Famélicos gatos de posguerra

Untarles la cola de un combustible cualquiera y pegarles fuego era una diversión de niños de posguerra en vacaciones prepetrada sobre gatos famélicos recién escapados de la cazuela de sus dueños. A pesar de estar ya medio muertos de la misma hambre que nos envilecí­a a nosotros o a sus dueños, se resistí­an a morir del todo y todaví­a recuerdo aterrado sus maullidos de agoní­a.
Luego, m ás tarde y mejor alimentado, entendí­ que que los gatos tienen un sistema nervioso central que les otorga el privilegio de sufrir. También aprendí­ que lo único prohibido es la crueldad.

La indigente del cajero de Barcelona tení­a un sistema nervioso central y sufrió la crueldad de jóvenes ahitos. Ellos hicieron lo único que no est á permitido y, aunque no lo dicen los periódicos, no lo reseñan los noticieros ni lo reflejan las c ámaras en circuito cerrado, los gritos de dolor y miedo de la mendiga perseguir án a estos tres jóvenes, penalmente responsables o no,todos los años de su vida.

O no. Quiz á los indigentes de hoy, como los habitantes de Africa, o como los dueños de la carne acumulada en Abu Graib en montones preparados para rellenar un Kebab, son prescindibles, sobran. Como los gatos de posguerra o los meninos da rua. Como tú y como yo.

Devolución o Creative Commons

Ya he hablado de propiedad intelectual en general hace unos dí­as. M ás recientemente he comentado sobre el copyright en términos filosóficos y promretí­ hablar de ello en términos económicos de un forma amplia.Como esto último va llevar algún tiemp voy a tratar de hacer un resumen de aunque no se entieda bien.

Hay oferta abierta de bienes intangibles, ya sea ciencia, código o cultura. La hay por la ética del hacker y porque finalmente hay algo que ganar. Para que esto último sea cierto es necesario que haya un mercado, pero, de momento, nos falta la demanda final de este tipo de bienes. ¿ Habr á una demanda derivada de la demanda final de aqullos bienes que incorporan ciencia, código o cultura?
Mi apriori es que no es dificil argí¼ir que hay esa demanda final en el sector del software ( Red Hat) y en no pocos sectores industriales; pero que no es f ácil encontrarla en todos los subsectores culturales. Hay, en efecto, mucha obra cultural que no encuentra salida en una obra final que llegue al público.Si este a priori es cierto, se siguen unas conclusiones curiosas.

La creación cientí­fica, como la elaboración de código o la cocina de autor, no exigirí­a patentes incentivadoras ya que alguien demanda ciencia, codigo o recetas, para poder producir y vender un producto final que incorpora ciencia, código o receta ceativa, En consecuencia renunciar a una patente por parte de un ciéntifico, un inform ático o un cocinero, no es una señal ( en sentido técnico ) de la calidad de su investigación., de su código o de su cocina.En consecuencia hemos de esperar la emergencia de equilibrios de mercado que no sean separadores, es decir en los que no se distinga mediante el precio la buena de la mala ciencia, el buen código del mediocre o la buena cocina del mero forraje. Aquí­, en estos sectores, o no hay patentes, como en la cocina, o la devolución es posible y plausible.

La creación cultural es distinta. Puede que exija copyright porque nadie demande ralmente cultura para realizar una obra cultural de consumo final. Cualquier vendedor de una revista musical puede conseguirlo sin necesidad de tener un buen libreto; depende de otras cosas. Luego en principio, harí­an falta los derechos de autor. Renunciar a ellos serí­a pues una verdadera señal de calidad y de confianza de la obra de uno que se pretende poner en escena, digamos. Cabrí­a pues un equilibrio separador en el que , si la demanda es lo suficiétemente grande, las obras de calidad alcanzarí­an mayores precios a pesar de haber renunciado a los derechos de autor. En este sector cultural los Creative Commons no parecen del todo ociosos en la medida que van en el camino de renunciar a algunos aspectos del copyrght.

Me parece que aquí­ hay «food for thought».

Diseñador Inteligente (ID)

Recientemente he hecho referencia a esta idea del Diseñador Inteligente ( ID) en dos ocasiones. En mi p ágina web escribí­ ahace m ás de un mes sobre la cruelda de las capillitas y m ás recientemente me he referí­ido a ella en este blog.

