¿Dónde están los liberales?

Si interpreto bien el artículo del economista liberal Pedro Schwartz (PS) en La Vanguardia del 6 de octubre (El futuro del PP), el principal partido de la oposición encara hoy una alternativa estratégica para optar a volver a gobernar. Podría, por un lado, seguir el camino que parece señalar Gallardón y disputar a los socialistas el centro del espectro político acudiendo allí donde parecen estar los votos. Pero también podría, por otro lado, asumir gran parte de la herencia de Aznar y tratar de convencer a la sociedad de que sea ella la que gravite hacia el conservadurismo en donde le estaría esperando Rajoy, como nuevo presidente del partido, y el propio PS. Parece en efecto, que éste último se decanta por esta segunda modalidad estratégica aunque detecta en ella notables errores a corregir como serían, según él, la política de comunicación, dispersa e inútil, errores de apreciación como los que llevaron a integrarse en la alianza que invadió Irak e incluso errores de fondo como el caso de la cicatería en los traspasos de competencias a Cataluña y el País Vasco.

No es mi intención discutir los méritos de la decisión sugerida por PS. Lo que quiero es elucubrar sobre las razones que PS aduce para convencer al lector de que el otro gran partido nacional es poco de fiar. Según él el gobierno socialista actual:

  1. Muestra una preocupante propensión a la experimentación y el aventurerismo que necesitaría el contrapeso del PP heredero de Aznar
  2. Puede caer en la tentación de aceptar el principio de autodeterminación- contra el que no habría sabido defenderse intelectualmente el gobierno anterior
  3. Presenta un perfil sesentayochista que parece no reconocer la lógica de la escasez y, más en concreto
  4. No muestra la suficiente decencia financiera a pesar de los esfuerzos de Solbes

Cabría, naturalmente, que PS tenga razón y que el votante esté convencido de la nociva influencia de aquellos aventureros que cifraban lo razonable en pedir lo imposible, que jaleaban las indecencias financieras necesarias para encontrar la arena de la playa debajo de los adoquines o que, como anticolonialistas, creían en la autodeterminación. Todo esto cabe; pero es chocante que quien nos previene de estos posibles peligros sea una figura notoriamente liberal que, durante años, ha tenido el coraje de ilustrarnos, con su escritura y su práctica, en las virtudes del liberalismo y que, todavía hace muy poco tiempo, glosaba elogiosamente en la última página de Expansión, un artículo que Sen dedicó en el Financial Times del 21 de septiembre a conmemorar el 60 aniversario de The Road to Serfdom de Hayek.

Lo chocante es que las cuatro razones aducidas por PS para convencernos de que nos decantemos, miembros del partido o no, hacia donde se encuentra hoy la herencia de Aznar, contradicen, creo yo, el espíritu del maestro Hayek. Aunque estoy seguro que PS ha leído a este premio Nobel con mucho más detenimiento y aprovechamiento que yo, voy a tratar de argüir que los defectos que atribuye al gobierno actual no serían tales para un Hayek que habitara entre nosotros.

El horror al espíritu de los sesenta que algunos hijos del 68 parecen sentir últimamente es algo extraño. No deja de ser un alivio que el recuerdo de aquella época en la que muchos hicimos un poco el ridículo, se vaya desvaneciendo. Pero no por haber soñado un día con el reino de la abundancia, profetizado por el hoy estigmatizado Marcuse, deberíamos regocijarnos en la lúgubre miseria de la escasez. A mí me encantaría que la desmesura fuera posible y no acabo de resignarme a que no lo sea, especialmente estos últimos años en los que parece alcanzable.

En efecto, la globalización, la importancia creciente del valor añadido asociado a los bienes digitales (reproducibles a coste cero) y las famosas TIC, permiten dar rienda suelta a fuerzas creativas muy a menudo aprisionadas por esa connivencia entre clases dominantes, empresarios enriquecidos y el Estado que conforma el detestable «capitalismo de amigotes». Sin embargo muchos «jóvenes» de mi edad, parecen disfrutar con el acatamiento de la escasez y se sienten deprimidos cuando, al fin, parece llegada la oportunidad de cantar la eclosión de la creatividad del mercado que Hayek vislumbró tan lúcidamente.

