De Planes y Archivos

Publicado en Actualidad Económica en enero de 2005

Frente a la tragedia del Indico todo empalidece en este fin de año denso en acontecimientos. Sin embargo el llamado Plan Ibarreche y el dictamen de los expertos en el asunto del Archivo de Salamanca han levantado una oleada de comentarios que más parecería que el maremoto ha ocurrido aquí.

El Plan se lleva la palma del rechazo y excita la emulación en la grandilocuencia condenatoria. El asunto del Archivo ha excitado la dignidad de la ciudad que hoy lo cobija y su alcalde ha decidido rodearlo de una valla protectora. El Plan no tiene ninguna posibilidad de salir adelante en el Congreso y la convocatoria de un referéndum o su resultado son jurídicamente irrelevantes. El rotundo rechazo del mismo no se explica por una amenaza real de secesión; sino por el simbólico acto soberano que empezó a escenificarse en Vitoria la víspera de fin de año. El Archivo acabará en Barcelona porque así lo decidirá el Gobierno; pero la defensa numantina de su sede actual tiene algo de «no nos moverán» simbólico que no deja de aparecer como soberanía en ejercicio.

Debería ser la política la encargada de zanjar problemas simbólicos de este estilo; pero la política se va haciendo mayor y perdiendo empuje en el complejo mundo de hoy. Según Fareed Zakaria (El Futuro de la Libertad, Taurus, Madrid, 2003) la complejidad en la que hoy vivimos hace que nos falte libertad económica; pero nos sobre libertad política. Según este editor del Newsweek, tenemos demasiada democracia puesto que hay asuntos que no pueden ser dilucidados en un Parlamento y que tendrían que tratarse por comisiones de hombres sabios por encima de la política. El ejemplo del Archivo de Salamanca muestra que esta necesidad de reducción del ámbito de la política democrática no parece ser entendida por todo el mundo.

La vieja política debe salir de su exilio y volver a ocupar el centro de la escena. La apelación a los expertos es el instrumento de quienes sueñan que hay soluciones definitivas que se impondrían solas con solo anunciarlas. La política por su parte sabe que nunca alcanzará una solución definitiva en nada; pero que quizá encuentre un arreglo para seguir juntos y no a la greña. Ni los vascos y catalanes nacionalistas van a renunciar para siempre a lo que desean obtener, ni los demás se van a dejar arrastrar irremisiblemente hacia donde no quieren ir. Por lo tanto, no hay más remedio que hacer política continuamente sin que quepa la imposición inmediata y definitiva de cualquier solución por muy avalada que esté por la ciencia política más distinguida.

España 2005

Juan Urrutia hace balance de la situación de España ante la entrada del año y analiza las que habrían de ser prioridades políticas, económicas y sociales para que este país dejara de una vez por todas de ser un país seguidista para convertirse en un verdadero líder.

Nada muy importante va a ocurrir en España en materia macroeconómica en el 2005. Los pequeños desequilibrios que se airean no parecen preocupantes. La predicción del crecimiento varía sólo en unas pocas décimas arriba o abajo dependiendo del precio del petróleo y del tipo de cambio del euro. En consecuencia no parece que el equilibrio presupuestario esté en peligro ni que la formación bruta de capital vaya a ralentizarse por un problema de crowding-out o por una mayor prima de riesgo-país (más bien al contrario).

Como la izquierda moderada ha hecho suyas algunas buenas reglas de gestión macroeconómica, lo que hemos de esperar es que la fuerza de las cosas nos obligará a trabajar más y mejor de forma que podemos lograr un aumento de productividad que permita una moderada subida de salarios. La creación de empleo continuará a un ritmo apenas menor que el actual y el diferencial de inflación con la zona euro se mantendrá constante. Y aunque continuarán los globos sonda sobre una posible reforma fiscal, la introducción del IRPF de tipo único no se hará efectiva el próximo año. En un ambiente macroeconómico así, la confrontación partidista y la política en general transitarán por caminos que hace tiempo no se visitaban y que son mucho más propicios para la bronca acalorada que los mucho más técnicos y fríos que suelen recorrer las cuestiones económicas.

