios sobre Género y Economí­a.

Agradecerí­a cualquier comentario al respecto.

Alternativas diabólicas

Angel Ubide, en una columna de el diario El Paí­s de ayer sábado, planteba la siguiente alternativa diabólica. Ante el rebrote inflacionario que apunta en los EE.UU, la Reserva Federal puede hacer dos cosas. Si no sube los tipos, el mercado interpretará que la autoridad monetaria acepta una mayor inflación y esperará una subida de los tipos a largo, expectativa ésta que acelerará o profundizará el desplome del mercado inmobiliario que ya ha dado signos de debilidad. Pero si los sube, el mercado entenderá que hay alguien duro al frente de la FED y que se va a frenar la inflación a costa del empleo, iniciando así­ una recesión.

El escándalo de las gestoras de inversión en bienes tangible plantea curiosamente una alternativa similar. Llamemos X a esa gestora o a la autoridad regulatoria competente, central o autonómica, o a la Agencia Tributaria o ala Fiscalí­a Anticorrupción o a la Audiencia Nacional o a todas estas instancias a la vez. Si X se da por enterada y actúa, tal como ha hecho, se desploma la pirámide que podrí­a no ser delictiva. Si X no se da por enterada y no actúa, la pirámide, que podrí­a ser delictiva, se amplí­a de forma que, en el futuro, su derrumbe podrí­a ser más grave, a no ser que las cosas se solucionen solas.

Estas alternativas diabólicas son ineluctables en cuanto hay autoridades regulatorias o judiciales. Nada es gratis en esta vida y menos en la económica, incluí­da la regulación o la judicatura. El precio de que no ocurran desastres en una economí­a libre es la existencia de esas autoridades que generan sus propios desastres.

Tenemos que esperar que los desastres inducidos por las autoridades sean menores que los naturales y que aquellos vayan siendo menores a medida que vamos aprendiendo mediante el inevitable sistema de «prueba y error». Yo creo que hay evidencia suficiente para crer que esto es así­.

Pero nada de esto es nuevo. También hay enfermedades tí­picas de hospital y aquí­ también no tenemos más remedio que aprender a luchar contra esta némesis médica a la que poco a poco vamos reduciendo.

Esto me recuerda a un grabado (del grafista bilbaino Juan Carlos Eguillor) que durante muchos años adornó la entrada de nuestra casea en Las Arenas. Incluí­a una bienvenida a «esta casa a cubierto de todos los crí­menes que no sean los propios». O algo muy similar.

O sea , que las alternativas diabólicas han de ser bienvenidas porque, a l fin y al cabo, son nuestras.

Profesionales y amateurs

En mi último post afirmaba que si liberalizamos el uso de sustancias dopantes que mejoran el rendimiento deportivo, acabarí­amos con dos tipos de deporte diferenciados: el profesional y el amateur.

En el primero, se consumirán toda clase de sustancias y se experimentará sin parar, se batirán records y se generará todo un sector económico con mucho espectáculo televisivo y enormes derechos de emisión. En el deporte amateur no habrá dopaje y se practicará solo por placer y para convertirse en un pequeño héroe local. La diferencia de salarios será grande y consistirá en gran medida en las «rentas» de las estrellas, «rentas» éstas que son las que llevan a algunos a decidirse por el estrellato aunque esto pueda perjudicar la salud.

No creo que esta conclusión sea obvia a pesar que los amables comentaristas no se han referido a ello. ¿Por qué ocurrirí­a algo así­? En mi post estaba aplicando de manera subconsciente las ideas que dos colegas de la universidad de Murcia utilizan para hablar de artistas ( ver Artistic Markets and Intellectual Property Rights de Franciscó Alcalá y Miguel González-Maestre )

En ese mundo del arte hay, según estos dos economistas, demasiadas estrellas que cierran la puerta a otros muchos artistas que podrí­a surgir renovando el arte y llegando a ser estrellas ellos mismos.

