Elogio de la traición

La Mirada del EconomistaEn dos ocasiones he elogiado la traición. La primera aparece en un artí­culo breví­simo de La Mirada del Economista (Biblioteca Nueva 2005) y la segunda en un artí­culo escrito para la red y que titulé Mirowski y Juaristi.

En La Mirada y dentro de un apartado que se llamaba El Dilema de un Nacionalista de Hoy, hací­a la siguiente distinción:

Para el Nacionalismo tradicional, de raigambre polí­tica, no hay mayor pecado que la deslealtad ni demonio m ás perverso que el traidor. Para el Nacionalismo culturalmente prestigioso, el traidor no es sino un explorador vanguardista y un maestro, y la deslealtad no es sino la fidelidad a un cambio.

En Mirowski y Juaristi, publicado en la red el 19 de mayo del 2004, criticaba a ambos autores diciendo que su

autocomplacencia les llevaba a pensar que las ideas felices eran verdad siempre que representen una traición a la tribu (feliz expresión de Juaristi). Creo firmemente que sin traición a la tribua no hay progreso real ni en la ciencia ni en la polí­tica; pero no cualquier traición es gualmente valiosa e incluso hay traiciones contraproducentes, justamente aquellas que pretenden fundar una nueva iglesia sobre la paranoia incipiente no diagnosticada.

El asunto de la traición me es muy cercano pues no me puedo quitar de la cabeza la traición que cometí­ a los seis años en el parque de Bilbao: me pasé a la tribu de los Manane que eran de los escolapios, un colegio que pugnaba con el mí­o en algunos deportes, mayores que yo y mucho m ás fuertes. Al mediodí­a descendí­an desde La Alameda de Recalde hasta la entrada del parque y allí­ les esper ábamos apostados y con munición acumulada. Pero ellos enseguidadse armaban y no sólo mantení­an el frente a pecho descubieto, sino que nos bombardeaban con proyectiles improvisados que causaba bajas considerables en buestras filas. Un mediodí­a cualquiera me atreví­ a cruzar la tierra de nadie y a juntarme a su banda. No se cómo me decidí­, lo tengo reprimido, y no se cómo fuí­ recibido ni cómo recuperé mi posición en mi propia tribu, ni si realmente la recuperé. El impacto de la traición fue tan fuerte que no recuerdo nada.

Supongo que es esta experiencia traum ática la que me llevo m ás de cinco décadas después a elogiar la traición y afirmar que hay en ella algo saludable que Juaristi habí­a detectado. Pero Juaristi vuelve a la carga en su artí­culo dominical en el ABC introduciendo una variante, la del traidor generoso, que diseñada para criticar la estrategia de Zapatero hacia la paz en Euskadi, no entiendo muy bien.

Recuerda en este artí­culo que la traición puede ser encomiable; pero dice que la que est á perpetrando Zapatero no va de de búsqueda de algo nuevo; sino de simple estupidez disfrazada de generosidad. Como si yo arguyera que me hubiera pasado a la banda de los Manene porque, de acuerdo con la evidencia, eran rubios y, despreciando totalmente esa evidencia, ello me llevara a concluir que eran menos agresivos e incluso débiles y necesitados de atención, cuando toda la evidencia disponible me debeí­a haber hecho reconocer que su crueldad y fortaleza les iba a obligar a cortarme las manos.

Quiz á en otra ocasión me gustarí­a discurrir un poco sobre esa traición delos generosos que Juaristi quiere denunciar como una traición de la malas. Según él esos tridores generosos como Zapatero, se ponen tanto en los zapatos del enemigo que caen en sus redes. Quisiera estar seguro de que esas redes no son el lugar en el que hay que estar y de que los dueños de las redes no son los señores con los que hay que estar, enredados o no.Y, sobretodo, desearí­a entender porqué le parece tan obvio a Juaristi en su artí­culo dominical del Abc, que Zapatero nos lleva al desastre. Me resisto a pensarlo porque éste no fue el caso en mi deserción y mi paso inexplicable a la tribu de los Manene. No me cortaron las manos y mi propia tribu no perdió su identidad.

Sentido Común

El martes 3 de enero afirmaba yo, en mi sección de Expansion La Mirada del Economista y dirigiéndome retóricamente a Tom Burns, que “el sentido común es una mala estrategia para el planteamiento y elucidación posterior de muchos enigmas o para la toma de casi todas las decisiones” y acababa insinuando que lo único sensato que podíamos hacer en este mundo convulso que todo lo confunde, era reanudar nuestros almuerzos periódicos.

Pero el siguiente viernes Tom pasó al ataque y terminaba su columna de los lunes en este mismo periódico afirmando que “el sentido común puede ser una fructífera estrategia para el planteamiento y elucidación posterior de muchos enigmas o para la toma de casi todas las decisiones.” Parece que no estamos de acuerdo.

Yo apoyaba mi afirmación arriesgada contra el sentido común en una interpretación corriente del filósofo inglés del “common sense“, G.E. Moore, para tratar de diferenciar este concepto de versiones menos sofisticadas. Tom me replica con el ejemplo de Thomas Paine para quien la independencia de los EE.UU. era un caso de “sentido común“. Me temo que no tendremos más remedio que dirimir nuestras diferencias, una vez más, ante un steak tartare, muy picante en su caso y como para niños en el mío. Pero mis remilgos culinarios no pueden servirme de excusa para no preparar el almuerzo con un par de maldades previas.