No se trata de una broma de dudoso gusto y los ciéntí­ficos empiezan a preocuparse seriamente aunque no falten quienes no estén dispestos a perde el tiempo dedic ándole ni un minuto. El asunto no es trivial, tal como pone de manifiesto el reportaje del FT el viernes 23 de diciembre.

Los procesos judiciales de Kansas y Pennsylvania deja la dicusión sobre la enseñanza del creacionismo maquillado en tablas y plantean seriamente el espinoso asunto de qué es ciencia y qué no se puede considerar como tal. El creacionismo no aspira a serlo y su «verdad» es la revelada. La ciencia dura todaví­a se demarca, en general, con criterios popperianos y serí­a ciencia solo aquello que se puede falsar empí­ricamente demostrando así­ la falsedad de una teorí­a que aspiraba a constituir verdad en el sentido de correspondencia con la realidad de «ahí­ fuera». Pero hoy en dí­a los filósofos de la ciencia, quiz á influí­dos poe las ciencias blandas, tienen una actitud distinta. Serí­a ciencia hoy lo que es coherente con lo que ayer lo era, admitiendo así­ una noción de la verdad que se limita a controlar su coherencia.

Es exactamente por este último resquicio por donde se intoduce subrepticiamente el ID ya que serí­a aceptable como hipótesis cientí­fiva alternativa aunque no sea verificable o falsable. Serí­a coherente con ciertas interpretaciones de la idea de complejidad. Si la complejidad es de tal naturaleza que no puede ser replicada por un algoritmo en tiempo finito nos encontramos con que si creemos en el big bang como un inicio en el tiempo, ¿por qué no cree que se necesita algo m ás que evolución en el tiempo para explicar la compleja variedad observable?

Mi respuesta no es nada popperiana, ni trata de afear la lógica de quienes creen en proposiciones cuyo negativo no haya sido falsado. Lo que creo, muy simplemente, es que la mejor estrategia para alcanzar la verdad ( no revelada) no puede pasar por una explicación que podrí­amos llamar «antropomórfica «aunque se refiera a algo como un Dios. La mejor estrategia es, m ás bien, tratar de afinar el algoritmo para conseguir acercarnos m ás y m ás a replicar en tiempo finito la diversidad observada.

La ley mordaza

Unanimemente y de forma homogénea los los medios de comunicación se han posicionado en contra de la ley emanada del parlamento de Cataluña que otorga al Consejo Audiovisual Catal án (CAC) la capacidad sancionadora de aquellos medios audiovisuales qie violen las condiciones del otorgamiento de la la licencia administrativa que les permita ejercer un servicio que se considera como público.

La unanimidad huele a corporativismo; pero en este caso esta unanimidad y este corporativismo se me antojan bienvenidos puesto que trabajan a favor de una libertad de expresión que es imprescindible para la democracia.

La homogeneidad de la reacción, sin embargo, me ha hecho pensar. Afirmar, como se ha hecho sin excepción, que sólo la justicia puede perseguir, y eventualmente sancionar, conductas sospechosas de violar deberes administrativos, es un buen deseo que apoyo sin reservas pero que, sin embargo, no se cumple en otros servicios púbicos. Pondré tre ejemplos.

Los Catedr áticos disfruta de libertad de c átedra; pero pueden ser sancionados por el Rector, previo un informe elaborado por una comidsión nombrada poe ese mismo Rector, por alguna conducta impropia como, por ejemplo insultar a un compañero de claustro que haya incumplido con sus obligciones. Los Notarios, otros servidores públicos, pueden ser separados de su cuerpo, temporal o definitivamente, si no cumplen con algún requisito del ejercicio de su profesión, supongo que mediante algún procedimiento administrativo pero sin ningún juicio. Y hasta los propios Jueces pueden ser sometidos a un tratamiento similar por parte del Consejo del Poder judicial que es un simple órgano administrativo no muy didtinto del CAC.

Mis colegas de derecho administrativo, adem ás de afear mi segura ignorancia, estar án llenos de razones para distinguir el otorgamiento (o la retirada) de una licencia de la adquisición de un puesto funcionarial, ambos conseguidos en buena lid y con toda clase de garantí­as, como también diferenciar án la importancia de la libertad de expresión de cosas menos importantes y cruciales como la libertad de c átedra, la fe pública o la independencia judicial; pero no creo equivocarme en la doble intención de lo que digo.

Primero , la justicia como única cortapisa del ejercicio de ciertas funciones públicas, deberí­a extenderse a Catedr áticos, Notarios y Jueces para que nadie tenga que decirles cómo se ejerce la parte de servicio público que su fución les exige.

Segundo, creo que en este caso concretode la apertura de un expediente a un medio concreto por parte de CAC, el corporativismo es adecuado porque se ejerce a favor de un medio radifónico que, a juicio de quienes a mi alrededor lo escuchan, es un ejemplo de independencia, objetividad, ponderación, tolerancia y sentido del humor.

¿Qué es un autor?

Esta interrogación es el tí­tulo de una conferencia muy famosa que pronunció Michel Foucault en 1969 y que ya apuntaba la inhumanidad que se atribuye a la obra de este autor y que se asocia a la muerte del sujeto que hoy nos parece tan corriente.

Dos años antes y en plena adolescencia intelectual yo habí­a intentado comprender algo de Las Palabras y las Cosas como algo m ás all á del movimiento estructuralista que habí­a comenzado a llevarnos por una deriva ortogonal al marxismo omnipresente en aquel tardofranquismo. Pues bien 36 años m ás tarde topo con unos textos de Giorgio Agamben (Profanaciones, Anagrama, 2005 ) que me retrotraen a aquella época pero ahora en un estadio cultural que oscila entre mi deseo de hacer mí­o lo que escribo, tal como querí­a Raymond Chandler, y este problema fascinante de la propiedad intelectual y, m ás especí­ficamente, del derecho de autor o derecho de copia (copyright).

Tal como yo entiendo a Agambe, el autor, como persona con cara y ojos que escribe o practica cualquier otra forma de creatividad cultural, serí­a para Foucault necesario pero irrelevante. Lo que serí­a relevante para Foucault serí­a lo que denominaba la función-autor que “caracteriza el modo de existencia, de circulación y de funcionamiento de ciertos discursos en el interior de la sociedad ”. Esta función-autor tendrí­a para Foucault diversas caracterí­sticas según refiere Agamben en el ensayo correspondiente al Autor de la obra citada.

Para empezar constituirí­a “un particular régimen de apropiación que sanciona el derecho de autor ”, una caracterí­stica sobre la que volveré. Pero también hay que entender esta función como un conjunto de posibilidades como la de “distinguir y seleccionar los discursos en textos literarios y cientí­ficos ”, como la de “autentificar los textos constituyéndolos como canónicos ”, como la de “dispersar la función enunciativa en una variedad de sujetos ” o como la de “construir una “función transdisciplinar que hace del autor un instaurador de discursividad. ( Marx es mucho m ás que el autor de El Capital y Freud mucho m ás que el autor de La Interpretación de los Sueños) ”.

El subrayado de el autor como instaurador de discursividad añade a la necesidad manifestada por de Chandler de sentirse alguien único, la aspiración a que esa unicidad sea inaugural. Y, sin embargo, esa esperanza es vana para un postestructuralista. Según Agamben, Foulcault añadió dos años m ás tarde en otra conferencia que “el autor es un determinado principio funcional a través del cual, en nuestra cultura, se limita, se selecciona; en una palabra: es el principio a través el cual se obstaculiza la libre composición, descomposición y recomposición de la ficción. ”.

A mi juicio, la relevancia de la función-autor no anula del todo ni hace patético el deseo de autorí­a de un sujeto cualquiera que, por otro lado es necesario, aunque sea irrelevante, como persona nominalmente identificada. Es necesario para estructurar el discurso y la forma que tiene de hacerlo lo constituye. En el primer ensayo de Profanaciones, Agamben arguye convincentemente que el genio, entendido como ese espí­ritu o fuerza m ágica que siempre nos acompaña y que quiere expresarse de manera natural, sin poseer los instrumentos para hacerlo, entra en una relación difí­cil con el ego del sujeto que sí­ posee la fuerza artificiosa de la expresión. Esta extraña relación genera o bien una creatividad potente o bien un debilitamiento anorexico según que nuestro ego sea capaz o no de utilizar la fuerza continua del genio a su favor o se vea desbordado por esa fuerza innominada.

