La firme crueldad de las Iglesias

No me quiero referir exclusivamente al fenómeno religioso pues no todas las religiones tienen iglesia y no toda iglesia es religiosa. Sí quiero referirme a las parroquias, sectas o capillitas, que, como carecen de razones generalmente aceptables para creer lo que dicen creer o para obrar como obran, no pueden evitar la incertidumbre en la que se mueven sus miembros y tratan de exorcizarla mediante ceremonias de excomunión que llaman la atención por su crueldad y por su inflexible empecinamiento irreversible.

Recuerdan en su actuación a aquella escena de una película de Glauber Rocha (creo recordar que su título en castellano era «Dios y el diablo en la tierra del sol») en la que Dios mostraba su superioridad evitando ayudar a un pobre hombre que, como Sísifo, arrastraba una enorme piedra que con su peso le hacía tropezar como Cristo con su cruz a cuestas camino del Gólgota. No hay nada como la crueldad arbitraria para mostrar la superioridad de un ser no sujeto a la debilidad de la piedad y para anunciar que, como sin duda estamos frente a algo que transita más allá de la comprensión racional y por parajes cercanos al misterio, más vale rendirse cuanto antes y a la creencia que intentar desvelarlo o denunciarlo.

Sin embargo la crueldad de las capillitas quizá resalta con mayor nitidez en situaciones más cotidianas y menos extremas que refractan distorsionadamente la verdadera crueldad, disfrazada no solo de tolerancia o de comprensión hacia el disidente; sino, a veces, incluso de aparente apoyo a la tarea del denunciante de la retórica falsaria con la que se enuncian los misterios salvíficos. Se trata de situaciones como las que pueden llegar a ocurrir en el seno de matrimonios en los que el marido, pretendidamente moderno y tolerante, utiliza a su estupenda señora como señuelo para hacerse con una pieza de caza mayor y la coloca en situaciones en las que el coqueteo frívolo, mundano y remunerador corre el peligro de convertirse en pasión adúltera. Pero si esto último llegara a pasar, el marido, miembro de la parroquia de los posesivos, encierra a su mujer para siempre dentro del domicilio familiar.

Pues bien, los científicos condicionados por cualquier creencia militante, tampoco permitirán que la libre especulación llegue a amenazar la fe que les sostiene, de la misma forma que el marido aparentemente liberado no permite que su esposa sea vista con otro en el foyer de un hotel de lujo de cualquier ciudad. Y si la amenaza se hace peligrosa encerrarán al agnóstico fuera, a la intemperie. En ambos casos, esposa utilizada y librepensador aparentemente aceptado, se verán excluidos de la comunión de los se protegen de la incertidumbre inquietante.

Estas reflexiones sobre un fenómeno tan antiguo como el mismo mundo, me vinieron a las mientes ante dos actitudes grotescas que tuve el privilegio de contemplar en un reciente coloquio sobre filosofía de la ciencia.

Imaginen un energúmeno que, además de ser un matemático reconocido, cree ser un matemático solo comparable a Gödel o a Turing y que afirma pertenecer a un movimiento (especie común de iglesia) al que pertenece gente que, como el Wolfram de Hacia una Nueva Ciencia, afirman haber dado con la clave de toda una visión del mundo al comparar a éste con un programa de ordenador formado por la colección de todos los algoritmos finitos en los que podamos pensar y que pondría de manifiesto el máximo grado de complejidad, palabra fetiche ésta última donde las haya.

Afirmaba este hombre entusiasta y fornido que esta nueva matemática computacional captura y supera cualquier otra forma de matemática preexistente ante la que expresaba dos tipos de opiniones contradictorias. Si no le asustaba la califican de admirable, pero si parecía amenazarle, la motejaba de sinsentido. En el caso que me ocupa el energúmeno condenaba insultantemente antiguos teoremas del punto fijo de funciones de un conjunto compacto en sí mismo que han permitido a los economistas probar teoremas de existencia de un equilibrio en un sistema de mercado. Ignoraba o no le parecía relevante, al llenarse la boca de la palabra complejidad, que el Instituto de Santa Fé, dedicado al estudio de ésta, fue creado, entre otros, por un economista (Arrow) que ha utilizado inteligentemente esos teoremas del punto fijo para perfilar ideas que ejemplifican justamente la complejidad.

