Las TIC y la democracia

Está en juego la democracia?, ¿Qué pintan los medios tradicionales en la conformación de la Opinión Pública?. La democracia representativa tal como la conocemos sí que está en juego. Las TIC nos llevan hacia una democracia directa.

La no ratificación del Tratado por el que se establece una Constitución para Europa en Francia y Holanda muestra bien a las claras el enorme distanciamiento entre el Parlamento y la Opinión Pública. La Asamblea francesa y el Parlamento holandés habrían ratificado dicho tratado con una gran mayoría; pero en el referendum planteado en ambos países el no ha sido claramente mayoritario y con una gran participación.

Las preguntas que se van a hacer al respecto van a ser numerosas y variadas; pero a mí se me ocurre una radical (¿Está en juego la democracia?) y otra no menos importante (¿Qué pintan los medios tradicionales en la conformación de la Opinión Pública?)

A la primera yo contestaría que la democracia representativa tal como la conocemos sí que está en juego. Las TIC nos llevan hacia una democracia directa que, como límite de la democracia representativa, va a hacer más difícil la toma de decisiones importantes y controvertidas, va a hacer imposible el mantenimiento del statu quo y, consecuentemente, va a trivializar el acceso al poder político. De aquí en adelante será la Opinión pública la que vaya a determinar, a través de las posibilidades de contacto que proporcionan estas tecnologías de la comunicación, las decisiones sociales especialmente cuando se trate de asuntos singulares (aunque estén envueltos con otros asuntos menos sobresalientes) y haya espacio para una postura reactiva .

Y esto pone a los medios tradicionales y generalistas en un brete. Vivían y viven del favor del statu quo (con honrosas excepciones cada vez menos numerosas); pero como han resultado ser irrelevantes se les escapará el favor del “stablishment“, irremisiblemente ligado al statu quo, al tiempo que se entroniza a medios, de momento alterativos, como los móviles con sus mensajes en red baratísimos, los blogs y los agregadores de páginas web que van a estar repletos de opinadores críticos. La dispersión será enorme. Pero la velocidad con que esa dispersión se transformará en una corriente imparable en una dirección única es a su vez como la de la luz.

Es interesante elucubrar sobre la reacción previsible de los medios tradicionales y generalistas. Primero no aceptarán la realidad. Luego tratarán de utilizar al propio statu quo para abortar el nacimiento de la nueva forma de configurar la Opinión Pública. Ante la evidencia de que ya es tarde para eso tratarán de utilizarla en su favor en un último intento de que todo cambie para que nada cambie; pero finalmente no tendrán más remedio que reconocer su irrelevancia y la necesidad de repensar cómo seguir manteniendo su capacidad de influencia.

Bloomsbury under attack

Un amigo me llama para decirme que su hermana que vive en Russell Sq., el barrio de Keynes y de los de su círculo, en donde hoy ha explotado un autobús, está bien. Todos llegamos en 6 pasos a cualquier afectado. Todos estamos en red. Y debiéramos conocer su funcionamiento para nuestra propia seguridad.

  • Primero, como ya ha dicho David de Ugarte, el atentado de Londres es distinto de los dos de New York y Madrid. Yo lo repito en mis palabras. Aquellos nos usaban para “suicidarnos” porque moríamos porque transportábamos la bomba que nos iba a matar. Este último nos asesina de una manera más clásica, ataca directamente a nuestro cuerpo.
  • Segundo, aquellos usaban nuestras redes y podrían neutralizarse aleatorizando los nodos de esas redes. Mostraban un conocimiento, por parte de los terroristas, del funcionamiento de nuestras redes. Este último atentado de Londres muestra un conocimiento de cómo utilizar sus propias redes para matar directamente y aleatorizar nuestras redes no es remedio. No bastaría porque ellos seguirán usando algunas propiedades eficaces de esas redes suyas para organizar el asesinato directo, clásico.
  • Tercero, ni en Madrid ni en Londres hacen falta suicidas.
  • Cuarto, aunque no sepamos encontrar una forma de neutralización, si lo de Londres es como parece, cabe una reflexión que puede ayudar en la búsqueda de esa neutralización que nos gustaría encontrar. La reflexión empieza por tener en cuenta las ideas de Toni Calvó a las que hace referencia David de Ugarte y elaborar desde ellas. Lo interesante es eliminar el cluster que minimiza su poder de coordinación y muchas veces este no es el obvio, el que acumula mayor número de conexiones.
  • Quinto, sabiendo esto, miremos a este problema desde otro punto de vista, el de la forma potencial que suelen tener los elementos de una red: muchos nodos están muy relacionados y muchos otros, aunque menos en número, están poco relacionados, pero forman una ristra que puede ser muy larga. La interpretación en términos de marketing es que las grandes campañas de las empresas poderosas se hacen de golpe con la gran masa muy conectada; pero que las pequeñas empresas pueden sobrevivir si se dirigen a la larga ristra de nodos que se comunican uno a uno, boca a boca, diríamos. En términos de redes terroristas lo que hay que intentar hacer es cojer al primero de esa ristra pues muy posiblemente uno de la ristra que sigue será necesario para organizar el atentado.
  • Sexto, la consecuencia es obvia. No busquemos en las concentraciones de grupos sospechosos; busquemos en los individuos solitarios sin contactos aparentes. Seguramente no tienen muchos; pero es probable que el que tenga sea crucial, bien directamente, bien al final de una larga cadena.