Si como autores de carne y hueso querrí­amos ser meros testigos de la naturaleza “divina ” del genio como principio engendrador, tendrí­amos que desaparecer como propietarios de nuestra obra y convertirnos en simples intermediarios de la gracia, por usar una palabra corriente en nuestra cultura mí­stica, de la misma forma que el sacerdote es un intermediario con la divinidad. Si lo que queremos es ser propietarios de nuestra obra y cobrar esos derechos de autor que dan fe de nuestra autorí­a, entonces perjudicamos a la función-autor y nos interponemos en la libre composición, descomposición y recomposición de la ficción. Lo misterioso y terrible de esta elección entre el desarrollo del “espí­ritu ” y el patético deseo de conformación de una personalidad única y eterna, es, según Foucault y Agamben, que solo conseguimos esto segundo cuando el genio ha desaparecido y ya no servimos como intermediarios de nada. Como cuando el gran matem ático Félix Klein confiesa a una todaví­a temprana edad que est á preparado a sustituir el genio perdido por la eficacia social.

Y ahora veamos cómo estas ideas quiz á demasiado esotéricas se plasman en nuestra realidad circundante y asquerosamente mundana. Confesaba hace poco Carlos Saura que, en su última pelí­cula, manipulaba a Albéniz de forma que, añado yo, a través de un Saura que dasaparece poco a poco, Albéniz se expresa después de muerto. Cuando un dj mezcla contribuye a liberar el sonido oculto y a innovar en la articulación de una nueva música. Las obras originales que Saura manipula, o que el dj mezcla, despliegan toda su potencialidad gracias a dos funciones-autor cuyas obras lejos de ser adoradas deberí­an ser violadas a su vez.

Este es el devenir de un discurso que vuela solo impulsado por el genio y al que la Propiedad Intelectual no hace m ás que frenar. Dicho de otra manera: yo no soy m ás necesario como autor cuanto m ás cobro por derechos de autor; sino justamente al revés. Tanta mayor parte de lo nuevo, en este mundo de lo culturalmente creativo, se debe a mí­ cuantos menos derechos de autor pueda reclamar o cuanto m ás a menudo se viole mi derecho de copia, mi copyright.

No me negar án que es una casualidad sospechosa que, en medio del florecimiento de la SGAE o de otras sociedades gestoras de derechos de autor, aparezca la ultima obra de Vilí -Matas (Doctor Pasavento, Anagrama, 2005 ), en la que se narra la historia de un escritor que, como Robert Walzer, quiere desaparecer como autor reconocible, pero no puede dejar de dar testimonio de sí­ a través de una escritura de caligrafí­a diminuta e ilegible (aunque haya sido descifrada últimamente) de cuya autorí­a , espero, nadie que ame o admire a ese ser, vaya a reclamar los frutos mundanos. Como también dice Foucault, mi “huella del autor est á solo en la singularidad de su- mi- ausencia ”, en mi manera especí­fica de desaparecer, de dejar que la gracia del genio encienda ese filamento inerte en el que me he convertido y lo haga luminoso y calorí­fico.

Y si, a pesar de toda esta evidencia filosófica (si se me permite esa expresión nada habitual ), me dicen que un autor nominalmente identificable no puede renunciar a sus derechos de autor y que Teddy Bautista le va a enriquecer quiera él o no, no me queda m ás remedio que concluir que la SGAE o los derechos de propiedad intelectual est án creando autores de pacotilla mientras entorpecen la circulación de ese discurso dictado por un genio impotente.

Aquí­ acabo con esta manera digamos que filosófica de pensar la parte de la propiedad intelectual que tiene que ver, entre nosotros, con el derecho civil. No hace falta que derive el obvio corolario de que la idea anglosajona de los Ceative Commons proporcionan una manera especí­fica de desaparecer como autor y por lo tanto de contribuir a la manera propia de uno a la circulación del discurso o de la gracia, liberando al genio que nos habita.

Pero queda todaví­a la parte de la propiedad intelectual que, entre nosotros, tiene que ver con el derecho mercantil y hace referencia a las patentes. Esto es mucho m ás peligroso y requiere un tratamiento m ás económico y mucho m ás largo que estoy dispuesto a proporcionar en otro momento. Pero ahora quiero terminar con un último apunte.