La primera es que espero que no a todos los defensores del sentido común les espere un destino tan desgraciado como al pobre Paine quien, nos hace saber Tom, “tuvo que huir de Inglaterra; cuando volvió a su país, acusado de alta traición, y en París, los jacobinos de la Revolución Francesa, que tanto había alabado, le metieron en la cárcel. Murió… pobre, borracho y sin amigos.“. Desde luego espero que no sea el caso de Tom que, aunque tan idealista como su admirado Paine, ni incita a la independencia de nadie (que yo sepa) ni creo guste mucho de la Revolución Francesa.

Mi segunda maldad es que el alegato de Tom a favor del “common sense” de Paine le lleva a unas afirmaciones que, si no se tratara de él, serían quizá sospechosas para esos de los defensores del sentido común a los que yo trataba de criticar. Hablar de autodeterminación, de la identidad de las colonias como pueblo y de las torpezas de la metrópoli, especialmente en materia de impuestos, refleja que a Tom o bien le parece de sentido común que la América de 1776 y la Cataluña de hoy no son casos similares, o bien que ha adquirido esa independencia de criterio que permite decir lo que a uno le da la gana sin autocensura, o bien ambas cosas a la vez. Esta libertad de pensamiento y de expresión es lo que yo pedía en mi artículo. O sea que transformo la maldad en elogio y digo:¡Bravo Tom!

Pero terminado el aperitivo envenenado vayamos al fondo del asunto. Creo que Tom habla del “common sense” como argucia retórica y yo recelo de él en parte por eso mismo y en parte porque hay montones de asuntos para los que no sirve para nada. La admiración de Tom por Paine reposa desde luego en la sabiduría retórica que supo desplegar para presentar la ruptura independentista como una cuestión de “common sense“. Pero es curioso, pues no viene estrictamente a cuento, que también se regocije en ese liberalismo Smithiano que le llevó a defender con ardor un gobierno limitado que “en el ejercicio de su poder se reducía a asegurar la libertad (sobretodo la libertad de religión, que era una cuestión importante en los tiempos que corrían) y a proteger el derecho de propiedad“. A mi juicio habría que mantener separadas ambas cuestiones y verán porqué.

Respecto a la independencia no me resulta extraño que se produjera por razones de presunta explotación de la metrópoli, expuestas con apariencia de obviedades; pero me resulta más convincente pensar que estas presuntas obviedades pretendían encender la mecha de un nuevo patriotismo que necesita, como todos, un enemigo exterior. Si en lugar del sentido común el revolucionario Paine hubiera pensado con un poco más de detenimiento, algo nada común, hubiera sabido que, en la época colonial, en general la explotada era la metrópoli, y que la independencia podía alimentar el germen de una guerra civil cuando se lleva acabo sin pensarlo bien y por mero y resbaladizo sentido común.

Con relación al liberalismo económico, y a pesar de la sabiduría de Adam Smith, parece que el sentido común no ha llegado a captar algunas verdades sino todo lo contrario. En efecto, la planificación central parece de sentido común porque, en el peor de los casos, siempre puede imitar al mercado; parecería también de sentido común cerrar las fronteras si el comercio internacional nos hace perder oro; y parece hoy a la mayoría de la gente como algo de sentido común proteger la propiedad intelectual.

Hace tiempo que aprendimos, sin embargo, que el planificador central nunca imitará al mercado porque no puede por falta de información o porque no le dejan quienes le han capturado. Todavía hace más tiempo que sabemos que el mercantilismo era una falacia y que la apertura del comercio es buena incluso si se hace de manera unilateral. Y hoy estamos empezando a entender que la protección de la propiedad intelectual tiene límites más allá de los cuales es un barrera objetiva a la innovación.

O sea que termino sin ceder ni un milímetro. Recelemos del sentido común aunque fuera un pilar de la Common Law (cosa que no veo clara porque los jueces pueden ser tan torpes como los codificadores) y pensemos siempre a la contra, como cuando ante una pendiente cubierta de nieve nos lanzamos al abismo sobre los skies sin inclinarnos hacia la pared, que es lo que nos pediría un sentido común disfrazado de sentido de la supervivencia.

Shylock y Antonio

Llevo varios posts espigando lo que el gran poeta y retrógrado pensador social, Ezra Pound, tení­a que decir a cerca de los problemas económicos de su época. Se trata de un ejercicio preparatorio para un librito sobre economista esotéricos.

Pero no es este el caso del ciclo que sobre Economí­a y Literatura se est á celebrano en el Instituto de España patrocinado por el Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid. La intención de este ciclo parece ser, m ás bien, la de rastrear el uso de las instituciones sociales y económicas vigentes en el momento que se refleja en la obra literaria examinada. Sus contornos precisos y cómo se viví­an por los personsjes.

Este ciclo es una magní­fca idea y me molesta no poder seguirlo en su integridad. Sin embargo tuve ocasión el otro dí­a de disfrutar de la exposición de Carlos Rodriguez Braun sobre El Mercader de Venecia. Carlos, como era de esperar, se lució tanto en la exposición de la obra como en su oficio detectivesco de encontrar en ella ideas económicas y descripciones del funcionamiento de instituciones vigentes en la época y dio el toque maestro y sutil al detectar la falta la mención y uso dram ático del aseguramiento, institución ésta que, sin duda, existí­a a la sazón, pero que no juega papel alguno en la obra, apesar de que podí­a haber salvado a Antonio de las consecuencias de su presunta bancarrota.

Me veo obligado a destacar crí­ticamente que me pareció que la conclusión que Carlos querí­a alcanzar y subrayar estaba decidida de antemano y refleja sus convicciones y no tanto el impacto de la lectura de El Mercader. De hecho hay que forzar un poco el texto para destacar que de su lectura se sigue la necesidad, para el buen gobierno de la República, de unir justicia y piedad. Es esta la combinación del conservadurismo compasivo que, aunque me encantarí­a discutir, sale fuera no solo de mi comentario sino del contenido estricto del ciclo y se acerca m ás a una consideración de las instituciones jurí­dicas en Shakespeare.