Creo no confundirme si digo que Hayek no se achantaría ante la acusación de aventurerismo y que, muy al contrario, apoyaría la experimentación como única forma de canalizar la creatividad del mercado propia de la concepción austriaca. Esta tradición no repudia el fracaso; sino que lo considera como un jalón normal en el camino del éxito, y reconoce que no hay riqueza sin experimentación, en parte porque la riqueza se genera experimentando y, en parte, porque la experimentación libre es ya riqueza para un economista no consecuencialista (como serían Hayek y el mismo Sen a pesar de las diferencias que PS detecta en su glosa citada) que aprecia tanto la asignación como el mecanismo para alcanzarla.

Y me puedo imaginar la cara de asombro de nuestro Hayek ante el uso de la noción de decencia como argumento en contra de una cierta experimentación financiera en las cuentas públicas como la que PS atribuye al gobierno del PSOE menos a Solbes. Decencia, como sentido común, son dos dispositivos argumentales sólo comprensibles para quien está ya convencido de lo que esos dos vocablos quieren ayudar a convencerle. Hayek dice literalmente en The Road to Serfdom que el sentido común puede ser una guía tramposa y, si tomamos a la decencia como una pauta conductual propia de una sociedad civilizada, podemos aportar otra cita del mismo origen: nada ha hecho más daño a la causa liberal que la insistencia granítica de algunos liberales en ciertas pautas conductualesrules of thumb«) sobre todo el principio del laissez faire.

Debería terminar diciendo algo sobre la autodeterminación, concepto éste que puede acabar apareciendo en el renovado Estatut de Cataluña y que va a poner en juego el futuro del PP… pero me encuentro perdido. PS dice textualmente que el gobierno de Aznar no supo criticar convincentemente la doctrina de la autodeterminación, que no es sino una manifestación de la democracia liberal recientemente criticada por Fareed Zakaría en su reciente libro El Futuro de la libertad. No entiendo bien la cita aunque parece querer decir que PS favorecería un retoque a la democracia liberal para desvirtuar la doctrina de la autodeterminación. Pero un vistazo rápido al libro de Fareed Zakaria no me ha ayudado nada a entender por donde iría ese retoque ya que la p.32, única página en que se menciona, sólo se refiere al concepto romano de la misma.

Nada de lo dicho debe entenderse como una crítica a la posición política de PS: allá él. Lo que yo he querido es poner en evidencia es la orfandad en la que nos deja a los que, por una u otra razón, hemos tardado tiempo en asimilar sus enseñanzas liberales. Seguro que lo que ocurre , según él, es que no acabamos de asimilarlas. Una vez más igual tiene razón, pero mientras seguimos preparando el examen para que nos conceda el marchamo de liberales, no nos queda más consuelo que recordar viejos tiempos en los que Joan Baez cantaba en un inglés libre como todo en ella ¿where have all the flowers gone?.

¿Dónde están nuestros liberales?. Espero que como las flores de Joan Baez no se hayan ido para siempre, que no estén «gone forever«.

La Peligrosa deriva conservadora del liberalismo

Presentación del autor

El verano es pródigo en incitación a lecturas que resbalan sobre la superficie compactada de un amasijo de neuronas que, aunque parecen adormecidas, en ocasiones se reexcitan al entrar en contacto con otras a las que quedan fijadas levemente como con alfileres; y que, muy a menudo en se ensimisman contemplándose unas a otras. Como las ideas, incluso las perezosas, se escurren fácilmente hay que atraparlas al vuelo y eso es lo que pretendo hacer en estas líneas: cazar ideas. Voy a tratar de recomponer los retorcidos vericuetos por los que parecerían unirse nociones tan aparentemente alejadas como el liberalismo y el conservadurismo; y lo voy a hacer mediante la evocación selectiva de dos libros que, en principio, no tienen nada que ver entre sí; pero que interesan a cualquier economista teórico profesional. El primero (Why Globalization Works, es un intento inteligente y bien documentado de defensa de la globalización realizada por Martín Wolf , un brillante columnista del Financial Times y antiguo funcionario internacional. El segundo (The Theory of the Individual in Economics: Identity and Value, es de un tenor muy diferente. En él su autor, John Davis, un metaeconomista a caballo entre Europa y América, reflexiona sobre la identidad ontológica del agente individual en Economía, ya se trate del modelado por la corriente principal, ya del que se refleja en diversas corrientes heterodoxas. Entre ambos libros, totalmente distintos en sustancia y en intención, hay sin embargo, un pequeño solape que deja traslucir tangencialmente una actitud de fondo muy distinta en uno u otro autor, en el economista y en el filósofo. Y es esta diferente actitud de fondo la que espero me permita ilustrar el porqué y el cómo de la peligrosa deriva conservadora del liberalismo.