Acabo de sugerir que, desde el punto de vista de una cierta corriente filosófica, el copyright acaba con el destino del autor que le arrastra a la desaparición a su manera: la muerte del sujeto. En ese otro trabajo de corte económico que acabo de anunciar mostraré que las patentes acaban con el despliegue del objeto adelgazando y estrechando la realidad: la muerte del objeto. Permitir que el sujeto se manifieste en su función relevante de mediador y estructurador del discurso infinitamente inacabable y abrir la puerta a la proliferación de l realidad objetual, deberí­an ser a su vez nuestra función ciudadana como engranajes de un mundo que funciona solo. Si actuamos al contrario tal como venimos haciendo y parece que queremos seguir haciendo, nos perderemos a nosotros mismos y empobreceremos el mundo. Eso sí­, a cambio de unos euros.

La herencia de los 60

¿Queda algo de los años 60 del siglo pasado, adem ás de reuma y cinismo?

¿Queda algo de ese año m ágico para los que entonces éramos jóvenes? ¿Queda algo del Concilio Vaticano II para los que entondes éramos creyentes?

En cuanto esa época y sus acontecimientos representaba el antiautoritarismo y el antidogmatismo parecerí­a que no queda nada. Dirí­amos m ás bien que hoy se lleva justamente lo contrario.

El autoritarismo est á en la calle; se clama por su vigencia. Faltan lí­deres se dice, en Europa y en España. La buena educación se confunde con la falta de criterio y la consecuente incertidumbre nos paraliza. Mejor ir por mal camino que no saber qué camino tomar.

El dogmatismo parece lo natural; dictado por el famoso «sentido común». No a la homosexualidad; es una enfermedad de la que los pacientes no se quieren curar. No al darwinismo; no tiene sentido en un mundo tan complejo (el concepto de complejidad se alí­a secretamente con los dogm áticos ) que solo puede entenderse como producto de un diseñador inteligente.

La independencia de un Banco Central (mi monomaní­a enfermiza) auna ambas tendencias de manera ejemplar: autoridad monetaria incontestable (que hace de personajes como Trichet, tan poco mitificables, unos lí­deres a los que creemos necesitar) y el dogmatismo ortodoxo en materia económica que desvela su propia vaciedad por la escasa templanza de su defensa.

Y, sin embargo, hay signos esperanzadores ( para mí­ ) de que el espí­ritu de aquella época no solo no ha muerto, sino que reverdece. Pensemos en las revoluciones de colores que se hacen en la calle como en Parí­s o Praga en el 68 . Pensemos en el multiculturaliso al que se han vuelto con cierta envidia, a pesar de sus defectos, los que han sufrido los acontecimientoe franceses de los barrios periféricos de las ciuades francesas hace solo un mes. Y pensemos en los brotes de confederación que los politólogos creen descubrir en los nacionalismos periféricos de la España de hoy.

Nada de esto est á hoy m ás claro que hace 47 años; pero sí­ m ás focalizado. Los partiarios del sistema de mercado, entre los que nos contamos casi todos, empezamos a desear una reducción del ámbito de la propiedad y un ensanchamiento del espacio público en materia de propiedad intelectual y hasta se abre la discusión sobre la lógica de la independencia de los bancos centrales.

Autoría

A pesar del tí­tulo no quiero escribir sobre cual era el nombre propio o de familia del propietario de la mano que redactó digamos Ricardo III. El llamado problema de autorí­a, apasionante como es, nada tiene que ver con lo que yo quiero empezar a pensar hoy. Quiero m ás bien escibir sobre la A de SGAE y sobre la A de Autor de la Fundación de ese mismo nombre. Pero esto llevar á tiempo

Estoy preparando un trabajo largo que dentro de poco tiempo aparecer á en la sección de trabajos en curso de mi p ágina web y en el que trato de encontrar una explicación justificativa de algo como los Creative Commons en el campo de la cultura, a pesar de que no la encuentro para las patentes en el mundo de la innovación industrial de base ciéntifica.

Antes de que pueda pulir ese trabajo quisiera escribir, también en mi p ágina, otro m ás corto en el que me pregunte y responda qué es un Autor siguiendo la estela de Michel Foucault y distiguiendo entre el nombre de la persona- ¿Shakespeare?, ¿Marlow?- y la función- autor como «un particular regimen de apropiación que sanciona el derecho de autor«. Espero poder sugerir que la idea de que el Autor adquiere su personalidad especí­fica e inconfundible a través de su particular forma de desaparecer, podrí­a tal vez traducirse en la forma en que decide ir cediendo partes de su derecho de autor. Quiz á otra vez los Creative Commons.

