Blogs, Intelectuales y Rentas

Internet es la competencia en estado puro y la competencia de verdad disipa todas las rentas a través del intento que todos llevamos a cabo de quitar al prójimo la suya. Todos, intelectuales o no, ganaremos en ese capitalismo que anuncia Internet nuestro coste de oportunidad.

La idea técnica de renta es para los economistas un concepto que no por tradicional deja de ser central. Un factor de producción, digamos mi huerto de naranjos, obtiene una renta cuando se hace con un beneficio extraordinario por encima de su coste de oportunidad, es decir por encima de lo que obtendría en su mejor empleo alternativo. La renta que obtengo de mis anegadas es la diferencia entre lo que me pagan por las naranjas de mi huerto y lo que me pagarían por el uso del terreno para poner una pista de karts, el único uso alternativo posible, supongamos. Como el beneficio de esa atracción no es muy grande el beneficio que obtengo hoy de mi huerto es casi todo renta. Naturalmente esa renta sería nula si hubiera muchos huertos como el mío, bien localizados y bien regados desde tiempo inmemorial. Luego la renta surge cuando hay alguna escasez, natural como en el caso de la tierra, o artificial como cuando una patente concede un monopolio temporal, o incluso consuetudinaria como el pago que recibe en España la Iglesia Católica más allá de lo que le otorgaría el vigente Concordato.

Todo esto me vino a la cabeza leyendo en El País del pasado miércoles 11 de mayo los extractos del discurso que pronunció el historiador Santos Juliá en el acto de entrega de los premios Ortega y Gasset de periodismo. Para tratar de caracterizar al intelectual de hoy comenzaba por recordar que, en su día, el intelectual era un redactor de panfletos como Voltaire quien escribía, hacía imprimir y distribuía sus diatribas ilustradas. Continuaba, por supuesto, con el Zola del famoso J’accuse en el periódico L’Aurore a propósito del affaire Dreyfus: el origen inmediato del intelectual a la Sartre que utiliza los medios de comunicación para fustigar, conducir, profetizar, o moralizar. Terminaba definiendo el intelectual de ahora mismo como un opinador crítico que escribe periódicamente en los medios en papel como en su día hacía Ortega.

Yo me pregunto quien es un intelectual en un mundo donde florecen los blogs y si todo blogger es un intelectual en el sentido orteguiano mencionado. Pero antes quiero meditar si todos los intelectuales, de Voltaire a Umbral, se apropian de una renta en sentido estricto. Voltaire el fustigador me queda lejos y no se si utilizaba su «escasez» cultivada como origen de sus rentas o si sus panfletos eran una manera de conservar su renta como asesor aúlico sin tener que vivir de lo que escribía para la Enciclopedia y que sería propiamente su coste de oportunidad. Sospecho que Zola sí que empezó a ganar como removedor de conciencias más que lo que le dejaban sus escritos de ficción.

Muy probablemente Ortega obtenía una renta sustancial de su pastoreo intelectual en El Sol, aunque como empresario cultural seguramente su coste de oportunidad no era bajo. No se cual es el coste de oportunidad de un columnista reputado específico, o de un gran comunicador o tertuliano determinados; pero sí puedo pensar en nombres que corresponden a estas categorías e imaginarme que su coste de oportunidad es bajo y sus rentas enormes. El opinador crítico al que se refiere Santos Juliá como el intelectual del momento no es, sin embargo, «escaso» y me atrevo a sugerir que su renta es muy pequeña porque hay muchos como él para cualquier tema que queramos imaginar.

Pues bien, si ahora pensamos con el magnate de prensa superconservadora Murdoch, que el periódico diario en papel está viendo sus últimos días y que el futuro está en los blogs, cabe preguntarnos cómo será el intelectual de mañana. Me parece que hay que partir de que todo blogger es un intelectual pues es, sin duda, un opinador crítico; pero ¿qué tienen de común los bloggers? Pienso que en un futuro inmediato el conjunto de bloggers va a exhibir dos características cruciales para la comprensión del intelectual y de los medios.

La primera de estas características es que, con mayor razón que en el caso de nuestros columnistas en papel de hoy, los bloggers van a ser muchos y, además, sustituibles entre sí. En consecuencia su renta potencial se disipa totalmente: ninguno ganará más que su coste de oportunidad. Quizá porque bloggear es lo único que sabe hacer o quizá porque nadie le pagará nada por encima de ese coste de oportunidad ya que hay muchos como él. Vamos, en efecto, a un mundo en el que casi todos seremos sustituibles, cosa que no es de extrañar si los intelectuales, como opinadores críticos, lo van a ser.