Introducción

En el prefacio de su libro, Wolf, después de rendir homenaje a los valores que le legaron sus padres, entre los que me interesa destacar la decencia, y a los que presume de no haber renunciado nunca a pesar de que con el tiempo abandonó el liberalismo social (o social demócrata) heredado y se deslizó hacía un liberalismo clásico (o liberalismo simplemente), añade un párrafo que reproduzcaoíntegramente pues me servirá como punto de apoyo. Dice Wolf:

Aprendí que los valores ilustrados de libertad, gobierno democrático y búsqueda desinteresada de la verdad eran infinitamente preciosos y aterrorizadoramente frágiles. También descubrí que estos valores tenían muchos enemigos, unos francos y otros taimados. Los peores entre ellos eran esos intelectuales que se benefician de la libertad que solo las democracias liberales proporcionan, mientras hacen todo lo que pueden para socavarlas. Estos, descubrí más tarde, eran el tipo de gente que George Orwell hacia atacado antes, durante y después de la segunda guerra mundial. Pero regresan en cada generación, esparciendo sus estragos sobre los jóvenes inocentes. En los años sesenta el embaucador más influyente era probablemente Herbert Marcuse. Más recientemente parece haber sido Jacques Derrida.

La cita merece un análisis minucioso que voy a tratar de realizar evocando simultáneamente el libro de Allan Bloom, The Closing of the American Mind, que leí a mediados de los años ochenta sin comprender entonces que el peligro que anunciaba en relación a la filosofía continental iba a ser aceptado como tal peligro, y casi como coartada para una deriva conservadora que no sólo es americana.

Trataré primero de examinar con cierto detenimiento las aporías con las que el pensamiento liberal ha de chocar necesariamente y que pueden ser extraídas del análisis crítico de la cita de Wolf. En un segundo punto haré uso de la monografía Davis para sugerir que son algunas de las ideas que Wolf desprecia las que posiblemente pueden encajar las aporías anteriores. Y finalmente trataré de argüir que, además, esos embaucadores y sus ideas conforman la principal barricada contra el conservadurismo exagerado a donde nos arrastraría la cita de Wolf (aunque no el contenido de su libro).

Aporías del pensamiento ilustrado naturalizado

Cuando uno se aferra al pensamiento ilustrado; pero al mismo tiempo tiene una concepción naturalista de su propia ciencia, tal como es el caso de Wolf en economía, y yo me atrevería a decir que tal como es el caso de Bloom en estudios clásicos, entonces las cosas no encajan muy bien y las ideas son difíciles de cuadrar. El problema de la verdad no resuena en la misma onda que las ideas de libertad y democracia; la decencia como típica categoría intelectual de una moralidad naturalista no arregla nada para quién no esté previamente enterado de su significado y convencido de su potencia; los enemigos de la Ilustración que se oponen de frente a ella no son sino el producto exagerado de un racionalismo ilustrado y de carácter naturalista al que se venera, mientras que los enemigos taimados, que no son nada naturalistas y sí bastante irracionalistas, destilan un sutil veneno que amenaza a la democracia y a la libertad y ante el que la Ilustración parece inerme. Cada uno de los elementos de este lista retórica es un problema sin resolver.