Espero que todo esto contribuya a la discusión sobre la devolución.

Fazio

Acaba de dimitir el único banquero central vitalicio, el del Banco de Italia, bajo la presión del propio gobierno italiano, de Bruselas y de la justicia.

El caracter vitalicio de su nombramiento era el resultado de llevar al extremo la lógica justificativa de los bancos centrales responsables de la Polí­tica Monetaria. Un banquero central vitalicio, a diferencia de un gobierno sujeto a la incertidumbre del resultado de elecciones periódicas, no necesitarí­a, se dice, venderse a nadie.

Pero esta lógica nunca me ha convencido. Una vez alcanzada una cierta seguridad de por vida, esta cota se da por tomada, como una especie de beneficio hundido» podrí­amos decir por analogí­a con la noción de «coste hundido». Y desde esa cota puede muy bien procederse a apoyar la captura de la institución por parte de amigotes y correligionarios del mundo de la construcción y otros negocios.

Que haya dimitido es ul último favor que Fazio hace a sus «patrones» puesto que el empleo, aunque ya nada tenga que ver con la Polí­tica Monetaria resdenciada en el BCE, puede seguir siendo vitalicio. En cambio si se hubiera resistido, el Parlamento a instancias del gobierno podrí­a haber cambiado la ley para poder librase de él.

Este cambio todaví­a est á en manos del gobierno y su mayorí­a parlamentaria. Si eliminan el caracter vitalicio de un empleo que ya solo tiene responsabilidades de supervisión bancaria, y solo en ese caso, sabremos que la lección se empieza a aprender. Una lección perfectamente aplicable a cualquier banco central que controle la Polí­tica Monetaria aunque su gobernador no sea vitalicio

Si no incluyen esa modificación de la ley y se limitan a nombrar otro gobernador, sabremos que , una vez m ás, habr á cambiado algo para que no cambie lo fundamental: la falsa creencia de que hay algo en el mundo social que participa de un caracter absoluto y no est á sujeto a los m ás rebuscados incentivos perversos.

Presupuestos Generales del Estado

Publicado en Expansión, lunes 19 de diciembre de 2005

En unas fechas del calendario político como las actuales, corremos el peligro de que una cuestión central, que merece la atención de toda la clase política y de la opinión pública, acabe oscureciendo otra cuestión que no por rutinaria deja de tener un largo alcance.

La primera cuestión, la del problema territorial, nos confronta con nuestra propia naturaleza como nación y con la mejor forma de organizarnos como tal. No es de extrañar que el paso por las Cortes de la propuesta de nuevo Estatut durante los próximos meses retenga toda la atención de los medios sólo interrumpida para reportar sobre el desacuerdo en temas educativos. Sin embargo, la segunda cuestión, la de los Presupuestos Generales del Estado para el año 2006, aunque no haga echar humo a las páginas de los periódicos, es muy importante para el bienestar de los ciudadanos y también nos enfrenta con lo que somos y con lo que queremos ser. Trataré hoy de aportar algunas ideas básicas al debate presupuestario, dejaré para otra ocasión la consideración sosegada (o no) del problema territorial y prometo no hablar de educación, excepto por un comentario muy tangencial.

Volviendo pues nuestra atención hacia los PGE (Prespuestos Generales del Estado) 2006, lo primero que hay que advertir es que, aunque sea aproximadamente cierto que, como toda ley presupuestaria, es un indicador de la dirección que la política económica quiere seguir, ese indicador no es del todo fiable porque es el resultado de muchas negociaciones en direcciones diversas. Negociaciones dentro del partido en el gobierno y dentro de los partidos que lo apoyan, negociaciones entre distintos ministerios a la búsqueda de su éxito sectorial y negociaciones entre el gobierno y sus clientes, san éstos esos otros partidos u otras fuerzas sociales que no se pueden ignorar.

