Prescott y Derrida

Hace unos pocos días los americanos han elegido a Bush sobre Kerry como Presidente de su país para los próximos cuatro años. Esta elección había despertado una inusitada expectación en el mundo entero lo que testimonia la efectividad de la globalización y la centralidad de la guerra de Irak, además de reconocer la hegemonía de los EE.UU. Todos nos podemos mirar en el espejo de este país y reconocer que lo que real y profundamente está en juego no es la multilateralidad, el terrorismo internacional o el futuro económico; sino más bien dos maneras radicalmente diferentes de entender nuestra presencia en el mundo. Esta polarización corre el peligro de enfrentarnos seriamente y da valor a otros planteamientos menos maniqueos de los que hoy no puedo tratar específicamente.

Pienso que una manera de entender esta polarización es contemplarla como el contraste entre dos personalidades que han copado las páginas de tránsitos de los periódicos hace unos días. El uno – Derrida– porque pasó a la otra vida el 9 del mes pasado. El otro –Prescott– porque pasó a otra vida, la que corresponde a un laureado con el premio Nobel de Economía que le fue concedido dos días después junto a Fydland (al que, por ser esquemático, no citaré más, aunque este proceder no sea justo).

El primero era francés y judío; el segundo es americano y gentil. La tentación de utilizarlos para ilustrar los problemas por los que pasa el llamado vínculo transatlántico es grande; pero la tarea sería complicada porque uno y otro tienen éxito no sólo en su casa; sino también en territorio enemigo. Prescott ha enseñado macroeconomía dinámica a muchos europeos (y a un número desproporcionado de españoles) y Derrida ha tenido un éxito inusitado en muchos departamentos de Estudios Culturales en los EE.UU. especialmente en la escuela de crítica literaria encabezada por Paul de Man.

La comparación, además, se complica cuando pasamos de los maestros a los discípulos. En efecto, los presuntos discípulos de Derrida, traicionando la sospechosa progenie Heideggeriana, se convierten en lo que Rorty llama la izquierda cultural americana a la que los neoconservadores odian vía Alan Bloom para quien estaría constituída por unos traidores corruptores de menores. Los prescottianos repatriados, un poco a contrapelo de su vocación de ingeniería social independiente, se convierten en un azote para la izquierda y en posibles estandartes de una política conservadora que les transciende. Aquí, en este contraste difícil, está el núcleo de los enfrentamiento políticos de hoy: entre neoconservadores e izquierda cultural y, en resumen local, entre la herencia de Aznar y los artistas e intelectuales adulados y amparados por Zapatero.

Comparando a Prescott y Derrida quizá entendamos algo, disipemos malentendidos y podamos denunciar que la batalla nos va a agotar inútilmente. Para llevar a cabo esta comparación trataré de detectar en cada uno de ellos las ideas de las que son herederos lo que, de paso, me permite presentarlos aunque sólo sea esquemáticamente.

En el caso de Prescott es muy fácil para un economista identificar el origen, relativamente cercano, de sus ideas principales. Respecto a la posible inconsistencia intertemporal de una regla de política económica hay que decir que se corresponde con exactitud con la violación del principio de Bellman (que se plasma en la ecuación que lleva su nombre y que debe ser satisfecha por la solución del problema) de la programación dinámica y que, como idea económica, tiene antecedentes inmediatos facilmente identificables.

En cuanto a los ciclos reales no hay novedad en el hecho de fijarse en la oferta en lugar de concentrar la atención en los factores de demanda, sino que la posible novedad radicaría en que esto se hace en el contexto de un modelo de crecimiento neoclásico desagregado, algo parecido a un modelo de equilibrio general dinámico. El mérito está, según la fundación Nobel, en la forma innovadora en que los dos premiados lo hacen y en el impulso que esto ha dado a la investigación. Este impulso y esta innovación quizá radiquen en el método que utilizan para estudiar los ciclos reales y que consiste en calibrar el modelo teórico ajustando los parámetros (posiblemente los definitorios de las preferencias individuales o de las tecnologías empresariales) hasta que el modelo genere series de datos que replican lo mejor posible las observadoras para, a continuación, hacerle predecir el efecto de un cambio en la regla de política económica que se pretende analizar.

Sin ánimo alguno de contradecir a la Fundación Nobel hay que hacer constar que la calibración como método era ya conocida desde que Scarf en Yale la utilizó en los modelos de equilibrio general estáticos y que la fundamentación microeconómica es un programa de investigación compartido con muchos otros investigadores y al que los laureados de este año no aportan nada específico.