La razón de esta indeseable situación en los mercados del arte estriba en la existencia de derechos de propiedad intelectual. Estáticamente podemos decir que es intuitivo que cuanto menores sean estos derechos habrá menos estrellas y más artistas , si no amateurs, sí­ asequibles y digamos que normales. Dinámicamente y a largo plazo los autores citados muestran que la reducción en los derechos de propiedad propiciará la emergencia de más estrellas nuevas y disminuirá, en cualquier caso, la «renta» de las estrellas.

Como los derechos de propiedad intelectual son barreras a la entrada, tenemos que saber si la liberalización del dopaje constituirí­a una disminución de esas barreras. A primera vista parece que no; sino que prohibir el dopaje de manera efectiva es lo que serí­a equivalente a reducir las barreras de entrada al estrellato. Sin embargo esto serí­a así­ solo si la prohibición fuera efectiva para todo el mundo, cosa imposible ya que aparecerí­a inmediatamnente un mercado negro.

Mi afirmación del dí­a pasado, por lo tanto, tiene que estar basada en un argumento más sofisticado. Se tratarí­a de darse cuenta de que liberalizar el dopaje acabarí­a llevando a la eliminación del deporte de las estrellas debido al aspecto suicida del mismo y al rechazo que esto producirí­a en la mayorí­a de los deportistas prometedores. Así­ se generarí­a una única clase de deporte, el amateur, en el que no hay estrellas rutilantes universales y tampoco «rentas» altas. El deporte profesional se habrí­a convertido en un agujero en el que se entra, pero no se sale…con vida.

No estoy seguro de que mi clarificación sea muy clara; pero al menos yo me siento más cómodo.

Mi cuerpo es mío

Han atrapado a la mafia de las sustancias dopantes para aumentar el rendimiento deportivo, hace un par de dí­as se habló de un mercado de órganos y llevamos meses discutiendo sobre el modelo holandés y el sueco en lo que se refiere a la prostitución.

Mi mujer y yo diferimos en los tre asuntos. Ella dice que hay cosas con las que no se trafica. Como el cuerpo por ejemplo. Yo creo que todo es comercializable siempre que haya un verdadero mercado en el que se garantiza, más o menos, la calidad de la mercancí­a, la seguridad sanitaria y la libre voluntad de las partes contratantes.

Por lo tanto la discusión debe limitarse a estas circunstancias. Y en ellas yo sostengo mi opinión. No he recibido ni vendido órganos, aunque confí­o en aumentar mi vida con transplantes e implantes. No he vendido mi cuerpo ( quizá por falta de demanda ) y no confesaré el uso que haya podido hacer del mercado de la carne pues me gustarí­a mantener el morbo de la incertidumbre sobre mis inclinaciones sexuales, un tema tan de moda esta temporada.

Pero sí­ he sido deportista y sé lo que engancha la competitividad y el deseo furioso de ganar y ser el mejor.Si con ciertas sustancias puedo aumentar mi rendimiento quizá esté dispuesto a correr ciertos riesgos para mi salud a medio y largo plazo. No solo mi cuerpo, también mi tasa de descuento temporal es mí­a.

Contra estas consideraciones no me sirven los futuros costes sanitarios de cuidar las secuelas de estas exageraciones pues siempre hay una cierta forma de hacer recaer dichos costes sobre la persona que se arriesgó: son parte de esos riesgos que esa persona tomó conscientemente.

Y, además, en este campo del deporte, el uso de drogas tendrí­a una consecuencia colateral que hay que considerar. Seguramente acabarí­a habiendo dos clases de deportistas para cada deporte, los amateurs de antaño y los profesionales. En algunos deportes esta diferenciación ha subsistido hasta hace poco y en otros todaví­a se mantiene, dando origen a los torneos «open», donde se mezclan unos y otros.