Y este retorno a la política será bronco porque, además, la atención no tendrá el aliviadero de cuestiones geopolíticas que este año en el que entramos se tomarán un respiro. China y Japón seguirán financiando el exceso de consumo estadounidense y su déficit público producido por una defectuosa política fiscal de la administración Bush. Esto acabará siendo insostenible, pero nada ocurrirá durante el 2005 más allá de conversaciones de tanteo sobre la realineación de monedas. El euro seguirá fuerte dificultando la reactivación en Europa; pero el BCE no bajará tipos mientras el PEC siga estando en un limbo en el que permanecerá de momento.

Ante este panorama internacional cabe predecir que en el 2005 España sufrirá una confrontación política seria dado el juego de mayorías y minorías que surgió del 14 de Marzo. Zapatero tiene que afianzarse aún más en su partido (lo que es más fácil desde el poder), procurará sembrar la discordia en las filas del PP, cultivará la amistad de partidos periféricos más o menos nacionalistas, cerrará algunos frentes innecesariamente abiertos y evitará políticas alocadas que intranquilicen al mundo del dinero.

El PP por su parte no se puede permitir cejar en su empeño de relativizar el resultado electoral del 2004 e insistirá en que su vuelta al poder puede estar cercana a fin de mantener el entusiasmo de su base electoral. Los intereses de ambos partidos mayoritarios les llevan a una confrontación crispada y montaraz que se centrará sobretodo en asuntos que, al ser de una naturaleza poco cuantificable, llegan antes al corazón que a la cabeza, dejando de lado, por lo tanto, aquellos otros que, como la deslocalización, la supervisión financiera o el medio ambiente, aunque importantes no son utilizables para la confrontación partidista.

Los temas que coparán las portadas de los periódicos españoles en el 2005, los que están subrayados en rojo en las agendas de los contendientes políticos son otros muy distintos a los que me voy a referir ahora distinguiendo los que requieren retoques constitucionales de otros que no los exigen.

Entre aquellos asuntos de importancia que nada tienen que ver con la reforma constitucional destacan los relacionados con asuntos exteriores y con el bloque general de libertades civiles. Quizá por exigencias de la más importante de sus promesas electorales, la relativa a la retirada de las tropas de Irak, Zapatero es el primer presidente de Gobierno que comienza por preocuparse por la política internacional en lugar de dejarse atrapar por ella al final de su carrera. Además de la retirada fulminante de las tropas, durante los tres primeros trimestres de su mandato ha retomado la relación tradicional con Francia y Alemania, ha enfriado las relaciones con Marruecos, ha cambiado el paso en el problema de Gibraltar y está procurando recomponer el contacto fluido con EEUU averiado por algunas ingenuidades no necesariamente inocentes. El atrevimiento de su iniciativa sobre la Alianza de Civilizaciones descubre un político cuyo interés por los asuntos internacionales no es sólo cuyuntural y que posee una ambición personal de la que habría que tomar nota.

En el bloque general de libertades civiles, y dejando aparte el inevitable problema de la inmigración respecto al cual parece existir por primera vez una política clara, lo más llamativo es una serie de proyectos que van desde la simplificación del divorcio a la facilitación del aborto, pasando por el matrimonio homosexual con posibilidad de adopción y por la ley ya vigente sobre violencia de género. Creo entender que en estos temas no hay marcha atrás porque cuentan con el apoyo de los partidos minoritarios y porque fidelizan una parte importante del electorado, mientras que se olvidan fácilmente de la otra parte que se escandaliza genéricamente pero luego no siente que se desploma el cielo.

Y no hay marcha atrás a pesar de la oposición frontal de la Iglesia Católica que se siente perseguida; pero con la que hay espacio para la negociación en base a materias como la educación, la financiación y la eutanasia, un tema éste que, al no formar parte del programa del PSOE, parecería que ha sido introducido por la propia Iglesia no solo de manera preventiva, sino también para ampliar la capacidad de negociación.