  • Wolf une en un mismo paquete ilustrado la libertad, la democracia y la búsqueda desinteresada de la verdad, un paquete no del todo coherente. Es cierto que,aparte casos singulares poco defendible, no parece que se pueda hablar de democracia sin libertad; pero también es cierto que la libertad no siempre está asociada a la democracia puesto que hay casos en que la desaparición de ésta es aceptada libremente (Weimar) Por lo tanto las relaciones entre ambas nociones no son obvias ni pueden inducirse de la observación de la naturaleza. Aún admitiendo, a pesar de lo dicho, que libertad y democracia son difíciles de separar, la inclusión de la búsqueda desinteresada de la verdad en el mismo paquete parece un poco precipitada. No es fácil aceptar, en efecto, que la búsqueda de la verdad haya sido desinteresada (propiamente hablando) en ninguna época ni en ningún arreglo político conocido, por lo que su defensa implícita parece muy poco naturalista. Eso por un lado. Por otro lado tampoco es defendible que la libertad, que tan necesaria es a la democracia para que se puedan acomodar diversas opciones políticas y que tan a menudo se reivindica para la ciencia, sea garante de la verdad ni imprescindible para su consecución. Cualquier búsqueda libre puede fracasar en el descubrimiento de la verdad natural y ésta puede encontrarse a través de su propia construcción, intencionada o no, y dirigida a ampliar los márgenes de libertad o a reducirlo, tal como sabe cualquier economista que hay trabajado en expectativas, self-fulfilling prohecies o reflexividad en general
  • La posible fragilidad o incoherencia del paquete ilustrado no es un problema acuciante; pero si se manifestara como grave en algún momento la decencia no nos serviría para arreglarlo. La resistencia empíricamente notable que la democracia muestra una vez establecida no está basada en ninguna acepción de la decencia que yo pueda imaginar. El no engañar y el no ser cruel son dos nociones que parece deberían formar parte de la decencia aunque no la agoten. Y ciertamente ni una ni otra está garantizada por la libertad y la democracia. Lo que es el caso es más bien que accedemos a la democracia liberal como resultado del esfuerzo concertado que realizamos para librarnos de los nocivos efectos de la proclividad natural a mentir y a ser cruelmente aprovechados. El reconocimiento, aunque sea implícito, de las pulsiones indecentes está en el origen de la democracia liberal; pero el funcionamiento, incluso correcto, de está no garantiza la erradicación del engaño y la crueldad. La búsqueda de la verdad se convierte, de manera análoga en una competencia entre ideas que funciona; pero que no es ajena a la crueldad en el choque de ideas ni al engaño que no siempre se detecta. La «accountability» del sistema moderno de ciencia está lejos de ser un hecho en las democracias liberales y apelar a la decencia como posible sustituto, así como motejar de embaucadores a quienes levantan la liebre al expresar sus dudas sobre la naturalidad de ese sistema, parece fuera de lugar
  • Sean o no frágiles los valores de la Ilustración (y no lo son tanto como para sentir temor) o estén o no protegidos por la decencia lo que si está claro es que se enfrentan a enemigos, conscientes o inconscientes, taimados o francos. Sin embargo no es fácil detectar quiénes serían unos y otros a partir de la cita de Wolf. Es de suponer que Nazismo y Comunismo son dos enemigos francos del paquete ilustrado que tanto admiran Wolf como Bloom: ni libertad, ni democracia, ni verdad que deba ser buscada forman parte del programa de estas dos ideologías. La referencia a Orwell permite corroborar la identidad de esos enemigos francos ya que éste luchó con la armas contra el fascismo encuadrado en el P.O.U.M., según nos cuenta en Homage to Catalonia y dialécticamente contra el comunismo, publicando la diatriba 1984 y colaborando, parece ser, con el mcartismo. Pero, aún con este apoyo bibliográfico, Wolf consigue hacer difícil la identificación de los enemigos de la Ilustración al acusarles de utilizar la libertad de la democracia para socavarla ya que, si bien esto es cierto del Nazismo, no lo es en ningún sentido del régimen que sale de la Revolución de Octubre puesto que es imposible que ésta pudiera aprovecharse de la inexistente libertad que proporcionaba el régimen zarista. Y, además, si ese fuera el criterio principal para detectar enemigos, entre estos y de manera frontal deberíamos incluir el anarquismo que, en aras de la libertad y de la verdad, no solo socavaría taimadamente, sino que atacaría de frente a esa democracia a la que Wolf respeta y defiende. Orwell volvería a avalar este añadido a la colección de enemigos de la Ilustración ya que, con su habitual candor que siempre acaba condenando lo que defendió, su anarquismo juvenil se le antoja ridículo en su Keep the Aspidistra Flying, en donde se decantará por un liberalismo pequeño burgués que no se sabe si está más cerca del clásico que del social
  • Sospecho que con esta extensión de la lista de enemigos francos hemos topado con lo que realmente rechaza un liberal como Wolf. Se trataría del desorden contra el que no cabe la decencia (que en todo caso ya hemos visto que no sirva para nada) y cuyo antónimo, el orden, no forma parte de la Ilustración. ¿No será este desorden el que empuja la deriva de personas como Wolf incluso más allá de su propia posición?
  • Pero no es propiamente el desorden que la libertad puede llevar a la democracia o a la búsqueda de la verdad lo que Wolf rechaza. Lo que sí rechaza es ese desorden infantil que nunca acaba con los porqués. