Page y Brin

A pesar de que todas las empresas, y especialmente las de bienes de consumo masivo, están deseando entrar en China, se han levantado voces airadas por la disposición que ha mostrado Google a eliminar algunos términos en su motor de búsqueda a instancias del Gobierno de ese paí­s. Parece que no quiere que el pueblo se haga muchas ilusiones respecto a libertades públicas.

Está muy bien recordar que China sigue siendo la mayor dictadura del mundo, sobretodo porque lo es. Y está muy bien afirmar que la libertad de expresión ( y de información) es esencial para la democracia y para que prevalezca la verdad en cualquier campo.

Pero critiquemos a China y no necesariamente a Google.

Más allá de la falta de respeto a los derechos humanos, China merece una reprimenda por poner trabas a la inversión extranjera; pero esto es algo tan corriente que, por lo menos, tendrí­amos que ser prudentes para no echar piedras sobre nuestro propio tejado occidental y, a lo más, echarlas descubriendo lo que hay debajo de los argumentos proteccinistas disfrazados de interés nacional.

Nosotros estamos tan acostumbrados a forzar a la inversión extranjera a aceptar nuestra propia legislación que no nos damos cuenta de ello. Pero recordemos que, según la enervada Directiva Bolkestein, el “fontanero polaco ” no podrá ofrecer sus servicios en Parí­s y regirse por las reglamentaciones laborales polacas. O pensemos en que la opinión pública americana se opone a la gestión de algunos de sus puertos por una empresa de capital Saudí­ y radicada en Qatar incluso si se rigiera, como es el caso, por la legislación americana. Y para qué mencionar los blindajes nacionales contra la inversión extranjera en pretendidos sectores estratégicos.

Los economistas repudian las razones proteccionistas con el argumento de que la apertura, incluso unilateral, es buena pues ensancha el conjunto de elección de los consumidores. Luego los argumentos proteccionistas deben ser muy sutiles para ser admisibles. Pero nunca los son. Especialmente los que tratan de justificar las barreras aduaneras a las exportaciones agrí­colas de los paí­ses pobres. Se suele argumentar que es necesario velar por la salud pública cuando, en realidad, es el interés de un grupo determinado de la población, los agicultores en nustro caso, el que está por detrás del pretendido interés nacional.

O sea,que China es criticable y no solo por falta de esas libertades públicas que hemos aprendido a asociar a la democracia; sino también por su falta de liberalismo económico. Pero su Presidente es recibido con honores en cualquier Estado que visita y a ver quién es el guapo que lanza la primera piedra contra el mercado que todos ansí­an.

En cuanto a Google no me parece que deba ser criticado por colaboracionista cuando todos colaboran y cuando su presunta colaboración puede hacer más por la libertad que la exportación de colacao a un paí­s que odia los lácteos. Sin duda que la empresa española que lo ha conseguido es digna de admiración y un signo de la pujanza empresarial española. Yo no me atreverí­a a criticarle por haberse adaptado a los gustos de los chinos; pero no creo que haya aportado mucho al cambio democrático de China.

Que Google esté en China es bueno, aunque esté censurado. No creo que aquí­ apliquen las exigencias de la R.S.C. que repudia la explotación infantil, por ejemplo. La presencia de Google en China y el uso intensivo que se va a hacer de sus prestaciones va a dar ocasión de entrenarse a los hackers locales y, una vez que le hayan tomado el gusto, no habrá marcha atrás y la marcha adelante llegará pronto de manos, precisamente, de esos hackers bien entrenados en burlar la censura.

Y esta explosión de libertad ocurrirá haga lo que haga el Gobierno chino. A no ser que nuestra benemérita guardia civil comparta con ese Gobierno ese programa informático milagroso que permite extraer el “ADN” de cualquier imgen de Internet y seguir así­ su trayectoria por la Red. Esto es lo que ha permtido ese desmantelamiento de redes de pedófilos del que tanto se ha vanagloriado nuestro ministerio de interior. Esperemos que no usen su pericia informática para poner en peligro nuestra intimidad.Yo me procuparí­a, en efecto, más por la defensa de mis libertades domésticas que por la tenebrosa censura a la que están sujetos los chinos. (O los cubanos; pero hoy no toca hablar de esta otra dictadura)

China hoy me parece, en cuestiones económicas, como nuestro tardofranquismo. Totalmente criticable por razones de falta de derechos fundamentales cualquiera que fuera su éxito en materia económica. En nuestro caso fue el turismo el que nos abrió la puerta de la libertad, a pesar de que al principio los guardias de playa vigilaban para que las suecas se pusieran faldita en sus bañadores.

