Los Cuatro Jinetes de la Globalispsis

Publicado en Expansión, martes 14 de diciembre de 2004

Minelli los hacía cabalgar en el cielo tormentoso de los campos de batalla de la II Guerra Mundial como mantra visual de una película inspirada en el libro Los cuatro jinetes del Apocalipsis de Blasco Ibáñez. ¿Cabalgan hoy en el cielo enrarecido de la globalización la Muerte, la Guerra, el Hambre y la Peste que, en ese orden, hacen su aparición en el capítulo 6, vv. 1-8 del Apocalipsis de San Juan?

Yo diría que ese es el temor de muchos. La libertad generalizada, tanto del tráfico de mercancías como de los movimientos de capitales y personas, que define la globalización podría acarrear la Peste (a través del contagio financiero), el Hambre (a causa de la corrupción propia del capitalismo de amigotes), la Guerra (por falta de un Estado de ámbito justamente global) y la Muerte (causada por el terrorismo que hoy llamamos internacional). Y, sin embargo estos cuatro males terribles son fantasmas propios de la globalización que, tal como pretendo mostrar a continuación, se esfuman con el aire fresco que una verdadera competencia trae consigo.

PESTE. Recordemos la crisis del sudeste asiático del verano del 97. La brutal devaluación de la moneda de Malasia contagió primero a Rusia y luego a Latinoamérica llegando a amenazar, antes de que sus efectos perdieran intensidad, a algunos países de la OCDE. Esta crisis no era algo producido por una desgraciada inestabilidad psicológica de los inversores; sino que se trataba de una verdadera transmisión por contagio real debido al contacto muy estrecho entre pares de países y muy poco intenso entre miembros de grupos más numerosos de países.

De la misma forma que una crisis de liquidez del Banco A se transmite fácilmente al Banco B si aquel tiene todos sus depósitos en éste en lugar de tenerlos repartidos entre otros muchos bancos, una crisis como la del sudeste asiático se transmite con enorme facilidad si no hay suficientes mercados financieros interregionales. El problema del contagio es pues real, no meramente psicológico, por lo que la idea de una tasa Tobin que grave los movimientos de capital a corto no sea estúpida en sí misma, especialmente si admitimos la diagnosis de la crisis que enseguida ofreceré. Lo que pasa es que hay una solución mejor. Si el problema radica en la falta de mercados, la verdadera solución tendrá que venir a través de la proliferación de mercados financieros internacionales.

HAMBRE. Veamos cómo el capitalismo de amigotes estaba en el origen de la crisis del sudeste asiático y cómo esa versión falsaria del capitalismo, que dificulta la creación de riqueza o perpetúa la pobreza, también puede ser vencida. Malasia y otros países de la zona acogieron una gran cantidad de capitales a corto plazo atraídos por unos intereses muy altos y por la confianza en la aparente calidad de la colocación basada, a su vez, en las grandes reservas acumuladas por los bancos centrales y, sobre todo, en la presunta gran liquidez de la inversión informalmente garantizada por promesas aparentemente serias de poderosos personajes autóctonos.

Una situación así es explosiva cualquiera que sea la causa de la primera retirada de fondos (que siempre acaba ocurriendo) pues está basada en la simple connivencia de amigotes. De hecho esta connivencia entre Gobierno, empresarios y clases sociales poderosas es la marca del crony capitalism que Parente y Prescott denuncian, en las Walras-Pareto Lectures del 2002, como el verdadero freno a la creación de riqueza, ya que nadie se arriesgará una segunda vez a hacer negocios con la pandilla de amigotes que ya le engañó y, añado yo, como causa real del hambre en muchas zonas pobres del globo. Como las camarillas, pandillas o grupos de amigotes en general no pueden ser prohibidos cabe, otra vez, que se reclame la imposición de una tasa Tobin; pero también respecto a este punto hay una solución menos intervencionista y más cercana al uso de los mercados.

En efecto si el país de que se trata abre su economía al exterior y se prohíbe a sí mismo las devaluaciones, el incentivo a la ayuda mutua entre amigotes desaparece, y no le queda más remedio que ponerse a trabajar de verdad. Si se abre la economía; pero se admiten devaluaciones sucesivas, como acabó ocurriendo en Argentina, no hay porqué admitir inmediatamente la necesidad de trabajar duro lo que permite que los grupos en control se perpetúen. No parece pues que haya dificultades conceptuales para acabar con esta lacra, que es muy a menudo causa de la perpetuación de la pobreza. A Argentina le hubiera bastado con dolarizar la economía, algo más fácil de decir que de hacer.

GUERRA. Como la devaluación mencionada depende del Gobierno como agente del Estado no tenemos más remedio que preguntarnos por cómo adecuar el ámbito del Estado a los problemas regulatorios propios de la globalización y que van más allá de la devaluación. Una posible solución en apariencia óptima es la montar un único Estado que proporcionara bienes públicos globales e impusiera una moneda única; pero un poco de prudencia nos debería hacer recelar de una solución así, no porque esté muy lejos de poder ser llevada a la práctica; sino porque, aunque esta posibilidad estuviera cercana y llegara a hacerse realidad , el Estado resultante podría ser capturado por un grupo de amigotes grande y poderoso contra el que ya no tendríamos defensa económica alguna puesto que ahora no cabe la apertura a un exterior que ya no existe.