No son estos asuntos triviales ni mucho menos; pero donde el temporal político va encontrar su tormenta perfecta va a ser en las propuestas de reforma constitucional que tienen que ver con la organización territorial del Estado. Dejo pues de lado la eliminación de la discriminación en la sucesión a la Corona, asunto éste que quizá no debería mezclarse con los demás, y me concentro en la plasmación constitucional de la renovación estatutaria que está ya en marcha en Cataluña y Euskaki, en la correspondiente reforma del Senado y en la mención expresa de las CC.AA existentes denominándolas de una manera que realce o difumine su naturaleza de comunidades nacionales.

En este asunto el PSOE que ya fijó posición en Santillana hace dos años, no puede defraudar a sus apoyos nacionalistas y el PP no puede ceder so pena de ver socavada su base electoral. Es difícil vislumbrar quién puede ser hoy la pareja Guerra-Abril que hace un cuarto de siglo disciplinó la redacción de la Constitución; pero tendrá que emerger. Y mientras tal cosa ocurre el Gobierno no va a tener más remedio que tomarse muy en serio sus relaciones con las CC.AA y especialmente con las gobernadas por partidos nacionalistas. El inicio ritual (aunque no vacío) de los contactos periódicos con los presidentes autonómicos permite concebir esperanzas para la solución de conflictos latentes (como la financiación sanitaria por ejemplo) y esto, junto con la posibilidad ya inaugurada de que esos presidentes acudan a determinadas reuniones de la UE, constituyen dos gestos significativos que apuntan en una dirección específica. Pero si estos amagos se abortan, el culatazo durante el 2005 puede ser importante.

Y es justamente aquí donde yo ubico el centro de esa tormenta perfecta que vamos que tener que capear. No se trata de que la cuestión territorial vaya a distraernos de grandes asuntos macroeconómicos inexistentes, sino de que posiblemente dicha cuestión territorial vaya a desviar la atención general del problema de la productividad a largo plazo, una cuestión serísima que no puede dejar de pasar por la educación en todos sus niveles y por la investigación científica y tecnológica. El Ministerio de Educación y Ciencia tiene ideas, dialoga sectorialmente, se presenta a la opinión pública poco a poco y sin alharacas y va adquiriendo un tono de seriedad apreciable.

Lo que hace falta es que el Gobierno como tal internalice la seriedad del envite y llegue a darse cuenta de que aquí hay espacio para un nuevo pacto de Estado, una vez que han saltado por los aires el de justicia y el antiterrorista. Un pacto sobre material tal es posible porque no tiene grandes implicaciones electorales, porque el encontronazo con la Iglesia puede suavizarse a través de él y porque al ser sus efectos a medio y largo plazo no excita los ánimos de los posibles negociadores. Y España lo necesita. Necesita que se reconforme una comunidad de docentes e investigadores que vuelvan a sentirse parte de un proyecto común. Nada mejor a hacer, en este año 2005 de atonía económica, que poner las bases de una comunidad así que incluya también a aquellas empresas con visión de largo plazo.

Termino diciendo que nada más patriótico hoy que poner en red a toda esta gente del mundo de la inteligencia, trabajen donde trabajen, y pedirles que sean los mejores en el mundo. Son ellos los que a largo plazo van a transformar a España de un país seguidista en un verdadero líder.

Transparencia y Amistad

Ante el riesgo de que mañana ocurra algo desagradable nos asustamos y ante la perspectiva de que el futuro sea realmente incierto y no probabilizable llegamos a angustiarnos. Los fantasmas de la duermevela nos precipitan en el deseo irrealizable de una transparencia absoluta que nos permita probabilizar un universo desconocido y tomar decisiones racionales y presuntamente tranquilizadoras. Este deseo de transparencia que es fácil de reconocer como algo morboso en las relaciones amorosas, no es sólo una ensoñación subjetiva; sino que hoy adquiere el prestigio de lo muy serio en la vida social en general y, muy en particular, en el ámbito empresarial y en la política económica.

Y, sin embargo, dos de las novelas que me han enganchado recientemente comunican sutilmente el encanto del secreto, justo lo opuesto del deseo de tansparencia. Los dos espías mil veces reconvertidos dentro del espacio sin coordenadas de Amigos Absolutos de John Le Carré mantienen, cada uno por su parte, un saco sin fondo de secretos en el que su lealtad mutua les prohíbe hurgar. Las dos almas gemelas de La Sombra del Aire de Carlos Ruiz Zafón, el narrador y el protagonista semivirtual, sólo van desvelando al lector su similitud a medida que el autor, a través del involucrado narrador, va desvelando un secreto de cuya verdad última nunca puede estar seguro ese lector.

Ante esta percepción uno se siente tentado a aventurar la hipótesis de que el secreto es una reacción pudorosa al desnudo integral de la transparencia propia de la sociedad del espectáculo de la misma forma que un cierto nacionalismo es una reacción que materializa el deseo de permanecer en el cálido seno materno, deseo éste propiciado por el miedo a lo desconocido que representa la globalización.

Aunque no he leído el famoso Código Da Vinci de Dan Brown, sé por comentarios de personas cercanas que su trama no está alejada del secretismo y su éxito de ventas permite avalar la sensación de que nuestras pulsiones más hondas transitan por mundos virtuales alternativos al descarnado que habitamos y en los que florecen, parece ser, las lealtades secretas. La última novela de Bernardo Atxaga, El Hijo del Acordeonista, refuerza mi sospecha de que el secreto que comparten los amigos en tantas novelas recientes no es algo casual; sino un signo de los tiempos que no se pueden comprender sin la observación simultánea de la persecución de la transparencia.

Quede este comentario para los semióticos, profesionales o aficionados, y para todo aquel que desee estirarlo en cualquier otra dirección; pero lo que a mí me interesa ahora es resaltar que la amistad sólo es profunda si hay secretos que guardar y que una amistad así sostenida es una alternativa-ventajosa-a la transparencia ensoñada por doquier. Estas dos afirmaciones no son fáciles de justificar y exigen una pequeña elaboración previa sobre los dos conceptos que componen el título de este artículo.

La transparencia deja al descubierto todas las posibilidades de comportamiento oportunista o estratégico y, dicho sea con contundencia, cabrón, de cada uno de nosotros en relación con los demás. Genera necesariamente desconfianza y ésta dificulta el dinamismo económico al incrementar los costes de transacción, si entendemos por tales los costes en los que hay que incurrir para hacer posible el funcionamiento del mercado a pesar de la desconfianza mutua y que incluyen desde la asesoría jurídica en la redacción de contratos hasta el procedimiento judicial requerido para hacerlos cumplir.

Para reducir estos costes de transacción que la transparencia impone se hace necesario reducir el espacio de estrategias disponibles a cada individuo, eliminando algunas de las disponibles previamente, lo que sólo puede ocurrir cuando uno de ellos renuncia a alguna estrategia específica siempre que los otros renuncien también. La esperanza de que algo así llegue a ocurrir radica en la posibilidad de que un individuo proceda como si no supiera que el otro podría ser un hijo de mala madre. Este otro puede que realmente lo sea y que se aproveche de la situación, en cuyo caso no florecerá la amistad, o puede que esté dispuesto a proceder como lo hace su prójimo y hacer como si desconociera la verdadera naturaleza malévola de éste último en cuyo caso sí florecerá la amistad.

En la medida de que, en este último caso, he entregado al otro el arma de mi maldad se puede decir que mi racionalidad no es completa. Sin embargo esto es lo que ocurre muy a menudo en experimentos con el juego del dilema del prisionero, en el que se observa un porcentaje alto de utilización de la estrategia cooperativa aunque esté dominada por la no-cooperativa. En estos casos no del todo racionales, surge lo que llamo amistad pues se parece a la teleia philia de Aristóteles y a la amistad a la que canta Montaigne en el funeral de su amigo La Boeëtie (c’est moi, c’est toi) que subrayan sabiamente que entre amigos se da la justicia sin necesidad de imponerla o que la amistad equivale al reconocimiento mutuo.