Yo harí­a un homenaje a aquellas turistas suecas que hoy serán una estupendas sesentonas. Agradecí­ en su dí­a la toma de postura antifranquista del malogrado Olof Palme; pero creo que sus compatriotas que decidieron no boycotear a España hicieron tanto o más por nosotros que sus impecables, admirables y compartidos principios.

Por todo esto defiendo a Page y Brin, los jóvenes fundadores de Google, y su decisión de aceptar las condiciones que hoy se les imponen para operar en China.

Bilbainos

Como es bien sabido, los bilbainos no nos plegamos a la realidad. Creemos que el Athletic gana la liga todos los años y pensamos que Manhattan se parece al Ensanche, aunque la Gran Ví­a es mucho más ancha que la Quinta Avenida y su ritmo mucho más vivo.

Y no deja de faltarnos razón. Siempre hemos tenido nuestro Baudelaire, aunque fuera inédito, y contamos con gentes como Enrique Ojembarrena y Jon Juaristi. Ambos provení­an de ambientes nacionalistas y ambos tení­an bastante de niños prodigio. Lo puedo certificar en el caso de Enrique, quien ganó siendo jovencí­simo el premio Café Gijón de novela corta, y lo deduzco de las memorias de Juaristi que acaban de aparecer con el tí­tulo de Cambio de Destino .

Por lo que cuenta Juaristi, ambos se tuvieron que cruzar a menudo por las calles de Bilbao a pesar de la diferencia de edad, y posiblemente sus movimientos, junto con los mí­os y los de muchos otros que paseaban por nuestra Quinta Avenidad, iban a San Mamés o a los diversos cine-clubs del momento, componí­an una representación coral digna de un Altman.

Ellos sí­ que se conocieron personalmente a mediados de los ochenta en una tertulia de La Concordia, un bar incrustado en nuestro Wall Street y en donde años más tarde me solí­a reunir para celebrar la Navidad con la degustación de unas magní­ficas ostras. Para entonces Enrique ya se habí­a convertido al Islam, con elque habí­a entrado en contacto en los EE.UU ya desde los setenta, y supongo que Juaristi quizá habí­a empezado ya el largo perí­odo de formación en el judaí­smo al que ya se ha convertido finalmente.

Enrique fue uno de mis amigos más queridos pero a Juaristi solo me lo he cruzado un par de veces en mi vida. Uno vive en Sudáfrica y el otro en Madrid, ejerciendo real o metafóricamente de imam o de rabino respectivamente. Y yo, otro bilbaino que no se interesa mucho por cuestiones religiosas, y mucho menos por su difusión o profundización, se pregunta qué sentido tienen esas conversiones mientras ejerzo de blogger.

Enrique me lo contó un dí­a. El era un hombre religioso, necesitaba que un Dios informara todos los aspectos de su vida y el catolicismo en el que habí­a sido educado no le satifací­a esta necesidad. De la conversión de Juaristi no sé nada aunque quizá hable de ella en el único capí­tulo de sus memorias que me he saltado.

Pero ambos están bajo el peso de un Libro sagrado del que sacan espiritualidad y seguramente normas de vida. Mientras yo agoto mi espiritualidad en el diván y sigo pautas de conducta que surgen a mi alrededor del encontronazo entre los paseantes de esa Gran Ví­a bilbaina que es el mundo.

Enrique mira hacia el cielo, Juaristi a la altura de sus ojos y yo miro al suelo para no tropezar o para evitar pisar a alguien caí­do.

Y, me pregunto para terminar, ¿qué tiene que ver todo esto con el triste nacionalismo de posguerra?

To skype or not to skype

To Skype, naturally! Es natural que queramos utilizar lo que la tecnologí­a nos ofrece gratis y nos permite extender nuestro radio de acción. Es natural para un individuo cualquiera que toma lo que hay ahí­ fuera como un dato sin mayores reflexiones. Pero luego llegan los trascendentes, los que piensan por los demás y acaban tratando de dictar la conducta de todo el mundo.

Utilizar este programa maravilloso tiene sin duda sus efectos secundarios o, como dicen los sociólogos, sus consecuencias no queridas. Reduce el ancho de banda disponible para otras cominicaciones, dificulta en consecuencia el tratamiento de datos y, he aquí­ el quid, pone en peligro la cuenta de resultados de las operadoras.

Y sin embargo la miopí­a del consumidor individual es en este caso evolutivamente progresista. Esas operadoras tradicionales no tendrán más remedio que ponenrse las pilas y tomarse en serio la innovación. La batalla por la propiedad intelectual ya no sirve aquí­. Y menos mal pues entonces la utilizarí­an para dificultar la expansión personal que Skype hace posible pretextando que tienen que velar por sus accionistas.