Identificar los precedentes inmediatos de Derrida no es tan fácil para un mero aficionado a la filosofía. Los precedentes remotos son, sin embargo, claros. Que proviene de la línea que comienza en Husserl, Heidegger y Gadamer,es bastante obvio y es lo que convierte a Derrida en particular, y al posmodernismo en general, en objetos de un recelo bastante generalizado como posibles reos de permisividad y de debilidad frente a tiranías totalitarias.

Su antirepresentacionalismo niega que haya una relación clara entre el lenguaje, incluido el científico, y una realidad externa de manera que su noción de la verdad de una proposición ha de entenderse como la simple coherencia entre esa proposición y otra que se aceptó en su día. La coherencia entre proposiciones, sin embargo, no es inmediata y no es una mera cuestión lógica. Para certificarla hay que proceder a la deconstrucción de las proposiciones para lograr aprehender cómo las piezas de cada una de ellas encajan en un argumento y contrastar las diversas formas que puede adoptar ese encaje.

A pesar de todos los ataques de los que ha sido objeto como irónico, cínico y hasta embaucador, Derrrida representa el intento más serio y firme que podemos detectar en los últimos tiempos para tratar de clausurar la filosofía fijando las condiciones que le permitirían dar cuenta de sí misma. Y el intento no constituye un método; sino una estrategia o quizá una estratagema. No hay receta para desconstruir; pero la deconstrucción incorpora la obligación de no cejar, de deconstruir la propia deconstrucción.

Aunque los contrastes entre el filósofo y el economista son, como veremos ahora, llamativos e interesantes para nuestra estrategia clarificadora de la polarización, el paralelismo, aunque sea un poco forzado, es digno de mención, pues explica que los polos se identifiquen como opuestos en un mundo y no como ejemplos de mundos distintos. En ambos casos hay un deseo imperialista de unificar su propio campo, y este deseo, terco e irreductible, constituye, más allá de su falta de radical novedad, su genial golpe de mano.

Todo problema macroeconómcio debería pasar por la trituradora del modelo de equilibrio general dinámico convenientemente calibrado. Las propuestas que no pasen por este filtro no son atendibles mientras que las que salgan de ahí deben ser creídas y puestas en práctica. Pero para que este golpe de mano sea aceptable hay que salirse un poco del propio campo y encararlo con un toque especial consistente en disfrazarse literalmente de bata blanca para subrayar así que quienes practican el método no son intelectuales, sino científicos duros que modifican la naturaleza social basándose en la comprensión de la misma.

Por otro lado, y en lo que concierne a Derrida, todo problema intelectual (no sólo todo problema filosófico) habrá de ser deconstruído hasta encontrar la arquitectura o estructura que lo singularice como tal problema; pero para entender esta tarea como clausura de la propia filosofía, como la estrategia que ésta usa para dar cuenta de sí misma, tiene que salirse de su territorio propio y ver en la palabra no sólo un significante más sino también un signo que le deriva hacia la literatura. La lógica de la escasez no agota sus implicaciones contrastando modelos; sino haciendo trabajar al más consensuado de forma científica o ingenieril; la garantía del conocimiento no se logra desde el análisis lógico, ni siquiera en una misma forma deconstructora reiterada al infinito; sino desde la magia de la literatura. Esta complicada vocación de clausura hace de ambos personajes bichos raros que actúan como outsiders a pesar de su centralidad en sus campos correspondientes. Derrida no puede confundirse con los posmodernos de salón parisino y Prescott es mucho menos prêt-à-porter que muchos de sus pretendidos discípulos que sólo aprenden las formas y no asimilan la pasión.

Si el paralelismo que acabo de destacar proporciona la esperanza de que neoconservadores e intelectuales puedan, como polos de un mismo mundo, al menos hablar, los contrastes que ahora voy a destacar explican la virulencia de sus choques dialécticos. Dejemos a un lado el contraste metodológico propiamente dicho, pues aunque sería clarificador ubicar a Prescott en las filas del instrumentalismo y a Derrida en las de la retórica, este análisis metodológico exigiría una atención pormenorizada. Fijémonos en contrastes más inmediatos.

Prescott viste la bata blanca del científico natural o del tecnólogo sofisticado, Derrida se confunde con los intelectuales hoy denostados como especie a extinguir. La mirada lateral del filósofo se corresponde con esa filosofía de la sospecha que ve detrás de cada proposición otra pulsión diferente, mientras que la limpia mirada frontal de Prescott corresponde a un naturalismo humeano del que se sirve quizá inconscientemente. A pesar de su común naturaleza de outsiders, la docilidad de Prescott ante la autoridad de su tradición contrasta con la relación problemática que Derrida establece con la suya. Estos contrastes quizá solo mínimos explican, sin embargo, la impaciencia del economista que cree haber llegado de una vez por todas al comienzo del final del camino y la parsimonia trabajosa del filósofo que sabe que las bifurcaciones nunca acabarán, que nada es lo que es de una vez por todas.

Este último contraste en su actitud respectiva hacia el ritmo temporal explica en gran parte el desprecio mutuo entre neoconservadores y la izquierda cultural, pero hay dos contrastes más profundos.

El primero es la concepción del individuo. El agente individual es, en el método de Prescott, el building block, o elemento primitivo elemental, cuyos parámetros definitorios deben ser retocados para reproducir los datos generados por una estructura que no se cuestiona. Para la estrategia del programa derridiano la estructura evoluciona y con ese movimiento se va conformando un individuo que al principio no era nada: es como si el asentamiento del edificio diera forma a sus componentes individuales. No hace falta subrayar que el relativismo asociable a esa última concepción es inaceptable para la primera que, teñida de naturalismo, tacha de mistificación a la segunda.

Pero la irritación llega a la crispación con el segundo contraste pretendidamente profundo. Este consiste en la asimetría entre Derrida, que se creería capaz de, y obligado a, deconstruir el discurso prescottiano y Prescott a quién esto parecería una ingerencia intolerable en la que ni él, ni la ciencia natural en general, incurriría nunca, además de ser muy poco cortés como toma de contacto. El paralelismo sacado a la luz y los contrastes que no se pueden dejar de observar nos permiten, para terminar, disipar algunos malentendidos y aprender algo. Las diferencias que ponen en peligro el vínculo transatlántico no son serias en lo profundo.

Tanto Europa como América están polarizadas hoy entre una derecha sorprendente, más ecuménica que económica, que llamamos neoconservadurismo y una izquierda cultural menos preocupada por la lucha de clases que por el multiculturalismo. Luego el vínculo no se romperá e incluso se reforzará si desde un lado y otro del Atlántico se van entendiendo y limando los contrastes.

A mi juicio la piedra de toque es el relativismo. Si es considerado de forma radical, la ingenuidad prescottiana acabará sintiéndose irritada y reaccionará con violencia como Alejandro ante el nudo gordiano. Si el relativismo en algún grado se niega, si no se deja sitio a la diferencia derridiana, la izquierda cultural responderá con la rebeldía y el desprecio de aquel filósofo cuya única petición a ese mismo Alejandro fue que no le quitara el sol. Es esta distinta forma de estar en el mundo que a todos nos afecta, la que está agrietando nuestras sociedades occidentales, y la que pone en peligro el equilibrio psíquico de cada uno de nosotros.

Para mí, la reparación de esa grieta no se hubiera conseguido con la victoria de Kerry o la de Bush. Yo tenía mis preferencias al respecto pero la solución que propongo a este problema serio no es política ni se expresa en términos cultos sino que adopta, más bien, la forma de un símil bioxistico: ¡segundos fuera y prohibidos los golpes bajos! Hablando en términos virtuales lo que habría que hacer es prohibir que Derrida deconstruya a Prescott, éste no lo resistiría, pero también que Prescott ajuste los parámetros de (o las cuentas a) los individuos del mundo derridiano. Y, sobre todo, exijamos que neocons y posmodernos se limiten a jalear a sus jefes de fila a los que propongo encerrar en un cuadrilátero encerrado a su vez en un cubo opaco en el que Derrida observe in situ el funcionamiento de la máquina de Prescott y en el que éste contemple en acción el comportamiento errático de la estratagema deconstructora.

Cuando salgan a la luz atenderemos a lo que nos digan, al unísono, sobre la Economía o el Saber, y sobre todo, sobre cómo conducir la economía, cómo convivir, cómo deben relacionarse las diferentes comunidades, como encaja el individuo en su comunidad y cómo tratar con lo que se nos escapa, sea la disidencia o el terrorismo.