Ahora podemos justificar las dos afirmaciones efectuadas con anterioridad.

Primero, en este concepto de amistad que he descrito, los amigos comparten un secreto profundo consistente en esa su verdadera naturaleza que les lleva a ignorar -o a hacer como que ignoran- lo que saben. Cada uno de ellos sabe que el otro es racional y puede actuar oportunísticamente, pero como nunca lo ha hecho, puede permitirse el lujo de aparentar ignorarlo. Pero este secreto nunca se desvela mutuamente y, naturalmente, tampoco a a terceros, lo que permite que cada uno de ellos extienda su amistad, así concebida, en todas direcciones y hacia cualquier individuo, componiendo así una sociedad en la que, en el límite, la amistad existe entre cada par de personas. Ahora se puede cerrar el argumento mostrando que la amistad, así conceptualizada, es una alternativa provechosa a la transparencia. Esta parece ser morbosamente exigida por la necesidad de protección frente a la angustia de la incertidumbre. Pero la amistad protege, precisamente, de esa incertidumbre ya que, en el límite, cada individuo sabría cómo actuaría cada uno de los miembros de esa comunidad de amigos.

Podría argüirse que esta extraña noción no constituye una verdadera alternativa a la transparencia y su angustia ya que cada uno sabe (presuntamente), aunque en secreto, que el otro podría actuar de una manera más oportunista. Sin embargo hay que hacer notar que ese conocimiento (presunto) se debe al tipo de presentación que yo he efectuado en la construcción de mi argumento. En el mundo que pretendo modelar, sin embargo, los amigos sólo saben lo que observan de hecho y, si en ese mundo existe la amistad, sólo habrán observado comportamientos que la sostienen. De ahí que la amistad sí que constituya una verdadera alternativa a la transparencia. Y, además, una alternativa provechosa ya que los costes de transacción serán menores en un mundo así debido precisamente a la confianza mutua que existe entre amigos. La transparencia frena el dinamismo económico a causa de unos excesivos (por reducibles) costes de transacción mientras que la amistad, basada en un cierto secreto, reduce esos costes y dinamiza el funcionamiento del sistema económico.

Ahora bien, si este argumento enredoso aspirase a ser tomado en serio como recomendación social, debería ser complementado con la explicación de su compatibilidad con una verdadera competencia y con la exposición de las condiciones bajo las cuales este bonito juego de la amistad no convierte al capitalismo en un capitalismo de amigotes que cada día aparece como más cercano y amenazador.

Parecería, en primer lugar, que la amistad que se refleja en las novelas citadas y que yo siento como basada en el secreto, da entrada a un sistema de favores económicos que configuran un sistema mafioso que no sería fácil defender como eficiente puesto que favorece discriminadamente a quienes tienen la información adecuada en el momento oportuno y del que, por lo tanto, no podría decirse con generalidad que conduce a una asignación de recursos óptima en sentido paretiano. El peligro de suboptimalidad existe mientras la amistad no se haya generalizado. De ahí que, en este caso, como en muchos otros de la realidad económica, la solución de los problemas no sea la que parece indicar el sentido común. De la misma forma que, frente a los problemas que surgen cuando se organizan mercados libres de nuevo cuño (como, por ejemplo, el mercado eléctrico en California), la solución no es cerrarlos como experimentos fallidos; sino apostar aun más fuerte por la libertad de contratación, frente al peligro de un capitalismo de amigotes la solución está en la generalización de lo que conforma la amistad, no en prohibir la amistad o dificultar su surgimiento mediante la introducción de la sospecha de traición que la transparencia puede acarrear.

Este argumento aparentemente conservador puede completarse, en segundo lugar, con otro, aparentemente cínico. Este segundo argumento consiste, justamente, en que es la lealtad mutua que la amistad supone, incluso si es mafiosa -como era la de los robber barons-, la que ha ido creando una verdadera economía a partir de un conjunto disperso de individuos, un verdadero sistema económico en el que sí cabe la competencia libre como fuerza motora del progreso. Es la mistad como alternativa a la transparencia, la que permite el funcionamiento del mercado al reducir sus costes de transacción y es la libertad la que desata la fuerza creativa de ese mercado.