Pero los accionistas pueden volar a otros valores lo mismo que el consumidor se pasa de una tecnologí­a a otra. La única defensa posible de aquellos que se queden, y de los propios ejecutivos, es desarrollar un nuevo producto que consiga desplazar a aquel que desplazó el anterior. La innovación sigue a la innovación siempre que no paralicemos la cadena por extraños motivos particulares y nunca favorables al consumidor el que , sin embargo, proclamamos su soberaní­a.

Dejemos pues que funcione la evolución y tendremos mayor acceso a datos, mayor rapidez en nuestro uso de internet e incluso una nueva oportunidad para invertir intelgentemente en Bolsa.

Pero todo esto exige una especie de materialismo contradictorio con la trascendencia de un cristianismo que está perdido en este mundo tecnológico que le sobrepasa. Pretende dejar que la naturaleza haga su trabajo sin interferencias humanas; pero luego parece haber perdido su fe en la economí­a de la salvación y pretende enmendar la plana al creador en materias cientí­ficas y tecnológicas como si éstas no fueran naturales.

O sea que, sin duda, utilicemos la posibilidad que nos brinda Skype. Y sepamos que cuando lo hacemos estamos siendo fieles a nuestra naturaleza que no nos pide previsión; sino docilidad a lo posible. Como nos recomendarí­a ese profeta de nuestra salvacion que es Michel Houellebeque.

Recuerdos del 23F

Llega el 25 aniversario del intento de golpe de Estado. Algunos periódicos se han adelantado a la fecha exacta y este fin de semana nos han regalado recuerdos de periodistas o de polí­ticos de la época.

El ABC entrevista a Fraga y éste cuenta cómo tuvo un “golpe de honor”, entendido a su manera. Le dijo a Bandrés que, aunque odiaba sus ideas, darí­a su vida por la suya. Supongo que querrí­a decir, como ya se habí­a dicho antes por alguien históricamente más relevante, que la darí­a para que Bandrés pudiera defender sus ideas. Pero sea entonces, sea ahora en el recuerdo, tiene Fraga un lapsus y no dice lo que supongo quiso decir. El honor de Fraga pasa por afirmar, en esas circunstancias vividas como dramáticas, que odiaba las ideas de aquel abogado donostiarra defensor de poli-milis. ¿Qué necesidad tení­a de afirmar sus convicciones mediante negación de las ajenas?

Yo no estaba en el hemiciclo; sino reunido en Junta de Gobierno de la Universidad del Paí­s Vasco. Era el Decano de Económicas. A media tarde irrumpió en la Junta el chófer del Rector y dijo unas palabras para mí­ imborrables: “por si les interesa han dado un golpe de Estado en Madrid”. Hubo muchas ofertas generosas de amparar a los que más se jugaban; pero nadie aprovechó la ocasión para expresar el odio a las ideas de nadie.

Estos dos recuerdos me sirven para recordar lo esperpéntico de aquel dí­a y de toda esa época. Quizá fuera esta forma rancia de conducirse por parte de los golpistas, la que hizo que semejante simulacro del uso de la fuerza no consiguiera desviarme de lo que por entonces era mi obsesión: crear una facultad modélica.

¿Y por qué hoy me preocupa la situación polí­tica y especialmente el trataminento de los problemas territorales o simplemente nacionalistas, cuando también este tratamiento tiene algo de esperpéntico?
Quizá porque ya no tengo una obsesión alternativa. Pero quizá es porque creo que ahora la cuestión va en serio.

Fraga en la citada entrevista parece avalar la veracidad de esta última hipótesis. La cuestí­on ya no tiene nada de jocoso y creo que estamos un poco por debajo de lo que se exigirí­a hoy en materia de reflexión.

Número Aúreo

El número aúreo es como un misterio antiguo,cuidadosamente guardado durante el medioevo y recuperado en el Renacimiento, que esconderí­a, al mismo tiempo que destapa, el secreto de la belleza.

Fácil de definir y de aproximar; pero imposible de calcular con exactitud. Como la belleza de nuestra amada. El total es a la parte más grande de ese total como esa parte grande es a la pequeña. Digamos que es 1.6 aunque se han calculado hasta 20.000 decimales.

Los no iniciados en la magia oculta de las cosas hubiéramos apostado por dividir el total en (/1/3,2/3), pero esto no cumple la proporción aurea que está mucho mejor aproximada por (2/5, 3/5) o, lo que es lo mismo, por 60:40.

Resulta, sin embargo, que esta proporción aúrea se cumple en muchos casos arquitectónicos, en la naturaleza (caracola) y en otras artes como por ejemplo la música.

Resulta curioso que el resultado empí­rico del juego del ultimatum sea que el proponente del reparto de un dólar proponga justamente 40 centavos al otro jugador, cuando sabe que con que le ceda un centavo el otro deberí­a aceptar. Se ha entendido este resulado empí­rico como algo relacionado con el sentido dela justicia; pero igual resulta que ésta tiene algo que ver con el número aúreo.

También me resulta curioso que en una red el número medio de pasos que hay que dar para pasasr de un nodo cualquiera a cualquier otro sea, muy a menudo, 6. Y me resulta curioso porque 10/6 es aproximadamente 1.6.

Lo que quisiera saber ahora, ya encelado con esta proporción divina, es si se cumple en “objetos confederales”, entendiendo por tales aquellos que contienen réplicas de ellos mismos. La botella de aní­s del mono , cuya etiqueta tiene representada una botella de aní­s del mono, cuya etiqueta tiene ………, es lo que llamo un “objeto confederal”.

En este caso habrí­a que saber si, tomando cualquier trí­ada de la serie de botellas(incluí­da o no la real) se da el número aúreo entre las tres botellas: que la grande es a la mediana como ésta es a la pequeña.

Esta inclusión anidada da una sensación de vértigo que quizá sea más que una mera curiosidad. Quizá sea una experiencia metafí­sica. Así­ lo confesaba Savater como de pasada en un artí­culo reciente no recuerdo en donde ni sobre qué. Imaginen pues la sorpresa que resultarí­a de saber que las proporciones entre las botellas, reales o representadas, de aní­s del mono, resutaran ser las aúreas.

Y ya puestos me pregunto si los “objetos confederales” en general tiene esta propiedad hipnótica o solo algunos de ellos o quizá ninguno. Pero, sea cual sa la respuesta, siempre podemos compararlos por el grado de aproximación al ideal.

Tomemos el Estado de las Autonomí­as y la única autonomí­a que es como confederal, es decir Euskadi. Preguntémonos si Euskadi es a Vizcaya como Vizcaya es a Billbao y, si no lo es, calculemos la distancia entre esta última proporción y el número aúreo. Calculemos esta distancia para Guipuzcoa y para Alaba. Hagamos la media de estas distancias y llamémosla el sesgo satánico de Euskadi: nos mide como cuanto de lejos está esta Comunidad con respecto al designio divino.

Hagamos exactamente lo mismo para toda España y sus comunidades autónomas. Y repitamos el ejercicio para Los EE.UU. de América, Canadá, Suiza y Alemania.

A continuación estudiemos la correlación entre los cinco sesgos satánicos y la renta per cápita de esos paises. Mi conjetura es que será muy grande.

Es pura magia y yo no pienso hacer los cálculos; pero me gustarí­a que alguien los hiciera.

El peso del Libro

El Papa Benedicto XVI ha hablado sobre las irreverentes viñetas de Mahoma y, en lenguaje vaticano, ha dicho que está muy mal ofender a los creyentes tal como hacen los ateos y los laicos demasiado amenudo. En seguida se imagina uno la coalición de los creyentes, agrupados alrededor de una u otra de las religiones del Libro, enfrentándose a la de los laicos y descreí­dos y se pregunta qué está en juego.

Yo creo que muchos e e importantes asuntos están en juego.

Los creyentes son los afiliados a alguna de las tres religiones monoteistas, la cristiana, la islámica y la judí­a. Las tres son monoteistas, las tres creen en una verdad revelada en un Libro inspirado (la Biblia, la Tora o el Corán) que les ofrece pautas de conducta y/o valores y, al menos dos de ellas, esperan un más allá glorioso. Son como 2000 millones de personas.

Los no creyentes son los laicos, ateos o politeí­stas. Sus valores o pautas de conducta no tienen por qué provenir de la revelación, no tienen Dios o tienen muchos y no se consuelan con ningún más allá. Son como unos 4000 millones.

Los no creyentes son más y, a pesar de que los acontecimientos inmediatos nos ciegan, yo creo que tienen mejores perspectivas.

La diferencia principal entre las dos coaliciones opuestas es homotética a la distinción entre jerarquí­a y red. La jerarquí­a se asocia inmediatamente al monoteismo y al Libro y por lo tanto conforma una organización que posee un centro o una cúspide o unas raí­ces. En cambio la red es lo contrario, no tiene un centro único, cúspide o raiz y, o bien no tiene Dios o bien tiene muchos pequeñitos.

Al fin y al cabo esto no es sino la gran diferencia entre el árbol del saber y la gran enredadera del conocimiento. Y de esta diferencia básica se dereivan otras singularidades que son las que me interesa destacar y de cuyo examen se sigue que hoy los tiempos favorecen a la segunda concepción.