La segunda característica a mencionar es que, a pesar de lo que acabo de decir, el conjunto de bloggers será muy diverso. Habrá tantos que nos encontraremos con que serán simultáneamente ciertas tanto la sustituibilidad entre ellos (por ejemplo entre los que comentan la actualidad internacional) como su complementariedad (por ejemplo entre los comentaristas que acabo de mencionar y los divagadores sobre el milticulturalismo). Como sustituibles, y salvo el caso de gurús que atraerán mucha publicidad a sus web logs, no se apropiarán de rentas positivas; pero como complementarios varios bloggers pueden constituir un equipo de enorme productividad que, una vez más y salvo excepciones, solo conseguirá apropiarse de su coste de oportunidad como tal equipo. Es decir lo que les pagarán como animadores de un programa esperpéntico de una televisión local (es un decir).

Dejémonos ahora de intelectuales o bloggers y generalicemos. El mundo mañana será así. Internet es la competencia en estado puro y la competencia de verdad disipa todas las rentas a través del intento que todos llevamos a cabo de quitar al prójimo la suya. Todos, intelectuales o no, ganaremos en ese capitalismo que anuncia Internet nuestro coste de oportunidad. O.K. Yo me apunto. ¿Y tu?

Statu Quo, TIC, Desarrollo y otras cosas

Publicado en Expansión, martes 3 de mayo de 2005

Este es un artículo de política-ficción fácilmente traducible en términos de economía-ficción y que, además, puede leerse en clave de empresa ficción o ciencia-ficción. La parte de ficción tiene que ver con la influencia de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) en la firmeza del statu quo propio de cada uno de los campos discursivos mencionados.

En general podríamos decir que el statu quo es una situación de la que no se sale de manera suave y natural. En el ámbito político-económico, al que me gustaría referirme específicamente hasta casi el final, el statu quo sería una situación políticamente privilegiada para salir de la cual se exige, por parte de quién se beneficie de ella por ocupación, unas mayorías cualificadas o circunstancias muy especiales (como las que concurrían al final del franquismo o del régimen soviético) o incluso la guerra cuando, a pesar de esas circunstancias, y con razón o sin ella, parece resultar necesaria como último recurso.

En mi opinión, este carácter inexpugnable del statu quo político va a cambiar a medida que las TIC desplieguen todo su potencial en este campo. Habría muchas maneras de abordar la cuestión de la influencia política de las TIC y una de ellas, quizá la de un interés más actual, sería preguntarse por su influencia en la configuración instantánea de una opinión pública que se expresa mediante manifestaciones convocadas a través de mensajes SMS, tal como ha ocurrido en Ucrania, Líbano, Kirzikistan y puede empezar a ocurrir en Bielorrusia con el apoyo de los EE.UU. Sin embargo ahora me gustaría aplicar esta propiedad de las TIC a un problema más concreto dentro del ámbito político-económico, el que relaciona el Desarrollo Económico y las TIC a través de la influencia de éstas en los sistemas electorales, dejando para el final un comentario breve sobre otros ámbitos como el científico o el empresarial.

Aunque mi finalidad última es concluir algo sobre el carácter, inexpugnable o no, del statu quo, comenzaré por exponer brevemente la influencia de los sistemas electorales en el desarrollo, para pasar luego a especular sobre el impacto de las TIC en los sistemas electorales. Pensemos primero en el sistema mayoritario. Los efectos de este sistema están perfectamente resaltados por el casos del Chile de Allende en los 70 y el más reciente de Caldera en Venezuela. En ambos casos el sistema mayoritario generó, a través de los extremismos político-económicos y sociales que propicia, una reacción que acabó generando un golpe de Estado, que triunfó en Chile con Pinochet, o un cambio dudosamente democrático en el caso de Chávez en Venezuela.

Se ha subrayado que en ambos casos el sistema electoral es posiblemente parte de la explicación porque un sistema electoral mayoritario, según el cual el partido más votado se lleva todos los representantes de cada circunscripción, el Parlamento acaba teniendo muy pocos grupos parlamentarios. Esto propicia el extremismo mencionado que permitió a Allende organizar lo que era muy cercano a una revolución desde el Parlamento y permitió más tarde a Pinochet permanecer en el poder con una apariencia democrática.