Detengámonos un instante y pensemos en un mercado de valores, entendido como una parte de un sistema capitalista determinado y representado por una interpretación dinámica de un modelo de equilibrio general competitivo, que nos hace ver de forma palmaria un ejemplo de complejidad comprensible por todos los lectores diarios de las cotizaciones bursátiles. Un simple economista que asistía asombrado al coloquio se lo hizo ver y solo consiguió percibir los bufidos irritados y lejanos de un monstruo exaltado que acababa de exhibir la cubierta de su próximo libro para recomendar su compra. Este hombre que parece ha escrito cosas interesantes sobre probabilidades, podía resultar ridículo y antipático; pero no cruel.

Creo que no necesitaba serlo porque su iglesia, el movimiento al que dice pertenecer como fundador, no ha alcanzado el suficiente desarrollo. Volveré sobre esta desmesura más adelante para tratar de describir una versión más simple aunque menos inocua. Pero antes describiré la segunda actitud grotesca de la que fui testigo.

La primera desmesura que acabo de describir palidece en efecto ante la que fue perpetrada por el presidente de mesa de la última sesión. Este hombre no es un energúmeno; pero dicen que perteneció en su día a una secta religiosa y es fama que hoy es un católico integrista. Pues bien, este personaje procuró de todas las formas posibles, desde los cuchicheos molestos hasta la ostentosa falta de atención, estropear la presentación del economista citado que, llegado su turno, hablaba de la economía del conocimiento científico y que, para su desgracia, había intervenido reiteradamente a la contra afirmando con contundencia, y entre otras cosas no menos molestas, que la estrategia investigadora que sigue el movimiento (otra vez una iglesia o similar) centrado en el «diseñador inteligente» es incorrecta y que, en general, había mostrado escaso respeto a la autoridad del caballero integrista que pretendía dotar de respetabilidad a esta versión retorcida del creacionismo.

¿Cómo interpretar que su tiempo de exposición fuera recortado a la mitad y que el micrófono le fuera prácticamente arrebatado de las manos para sustituirlo por una arenga final vacía y una invitación a asistir a misa?. La única posible interpretación me parece transparente: se trataba de excluir al diferente.

La primera desmesura que he reseñado es tan patética que produce hilaridad y hasta un poco de pena. La segunda, que también puede dar risa, es de una crueldad innecesaria y de una firmeza tan obcecada que no prestigia a quien la practica; sino que le condena a repetir siempre lo mismo y a conducir a su iglesia, a su secta o a su capillita a una muerte segura y a sus parroquianos a la irrelevancia.

Para completar este comentario centrado en la caracterización de la crueldad de las capillitas, ya sea esta crueldad liviana o rotunda, me gustaría referirme a una versión de la primera desmesura comentada y que consiste en el presuntamente sutil y refinado arte del insulto a quien no pertenece a la capillita y llega incluso a enfrentarse con la «verdad» con la que se define a sí mismo un cierto círculo de iluminados. Un ejemplo reciente es especialmente significativo.

Un columnista, perteneciente al club de los que ven con claridad meridiana la inconsistencia, poca sustancia e incluso estupidez del Presidente del Gobierno, arremetía contra Suso de Toro, su presunto pensador de cabecera, y de cuyo reciente artículo en otro periódico se hacía eco. A diferencia del matemático pantagruélico, nuestro columnista no afirmaba el retraso mental de quien no le comprendía a él, sino que dedicaba a Suso de Toro finas pullas como las que ahora parafraseo.

«Este tal Suso, que se firma a sí mismo como escritor, llega incluso a admitir que hay quien siente a España como su nación y no habla de nación sino que se desborda en el uso de la palabra imaginario sin mencionar nunca la Constitución. Su raquítico título académico como licenciado en Arte no le da derecho a expresar las opiniones políticas que escribe en ese ensayo periodístico a pesar de que parece que ha recibido algún premio a sus novelas de calidad dudosa«.

Y como este argumentario impecable demuestra que el tal Suso no merece ningún tipo de apreciación queda a su vez demostrado, como corolario obvio, que Zapatero es un peligro público. La crítica es evidente. Incluso si el Presidente fuera ese descerebrado que el columnista nos quiere presentar, no se seguiría que Suso de Toro sea el pobre desgraciado que describe. Es una falacia de la misma naturaleza, aunque más burda, que la del matemático bárbaro que tachaba de birria despreciable una rama de la matemática que no está a la altura de la que él ha contribuido a crear.

Me doy cuenta que el lector puede pensar que yo he incurrido, al exponer la primera desmesura, en la misma falacia que he tratado de denunciar en la columna que denigraba a Suso de Toro. Sin embargo hay diferencias. Mis insultos no son finos ni atildados y van acompañados de razonamientos, justo esos que brillan por su ausencia en la lapidación de Suso de Toro. Y, por lo tanto, creo no resultar cruel, o no ser solo cruel o serlo solo cuando es estrictamente necesario y, en cualquier caso, nunca serlo de manera irreversible.

Divagaciones de Otoño

Publicado en Expansión, martes 4 de octubre de 2005

El squash es un juego de pelota que, a partir de una lejana primera experiencia en la que mi corazón estuvo a punto de reventar, no he vuelto a practicar. Tampoco estoy al tanto de las vicisitudes de este deporte. No sé si es olímpico o si es muy popular; pero estoy dispuesto a apostar lo que sea a que los tanteos de los partidos exhiben unas rachas de puntos ganadores que no ocurren en deportes aparentemente similares como el paddle o el tenis.

Si me atrevo a hacer este envite es porque aquella experiencia, una vez superada, fue suficiente para darme cuenta de que el que tiene el saque ocupa el centro de la cancha y que esta posición es casi una garantía para ganar el punto. Claro que, de vez en cuando y de forma aleatoria, ocurre un accidente y el saque pasa al otro jugador, quien probablemente conseguirá una racha larga de puntos ganadores a su favor. Pero no era de esto de lo que quería hablar.

De lo que pensaba hablar es de castillos. Al final de las vacaciones de verano varios amigos hicimos una pequeña excursión, por el llamado País de los Cátaros, a caballo entre el Rosellón y el Languedoc. Los cátaros afirmaban que el mundo había sido creado por Satán y, en consecuencia, creían que el hombre era malo en sí, tal como hoy pensamos los que somos de derechas, al menos en ese aspecto tan general.

La iglesia romana pensaba que el hombre había sido creado bueno, que había caído tontamente por las artimañas del demonio, pero que fue redimido teniendo, por lo tanto, la salvación en sus manos, una posición muy parecida al optimismo antropológico de las izquierdas. Estas cuestiones espirituales, nada simples en sus implicaciones, se cruzaban, cómo no, con asuntos relacionados con el poder. Los nobles locales protegían a los herejes, bien por convencimiento teológico, bien porque así podían contar con ellos como colchón de defensa contra las tendencias anexionadoras de los nobles parisienses: oui contra oc.

El pasado apoyaba a los del oui, y esta santa alianza entre la cruz y la espada estableció la verdad a sangre y fuego en una especie de ensayo general de la Inquisición. Interesante todo esto; pero vayamos con los castillos, que, como los de Cheribus, Peyreperthus o Montsegur, todavía hoy nos asombran con la presencia imponente de sus ruinas. Están construidos sobre picos tan prominentes, son tan altas sus murallas y sus guardianes desarrollaron tales tecnologías de defensa, que resultaban inexpugnables frente al ataque frontal y sólo podían ser conquistados mediante su asedio por hambre y sed.

Si pensamos en rentas creadas por la existencia de ciertas instituciones, lo que esperaríamos de la iniciativa institucional sería un intento de sustituir esas instituciones por otras que favorezcan a quien inicia el movimiento erosionador. Cabe pues imaginar, en ese caso y también en los otros, un mundo en el que esto ocurre continua y casi instantáneamente de forma que, en realidad, es como si no hubiera rentas para nadie debido, precisamente, al deseo generalizarlo de apropiárselas. Pero, si por un accidente aleatorio o traicionero, uno de estos castillos era invadido, se convertía inmediatamente en defensa, otra vez inexpugnable, contra sus antiguos dueños o contra otras fuerzas amenazadoras.

Peyreperthus, por ejemplo, una vez conquistado por las fuerzas del bien formadas por los de la langue d’oui y por los espiritualmente ortodoxos, se convirtió en una gran defensa de estos aliados frente a las pretensiones anexionistas de los aragoneses. Como con la conquista del centro en el squash, la conquista de los castillos es difícil si no hay ayuda del azar. En consecuencia, tendríamos que esperar que la frecuencia de los cambios de dueño durante los siglos XII y XIII fuera pequeña y que los períodos de dominio por parte de uno determinado, bastante largos. Así parece haber sucedido; pero ya me he desviado otra vez; tampoco era exactamente de historia de lo que yo quería hablar cuando pensaba en castillos.

Creo recordar, vagamente, a estas alturas, que mi objetivo final era decir algo sobre monopolios sucesivos o, sin tanta precisión, sobre la sucesión temporal de poder de mercado o, todavía con mayor imprecisión, sobre la forma de sucesión temporal de la extracción de rentas por parte de unos u otros de los que son capaces de hacerse con ellas. Allá voy.

Ya se sabe que hay distintos orígenes de estas rentas; pero pensemos específicamente en que puede darse un privilegio hoy y otro mañana, mediante un mecanismo dinámico muy parecido al que funciona en el squash y que tiene que ver con el efecto red. Como el Madrid -digamos- ganaba siempre, los mejores jugadores disponibles querían jugar en ese equipo de fútbol y el equipo así reforzado, efectivamente, ganaba campeonatos y el suficiente dinero como para seguir pagando lo necesario y seguir atrayendo a los mejores jugadores. Pero como es posible que el Barça, tal como acaba de pasar, estamos en lo mismo en relación a este último equipo: el efecto red puede dar origen a una racha de victorias culés. Pero más allá de estas metáforas deportivas, lo que ocurre con el efecto red es que puede llegar a funcionar contra el que primero aprovechó y a favor de otro perseguidor de rentas que llega al mercado con un nuevo producto sutilmente diferenciado.

Aunque les parezca de risa, una vez más tengo que confesar que me he vuelto a desviar de mi objetivo inicial; pero, ya puestos a perder el hilo, déjenme compartir con ustedes mi aparente pulsión intervencionista que traiciona mi presunto derechismo teológico. Me gustaría cambiar el peso de la pelota de squash para hacer menos importante el dominio del centro de la cancha, reducir la longitud de las rachas de tantos y hacer más interesante y saludable este deporte bárbaro. Mis amigos liberales me dirían que lo deje estar y que confíe en el espontaneísmo. Pero es que mi propuesta es muy espontánea y se aplica a un juego que es tan espontáneo o tan poco espontáneo, como el nuevo juego apenas distorsionado que propongo.

En el caso de los castillos, debo confesar que me sorprende que no haya habido nadie que sugiera hacerlos menos inexpugnables. El cambio en el dominio de la situación entre los cristianos de verdad y herejes cátaros, entre éstos y los inquisidores, hubiera sido menos cruento y el resultado en el tiempo probablemente muy similar como media, aunque con menos aceite hirviendo y menos dolor. Yo hubiera propuesto desmochar las estribaciones pirenaicas, una misión un poco más difícil que la de modificar las reglas de squash y, esta vez, muy poco espontánea. O, equivalentemente, hubiera tratado de convencer de mis ideas a romanos y albijenses, humildes creyentes y orgullosos herejes. Aunque bien pensado, esta tarea quizá hubiera sido más difícil que desmochar los pirineos.

En esta vena regeneracionista que hoy parece dominar mi despiste divagador, creo que habría tratado de hacerles comprender los rendimientos crecientes a escala del efecto red y de aconsejar a cada poderoso que se quiere eterno que se deje conquistar cuanto antes porque, en cualquier caso, va a ser conquistado en algún momento, y porque, posiblemente, pueda volver a conquistar esa fuente de rentas. De esta manera, argüiría yo, se evitaría tanto ruido y tanto esfuerzo totalmente desperdiciado en cruzadas cuyos aparentes beneficios sólo son percibidos por los miopes. Por fin he encontrado mi línea. Creo que el juego incruento de desplazar al que hoy disfruta de rentas y el continuo cambio en la personalidad de este poderoso privilegiado exige y, por lo tanto, propicia, unas pequeñas y nada dramáticas innovaciones continuas que son precisamente lo que necesitamos. Es de esto, de verdad, de lo que quería escribir una vez más: de innovación tecnológica. Y esta pequeña idea de sucesivas innovaciones graduales que, cada una por su lado, no son gran cosa no me parece muy desacertada.

Misión cumplida: dicho está lo que quería decir. Pero, justo cuando debería terminar de una vez, me doy cuenta de que, quizá por la intercesión de ese santo que se me ha ido al cielo varias veces, las divagaciones anteriores me han servido para hablar de lo que todo el mundo habla y de lo que, sin embargo, poco nuevo puede decirse. Si releen ustedes lo que hasta aquí he escrito repararán en que, como por milagro, he expresado casi todo de lo que se puede decir sobre opas y tomas de participaciones eléctricas, o sobre la tensión catalana, que no sea repetitivo o peligroso para la presión sanguínea: que no es bueno frenar o desviar la natural persecución de las rentas del vecino. Mejor hablar de castillos cátaros que de Castles in Spain. Bueno, me voy a jugar al paddle; mi corazón no sólo no lo resiste sino que lo agradece. Hasta la próxima.