Podría pensarse, sin embargo, en una solución alternativa consistente en aumentar el número de jurisdicciones estatales o paraestatales existentes. Alesina y Spolaore, en su libro The Size of Nations (que hace un mes era uno de los más vendidos en su género por Amazon) han argüido que hay tendencias hacia ello; pero lo que ahora interesaría destacar no es eso; sino, más bien, que si bien la pequeñez de las jurisdicciones correspondientes llevaría a cada una de ellas a intentar la devaluación, el intento simultaneo acabaría alcanzando un equilibrio en el que los tipos de cambio reflejarían exclusivamente la productividad relativa. La primera solución prevendría toda guerra excepto la global y posiblemente definitiva. La segunda no sería tan eficaz en la prevención de conflictos armados; pero los existentes serían muy locales y controlables por la comunidad internacional.

MUERTE. Podría pensarse que la proliferación de jurisdicciones puede llegar a representar un freno al terrorismo internacional debido a la correspondiente multiplicación de fronteras; pero el terrorismo de nuevo cuño está desterritorializado y se origina in house sin necesidad de que los terroristas crucen fronteras. Contra este terrorismo que utiliza nuestros propias redes civiles de transporte para segarnos la vida cuando nos la buscamos acudiendo al trabajo, no cabe sino la surrealista idea de construir redes descentradas o redes con centros aleatorios. Resulta que esta especie de aparente broma no resulta muy alejada de lo que se conseguiría con la multiplicación de jurisdicciones que, con la proliferación desordenada que acarrearía, haría imposible pensar en un centro. Las redes de ciudades de las que tanto se habla serían un ejemplo de lo que quiero decir y cuanto más iguales en “peso” fueran esas ciudades que constituyen la red más cercano estaría el ejemplo a la estructura antiterrorista óptima.

Resumo y termino. Sí que hay peligros en la globalización; pero éstos, o no son nuevos, o son menores cuanto más densas son las redes de mercados y de entidades estatales o paraestatales. La Peste de los contagios financieros no surgirá en una red de mercados en la que cada uno está conectado con muchos. El Hambre será vencido destapando la creatividad que yace bajo la losa de ese capitalismo de amigotes que podría ser doblegado, además de por la práctica democrática, por la apertura al exterior sin devaluaciones. La Guerra, la devaluatoria o la otra, o no ocurrirá o se acabará pronto siempre que nos configuramos como una red densa de jurisdicciones, y la Muerte que los terroristas nos quieren infligir será menos probable para cada uno de nosotros en un sistema de redes descentradas.

Un diagnóstico de nuestro tiempo

Publicado en Actualidad Económica el 9 de diciembre de 2004

La consecución del éxito de un científico, de un literato o de un político no puede ocurrir en ausencia, por parte de estos ejemplares de ser humano, de un don especial para ventear el aire de los tiempos. ¿Cuál es hoy pues el aire de los tiempos en nuestro mundo occidental?

A mi juicio el aroma que nos rodea es el de la proliferación. De objetos, de ideas, de marcas, de imágenes, de identidades culturales, de estilos de vida identificados por el consumo, de significados diversos desenterrados por la arqueología del poder, de huellas descubiertas por la frenética actividad deconstructora, de ángulos interpretativos inéditos, de medios de comunicación, de blogs, de noticias, de rumores. Esta proliferación transforma nuestra sensibilidad en una bolita de pin-ball que sigue un proceso estocástico sin correlación serial, una martingala que no nos permite aprender del pasado para predecir el futuro.

La consecuente incertidumbre radical genera un miedo angustioso y ante ese miedo, en última instancia producto de una proliferación que vemos como desordenada, caben dos actitudes que hoy polarizan la vida social y que, en su enfrentamiento, conforman ese aire de los tiempos que estoy tratando de caracterizar: un autoritarismo moderno y un anarquismo posmoderno.

El autoritarismo, propio de esa modernidad que se cree en posesión de un conocimiento seguro, es la actitud que ha triunfado en las elecciones americanas y que quizá hubiera triunfado en las españolas en ausencia del 11-M. Su símbolo es el orden en forma de árbol, se corresponde con una imagen de la producción como cadena de montaje y hace del liderazgo un valor supremo. El anarquismo posmoderno aborrece el liderazgo (aunque admira el pionerismo arriesgado) y se corresponde con una imagen de la producción propia de una universidad, por ejemplo, en la que no hay jerarquías y en donde el orden es el desorden propio de un rizoma o una enredadera. Este anarquismo posmoderno de fondo es el que triunfó en las elecciones españolas y el que quizá hubiera triunfado en las americanas si no hubiera habido un 11-S.

A cual de esas sensibilidades tendría que plegarse hoy un científico, un literato o un político en busca de éxito es difícil de decidir. No corresponden a América y Europa respectivamente ni tampoco al eje derechas-izquierdas. El autoritarismo parece ser una pulsión sentida por los neocons americanos; pero también rige en China, la mayor dictadura del mundo que, parece, sigue siendo de izquierdas. El anarquismo posmoderno sería, para alguien como Alan Bloom, una peligrosa y corrupta izquierda cultural; pero de derechas para alguien que, como Sokal, se considera de la izquierda rancia. Me temo que la ambición en cualquier campo va a tener que tomar postura y disfrazarse bien de Apolo (o de Marte) o bien de Dionisos, va a tener que elegir entre la sobriedad o la orgía, entre la sosa belleza de tiralíneas y la inspirada fealdad de las redondeces insinuantes. Yo apostaría por esta última pues creo que va a imponerse tarde o temprano. ¿Y usted?