La primera singularidad tiene que ver con la ciencia. Las religiones monoteistas tienen algún probemilla con la ciencia, como el del creacionismo, pero no me refiero a eso; sino a que no son capaces de mantener un sano relativismo respecto a la verdad. Para ellos la verdad es siempre única. Pero, aunque esto parece una certeza lógica, solo aplica a la verdad total, algo que no se alcanza nunca y que no es sino un simple espejismo de la gramática. La verdad alcanzable es siempre relativa al momento del la investigación y al planteamiento seguido. Esto es obvio para los orientales; pero a nosotros, herederos de la Biblia y alejados de nuestras raí­ces helénicas, nos ha costado tanto entenderlo que, de hecho, todaví­a no somos conscientes de ello. Mi predicción a este respecto es que a medio plazo los éxitos ciéntí­ficos nos llegarán desde oriente, centro de los descreí­dos.

La segunda diferencia singular es la de los valores. Es imposible para los no creyentes tomarlos como absolutos y se ven obligados a verlos como como pautas de conducta evolutivas que son dependientes del recorrido. Es decir que podrí­an ser otras. Esto tiene influencia para la consideración de la educación. Los unos quieren que sus hijos sean educados en los valores revelados y que son los que han dado estructura a su peripecia vital e incluso sentido a su vida. Los otros quieren que educadores extraños no se metan en esas cosas y que los valores sean trasmitidos por los mayores a los jóvene animándoles siempre a irlos cuestionando, eliminando algunos y dando a luz a otros. Aquí­ pronostico una educación en red que solo transmita información y una educación en valores en el ámbito en el que se crí­en los niños.

La contraposición principal que he perfilado me parece mucho más básica que el conflicto de civilizaciones entre el cristianismo y el islamismo. La cuestión no es si se puede o no prestar con interés, o si se puede representar visualmente lo sagrado. La cuestión inmediatamente relevante, además de dirimir las diferencias que provienen de las dos singularidades, es si el merado global y realmente competitivo tiene má prvenir en uno u otro de los dos campos en liza. Yo creo que de los monoteistas no podemos esperar más que un mercado imperfecto medio capturado por los cercanos a la cúspide. Este es el peso del Libro. La esperanza de la igualdad de oportunidades que deriva de la verdadera competencia solo puede llegarnos del oriente sin dios, de la levedad de la ausencia del Libro. En cuanto se decida a abandonar sus prácticas autoritarias. Cualquier dí­a de estos.

Diferencias de trato

Hace unos dí­as oí­ que decí­a que él tení­a derecho a pedir firmas en donde le diera la gana. Creí­ entender que estaba en Cádiz y que encabezaba la hoja de firmas para pedir un referendum sobre el proyecto de Estatut.

Yo creo que no solo Rajoy, sino cualquiera ciudadano, tiene derecho, con firmas o sin ellas, a pedir lo que le de la gana, incluso si es inconstitucional. Otra cosa es que lo consiga mediante cualquier procedimiento. El cómo importa. Aunque no condicione el derecho, sí­ que condiciona su ejercicio.

Se puede pedir incluso el cambio de la Constitución, directa o indirectamente, sin que nadie tenga por qué escandalizarse por la petición, ni caerse de un guindo porque el peticionario ocultaba deslealmente su intención en lugar de haber dicho con claridad que lo que querí­a era cambiar la Constitución.

También se puede pedir que se cambie el vigente sistema de acumulación de penas a efectos de su redencción sin que haya por qué disfrazar la verdadera intención (consistente quizá en hacer más costoso el terrorismo y, en consecuencia, desincentivarlo, o quizá en un cierto sentido de la justicia) bajo abstrusos comenterios criminológicos, cosa que por otro lado no se ha intentado siquiera aunque , una vez más, se ha apelado al sentido común.

Lo único que es exigible en los dos casos a los que me he referido, es que lo que se pida se pida de acuerdo con el procedimiento establecido, o con el que se decida entre todos, como cuando el Movimiento Nacional se suicidó.

Si lo que digo fuera correcto, parece extraño que no se admitiera a trámite el Plan Ibarreche y sí­ el Estatut cuando ambos cumplí­an con el procedimiento establecido en sus respectivos Estatutos de Autonomí­a.

Que la mayorí­a en uno u otro caso fuera distinta o que la del Parlamento de Vitoria incluyera una parte de los votos de un partido que, nos guste o no, no era ilegal a la sazón y tampoco ahora, no debiera haber sido óbice para admitir a trámite el Plan Ibarreche. Un trámite en el que, como en el caso catalán, se podrí­a haber retocado el texto, en caso de que hubiera sido deseable y se contara con votos para ello.

Similarmente parece extraño que se insista en que, a efectos de redención de penas de los condenados por terrorismo, el cómputo se haga sobre el total de las penas acumuladas y no sobre el máximo legal admitido por el código penal aplicable y que es de treinta años para cualquier tipo de delito. Tampoco en este caso se quiere admitir la ley tal como está y se proclama una diferencia entre delitos. Pero, a diferencia del anterior, en este caso la institución pertinente ha defendido la interpretación vigente de acuerdo con la jurisprudencia.