Creo que Carlos dejó escapar una sunto de enjundia que, a la salida de la conferencia, me hací­a notar nuestro común amigo Ramón Botas, y que le hubiera dado muchí­simo juego. Ramón me hizo ver que Antonio y Shylock representan las redes sociales y el mercado respectivamente y que este hecho permite distinguir con nitidez un capitalismo de amigotes, que se apoderan del estado y tergiversan las leyes y la moral en favor de los miembros de su red, y un capitalismo “at arms length” en el que uno intercambia con extraños creyéndose protegido por la Ley.

Antonio representa la institución de la Red que permite el acceso a no pocos bienes sin tener que pagar un precio inmediato por ellos, y Shylock representa el Mercado en el que no funciona la confianza mutua que existe entre los miembros de una red y en donde los intercambios est án solamente protegidos, en caso de que no se realicen simult áneamente, por la Ley y por la Justicia que la defiede.

Pero la simultaneidad es imposible en el contrato de préstamo. De ahí­ que éste pueda llevarse a cabo de dos maneras. O bien se presta a los amigos de la Red y sin un interés expreso, pero que se pagar á en el futuro de una u otra manera so pena de ser expulsado de esta sociedad de apoyos mutuos constituí­da en red, o bien se acuerda el pago de un interés determinado, en cualquier forma permitida por la Ley, que deber á ser hecho efectivo en la forma estipulada so pena de caer en garras de la Justicia.

Es esta segunda forma la que est á por debajo de la potencia creativa de la economí­a de mercado y la que representa el judí­o. El cristiano Antonio es un buen hombre que avala generosamente a un amigo extravagante; pero no parece la punta de lanza de nada.

Lo que para Carlos es un final ejemplar en la medida que combina la Justicia con la Benevolencia a base ,eso sí­, de saltarse a la torera la primera, constituye para mí­ un canto a la realidad misma que puede ceder un poco en el respeto a la Ley a cambio de un bien general. El trampear no me parece teririble ( lo que hace, incidentalmente, que aprecie Crash, un apelí­cula coral de la que he disfrutado bastante) pero no veo por ningún lado cual es el interés general que se alcanza privando a Shylock de su derecho por b ábara que sea su satisfacción
Me parece m ás bien que la lectura del Mercader de Venecia nos acerca a una comprensión de la naturaleza poco edificante de algunas formas de administrar justicia que , por ambiciosas, acaban cometiendo flagrantes injusticias.

Pensamiento único

La expresión “pensamiento único” ha devenido un insulto y un deseo. Un insulto que oculta un deseo que no osa expresrse y un deseo que, insatisfecho, deriva en insulto.

Fueron los progres, organizados alrededor de la defensa del desarrollo y de los pobres, o de la protección del medio ambiente o del desarrollo sostenible, los que la acuñaron para expresar la incapacidad de la economí­a de mercado para distinguir entre mercancí­as y bienes que, a diferencia de aquellas, no pueden ni deben ser objeto de tr áfico mercantil. El pensamiento único serí­a el propiciado por los insaciables capitalistas que pretenden deforestar el mundo o esponjarlo desviando la mirada de la pobreza de Africa.

Pero los inteligentes defensores de la economñia de mercado contraarguyeron como saben. Mostraron cómo el mercado puede solucionar casi todos los problemas de manera óptima y de la mejor manera posible los llamados fallos de mercado. Y pasaron al ataque denominando “pensamiento único” los argumentos a favor del voluntarismo de ecologistas, oenegeros e intelectuales en general.

Fueron los los liberales los que admitieron que la expresión puede ser insultante y los intervencionistas refuerzan esta virtualidad.

Pero sospecho que unos y otros desearí­a realmente que lo que utilizan como insulto les bendijera con su favor. Unos y otros les gustarí­a convertirse de verdad en los abanderados de un pensamiento sin alternativa, sin posibilidades de contestación. Una profunda voluntad de muerte porque todo, y especialmente el pensamiento, necesita esa contestación y la confrontación pública.

Cajas y Bancos

Ezra Pound es un pozo sin fondo. Ya en 1935, en pleno auge del fascismo italiano, se marcó una defensa de lo que ahora llamamos cajas y una condena de los bancos que resultan, ambas, totalmente actuales y totalmente problem áticas. Aunque sin el histrionismo del Pound enloquecido, todaví­a se utilizan argumentos que suenan parecido.

“Han existido dos tipos de bancos” empieza diciendo: “los montes de piedad y los demonios. Bancos creados para la beneficencia, para la reconstrucción; y bancos creados para apresar a las gentes”.

“Los bacos del infierno, desde que tenemos noticia, han empezado como pandillas de acreedores, asociados para extraer de sus deudores hasta la última onza de beneficio. Esto lo han hecho con esplendor y a bombo y platillo. Y han mantenido y defendido la exactitud contable”. El ejemplo serí­a la Banca San Giorgio de Génova.

En cambio Siena tuvo, según Pound, la suerte de ser conquistada por Florencia y de aprovecharse de tres siglos de experiencia de los Medici que se plasmó en el Monte dei Paschi. Cosimo garantizaba el capital del Monte tomando como colateral la única propiedad viva de Siena…..los pastos que se deslizan hasta Grosseto….. Y la lección resulta ser la mismí­sima base de la banca a pesar de que sus méritos se atribuyen a los Montes de Piedad. El CREDITO descansa finalmente en la ABUNDANCIA DE LA NATURALEZA, en la hierba siempre creciente que puede alimentar a las ovejas vivas”. Muy distinto de lo que hací­a la naciente banca de Génova que alcanzaba su beneficio a base de sinecuras concedidas por las autoridades y basadas en los derechos de aduanas que recibí­a la ciudad portuaria.