No es mucho; pero es mi aportación humilde a la seguridad de las hermanas de mis amigos y a la seguridad de mis hermanas y mis hijas. O de mis hijos o de mis desconocidos hermanos. O de Bloomsbury entero.

Identidades ambiguas y silencio

Por un lado me llama la atención los remilgos que algunos homosexuales oponen al matrimonio gay, y por otro lado me irrita la crítica de los conmiserativos heterosexuales que dicen que los pobres llegan tarde al matrimonio pues ya nadie se casa. Los homosexuales remilgados me recuerdan a los “gentlemen farmers” ya sean anglo-irlandeses o carlistas vasco-españoles. Ambos tipos de aristócratas rurales exhiben una especie de señoritismo parecido al de un supersensible homosexual que sea, por ejemplo, responsable de un teatro de ópera exclusivo centroeuropeo.

Ser anglo-irlandés es un lujo identitario. Se trata de ciudadanos irlandeses de origen inglés que son ricos como cresos, propietarios de magníficas mansiones campestres e integrados en la magia del mundo celta y que, aunque no forman parte del independentismo irlandés, entienden la genialidad irlandesa y respetan el gaélico, cosas todas éstas que les permiten sentirse por encima de esa clase media inglesa que zampa fish-and-chips y raciona, en su digna pobreza, el agua de la ducha. No muy distintos de los carlistas vasco-españoles, los únicos aristócratas (dicen ellos) en un país rural y bastante igualitario. Son más vascos que nadie, no repudian el uso del euskera y hasta entienden al nacionalista más radical hasta el punto de que, como en el caso de Telesforo Monzón, noble vergarés de kaiku y maquila, pueden acabar siendo un icono de la radicalidad sin que les sea exigido renunciar a una españolidad genuina que les hace mucho más señores que los flacos hidalgos castellanos.

Un gay aceptado y admirado dentro de un pequeño reducto en el mundo de los ricos que hasta ayer no querían ver a los homosexuales, ha encontrado hace tiempo su sitio. Como el anglo-irlandés o el vasco-español es más sensible que los otros que pertenecen a su primer aspecto identitario, el homosexual tosco y vergonzante del mundo de ayer, pero, a la vez, cosechan éxitos importantes en el mundo hetero de su segunda identidad como excitadores de la sensibilidad de algunos “precios@s ridícul@s“. Y, como en los otros dos ejemplos, no es difícil entender que se encuentren cómodos en su doble identidad. Así uno puede jugar al ajedrez consigo mismo; pero me supongo que, cuando se trata de la misma partida repetida hasta la saciedad con los mismos enroques e idénticas aperturas rutinarias, la brillantez del juego puede acabar resultando tediosa.

Me cuentan que uno de estos homosexuales exquisitos dice con desparpajo que “hay que volver al armario ahora que está holgado“. Es quizá la actitud de los pioneros del orgullo gay ya integrados. La misma actitud de quien dice que, ahora que los irlandeses son ricos, hay que presentarse como inglés o como quien, ante la vulgarización de lo vasco, quiere hacer valer su señorío español. Es una actitud que me resulta antipática como la de aquellos que siguiendo la estela de Cela se preguntan, fingiendo extrañeza, cómo es posible que hoy en día que nadie se casa, un homosexual desee hacerlo.

Me resulta antipática porque me recuerda a quienes dicen no entender que alguien hecho a sí mismo quiera comprarse un coche de gama alta mostrando así su insensibilidad por el medio ambiente o que ese mismo rico solo reciente quiera navegar en su yate cuando, ante la amenaza del melanoma, el moreno ya no se lleva. Como la actitud de aquella aristócrata que ordenó que echaran de comer a los periodistas que querían ser recibidos, la de los homosexuales “de toda la vida” me parece una muestra del desprecio cobarde que a menudo se siente frente a lo que nos recuerda lo que somos.

Comprendo el orgullo de pertenecer a una minoría así como el horror de ser un ejemplar “repe” dentro de un grupo numeroso. Pero para ser único no hace falta tratar de humillar a quienes quieren ser reconocidos como ungidos por la identidad del grupo, sean éstos irlandeses, vascos u homosexuales, poco finos. Basta con callarse.