A propósito de Schmitt

Publicado en Expansión, noviembre de 2004

El conservadurismo americano se ha configurado, especialmente a partir del 11-S, como una referencia inevitable en la discusión política general y me atrevo a augurar que ahí seguirá durante bastante tiempo, a pesar de que algunos quieran ver en el fracaso de la guerra de Irak la decadencia de su específica versión neo-con. Esta última referencia, en efecto, conservará su vigencia más allá de las elecciones americanas de hoy y más allá de las discusiones sobre el vínculo transatlántico, como un asunto central para la convivencia normal en sociedades desarrolladas a un lado y otro del Atlántico.

Esta referencia neo-con tiene un protagonista central en Leo Strauss. En un trabajo sobre él en el volumen 5 de la Historia de la Teoría Política, Fernando Vallespín afirma que la finalidad del judío Strauss era combatir la opción integracionista de un importante sector de la intelligentsia judía haciendo referencia a Carl Schmitt, pero proponiendo otra salida: aquella favorecida por Maimónides con su peculiar reconciliación de filosofía y tradición.

Que la tradición americana es la que debe organizar la convivencia más allá de nefastas influencias europeas de carácter nihilista, y que éstas están a punto de enervar la fuerza creativa de aquella es el grito de alarma que lanza Alan Bloom en Closing of the American Mind. Pero esta tradición americana está cruzada por dos influencias bien reflejadas en el decisionismo de Carl Schmitt para quién, según dice Gómez Orfanel en la Historia citada, la dictadura sería decisión concreta en contraste con el liberalismo (romántico) de la burguesía que no se decide por la lucha y se comporta como una «clase discutidora» que traslada la actividad política a la discusión en la prensa y el Parlamento.

No es de extrañar que Schmitt comenzara su Teología Política con las siguientes famosas palabras: soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Que el 11S pueda ser tomado como tal estado de excepción, ha hecho que la pobre tradición liberal quede ahogada por el neoconservadurismo de origen Schmittiano para el que, como hemos visto, la soberanía es la que justifica el uso de la fuerza (la dictadura) cuando hay un conflicto excepcional.

Lo que pretendo a continuación es armar un argumento de tipo económico para atacar la hegemonía actual (al menos aparente) de la influencia Schmittiana y defender ese liberalismo inoperante, incapaz de decidir y discutidor. El punto de partida es la pregunta crucial sobre quién puede usar la fuerza cuando las pautas de conducta normales en una sociedad no operan en un ámbito, como por ejemplo el terrorismo internacional, que es conflictivo y no está previsto. Para contestarla usaré un argumento propio de la literatura sobre contratos incompletos que me permitirá entender por analogía el papel de la soberanía en el estado de excepción y poder determinar quién debe ser titular de tal soberanía.

Una comunidad prepolítica, en efecto, no es sino una haz de contratos; pero en ninguno de los componentes de ese haz se pueden tener en cuenta todas las contingencias posibles. Pues bien, tal como explica O. Hart (Firms, Contracts and Financial Structure, Oxford University Press, 1996), en esas condiciones de incompletitud de los contratos, lo importante desde el punto de vista de la eficiencia es quién tiene los derechos residuales, es decir, quién tiene el poder de decisión cuando llega una circunstancia no prevista entre ellos.

Pensemos en una comunidad premoderna y digamos que el contrato central para la formación y desarrollo de esa comunidad se firma entre el señor y una clase especial de agente privado, que denominaré el pueblo, y que ese contrato consiste en especificar ex ante las aportaciones complementarias de uno y otro al entramado de la convivencia. El señor pone las armas (el capital) que no valora en sí mismas y el pueblo, que sí valora las armas en sí mismas por la capacidad liberadora, pone su carne de cañón (trabajo), es decir, su capacidad de usar esas armas.

Si este contrato fuera completo estaríamos en presencia del problema de identificar el óptimo de primer rango, la soberanía sería irrelevante para la eficiencia y no habría problema de incentivos. En un contrato completo, en efecto, no hay problema de incentivos porque el criterio obvio para decidir las respectivas inversiones complementarias es la maximización del beneficio conjunto. Y este es el criterio obvio, porque el reparto posterior de este beneficio está especificado perfectamente. Cual sea esta especificación, es decir de quién sean los beneficios, influye en la distribución entre capital y trabajo, o entre el señor y el pueblo en nuestro caso, pero no en la eficiencia. Ahora bien parece evidente que un contrato como el presentado no puede ser un contrato completo, por lo que habrá muchas circunstancias en las que es imposible verificar si se están cumpliendo los pactos establecidos ex ante.