Otra advertencia previa imprescindible es que estos presupuestos se elaboran en una coyuntura mundial y europea que está claramente desequilibrada. A muy grandes rasgos podríamos decir que, en el mundo, hay una ingente masa de ahorro, público y privado, que sin embargo está mal repartido. En ciertas áreas (Asia) hay un exceso de ahorro, mientras que en otras áreas geográficas (los EE.UU. de América) hay un déficit de ahorro o, lo que es lo mismo, un exceso de consumo, sin que ninguna especie de flotación sucia permita el reequilibrio automático mediante el ajuste de la paridad de las respectivas monedas

Europa es como una edición empeorada de esta misma historia puesto que, al no contar con ninguna posibilidad de ajuste cambiario en la eurozona, corre el mismo peligro de generar déficits y superavits en las balanzas de intercambios internacionales y casi garantiza la certeza de que esos desequilibrios se ajustarán a través de cambios en la tasa de actividad y de empleo.

Una vez consideradas estas dos advertencias previas, podemos entrar en la consideración de los propios presupuestos para el año 2006 comenzando por un test de su credibilidad, o de su voluntarismo, basado en el análisis de las elasticidades que podemos calcular a partir del cuadro macroeconómico que justifica las grandes cifras. En el cuadro adjunto se muestran las elasticidades más relevantes tanto para el próximo año como para el año anterior. Para calcularlas basta con dividir el crecimiento porcentual previsto de una variable dada (sea, por ejemplo, el consumo de los hogares) y dividirlo por el crecimiento porcentual previsto del PIB. Comparando las cifras para los tres años nos percataríamos de si, por hacer una frase gráfica, estamos hablando en del mismo país. La no continuidad en estas cifras representa de manera tosca, pero gráfica la dosis de voluntarismo que los anima.

Elasticidades con respecto al PIB

Esta prueba ácida nos hace ver que, efectivamente, el gobierno no pretende cambiar el modelo de crecimiento que estableció el año pasado y que solo se diferenciaba significativamente del correspondiente al del 2004 en un intento de reducir el consumo público y de aumentar la Formación Bruta de Capital en bienes de equipo. Lo que se puede decir es que, con respecto al año precedente, lo que el gobierno pretende es, simplemente, tratar de lograr lo que se llama un aterrizaje suave. Quizá no hay una manera mejor de actuar; pero el gobierno ganaría un mayor índice de confianza ciudadana si confesara lo que realmente hace: funambulismo mientras teje con resignación y sin mucho entusiasmo una red de seguridad.

En este contexto podemos plantearnos ahora la tensión central entre los aspectos macroeconómicos y los microeconómicos de estos PGE 2006.Comencemos por los segundos.

Dejando a un lado los problemas propiamente sociales como las pensiones, las ayudas familiares o el apoyo a la compatibilización entre la vida laboral y el hogar, el problema básico al que hay que enfrentarse es el de la creación de un capital innovador, o tecnológico, que nos permita ponernos al día en la Agenda de Lisboa y hacer crecer la productividad. Si somos consistentes en este esfuerzo acabaremos con el tiempo siendo más competitivos, mejorando nuestra balanza comercial y, quizá, siempre que no se intente hacer por la vía fiscal lo que no se puede hacer por la vía monetaria, quizá, digo, podamos frenar a medio plazo el diferencial de inflación con la media europea o, más bien, con la eurozona.

Aunque sea obvio es conveniente recordar que debemos considerar a las infraestructuras en general, y en especial a la educativa y la investigadora, como parte de ese capital tecnológico y llamar la atención sobre el sensible deterioro en su mantenimiento y puesta al día. En este punto, así como en el relativo a los problemas sociales, el gobierno ha hecho un esfuerzo significativo en e que debería perseverar.

Pero por el lado macroeconómico es cierto que España debería generar un superavit presupuestario mucho mayor del que, según el borrador de los PGE 2006, se lograría una vez consolidadas las cuentas de la seguridad social y suponiendo que la coyuntura mundial, y especialmente la europea, no se deteriore y cumpla las expectativas incorporadas en los cálculos. Este superavit es realmente conveniente y deseable a efectos de paliar la escasez del ahorro. El ahorro privado interno no es suficiente para financiar el déficit exterior y el ahorro externo no está llegando en cantidades suficientes. Si esto nos llevara a tener que acumular deuda ofreciendo un rendimiento mayor, estaríamos entrando en una senda que no ofrece más que problemas de solvencia.