Disipación de rentas y financiación autonómica

Publicado en Expansión, en octubre de 2005

En relación al polémico asunto de la financiación autonómica voy a insistir en las ventajas que tendría la generalización de un sistema de Concierto, como el vasco o el navarro, centrado en la figura del Cupo y de acuerdo con el cual esas dos comunidades pagan a la Administración Central sólo lo que ésta hace por ellas. Retengamos esta peculiaridad subrayada, que ha permitido capear mal que bien el coste del terrorismo de ETA, y continuemos elucubrando.

Decía yo hace unos meses que éste era un arreglo óptimo imposible. Me parecía óptimo porque estaba basado en el principio liberal de subsidiariedad, porque no era redistributivo, porque, al no confundir lo asignativo con lo compensatorio, conforma un sistema que mantiene el incentivo a maximizar el PIB de la Comunidad correspondiente y porque es compatible con la solidaridad a través del Fondo de Compensación Interterritorial (FCI).

Me parecía, sin embargo, imposible porque pondría en jaque el principio de suficiencia en relación a la Hacienda Central; porque el País Vasco y Navarra tendrían que rehacer el cálculo del Cupo en su contra y porque no todas las CC.AA. estarían dispuestas a cargar con el coste político de recaudar.

Pues bien, para remachar las bondades del sistema de Concierto y para argumentar que las dificultades de su generalización pueden ser vencidas voy a dar un rodeo por la antigua noción de renta, un concepto que no se usa mucho en su sentido técnico. En efecto, en sentido técnico, la renta de un factor de producción es lo que gana ese factor de producción por encima de su coste de oportunidad, es decir por encima de lo que ganaría en su mejor empleo alternativo. Una renta positiva está siempre asociada a la irreproducibilidad del factor de que se trata. En efecto, si el factor del que estamos hablando fuera fácilmente reproducible o, en otras palabras, tuviera muchos sustitutos, no tendría más remedio que aceptar como máxima remuneración alcanzable su coste de oportunidad ya que nadie tendría porqué ofrecerle nada más para asegurarse su servicio.

Ahora bien, esa irreproducibilidad que está en el origen de toda renta, puede estar generada de diversas maneras. Puede deberse a razones más bien naturales (como en el caso de la tierra), a razones de tipo legal (como en el caso de los notarios o de las patentes), y también a razones históricas o consuetudinarias que han hecho que ciertas instituciones (como podrían ser los Conciertos Económicos o la Administración Central con su Hacienda correspondiente) no sean fácilmente sustituibles por otras posibles debido a que, además, están sancionadas por la ley de leyes.

Pero, sea generada la renta de la manera que sea, es también posible y útil imaginar un proceso que nos podría llevar a un mundo que funcionara como si no hubiera rentas. El motor de ese proceso sería la iniciativa privada o la institucional en un entorno con derechos de propiedad bien definidos o competencias claramente delimitadas. Dependiendo de la naturaleza de la renta encontraríamos diversos intentos de apropiarse de ella, en todo o en parte, erosionándola por el camino.

Si pensamos en rentas creadas por la existencia de ciertas instituciones, lo que esperaríamos de la iniciativa institucional sería un intento de sustituir esas instituciones por otras que favorezcan a quien inicia el movimiento erosionador. Cabe pues imaginar, en ese caso y también en los otros, un mundo en el que esto ocurre continua y casi instantáneamente de forma que, en realidad, es como si no hubiera rentas para nadie debido, precisamente, al deseo generalizarlo de apropiárselas.

Ahora es fácil entender el problema político de la financiación autonómica como un proceso de disipación de rentas históricas. Primero, las CC.AA. que se rigen por el sistema de Concierto (con el Cupo como su instrumento central) disfrutan de una renta histórica consistente en que parte del mayor gasto per cápita del que parece que disponen se debe a que no pagan la parte correspondiente del gasto central dedicada a la igualación regional, parte por cierto difícil de cuantificar. No lo pagan porque sólo tienen que pagar lo que la Administración Central hace por ellos, no lo que esa Administración hace por los demás (¿recuerdan?). Pero, independientemente de la discusión que se podría abrir sobre esta peculiariedad, podríamos decir que aquí hay una renta.