La lección que querí­a darnos es que el Monte dei Paschi existe todaví­a (de hecho reparemos en que hoy mismo est á jugando un papel en el asunto dela BNL) y que favoreció el ambiente artí­stico y cultural de la región de Siena, mientras que hemos olvidado la Banca San Giorgio y recordamos que “las artes no florecieron en Génova que apenas tomó parte alguna en la actividad intelectual del Renacimiento”.

Yo dirí­a que cuando en estas épocas se plantea el futuro de las cajas de ahorros los argumentos esgrimidos por éstas no son tan distintos a los que Ezra Pound utilizaba a su favor. Esto demuestra la inteligencia de sus grandes directivos y su valentí­a intelectual que algunos motejarí­an de populista. Pero, que yo sepa, nadie les ha recordado la coincidencia de su argumentario con el de Pound. Bastarí­a hacerlo para desvelar su tramposo rechazo de la comprensión actual y descarnada de la economí­a de mercado que tan bien entendian los genoveses. Todo ello con independencia de lo bien que se manejan en ella desde su posición especial.

España como pronombre reflexivo

En opinión de Gregorio Peces-Barba, el proyecto de Estatut conforma un confederalismo asimétrico y bilateral inaceptable que es necesario limpiar. Solo el PSOE podría llevar a cabo esta tarea de limpieza que es, como veremos enseguida, constitucionalmente exigible.

En España como poder constituyente (El País 5 de enero del 2006) el Rector de la Universidad Carlos III y Alto Comisionado para las víctimas del terrorismo, Gregorio Peces-Barba Martínez (GPB), nos instruye sobre la correcta comprensión del contenido de la propuesta de un nuevo Estatuto para Cataluña y sobre el carácter heroico del PSOE como su único defensor cabal posible, todo ello basado en su visión de la naturaleza política de España. Voy a pasar de puntillas y rápidamente sobre los dos primeros asuntos, que se entienden muy bien, y voy a tratar de concentrarme en el tercer asunto porque yo no lo entiendo y porque la exposición de mi incomprensión puede dar origen a una discusión iluminadora.

El político que hay en GPB admite que, a diferencia del Plan Ibarreche, la propuesta de Estatut cumple todos los requisitos formales exigidos por la CE78 y, una vez que, congruentemente con esa corrección, se está discutiendo previamente a su discusión en la comisión constitucional del Congreso, pretende orientar la limpieza del texto presentado. Este texto, en opinión de GPB, sufre de un defecto originario puesto que

parece que no acepta que España sea el poder constituyente, ni siquiera que sea un interlocutor. Siempre se utiliza el término Estado Español, con lo que el texto se sitúa en la filosofía de que España es un Estado plurinacional, pero no una nación. Para estos planteamientos Castilla, Aragón y León son los interlocutores nacionales de Cataluña

El GPB político hace notar que está surgiendo un proyecto confederal entre naciones, entes éstos que el lector de esta pieza no sabe en este punto lo que son debido a que todavía no he dejado hablar al GPB catedrático. Pero es que hay más. Si bien lo anterior sería ya malo, todavía es peor lo que los cuatro partidos catalanes pretenden puesto que es

más que un proyecto confederal, donde la Generalitat aparece en relación bilateral y en igualdad de condiciones de sus órganos con los del Estado, sin reconocer la soberanía ni la existencia de España como poder constituyente

El resaltado es mío y sirve para recordar de lo que realmente quiero hablar en cuanto termine con los asuntos meramente políticos. Lo único que sabemos de momento es que, en opinión de GPB, el proyecto de Estatut conforma un confederalismo asimétrico y bilateral inaceptable que es necesario limpiar.

Solo el PSOE podría llevar a cabo esta tarea de limpieza que es, como veremos enseguida, constitucionalmente exigible. El PP no buscaría en serio acomodar el Estatut y se confundiría cuando usa, en contra de su aprobación, la falta en el texto de una apelación clara a la ciudadanía ya que ésta es perfectamente compatible con la interpretación de España como una nación, interpretación ésta no admitida realmente por el llamado cuatripartito que defiende el Estatut, a no ser que su postura sea un farol desde el que negociar.

En consecuencia no queda más que el PSOE como fuerza política significativa, para llevar a cabo la pesada tarea, propia de un Sísifo, consistente en convencer a todos acerca de dónde están los límites constitucionales. Mientras el PP «empequeñece» -la Constitución- «hasta hacerla mezquina y conservadora», los nacionalistas «la desvirtúan, abusan de ella y la transforman en un inmenso fraude». El PSOE pasa así a ser su único campeón. Aquí solo quiero añadir que tendría que defenderla contra alguien tan cercano como Ignacio Sotelo que en el propio periódico El País afirmaba unos días antes que la CE78 era mala porque desemboca o en un Estado unitario o en una confederación y no en un federalismo que es lo bueno, algo que sería compartido por muchas personalidades del propio PSOE y por una gran mayoría de la izquierda española.

Pero GPB no es solo un político, ni siquiera primordialmente un político. Es, además de uno de los padres de la CE78, un catedrático de Filosofía del Derecho. Su percepción del contenido confederal de la propuesta de Estatut y de su constitucionalidad, así como su idea de lo que es España, proviene de esta doble condición, tal como muestra la primera parte del artículo al que me estoy refiriendo y que ahora paso a considerar.