Es decir el sistema mayoritario privilegia el statu quo dificultando su asalto, incentiva consecuentemente el deseo de configurarse como tal por parte de cualquier grupo y, al mismo tiempo y por razones estrictamente análogas, facilita la adopción de esas reformas necesarias para el despegue que suelen ser difíciles de tragar. Los sistemas electorales proporcionales tienen justamente las características contrarias. En sus Parlamentos están representados muchos grupos pequeños, una fragmentación que se debe, claro está, a que cada jurisdicción lleva al Parlamento un número de representantes proporcional a los votos conseguidos en esa jurisdicción con más o menos retoques. En estas condiciones no hay más remedio que gobernar o en coalición o propiciando el consenso. Pero esto hace muy difícil adoptar las reformas necesarias para el despegue, pues para ello habría que constituir un nuevo status quo lo que es, por definición, una tarea ardua en ese sistema electoral. Sin embargo, y por eso mismo, tiene la ventaja de eliminar extremismos que, a su vez, pudieran incubar golpes de estado cuyo mero peligro inhibiría la necesaria inversión extranjera.

El dilema que se plantea respecto al sistema electoral y el desarrollo es, por lo tanto, muy claro. El sistema mayoritario facilita la adopción de medidas difíciles, aunque necesarias, para el despegue pero puede generar enfrentamientos peligrosos para capturar el status quo, lo que inhibe la inversión extranjera. El sistema proporcional tiene las virtudes opuestas: al propiciar consensos atrae inversión extranjera, pero dificulta la adopción de medidas drásticas por no contar con un statu quo fuerte.

Pasemos ahora a analizar el efecto que las TIC pueden llegar a tener sobre las posibilidades de reforzar o debilitar el statu quo y, en consecuencia, sobre el desarrollo.

Aunque las nuevas tecnologías digitales son en principio neutrales respecto a los sistemas electorales, parece evidente que acabarán empujando a las decisiones legislativas hacia la democracia directa. Ahora bien, la democracia directa es, en cierto sentido, como el límite del sistema proporcional, por lo que hemos de pensar que nuestros sistemas de toma de decisiones colectivas acabarán reflejando consensos varios y coaliciones variables según los temas tratados. Ello hará muy poco fiables las predicciones electorales -cosa que ya se empieza a observar- y debilitará el statu quo.

Ahora bien está última característica nos lleva a pensar que no es muy probable que observemos movimientos serios y profundos para mantener el poder por parte de quién ya lo tienen ni tampoco un empuje especial por parte de aquellos que creen saber que en el futuro no será muy difícil alcanzarlo. Sin embargo, para ser más precisos respecto a la probabilidad de observar intentos de ataque al statu quo, deberíamos saber si merece la pena tratar de conservarlo o de acceder a él.

Merecerá la pena siempre que ello lleve consigo la captura del regulador, y/o del Estado, propia del capitalismo de amigotes y que permite obtener beneficios extraordinarios o, si se quiere hablar con propiedad, rentas debidas a la situación de poder. Ahora bien las TIC dificultan la obtención de estas rentas debido a que se suelen obtener mediante el ejercicio de políticas económicas -regladas- y de regulaciones favorables, basadas en argumentos fácilmente denunciables mediante el conocimiento transparente que permiten las TIC y la consiguiente formación instantánea de una opinión pública.

Una vez eliminadas las posibilidades de captura, los incentivos de los amigotes a enrocarse en el status quo no existen y el status quo deja de ser una situación privilegiada. En consecuencia la inversión extranjera tendrá menos miedo a acudir al país de que se trate y las medidas drásticas podrán paradójicamente tomarse una a una mediante coaliciones fluidas sin demasiada dificultad. El peligro de no tener la energía suficiente para imponer, desde un poder débil, los cambios drásticos necesarios ya no se sostiene , ni aparece como tal peligro, debido a que es de esperar que una mayoría se inclinara ahora por adoptarlos.

Esta afirmación en efecto es coherente con el argumento elaborado hasta aquí. Si antes había resistencia a adoptar las medidas necesarias y convenientes era precisamente porque los beneficios irían con toda seguridad a los amigotes que ocupaban el statu quo y que habían capturado el propio Estado. Pero como justamente las TIC han colaborado a eliminar esta posibilidad, el acercamiento hacia la democracia directa permitirá que los beneficios puedan tocar también a aquel que nunca estuvo en los círculos del poder.

Quede para el lector la aplicación detallada de las ideas anteriores al mundo de la empresa o al mundo de la ciencia, por recoger los dos mundos mencionados en el párrafo introductorio. Mis predicciones respectivas serían que hemos de esperar una mayor rotación de las empresas con una menor vida media de cada una de ellas así como una mayor duración de las ideas en la memoria colectiva de forma que no acabarán necesariamente en el cubo de la basura, a pesar de no corresponder a la moda o no resultar de una actitud gregaria.

O sea, que las TIC nos ofrecen a veces la exaltación de la novedad propia de la cigarra y, a veces, nos permiten no dilapidar las viejas ocurrencias y atesorarlas como haría una hormiga previsora o una urraca compulsiva.