A los que le gusta disfrutar del deporte como espectadores podrí­an continuar haciéndolo con posiblidades de ver records mundiales cada dí­a. A los que nos gusta el deporte como parte de esa competecia que aumenta espectacularmente los niveles de adrenalina y solo queremos ganar o que nuestro equipo gane aunque no bata records, acabaremos volviendo a los campos de juego a entrenarnos en fair play.

Disminuirá el número de galácticos, los que queden serán vistos y jaleados por algunos y contibuirán con su «sacrificio» personal a la mejora de la medicina. Por otro lado aumentará la practica y el seguimiento de los depertes porque sí­, para llegar a ser un héroe local y llevarse al chico o la chica con que todos sueñan.

¿Pero no llevará este deseo de conquista sexual al dopaje? Quizá ocurra como con los diuréticos que estilzan nuestra figura. ¿Los deberí­amos prohibir?

Periferia 3: le cochon et le centre

No se trata de una fábula de Lafontaine, sino de una manera sintética de unir dos temas que revolotean por aquí­: el del centro y el del malestar de la cultura.

En el ojo del huracán no pasa nada mientras que en su periferia todo cambia y se destruye. En la periferia se nota el malestar de la cultura de la innovación que impone el cambio. El centro solo sirve como notario de estos cambios.

Lo bonito es que tengo anotado en mi Goulue una estrofa de Jacques Brel referida al notario como figura de la torpeza: c ´est comme le cochon, plus í§a devient vieux, plus í§a devient bíªte.

El malestar de la innovación

Hace bastantes años me atreví­ a decir que la finalidad en sí­ de la innovación era prepararnos para ser adoptados por el cambio y que como tal la innovación nos ayudaba a internalizar la noción de cambio.

Solo cambiando aprendemos a hacerlo sin sentir el malestar que asociamos a cambiar de ciudad o de oficio o de hábitos. Y este malestar es un verdadero «malestar de la cultura» porque, aunque nos cueste reconocerlo, hoy vivimos inmersos en la cultura del cambio. Freud le hubiera sacado más punta a esto.

Pero, en mi opinión, a medidad que el cambio nos va adoptando nos sentimos rejuvenecidos y alegres.

Para la cultura de la que venimos trabajo y ocio eran actividades totalmente separables y los sindicatos tení­an la misión de liberar tiempo de ocio para evitarnos en lo posible la sordidez de lo lúgubre.

Pero para la cultura en la que entramos, la cultura del cambio, trabajo y ocio no pueden ser separados facilmente. ¿Qué hago cuando blogeo? ¿y cuando diseño un nuevo producto o planeo con cuidado una campaña de publicidad?

Se trata en todos estos casos de actividades creativas y la misión de los sindicatos tiene que cambiar en consecuencia. En nuestro entorno su razón de ser es más bien velar por que las actividades productivas sean realmente creativas exigiendo una prima para la relización de actividades rutinarias.

Podemos, si queremos, librarnos de la maldición del trabajo; pero nos resistimos a entrar en lo desconocido.

Complejidad

Como resulta que en razón de los comentarios sobre Economics and Ontology IV a los que me obliga un amigo anónimo, estoy enredado en esto de la complejidad, voy a tratar de aproximarme al uso normalito que solemos hacer de ella mediante una breve aplicación de esa noción a los problemas polí­ticos que siguen ocupando al paí­s.

Comentan personas doctas que el asunto del Estatut se ha tratado en general con simplismo justamente cuando se necesita tener en cuenta su complejidad. Lo mismo me dicen otros conocidos en relación al alto el fuego de ETA. Quiero explicar, por lo tanto, lo que entiendo por Complejidad como algo preciso y diferente de la mera complicación.

Se trata de lo que sale de sistemas dinámicos recursivos que resultan en soluciones muy poco previsibles debido a la no linearidad que presentan como tales los sistemas recursivos.