Es posible que, para empeorar las cosas, ni en un caso ni en el otro, el cumplimientode la ley o su incumplimiento sean los factores clave para entender las diferencias de trato. Lo más seguro es que estos factores clave hay que encontrarlos en otro sitio. Posiblemente en la lucha sin cuartel para ganar cada batalla polí­tica.

Pues así­ están hoy las cosas.

«Como sea». La raíz del consecuencialismo

Publicado en Expansión, lunes 6 de febrero de 2006

Desde que el Presidente del gobierno fue sorprendido en Bruselas ordenando en voz queda que había que llegar a un acuerdo en materia de perspectivas financieras como sea, esta expresión es frecuentemente utilizada en su contra por parte de esos medios que, en general, rechazan sus iniciativas.

Esta proliferación en su uso me ha llevado a darle vueltas a una idea que se me escapa. Como economista convencional tengo una cierta tendencia a ser consecuencialista, es decir a elegir entre alternativas de acuerdo con las consecuencias de cada una. Pero también soy admirador de economistas, como Hayek o Sen, quienes insisten en que las alternativas no solo se diferencian por sus consecuencias; sino también por el camino seguido para alcanzar cada una de ellas: el cómo importa. Pero si esto es así ¿por qué soy consecuencialista? Voy a tratar de esbozar un principio de teoría al respecto.

Hay que comenzar por admitir la existencia de un enigma que exige explicación. En este caso el enigma es porqué a veces decimos que hay que ganar “cueste lo que cueste“. Es decir, por qué, en ciertas circunstancias, lo único que nos importa es ganar y no nos preocupa el modo de hacerlo.

Es un verdadero enigma porque, por otro lado, vivimos en un mundo donde las reglas procedimentales rigen la mayoría de nuestras actividades. Pero de repente todo se rompe. Dinamitamos las reglas éticas y matamos y torturamos como experimentadores de lo gratuito. Traicionamos las reglas políticas, como en muchas añagazas del gobierno o de la oposición, estén o no disfrazados de otra cosa. Olvidamos la buena educación e insultamos a diestro y siniestro, en la calle o en los medios. Judicializamos toda decisión política. Perdemos la ecuanimidad y decidimos que “estás conmigo o contra mi“. Nos olvidamos del carácter siempre precario de la verdad y afirmamos que la nuestra es la única aceptable.

Sí, estoy pensando en muchos acontecimientos sobre los que leemos cada mañana. Alberto Lafuente, antiguo miembro del Consejo Editorial de Expansión y Actualidad Económica, me hizo ver hace algunos días que algo así está ocurriendo no solo en España, sino en el mundo y, como siempre, me hizo pensar. Y una reciente tercera de ABC firmada por Antonio Garrigues, que explicaba el desasosiego que siente la sociedad civil frente a una polarización excesiva (que espero mostrar que es hija del consecuencialismo), me incitó a hacerlo con un poco de orden.

Hay un montón de posibles explicaciones y podría disertar pedantemente sobre los efectos del caos determinístico o sobre las no-linealidades propias de los sistemas complejos. Elucubraciones de ese tipo me permitirían entender, en parte, la paulatina diferenciación de las opiniones; pero creo que no me llevarían al corazón del problema.

Para acceder a él solo se me ocurre explotar la idea de que la posible causa del consecuencialismo es que vivimos en un mundo sin futuro en el que la dimensión temporal no juega ningún papel relevante. Encerrados en un mundo así no tenemos salida al conocido dilema del prisionero y cada uno de nosotros se niega a cooperar, porque el otro se va negar a su vez, aun a sabiendas que cooperar sería mejor para ambos. Y esto es incluso razonable porque las salidas a este dilema dependen siempre de esa dimensión temporal que permitiría el juego de las amenazas y las contraamenazas.

No podemos tampoco dejar de reaccionar a lo que hace el contrario pensando que es solo un amago de amenaza y que, además, no es creíble poque sería intertemporamente inconsistente por su parte el llevarla a cabo. Sin futuro, en efecto, la consistencia intertemporal no puede jugar ningún papel. Y necesitaríamos también la dimensión temporal para pensar que nos conviene no separarnos y estar juntos por razones de rendimientos crecientes a escala. Miremos por donde lo miremos, sin futuro no hay posibilidad alguna de convertir el juego social en un juego de suma positiva. Sin futuro no hay más que juegos de suma cero y en ellos lo único sensato es no reparar en los medios y llevarse el gato al agua como sea.

Pero ¿por qué no hay futuro?. Claro que no estoy pensando en el fin del mundo y especulando sobre lo que haríamos hoy si supiéramos que no hay mañana. Hay mañana, pero no tenemos ni idea de cómo va a ser. Un buen ejemplo de esto, que más tarde debería generalizar, podría venir dado por las opiniones autorizadas que circulan por ahí respecto a las perspectivas económicas para el año 2006.