Termino llamando la atención sobre la literatura como fuente del pensamiento económico. Aunque se trate de literatura no precisamente excelsa a los ojos de los críticos especializados, puede sugerirnos ideas y sentimientos que están en el aire y que reflejan la sensibilidad de los tiempos. Lo que las piezas literarias citadas más arriba me han enseñado es que la racionalidad absoluta puede ser incompatible con la amistad, que ésta puede ser una verdadera alternativa provechosa a la tan cacareada transparencia y que si ésta se llevara al límite podría ser incompatible con el funcionamiento de la economía de mercado. Nada menos.

Epifanía Económica

Publicado en Expansión, lunes 3 de enero de 2005

Les comunicaré un secreto. Nunca he sido capaz de superar la sensación de asombro que me proporcionó el desvelamiento de la verdad en el caso de los Reyes Magos. Ni me desilusioné ni me sentí engañado, me pareció, y me sigue pareciendo, mucho más increíble la conspiración universal para el regalo que la magia de la gratuidad.

Algo muy parecido me ocurre con el crecimiento económico continuo. No lo veo como un milagro, pero me parece difícil de aceptar como posible a no ser que seamos capaces de concebir y de llevar a cabo la tarea titánica de quitarnos de encima las losas con las que nuestra miopía sepulta la fuerza creativa de la innovación. Resulta, como trataré de hacer ver, que esas losas tienen la densidad y la solidez de dos ideas económicas centrales cuyo propio contenido mal interpretado constituye de hecho una rémora para la innovación que podría propiciar ese crecimiento continuo.

Todo economista de genio persigue la derrota de la escasez como todo médico pretende vencer a la enfermedad aunque uno y otro vivan de la escasez y de la enfermedad respectivamente Las ideas sobre crecimiento ya incorporadas a nuestros genes de estudiosos de los sistemas económicos nos obligan a pensar en que lo más que podemos acceder es a una senda en la que hay pleno empleo y en la que el output per capita es constante y el output crece a la misma tasa que la población activa. Para conseguir su output per capita creciente de forma continua es pues necesario que la productividad del trabajo aumente también de manera continua.

Podemos imaginar que esto ocurre mediante un pase mágico que los Reyes Magos nos regalan cada principio de año o podemos intuir el verdadero milagro que consistiría en que, de manera endógena, mayor capital per capita produce un output que utilizado como acompañamiento del trabajo hace de éste un factor de producción cada vez más productivo creando así un circulo virtuoso que no tiene fin. Este crecimiento endógeno puede tener varias fuentes; pero desde los trabajos de Paul Romer, la innovación es la más reputada especialmente cuando se entiende por innovación las tecnologías digitales propias de la que se llamó la nueva economía. Pues bien hay dos arreglos institucionales que apoyan esa innovación y que son necesarios para que surja y se mantenga. Se trata de la propiedad y de la competencia. Veamos su justificación y cómo puede llegar a debilitarse artificialmente su aportación a la innovación creativa.

Comencemos por la propiedad privada. En su ausencia confrontamos un serio problema de incentivos pues trabajaremos menos de lo socialmente óptimo si no podemos apropiarnos del fruto de nuestro trabajo. Se sigue que no tendremos incentivos a crear, o a innovar, a no ser que podamos vender el producto de la innovación a un precio positivo. Pero si el bien que creamos o sobre el que innovamos es un bien digital -como un CD , un DVD o un programa de software- este bien puede ser reproducido a un coste muy cercano a cero; nadie nos pagará por él lo suficiente como para incentivar nuestra creatividad innovadora.