Pues bien lo interesante es que la aparente y obvia situación actual de la discusión entre los dos partidos grandes en relación a los dos asuntos mencionados representa una situación muy propicia para esas no linelidades.

En efecto, lo que está ocurriendo es que, lejos de las apariencias, uno y otro discurso no están siendo simples, sino que lo parecen porque así­ se quieren disfrazar a efectos de dejar las armas preparadas para cuando el otro dispare su primera bomba. Lo que el otro hace, por lo tanto, debe analizarse no solo como un discurso simple, sino como un discurso que se elabora al a vista del discurso del uno que sabemos que no solo está diciendo algo referencial, sino preparando su reacción a lo que el otro vaya a decir… und so weiter.

He aquí­ pues la complejdad y el comportamiento aparentemente errático.

¿Qué ocurre cuando un sistema social se ha enganchado en la recursividad? Pues justamente lo que ocurre es que no se sabe lo que va a ocurrir.

Y aquí­ se nos presenta una disyuntiva. Si queremos novedades dejemos que es sistema siga enrareciéndose. Si queremos estar precavidos para ataques externos al sistema, tratemos de reiniciarlo; pero esto también está dificultado por la misma complejidad.

Así­ que malas perspectivas.

Periferia 2: Michel Onfray

Hace dos posts, en Periferias 1: El principio confederal, el acento estaba puesto sobre la descentralización territorial aunque , en realidad, ese principio es más general. Aun sabiendo esto último es bueno poder manosear algún ejemplo de periferia intelectual aunque esté mezclada con la territorial.

El caso de Michel Onfray es de mucho interés puesto que, aparte de conformar ese ejemplo conveniente, también es portador de una moraleja intrigante.

A pesar de que es relativamente jóven ( nació en 1959), este autor posee ya una obra copiosa e incluso hay trabajos eruditos sobre dicha obra, trabajos que la discuten sobretodo como ejemplo raro de un ateismo militante y algunos dirí­an que desfasado.

Su «periferismo» intelectual consiste, sin embargo, no solo en su temática, sino en el hecho de que ha abandonado el ámbito reglado de la enseñanza y ha creado, en Caen, una universidad poular destinada a aquellos que quieren simplemente saber. Cuando le toca dar clase cientos de personas se desplazan por tren para escucharle, sus clases son gavadas en DVD y uno puede hacerse con esas grabaciones sin ninguna dificultad a través del librero local.

Pero la temática también es expresamente periférica. El mejor ejemplo de esto es su proyecto de una contra-historia de la filosofí­a que constará de seis volumenes de los que han aparecido ya dos, los relativos a Las sabidurí­as antiguas y a El Cristianismo hedonista. De entre las dos docenas de filósofos examinados en esos dos volumenes solo conozco a Montaigne en el segundo y a Epicuro en el primero. Ni rastro de Agustin de Hipona o de Sócrates respectivamente.

El proyecto continuará con dos volumenes próximos a aparecer dedicados a Los libertinos barrocos y Los ultras de las luces y se cerrará con dos volumenes finales cuyos tí­tulos provisionales son El eudemonismo social y Las máquinas deseantes.

Michel Onfray se retira del centro docente, del centro intelectual y hasta del centro geográfico y, simultaneamente, salta a la fama. Dirí­amos que es la hora no solo de la periferia, sino de la disidencia. La moraleja intrigante es que este movimiento arriesgado ha tenido éxito material y no solo intelectual. He aquí­ la moraleja elaborada: no es que se pueda prescindir del centro, sino que lo que ocurre es que es necesario prescindir de él para no embarrancar en la repetición de lo mismo, para abrir una ventana al aire fresco y para alcanzar el éxito.

Pero la periferia no ha triunfado del todo ya que es el centro, Parí­s, el que dictamina que Onfray es lo más en este momento filosófico dado. Es un papel de simple espejo o de notario o de boletí­n de noticias; pero un papel que trae consigo unas rentas que son dificiles de extirpar.