Economistas reputados como Kenneth Rogoff o Martin Wolf parecen estar de acuerdo, con solo unos pocos matices diferenciadores, sobre la extraña naturaleza de la situación y sobre sus peligros. Pasaré rápidamente por encima de su diagnosis de la situación, que no se diferencia de la convencional, y me detendré un poco más sobre su manera de conceptualizar los peligros que nos acechan.

Los desequilibrios de la economía mundial y, dentro de esta, de la americana son bien conocidos y, aunque sabemos que son insostenibles, no sabemos cuando van a explotar y confiamos, más allá de análisis alguno, en que se solucionarán poco a poco y sin explosiones. Pero, ante la posibilidad de confundirnos, estos economistas dicen cosas como que hay que estar preparados par lo peor (Rogoff) o que los mercados no pueden dar precio y asignar bien esas contigencias, sino que, más bien, trabajarían en contra, haciendo la situación todavía más peligrosa, como en una especie de burbuja universal que no se apoya en nada (Wolf).

Y las dicen bien alto, corriendo el peligro de que les tachen de agoreros que ya han dicho demasiadas veces que viene el lobo, porque saben que no hay formulación probabilística que nos sirva para valorar el efecto de un nuevo ataque de Al Qaeda o de una subida brutal del petróleo, o de una guerra nuclear entre Irán e Israel o de una pandemia de gripe aviaria o de la subida al poder de Hamas en Palestina. Los mercados no nos dan una medida de la probabilidad implícita porque no funcionan en estas circunstancias ya que, si funcionaran, incorporarían la semilla de su propia destrucción. Este sería el caso si se establecieran, por ejemplo, mercados de futuros sobre actos terroristas porque, inmediatamente, serían utilizados por los terroristas para ganar mucho dinero modulando su actuación de acuerdo con sus apuestas y destruyendo, como de paso, buena parte del mundo.

Generalizando el ejemplo que acabo de utilizar, surge mi esbozo de teoría del consecuencialismo. Como no entendemos lo que pasa nos comportamos de tal manera que es como si no hubiera futuro ya que no podemos planificar nada. En una situación así lo único entendible es ser consecuencialista y hacer lo que sea para conseguir nuestro objetivo.

Una consecuencia inmediata es la polarización en todos los órdenes. Para unos hay conflicto de civilizaciones y para otros una oportunidad para la alianza de esas civilizaciones. La separación entre Demócratas y Republicanos en los EE.UU de América es mayor que nunca a pesar del peligro común que confrontan. En España los dos grandes partidos nacionales se alejan cada vez más uno del otro en diagnósticos y en propuestas. Lo que antaño eran derechas e izquierdas solo se diferencian hoy precisamente en eso mismo, en la propia diferenciación enfatizada hasta el paroxismo para ganar como sea. Y los medios de comunicación ensanchan la brecha porque también para ellos es su última oportunidad: “como gane el otro vamos listos” parecen pensar y, posiblemente, tienen razón.

Mi esbozo de teoría solo ha expuesto unas condiciones suficientes para que surja lo que observamos: una polarización que lleva directamente al choque en todos los frentes, incluido el intento de atraer a los que podrían resistirse a esta polarización pero que ya no tienen ningún incentivo a hacerlo. Realmente se trata solo de un esbozo de una verdadera teoría sobre el consecuencialismo porque, ahora, tendría que completarla arguyendo que las cosas no cambian cuando el futuro se va aclarando.

Mi conjetura sería, de momento, que entonces aparecerían ciertamente intentos de sobrepasar el consecuencialismo; pero que es difícil librarse de él, y muy fácil recaer en él, cuando nos maliciamos que la precariedad de las situaciones y su naturaleza completamente inasible (es decir lo que constituye la raíz del consecuencialismo según mi pequeña teoría), nunca nos van a abandonar del todo.

El Confederalismo del PSOE

El domingo 22 de enero el ABC ofrecí­a una entrevista con Teo Uriarte quien, por lo visto, acaba de publicar sus memorias. Aunque todaví­a no es una persona mayor su experiencia en el Pais Vasco dota a sus declaraciones de un interés especial.