En efecto, no se preocupa GPB de lo que es España a la manera histórica en que lo hicieron Américo Castro o Sánchez Albornoz, sino que se preocupa de lo que es España desde el punto de vista constitucional. Aun circunscrito a un ámbito de estudio así restringido, el primer párrafo del artículo le deja a uno confundido nada más empezar su lectura debido a las extrañas conclusiones que deduce el catedrático de la lectura del artículo 1.1 de la CE78.

Según esa lectura, España «como realidad nacional y social es el poder constituyente». Esta «realidad», así implícitamente aceptada como nación, conforma la nación española que «es previa a la Constitución, la realidad fundante básica,… el poder constituyente originario» y, además, «aparece también como expresión de la soberanía nacional, que reside en el pueblo español». Aunque en las citas precedentes aparezcan conceptos técnicos como poder constituyente originario, soberanía nacional y pueblo español, cosa no extraña en un especialista en filosofía del derecho, lo que hace de la lectura del primer párrafo del artículo algo realmente difícil y sorprendente es que todas esas afirmaciones sobre lo que realmente es España, provienen de la interpretación del citado artículo 1.1 que, en lo que nos importa ahora, solo dice que «España se constituye…».

El pronombre reflexivo «se» no tendría sentido a no ser que España preexistiera. Y dicho pronombre reflexivo, junto al verbo de la cita, evidencia sin duda posible, que esa realidad preexistente es la que constituye. España es pues, para GPB el intelectual, nada menos que un pronombre reflexivo. A mí no me disgusta nada esta manera de conceptualizar un Estado o una nación o ambas cosas simultáneamente: ¡es lo que es porque quiere!. Mi perplejidad comienza cuando pretendemos discernir qué es ese ente preexistente a quien podemos aplicar el «se constituye…». La solución o respuesta de GPB nos depara varias sorpresas.

La primera sorpresa ni siquiera es tal al comienzo. Cataluña (o Castilla o Aragón o León, por mencionar aquellas entidades que menciona el autor del artículo) es una nación cultural (que ya se sabe lo que es: lengua, costumbres, un derecho privado algo diferente, un poco de historia no muy mítica, etc.), pero no tiene poder constituyente ni soberanía propia, ni sabríamos qué significa el pueblo catalán. Esta concepción era esperable, como también lo es que un catedrático de Filosofía del Derecho haga una distinción concordante con lo anterior. La nación (supongo que cultural, porque si hay otra no sé de momento en qué consiste) pertenece al orden de la gemeinschaft (comunidad), un orden centrado en los sentimientos, mientras que el Estado pertenece al orden de la gesellschaft (sociedad), un orden centrado en lo racional. Lo sorprendente de esta primera sorpresa empieza ahora.

En efecto, llegados a este punto y desde mi ignorancia, yo llegué a pensar que, aclaradas las nociones anteriores y hechas esas distinciones, lo que «se constituye…» es una nación (que, de momento, tengo que seguir considerando como una nación cultural ya que no se me ha dado otra noción alternativa) y que lo hace, constituirse, en Estado. Pero, si esta fuera la interpretación correcta del artículo 1.1 de la CE78, este artículo se leería entonces como diciendo que «la nación española se constituye en Estado».

Consecuentemente podría argüirse que una nación (otra vez cultural) podría constituirse en Estado aunque no sea éste un destino obligatorio, ni quizá tenga un derecho automático a hacerlo, ni haya una sola forma de articularlo en caso de que lo tuviera. Pero una conclusión así sería muy contraria a la intención explícita del GPB político, por lo que, seguramente, su pensamiento va por otros derroteros.

Efectivamente es así y es por esos otros derroteros por donde surge la segunda, y esta vez genuina, sorpresa. Afirma GPB que la nación y el Estado, cada uno de estos conceptos asociado al correspondiente término de la distinción de Tönnies (comunidad y sociedad), «no son imprescindibles el uno del otro». A partir de aquí se dispara el pensamiento imaginativo y, manteniendo la idea de nación como nación cultural, nos vemos autorizados a admitir que puede haber naciones sin Estado, asociaciones de estas naciones sin Estado, Estados sin nación, coaliciones de naciones que no conforman un Estado o que conforman uno plurinacional.

Hay ejemplos de todas estas posibilidades; pero España no sería para GPB un Estado sin nación (lo que sí sería para Carod Rovira) sino un Estado plurinacional. Luego, a falta de otro ejemplo de Estado sin nación que no se me ocurre, la lógica de GPB nos llevaría pensar que la nación es previa y que solo puede «constituirse» en Estado lo que es una nación o un conjunto de ellas. Pero esto rompería la imposibilidad de traspasar la frontera entre comunidad y sociedad que GPB se ve obligado a afirmar para evitar el romántico derecho de una nación (cultural) a convertirse en Estado.

Para mantener esa frontera bien nítida necesita GPB, por lo tanto, introducir finalmente una distinción entre nación a secas (que todavía no sabemos lo que es) y nación cultural para poder argüir lo que le pide su faceta política, que España es una nación soberana y con poder constituyente que está formada por, entre otros entes, naciones culturales sin poder constituyente y sin un pueblo soberano. Naturalmente esta distinción es una mera petición de principio ya que no se sigue de ninguna lógica ni de ninguna lectura posible del artículo 1.1 de la CE78. Pero no es una petición de principio inocente, sino que acarrea consecuencias nada triviales.