Aunque en la década de los años sesenta no había bienes digitales Arrow entendió el problema incentivador subyacente en toda invención e inició la teoría económica de la propiedad intelectual- de las patentes y de los derechos de autor- sugiriendo que se concediera al creador, de una manera temporal, la propiedad exclusiva de su producto de forma que se conjugaran la difusión con el incentivo a crear. Hoy sin embargo y gracias al trabajo militante de M.Boldrin y D. Levine, sabemos que en ciertas condiciones en absoluto extravagantes el valor descontado presente de las cuasi-rentas generadas por la venta (o quizá por la copia) de un bien digital no protegido por la propiedad intelectual puede ser positivo y, sorprendentemente, mayor cuando menor sea el coste de la copia.

Aprendemos por lo tanto que convendría revisar la regulación existente de la propiedad intelectual que hoy la extiende a ámbitos inusitados y a duración temporales exageradas. Desde 1980, y especialmente desde 1990 se pueden patentar métodos de gestión empresarial- como, por ejemplo, el método de compra de Amazon con one clic, patente nº 5,960,41 de 1999- y el llamado Sonny Bono Act ha alargado la duración de las patentes de forma casi ridícula. Estas extensiones artificiales pueden ser, en efecto, perjudiciales para la innovación y para el deseado crecimiento continuo pues se procurará obstaculizar aquella para que no interfiera en el disfrute del monopolio temporal creado artificialmente por el copyright o la patente que, en este caso, no dejan de poder ser entendidos como unas ciertas barreras de entrada conectando así estas instituciones de la propiedad intelectual con la otra institución, la competencia, que es también central de la innovación.

La competencia es el resultado conjunto de la iniciativa privada de cada agente individual. Que esta iniciativa privada pueda desarrollarse libremente no sólo trae ventajas sociales en la asignación de recursos, como ya sabe cualquier economista, sino que además acarrea un valor civilizatorio en cuanto que es parte de nuestra realización personal, tal como han vislumbrado lúcidamente autores tan dispares como Hayek o Sen.

Sin embargo, cuando bajo la influencia de la poderosa Teoría Neoclásica del Equilibrio General, pensamos en la competencia de manera estática relacionándola con el número de oferentes percibimos sus ventajas asignativas, pero no reparamos en su valor civilizatorio ni en su virtualidad creativa. Por el contrario, cuando pensamos en la competencia de una forma dinámica, compatible con dicha Teoría del Equilibrio General pero semioculta por muchos de sus rasgos, nos apercibimos de que la libre entrada es fundamental para no cegar el pozo de creatividad y para que la innovación tenga realmente lugar.

Lo que, por lo tanto, aprendemos de esta renovación en la mirada teórica es que la política de defensa de la competencia no es algo fácil o automático centrado en fusiones y adquisiciones o en el número de oferentes, sino que debe atender a las peculiaridades de casos muy diversos. Todos los pleitos en los que ha batallado Microsoft en América o en Europa y en los que sigue batallando son un ejemplo de la necesidad del detalle, de la novedad radical de la nueva economía y de la necesidad de no perder de vista que lo que importa es derribar barreras de entrada para que la innovación se mueva libremente en cualquier dirección.

Lo importante del desarrollo teórico en los dos campos centrales de la propiedad intelectual y de la competencia, desarrollo que debería redundar tanto en una revisión de la regulación de la propiedad intelectual como en una reconsideración de la política de defensa de la competencia, es que puede ser fácilmente pervertido por ese capitalismo de amigotes que no es privativo de sociedades atrasadas y de sus economías emergentes. Me atrevería a decir que una sociedad en la que, gracias a la connivencia de Gobierno y de gente que resulta ser poderosa por razones diversas, se amplían los límites de la protección a la propiedad intelectual y/o se alzan barreras de entrada cada vez más altas, es una sociedad enferma. La salud social exige un capitalismo más abierto en el que no se sequen las fuentes de la innovación basándose en interpretaciones anticuadas o retorcidas de algunas tesis económicas.

Entre el día de los buenos propósitos y el día de la ingenua creencia en el milagro de la epifanía creo que cabe una especie de humilde manifiesto bien intencionado con el que termino. No debemos consentir la utilización de la teoría económica en vano y ojalá los Reyes Magos nos obsequiaran con una especie de detector de triquiñuelas y estratagemas dirigidas imaginativamente a impedir el trabajo socialmente provechoso de la competencia.