Teo UriarteMe interesa destacar sus declaraciones sobre el Plan Ibarreche. En la pegunta que le hace el entrevistador está claro que, en sus memorias, dicho plan le parece a Uriarte una anticualla . Pero la respuesta en la entrevista es más compleja:

Es una manifestación más del carlismo integrista que está en los orí­genenes ddel nacionalismo vasco. Pero lo malo no es que ese proyecto sea el del PNV, eso ya lo sabemos. Es que es también el de Zapatero. Quiere aplicar a España una imagen del propio PSOE, que hoy se llama “federal”pero que es en realidad “confederal”, conceptos que pueden parecer lo mismo pero que no tienen nada que ver…

Continúa diciendo que Zapatero está organizando el territorio español a imagen y semejanza de un partido polí­tico y que éstos partidos polí­ticos son una estructura organizada como la vieja España imperial…

El confederalismo de Ibarreche y Maragall es otra cosa. Ellos se han jurado que no dejarán el poder nunca y ….siguen organizando lo mejor que pueden el tejido clientelar. Y como el confederalismo, a diferencia del federalismo es el gran chollo,…pues ya sabemos donde empieza y donde acaba su proyecto polí­tico.

Esta es una contestación que no tiene desperdicio en estos dí­as en los que el Estatut está permanentemente en el candelero. De hecho Teo Uriarte señala el que es el tema central de la España de hoy: como el Estado de las Autonomí­as no bascula hacia la organización federal, algunos piensan que sigue siendo un Estado unitario y, ante esto, otros empujan las reformas hacia un Estado confederal. Fin de etapa para algunos y camino tortuoso hacia el federalismo para otros.

Seguiremos hablando sobre esto durante bastante tiempo. De momento sabemos que, según Teo Uriarte, Zapatero es confederal y que comparte estrategia con el PNV. A mí­ me parecerí­a un milagro si fuera cierto.

La Plaza Nueva

Ayer soñé que volví­a a Bilbao.

Plaza NuevaY, en un paseo infinito, acababa, como siempre en la Plaza Nueva que, a pesar de su nombre, est á en el Casco Viejo. Oigo hoy a los jóvenes que se citan para ir de marcha y se dicen “nos vemos en casco”, recuerdo que hace años, poco antes de las navidades, í­bamos a menudo a esa Plaza Nueva a enredadar entre los puestos del mercado de Santo Tom ás, con sus verduras y sus capones, y a premiarnos con chorizo con talo y unos vasos de chacolí­ y cómo, ya mucho m ás tarde, he disfrutado de sus terrazas y los buenos pinchos que te ofrecen las tabernas albergadas en los soportales.

Pero en mi sueño filosófico de ayer no habí­a nostalgia, sino dos extraños pensamientos que se bifurcaban en cuatro.

El primero era de tipo ligí¼istico. Hasta este sueño, nunca he pensado que la Plaza Nueva era reciente en relación a su entorno, ese casco que debe ser m ás antiguo y tení­a, sin duda, otra plaza que debí­a denominarse la Plaza Vieja. La denominación “Plaza Nueva” era solo un signo identificativo sin contenido en sí­ mismo.

Lo mismo que en mi infancia una pasta que aliviaba las escoceduras no era, para mi mente iletrada, Balsamo Bebé; sino Balsa Mobebé. O lo mismo que cuando los números naturales no se utilizan para contar, sino como meras etiquetas identificativas, o cuando cantaba en un inglés que desconocí­a enlazando mal los sonidos sin cofigurar palabras existentes en el lenguje ya acuñado, sino produciendo otras nuevas.

Y la ligí¼istica se vuelve a la neurologí­a y me pregunto, inquieto en la duermevela, en donde radica que el cerebro funcione de una manera o de la otra y qué pasa si las confundimos. No podrí­a hacerme con el b álsamo pues no me entender áa la farmaceútica, nadie entenderí­a mi inglés y me confundirí­a encontrarme con el paquete número cuatro consistente en un único objeto o en cinco.

Pero lo m ás curioso del sueño es su segundo aspecto. En un salón de la Fundación BBV, el famoso fí­sico Fred Hoyle diserta contra la teorí­a del Big Bang como mera propaganda de la NASA, cuando en realida lo único que la estructura matem ática de la teorí­a fí­sica mostraba es que el universo es estacionario, sin pricipio ni fin y quiz á pueda estar expandiéndose a una tasa constante.

Y la cosmologí­a se transformó en Economí­a y recordé que esto era lo mismo que el estado estacionario de los cl ásicos, aunque éstos, m ás naturalistas y menos matem áticos que un fí­sco del siglo XX, creí­a que a ese estado se llegaba, sino que siempre se estaba en él.

Mis dos pensamientos oní­ricos se habí­an convertido en cuatro. Me desperté con una visión ní­tida de este paseo son ánbulo por el paisaje de mi infancia, mi juventud y mi madurez. Y pensé, ahora despierto, que en relidad todo era lo mismo y se reducí­a a saber que no hay Plaza Nueva sin una Plaza Vieja que y, he aquí­ el vértigo y la sorpresa, fue con toda seguridad una Plaza Nueva en relación a otra Plaza Vieja anterior y quiz á desaparecida u olvidada. Und so weiter.