  • La primera consecuencia de la extraña lógica del GPB catedrático es que nos vemos irremediablemente impelidos a admitir que las naciones soberanas, como España digamos, son un conjunto no definido de agentes individuales que se constituyen simultáneamente como nación y como Estado a través de una Constitución. Pero si esto es así resulta que no se puede decir que «solo España es anterior» tal como se dice al principio del segundo párrafo del artículo de GPB. España como nación no es anterior y, de hecho, es difícil argüir que sea el poder constituyente originario. Es la propia Constitución la que es ese poder constituyente originario.
  • La segunda consecuencia se sigue de la primera puesto que si ésta es cierta no podemos hablar de un concepto unívoco de Constitución pues mientras algunas han permanecido en el tiempo aunque sea con enmiendas (como la de los EE.UU. de América o la no escrita del Reino Unido), otras han sido sustituidas por otras en un momento dado (como las constituciones que ha habido en Francia o en España).
  • La tercera consecuencia es que las naciones culturales lo tienen difícil para constituirse en naciones soberanas y en Estados. Lo tienen difícil porque o bien lo hacen de la misma forma que, según GPB, utilizó España de acuerdo con la primera consecuencia, es decir fiándolo todo a una Constitución propia, o bien lo hacen como les da la gana porque nadie tiene nada que decirles debido a que no forman parte de ningún Estado constituído.

    La primera vía es el famoso derecho de autodeterminación que no parece compatible con ese espíritu constitucional de 1978 que permanece en el recuerdo de aquellos que directa o indirectamente discutieron la posibilidad o la conveniencia de incluirlo.

  • La segunda vía es directamente imposible porque, aunque sea discutible si hay algún estado sin nación, lo que parece obvio es que no hay ninguna nación, cultural o no, que no pertenezca hoy a algún Estado. Ante la aparentemente única vía de llegar a ser Estado que parecería quedar abierta a una nación cultural como Cataluña incluida en España, la respuesta es, en este segundo caso bastante poco presentable: ¡se siente, se siente, has llegado tarde!

Nos encontramos pues en una situación extraña. La situación deriva de una petición de principio sobre la naturaleza de España como pronombre reflexivo que parecería derivarse de la filosofía del derecho con la intención de impedir que el Estatut pase tal como está. Curiosamente esta extraña mezcla de ciencia jurídica y de política, una vez analizada con cierto rigor, aunque no con técnica jurídica, nos lleva a sospechar que Sotelo tiene razón y que puede desembocar en una confederación como resultado de la irritación que produce esa especie de teorema de imposibilidad de autodeterminarse a no ser que ya lo estés. O eso o una configuración estatal que por muchas concesiones que se hagan no deja de ser un Estado unitario. En cualquier caso, esta mezcla curiosa, no parece favorecer el Estado Federal deseado por alguna parte del PSOE.

Dejaré para otro día preguntarme que tendría de malo una confederación, como la que parece que querrían Euskadi y Cataluña, o quizá una menos asimétrica y menos bilateral, y termino con una última vuelta de tuerca. Quizá resulta que, tal como parece mostrarnos la historia, una confederación no es estable y acaba en una federación. Así ocurrió en los EE.UU. de América y en la Confederación Helvética. Qué paradoja si así ocurriera y que fiasco para el esfuerzo teórico-político de GPB.

Athletic

Es una historia de dependencia morbosa. Me refiero a lo mí­o con el Athletic. Acudir cada quince dí­as a San Mamés acompañado por mis hermanas, comprar el emblema ( una especie de alcabala franquista), mostrar orgulloso mi carnet de socio infantil, jalear al equipo y disfrutar y sufrir a partes iguales, es una parte de mi infancia.

Qué digo: ¡es mi infancia toda!. Frí­a y húmeda, menos los domingos después de comer cuando nos disolví­amos en la rí­ada de gente que, después de la copa y el puro, acudí­a al campo a rascarse durante dos horas las pústulas que le carcomí­an el alma. Pero no yo. Yo iba feliz y nunca he vuelto a sentirme tan bien como cuando gan ábamos por muchos goles varios domingos seguidos bajo la dirección técnica de Dauicik o como cuando presencié en vivo el triunfo, en el propio Chamartí­n, sobre aquel Real Madrid de Diestéfano en la final de copa del 58.

Pero me quise convertir en un intelectual y desde finales del bachillerato se fue fraguando en mi alma la ruptura. Finalmente abandoné una carrera deportiva, modesta pero propia, en el Indauchu infantil, en el que corrí­a la banda derecha creyéndome Arteche, y rompí­ el carnet de socio como m ás tarde ellos quemaban la cartilla militar y ellas sus sostenes en un paí­s lejano. Empezaba así­ mi mundo; ahora me tocaba a mí­ y no estaba dispuesto a empañar mi futuro intelectual por un deporte de masas o a pagar por aquel tipo de emblema.

Pero las malas mujeres son conscientes de su poder y , adem ás, son vengativas. Y esta mujer seductora y mala que es para mí­ el Athletic se vengó. Me echó los tejos y yo los recogí­, en parte como un humillado y agradecido profesor Umrath que ha perdido su dignidad intelectual y se inclina a cambio de una sonrisa de cualquier Angel Azul. Y enarbolé la bandera roja y blanca para acudir, ahora ya a un ampuloso Bernabeu, y derrotar al Barcelona de Maradona en la final de copa del 84.

Satisfecho con mi amante mala y compartida, pero tan seductora , suave y sexy que uno acepta contento ser casi su exclavo, vine a Madrid a la estela de mi intelectualidad. Pero llegó la carcoma del alma y cada fin de semana constituí­a una tortura que no me dejaba vivir. Mi amante envejecí­a y no sufrí­a yo ya la dulce humillación de verle con nuevos admiradores. Sus antiguos amantes dejamos de mirarnos de reojo para contemplarnos de frente y saludarnos como colegas que saben que la procesión va por dentro.

Tení­a que romper y lo hice. No podí­a seguir sujeto al duro banco de los disgustos semanales viendo cómo mi vieja amante, la que mejor entendió el idioma de mi cuerpo, se arrastraba humillada por un poco de simpatí­a. Sí­, era cuestión vital; pero tambié habí­a un gesto de desafí­o hacia todos esos competidores que en su mirada al cruzarnos llevaban ya la oferta de un armisticio, la renuncia a la esperanza del triunfo total, la oferta de pertenencia resignada a la cofradí­a de exadictos anónimos.

Un conocido escribió que se exiló a Parí­s siendo nacionalista y volvió siendo bilabaino, es decir del Athetic. Otro amigo, ante las dificultades polí­ticas en las que nos poní­a el nacionalismo, decí­a que siempre non quedarí­a el Athetic; pero yo, que siempre me creí­ realmente el favorito, no podí­a aceptar estos consuelos de pobre. Se acabó. Para siempre.

Y así­ fue. Ya no oí­a los comentarios cada vez m ás escasos sobre sus andanzas de entretenida en decadencia y a punto de entrar en una residencia para ancianos prematuros. Pero ahora se muere y en donde no quedaba ni un rescoldo de fuego o de amor, surge la necesidad de defender su dignidad.

Llamo a todos los que hemos amado a esta mujer fatal. A este Athletic que canalizó nuestros amores desordenados. Sí­ ,todos sus examantes tenemos que enterrarle. Lo digo r ápido para no llorar. Tenemos que vender San Mam ás y construir un campo nuevo, sobredimensionado, eso sí­, como todo lo de Bilbao y colocar anuncios del Guggen en las camisetas. Tenemos que romper el monopolio de los jugadores vascos y acudir al mercado mundial como acudimos desde tiempo inmemorial al mercado del bacalao.

Cerremos dignamente la época que dio forma a los bilbainos de mi generación y abramos otra de la que niuestros hijos se puedan sentir orgullosos.

Provincianismo

El enemigo del cosmopolitismo posmoderno o del internacionalismo (proletario) moderno, no es el nacionalismo sino el provincianismo.

Siguiendo con mi proyecto de presentar a economistas exóticos dentro del marco general de las relaciones entre Economí­a y Literatura, voy a traducir una parte de un texto del muy exótico y polí­ticamente impresentable Ezra Pound que, por razones polí­ticas relacionadas con su fascismo, estaba muy interesado en la Economí­a a la que dedicó no menos de 100 p áginas según mis c álculos, una cifra significativa para un poeta.

El 12 de julio de 1917 escribí­a en The New Age una pieza titulada Provincianism the Enemy. Después de citar al Flaubert de la Education Sentimentale afirma, como entrada a su ensayo, que el

PROVINCIANISMO consiste en:

a) la ignorancia de las maneras costumbres y naturaleza de la gente de fuera del pueblo, de la aldea, de la parroquia o de la nación de uno.

b) un deseo de forzar al otro a la uniformidad.

Para el poeta de Los Cantos Pisanos toda la Ilustración ( esa que paradójicamente le va a llevar años m ás tarde al fascismo como expresión de racionalidad) est á contra esto, tal como muestran los ejemplos de Galdos (sin acento), Turgenev, Flaubert o Henry James.

Para nosotros tiene interés la referencia a una historia concreta de Galdós:

un jóven ingeniero industrial de Madrid es finalmente llevado a la muerte por los señoritingos de ‘Orbajosa’ simplemente porque es de la capital y posee una educación.

Han pasado unos 90 años y este provincianismo sigue vigente y envenenando las relaciones internacionales y las personales. Muchas de las declaraciones de cosmopolitismo me parece que est án efectuadas por provincianos y muchas de los nacionalismos motejados de paletos me parecen lo m ás opuesto al provincianismo que denuncia Ezra Pound.

Quiz á ganarí­amos algo mirando a la cuestión del Estatut desde esta perspectica paradójica.

Confederalismo marcha atrás

Lo que podrí­amos llamar el principio confederal empieza a hacer una tí­mida aparición en el debate polí­tico español.

Hace unos meses en La Vanguardia el polí­tologo catalán Carles Boix, profesor en Chicago, se atreví­a a decir que la CE78 era mala y no era dificil entender que esta opinión estaba basada en el hecho de que la organización del Estado no era federal cuando son las constituciones federales las más estables, al menos empí­ricamente.

Ignacio Sotelo, profesor en Berlin, escribía más recientemente en El Paí­s que la CE78 no era estable y que acabarí­a siendo la Constitución de un Estado unitario o una Confederación, cuando lo bueno, decí­a él, es ser un Estado Federal.

Parecerí­a como si no les pareciera una atrocidad cambiarla.

Pero no solo los profesores que ejercen fuera se han atrevido a criticar o desacralizar la CE78. Desde dentro se ejerce una presión confederal, según nos anuncian no pocos columnistas, que no se oculta en el caso del llamado Plan Ibarreche y en el del Estatut y que no serí­a compatible con una lectura honrada de la CE, según dicen otros. Además esta especie de tratado entre estados soberanos con el que se asocia a la Confederación correponderí­a a una época pretérita, romántica y poco eficaz de organizar la convivencia ciudadana.

Sin embargo estos argumentos por muy prudentes que sean no son del todo irrefutables. En su dí­a argumenté, mal que bien, que la globalización, la sociedad del conocimiento y las TIC hací­an probable la tendencia detectada por Alasina y Spolaore hacia el aumento de l número de Estados. Y no solo eso sino que además me adelanté a pronosticar que la exposición de la tendencia se juzgarí­a poco oportuna. Así­ fue; pero ya está aquí­ otra vez.