Es evidente que cuando este contrato es incompleto el reparto del beneficio conjunto no puede estar especificado perfectamente en toda contingencia y, en consecuencia, el óptimo de primer rango no es alcanzable. El óptimo de segundo orden dependerá ahora de los incentivos. Pues bien, ahora sí que la soberanía es esencial para los incentivos (y por lo tanto para alcanzar el óptimo de segundo orden) pues determina quién tiene el derecho a forzar la continuidad del proyecto de vida en común, hecho posible por la presencia de las armas, en el caso de que surja una desavenencia entre el señor y el pueblo no tenida previamente en cuenta.

Pensemos en primer lugar que el señor y el pueblo van a producir conjuntamente un bien privado como, por ejemplo, cereales cultivados por el pueblo y protegidos de su posible depredación por el señor. Supongamos que la soberanía se asigna al pueblo. En este caso es evidente que el señor no tiene incentivo a aportar un arsenal poderoso pues se va a quedar con él sin poder utilizarlo si el soberano decide no continuar cultivando. Supongamos por el contrario que la soberanía pertenece al señor. En este caso este señor tiene un incentivo claro a invertir más en armas pues, si hay desavenencias, él puede imponer la continuación del cultivo. Es decir, cuando se produce un bien privado a través de un contrato incompleto, la propiedad ha de ser de quién aporta las armas, es decir de quién aporta lo que los economistas llaman capital. Este sería el argumento para defender que la soberanía se asignara al señor que se convertiría así en el Estado con su fuerza coactiva y decisoria.

Hasta aquí no he hecho sino traducir a Hart desde el lenguaje de la propiedad al de la soberanía de forma que resalte una convicción Schmittiana: que la soberanía está en la fuerza. Pero pensemos ahora que entre las armas del señor y la carne de cañón del pueblo van a producir un bien público que llamamos seguridad colectiva. La situación es ahora bien distinta. Supongamos que la soberanía perteneciera al señor y que éste hubiera decidido hacer una inversión muy grande en arsenal bélico. En este caso, si el acuerdo se rompe ante una contingencia no prevista hay dos posibilidades: que el señor decida interrumpir el proyecto en seguridad colectiva o que decida continuarlo. En la primera eventualidad ha malgastado una gran inversión, en la segunda, el rendimiento se lo lleva el pueblo que es quién se beneficia de la seguridad colectiva, luego cabe pensar que el señor no tiene incentivos a hacer una gran inversión en armas.

Supongamos ahora que la soberanía fuera del pueblo y que el señor ha decidido hacer una inversión muy grande. Si el acuerdo se rompiera, al pueblo le compensa seguir en el proyecto aunque tenga que ceder parte del excedente al señor porque él, el pueblo, valora mucho el arsenal que le proporciona la seguridad colectiva. En consecuencia, el señor tiene incentivos a construir un arsenal bélico importante. Diríamos que, en este caso, la soberanía pertenece al pueblo, que el Estado no nace como tal, y que algo como el Estado es empleado a un precio por el pueblo para aportar la coacción al proyecto de defensa colectiva.

Llegado a este punto debería estar claro que en este segundo caso, que no es sino la adaptación a nuestro problema de teología política de un trabajo de Besley y Ghatak (Government versus Private Ownership of Public Goods, CEPR, nº 2725, 2001), el pueblo tiene la soberanía y decide el uso de la fuerza en caso de estado de excepción. Nada de esto tiene que ver con la teología, ni con la lectura del mundo como dividido entre el bien y el mal característica del movimiento neo-con. Se trata del reparto del poder en una situación compleja de una forma que es self-enforcing, que se impone por sí misma, porque consigue el óptimo de segundo orden cuando no se puede conseguir el óptimo de primer orden.

El problema con la concepción neoconservadora de presunta raíz Schmittiana es que no parecen entender o parecen querer olvidar que el óptimo de primer orden no es alcanzable. Para plantarles cara en defensa del liberalismo basta pues con hacerles ver que ni ellos ni nadie puede diseñar un contrato completo para organizar la convivencia. Este reconocimiento es el que subyace, en efecto, en el planteamiento de los liberales pragmatistas americanos que lejos de imaginarse y desear el final de la Historia, prefieren y tratan de practicar un continuo negociar y renegociar contratos explícitos o implícitos entre distintas instancias de la ciudadanía que se sabe soberana.