Este contraste entre las necesidades micro y las exigencias macro delimita una muy estrecha senda para la buena marcha de la economía española. ¿Cómo lograr el tránsito por esta senda estrecha. Es decir ¿cómo tejer la red de seguridad mientras recorremos los últimos metros del cable tenso a 20 metros de altura? He aquí dos consejos complementarios destinados a generar ahorro.

El primero es anunciar una reforma de la administración central y el segundo la eliminación del aval del Estado al endeudamiento de las CC.AA. El primero pretende reducir, no la inversión pública necesaria para el incremento de la productividad, sino el consumo público, un equivalente preciso de las prejubilaciones en las empresas privadas. Originan un gasto inicial grande para la S.S. (Seguridad Social); pero reduce los gastos generales y, finalmente, el capítulo 1 del presupuesto. Esto es algo que nos podemos permitir precisamente ahora que la regulación de inmigrantes ha mejorado sustancialmente las cuentas del S.S..

Dejarlo para más adelante sería hacerlo imposible pues los inmigrantes, a falta de nuevas oleadas que nuestro sistema productivo no podría absorber de momento, acabarán siendo clases pasivas y aumentando el consumo público. Sin embargo esto no bastaría si las de las CC.AA. no hacen lo mismo, pero no tienen incentivo a hacerlo si mientras tanto pueden seguir endeudándose por motivos clientelares y cuenten con el aval del Estado para sus emisiones. Si eliminamos éste se produciría inmediatamente una reducción en el ritmo de crecimiento del endeudamiento regional y un impacto significativo en el ahorro público interno así como un mayor acceso al externo.

El mero anuncio de estas dos medidas generaría una dinámica virtuosa que acarrearía la aceleración de los efectos buscados. Claro que hay que hacer bien las cuentas; pero prima facie me parece una solución factible, máxime cuando la reforma de la administración fue un banderín de enganche de la primera administración socialista y cuando difícilmente podría contar con la falta de apoyo de la oposición.

Solbes/Caruana

Decí­a el jueves pasado que hablarí­a sobre el roce Solbes/Caruana. Lo voy a hacer; pero antes debo tomar nota de dos artí­culos que se me han cruzado este fin de semana.

Decí­a Stiglitz en su columna sindicada del domingo en El Paí­s Negocios que la retirada de Greespan nos deja con la duda sobre la independencia de la Fed puesto que el gran maestro intervino en polí­tica en no pocas ocasiones. Decí­a Cacho en El Mundo del domingo que Caruana no era independiente; sino el largo dedo de Pizarro y que, ahora que no parece tener oportunidad de renovación, ataca a las Cajas quiz á en defensa, insinúa Cacho, de ese mentor suyo que ve su presidencia de Endesa atacada indirectamente por la Caixa.

Estos dos artí­culos nos hacen ver que las instituciones no se improvisan y que aquellas que son solo de diseño no tienen por qué durar, que pueden ser manipuladas y que pueden acabar desolviéndose. No quiero decir que los Bancos Centales no hayan servido para nada; pero sí­ que se nota últimamente que se les empieza a escatimar su mérito en la victoria sobre la inflación que, en parte, podrí­a ser entendida como resultado de la globalización y el correspondiente incremento de la competencia.

De ahí­ a pensar que sus peligros pueden ser mayores que sus ventajas no hay que unos pasitos. No serí­a pues de extrañar que estos todopoderosos Bancos centrales acabaran, en el mejor de los casos, como una simple pieza pieza del sistema de supervisión bancaria.

Pero si esto fuera así­, estas instituciones de diseño serí­an tan independientes como la CNMT o la CNE; pero menos que un Banco Central. Esto parece ser lo que piensa Solbes del actual Banco de España al que solo le queda precisamente esas competencias supervisoras e inspectoras y para el ejercicio de las cuales no necesita grandes estudios macroeconómicos o monetarios; sino que le bastarí­a con los propios de un auditor sofisticado.

Que el gobernador hable sobre Polí­tica Fiscal no parece muy discreto cuando la Polí­tica Monetaria, irremediablemente unida a la Fiscal, est á en Franckfurt. Arremeter contra el vicepresidente por haber violado la independencia del Banco de España puede, en consecuencia, ser contraproducente pues puede tentar al gobierno a proponer una redefinición del Banco de España apresurada y enrabietada.