Yo mismo he argumentado en favor de la generalización del Concierto Económico del que hoy disfrutan el Pais Vasco y Navarra y del que se acusa a Cataluña de querer disfrutar en el futuro. Lo he hecho en dos artí­culos publicados en EXPANSION y en ambas ocasiones basándome en tres razones que me parecen importantes: el principio de subsidiariedad, la compatibilidad de incentivos y la escalabilidad. Esta tres razones o principios son perfectamente compatibles con la solidaridad aunque muy peligrosas para los que disfrutan de alguna renta relacionada con el centralismo polí­tico-administrativo.

A esta especie de confederalismo financiero es posible añadir toda clase de previsiones relativas a competencias o al carácter nacional de cada autonomí­a que pretende acercarse a la soberaní­a propia, de forma que lo que se vislumbra al final de esta especie de regresión “infantil” serí­a un centro cuyas competencias varí­an y dependen de la voluntad colectiva de los pueblos soberanos que deciden centralizar o descentralizar unas u otras competencias. Un centro que ya no es un jugador independiente del juego polí­tico.

Aunque suene a viejo, todo esto está en el aire y no es dificil imaginarse un confederalismo que, en lugar de representar, como hasta ahora, los primeros estadios en la formación de un estado moderno, represente el horizonte de un mundo globalizado: un confederalismo marcha atrás. De hecho esta especie de nuevo confederalismo parecerí­a estar muy a tono con las ideas recientes sobre redes sociales en un mundo en el que florecen las TIC. La falta de centro de estas redes las hace menos vulnerables.

Lo que ocurre es que nada vuelve al punto de partida y no serí­a sensato imginar aquí­ entre nosotros el “Nacimiento de una Nación ” sea ésta la de los EE.UU. de América o la de Suiza. Ellos se dejaron de lí­os y se deslizaron hacia una Federación en la que la soberaní­a reside en el Estado central o en el total de la ciudadaní­a. Sin embargo su origen confederal se nota, lo mismo que en España también se nota su origen centralista francés y el olvido de la muy lejana unión de diferentes Reinos. En Suiza utilizan el plebiscito a menudo y para casi cualquier cosa. En los EE.UU. de América hay (según leo en The Economist) 13.000 distritos escolares y cada uno decide lo que le da la gana en materias constitucinales como la de rezar en la escuela, exhibir sí­mbolos religiosos en las aulas o felicitar a los padres el solsticio de invierno con nombres que recuerdan a algún personaje religioso (Christmas).

Es esta una tendencia general? Es en todo caso una buena idea? Acabará abriédose paso? No hace falta contestar todo ahora. Ya veremos por donde va la discusión más allá de los anatemas de siempre.

Economía y Literatura

The Economist, fin de añoThe Economist, en su número de cierre de año, incluye un especial de Navidad y que, en el de este año, daba una pieza curiosa sobre la economí­a doméstica de los personajes de Orgullo y Prejuicio de Jane Austen. Esta es ciertamente una forma, aunque no la única, en que se relacionan la Economí­a y la Literatura.

Esta primera forma es de la que se hace eco la iniciativa del Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid cuando organiza para este mes de enero una serie de conferencias sobre este tema de referencia: interesa descubrir cómo las circunstancias económicas de una época determinada se reflejan en las obras de ficción, si se reflejan.

Pero hay otras formas de relación entre la creación literaria y la creación de riqueza.

Podemos preguntarnos por el negocio editorial en general como un negocio m ás, o por los derechos de autor en particular. Ambas cosas me interesan; pero mi curiosidad ha ido desde hace años por el camino de la Retórica interes ándome por los recursos literarios que los economistas usan para convencer al lector: la Economí­a como narración.

Pero también podemos explorar las ideas propiamente económicas que han expuesto algunos raros creadores literarios. Acaricio desde hace muchos años el proyecto de escribir un folleto sobre “economistas exóticos”; no heterodoxos, sino exóticos. He acumulado material de Saint Exupery, de Battaille y, sobretodo, del fascista musoliniano y magní­fico poeta Ezra Pound.

Estas reminiscencias, los buenos propósitos de primeros de año y la euforia de la epifaní­a, me han llevado ayer a rebuscar en mi desordenada biblioteca tratando de recuperar alguno de esos materiales. Encontré casualmente la prosa selecta de Pound, editada en 1973 y adquirida por mí­ hacia el 77 probablemente. No resisto la tentación de traducir ahora mismo un pequeño p árrafo reletivo a lo que se llamarí­a hoy Economí­a de la Cultura.

“Los efectos del capitalismo sobre el arte y las letras han sido, aparte de todas las cuestiones sobre la relación de capitalismo, arte y letras con el público en general o la masa. las siguientes: (1) la falta de empleo de de los mejores artistas y escritores; (2) leaerección de una enorme y horrible burocracia de las letras que se supone actuar á como “curators” etc., burocracia que casi sin interrupción ha saboteado la vida intelectual, oscureciendo el recuerdo de las mejoras obras del pasado y llevando a cabo sus villaní­as hasta impedir el trabajo de los creadores contempor áneos”.

Merece la pena pensar un poco sobre este p árrafo y trasponerlo al dí­a de hoy; pero para terminar hoy con esta pequeña nota prefiero describir el contenido del papelito que se deslizó de entre las p áginas de este libro de ensayos económicos de un poeta maldito:

Preguntar a Fuentes Quintana por:

  • Lecturas regeneracionistas
    • Joaquí­n Costa: “mil llaves del sepulcro de Joaquí­n Costa” ( A. Rojo)
    • Discurso de Fabi án Estapé: sobre Senador ( notario en Fromist á: cojo

Para mi trabajo sobre Ezra Pound y Henry George

Termino pues con una llamada general a que algien me diga en qué diablos estaba pensando yo cuando escribí­ esta nota.