Segundo, la Administración Central también disfruta de una renta por sus labores coordinadoras que ejercita, digamos, por razones histórico-constitucionales. En este caso esa renta se puede entender como aquella cantidad de la que tendría que prescindir la Hacienda Central si se generalizara el Cupo, es decir si solo ingresara aquello que necesita para hacer las labores que no pueden hacer las CC.AA. con independencia de la igualación regional.

Tercero, el proceso de emulación desencadenado por la propuesta catalana es un proceso de disipación de rentas ya que, si se pusiera en práctica para todos, lo mismo que si se generalizara el Cupo, se acabaría con la renta del País Vasco y Navarra y, simultáneamente con la de la Administración Central.

Si se acepta el análisis efectuado hasta aquí, cabe ahora diseñar un proyecto concreto y específico cuyas ventajas son fáciles de entender y cuya previsible oposición no me parece imposible de vencer. Este proyecto consta de tres partes:

  • Primera, sáquese de los PGE (Presupuestos Generales del Estado) el gasto correspondiente a igualación regional y pesupuéstese ese gasto como parte del FCI (Fondo de Compensación Interterritorial), un fondo éste que se dedica a algo que ninguna Comunidad Autónoma, foral o de régimen común, se ha negado nunca a considerar como algo que nos sirve a todos.
  • Segunda, generalícese el sistema de Concierto con su Cupo.
  • Tercera, dótese de capacidad normativa plena en materia fiscal a cada Comunidad pues sin ella no hay verdadera autonomía financiera y sin ésta la autonomía política es ilusoria.

Las ventajas de este proyecto son las que ya mencioné en su día y una más. El sistema así creado es compatible en incentivos. Cada Comunidad tiene un incentivo obvio a maximizar su ingreso, su incentivo a ser eficiente en la recaudación es también evidente y la solidaridad se canaliza a través de un FCI significativamente reforzado cuantitativamente que, en cualquier caso, debería utilizarse teniendo en cuenta, además de indicadores de riqueza y de renta, el esfuerzo fiscal de cada Comunidad. La competencia fiscal que surgiría acabaría disminuyendo la presión fiscal, cosa bien agradable y, además, como nuevo argumento me atrevo a pronosticar que acabaría llevándonos a la implantación de una «flat tax» generalizada en todas las figuras impositivas con verdadera capacidad recaudatoria (IRPF, Sociedades e IVA) con mayor prontitud de la que se puede esperar de la Hacienda Central. Esta implantación iría, naturalmente, acompañada de la eliminación de las diversas desgravaciones hoy vigentes y que no son, una vez más, sino rentas enquistadas en el sistema económico.

Respecto a las dificultades para poner en práctica el proyecto, aunque imposibles de ignorar, me parecen salvables. A partir de la propuesta catalana parece que ya no hay miedo a recaudar tal como muestra el acuerdo alcanzado en el País Valenciano y quizá por desatención a las dificultades que el Concierto trae consigo en los malos tiempos. La Administración Central, para ejercer sus competencias propias bien definidas, recibe el mismo dinero que antes con la única diferencia de que una cierta parte de ese total formaría ahora parte de una cuenta separada y con poca discrecionalidad en su manejo.

De esta forma que el problema de suficiencia, si existe, es solo formal refutando así la posible protesta de la Administración Central. Y, en mi optimismo, creo finalmente que el País Vasco no pondría excesivas pegas generales en este preciso momento histórico. Tendría perfecto a protestar si se pretende redefinir el cálculo del Cupo pero yo apostaría a que no lo haría hoy siempre que se den algunas condiciones. Es cierto que el nuevo esquema reduciría su capacidad de gasto per cápita; pero su no aceptación dejaría demasiado al desnudo una aparente inconsistencia nacionalista entre la presunta insolidaridad del País Vasco (expresada en forma de renta diferencial) de la que tanto se le acusa últimamente y su manifestación expresa de no desear la ruptura con España sino una especie de sistema confederal con capacidad de veto mutuo.

Añado, sin embargo, que mi optimismo no se mantendría ante la amenaza, no de generalizar el sistema, sino de eliminarlo o ante la pretensión de romper la bilateralidad en la relación con la Administración Central. Ni creo que la parte no nacionalista de la sociedad vasca estuviera de acuerdo con mi análisis contrariamente a lo que pudiera parecer.