Por qué no invertimos en Africa

Publicado en Expansión , el 5 de abril de 2005

La pobreza es la piedra de choque de un capitalismo que no ha conseguido erradicarla a pesar de haber mostrado su capacidad para generar riqueza. La pobreza, además de un escándalo en sí misma, refuerza el escepticismo de los que están convencidos de las virtudes del sistema de mercado libre. Es en este contexto en el que se ubica la consideración de la situación de Africa Subsahariana. No sólo se muere físicamente por enfermedades como la malaria o el sida. También muere económicamente con tasas de crecimiento negativas en los últimos años.

Es, por tanto, razonable que, desde hace años, el Banco Mundial (BM) haya colocado la erradicación de la pobreza entre sus prioridades y que, ahora que toca renovar su presidencia, nos preguntemos cuáles podrían ser las medidas a adoptar y cuál de los candidatos destapados hubiera sido el más idóneo para llevarlas a buen término, a pesar, de que, desde la semana pasada, el nombramiento de Paul Wolfowitz es ya un hecho.

Fijémonos en las prescripciones que se efectúan de acuerdo con las más modernas teorías de desarrollo económico. Lo que hace falta básicamente, es como diría Fukuyama y explica concienzudamente Martin Wolf, construir el Estado, es decir, eliminar la corrupción y establecer la ley (comenzando por la protección de los derechos de propiedad) y el orden (eliminando las guerras civiles y las matanzas tribales). Sólo así es concebible que empiece a fluir la inversión extranjera y que la participación local, sin la cual, en mi opinión, no hay esperanza, pueda empezar a brotar.

Creación de riqueza

Cuando se elige a Wolfowitz como sucesor de Wolfenshon, tenemos derecho a imaginar que es su experiencia en la guerra preventiva la que le avala, al trasmutar ese tipo de guerra en una especie de derecho de injerencia para la construcción del Estado con independencia de la población local que no sabría lo que quiere o sería incapaz de llevar a la práctica los cambios necesarios para que prenda la llama del capitalismo.
Creación de riqueza

Sin embargo, la capacidad del capitalismo para crear riqueza sin dejarse atrás a nadie puede ser puesta en duda, y no al estilo del movimiento antiglobalización, que parece condenar sin paliativos al capitalismo actual sin acabar de diseñar un mundo alternativo, ni apelando a la participación local; sino de una manera mucho más profesional, si no ortodoxa. Se trata, desde luego, de una cuestión de incentivos que nos llevan a invertir en los países desarrollados y no en los pobres. ¿Por qué no invertimos en Africa?.

Contamos con una primera respuesta a tono con los tiempos y que consiste en afirmar que en los países africanos pobres no hay Estado que garantice el cumplimiento de la ley y que la mano de obra que no está enferma no está suficientemente educada. Pero cuando uno recuerda que la «frontera» de la colonización americana no era precisamente el patio central del Trinity College de Cambridge; que el canal de Panamá se construyó en un paraíso para mosquitos portadores de «dengue»; o que las aguas cercanas a las obras del canal de Suez estaban probablemente infestadas de cocodrilos, uno no tiene más remedio que aceptar que la razón de la falta de inversiones en Africa quizá debería buscarse en otros lares. Debe ser que hay disponibles otras inversiones que, una vez tenidas en cuenta la prima riesgo, son más atractivas que las africanas para cualquier inversor racional.

Pero una respuesta racional de este estilo debe contrastarse con ideas básicas, antiguas y, en mi opinión, sabias aunque con un regusto hoy heterodoxo. En efecto, las ideas keysianas de los años 60 nos intentaron hacer ver a quienes, un poco más tarde, elaborábamos nuestras tesis doctorales que, por muy alto que fuera el coste de un proyecto de inversión real (en infraestructuras, por ejemplo) y por alta que fuera la prima de riesgo, siempre había un interés a largo plazo suficientemente pequeño y un grado de paciencia lo suficientemente grande como para que mereciera la pena abordar estos proyectos que generan beneficios durante largos periodos de tiempo y que podrían sostener el pleno empleo a no ser que existiese algo como la trampa de la liquidez.

Si en lugar de pleno empleo decimos erradicación de la pobreza en Africa y, en lugar de considerar la trampa de la liquidez como mero deseo de atesorar efectivo en cantidades infinitas para un tipo de interés bajo, la contemplamos como un deseo de concentrar totalmente la colocación de nuestro ahorro en el sector financiero o en el sector inmobiliario, nos encontramos con una posible contestación a nuestro interrogante sobre la inexistencia de oportunidades de inversión en Africa.

De acuerdo con estas ideas, podríamos pensar que esos proyectos duraderos no existen o que la prima de riesgo y la impaciencia son enormes. Ya he dicho, sin embargo, que no creo en el argumento de la prima de riesgo. Añado ahora que proyectos de las características adecuadas sí que están hoy disponibles en ámbitos muy variados y perfectamente al alcance de las grandes empresas constructoras, especialmente si el BM, bajo el eventual liderazgo empresarial ya descartado, de alguien como Carly Fiorina (hasta hace poco, «chairwoman» de Hewelt Packard) pusiera algo de su parte. Podría, en efecto, suavizar las condiciones financieras asegurando y/o reasegurando contingencias de todo tipo a través de diversos mecanismos, diseñados precisamente por el sector financiero, y a favor de bancos de inversión que hoy confrontan tipos de interés a largo que no son altos y se están reduciendo.

Limitaciones del capitalismo

Luego la pregunta sigue viva: ¿por qué no invertimos en Africa? Mi respuesta es que el capitalismo de hoy no puede hacerse cargo espontáneamente del desarrollo de Africa porque, en primer lugar, el inmobiliario se revalúa más rápidamente que nunca, y porque, en segundo lugar, hay una enorme trampa de la liquidez flotante hacia inversiones reales significativas, reteniéndola en activos financieros complejos.

Dejando para otra ocasión el análisis de la impaciencia y el inmobiliario, creo que lo relevante hoy es que estamos asistiendo a una efervescencia financiera que genera una proliferación desbocada de productos que aparentemente novedosos que, a pesar que sólo recombinan otros ya conocidos, se venden a franjas de la población sin gran preparación financiera, y a menudo, consiguen el apoyo de gestores poco formados que los recomiendan siguiendo un comportamiento gregario.

Mientras subsista la esperanza irracional de que estos productos nos pueden hacer inmediatamente ricos, nadie estará dispuesto a intervenir en sociedades organizadas expresamente para la construcción de obras hidráulicas en el río Congo, por decir algo.

Si mi diagnosis es correcta, Ernesto Zedillo (ex presidente de México) debería haber sido el nuevo presidente del BM. Dada su experiencia con problemas de finanzas internacionales, estaría en una inmejorable situación para pactar con el Foro en una estrategia encaminada a convencer a las instituciones financieras de que su supervivencia a largo plazo pasa por su aportación al cálculo y a la gestión de los riesgos inherentes a los grandes proyectos reales. Estas instituciones financieras pueden repartir riesgos entre muchos pequeños ahorradores de países ricos y, lo que es más importante, podrían generar instrumentos sencillos a muy largo plazo, derivados de esas inversiones reales y que sirvan para aliviar problemas, como, por ejemplo, el de las pensiones que no se van a solucionar con la simple proliferación opaca de instrumentos financieros sólo aparentemente sofisticados.

A falta de algún arreglo de este estilo, Africa no despegará y morirá económica y físicamente mostrando, por ese mismo hecho, que el capitalismo no es todavía lo que algunos creemos que puede llegar a ser.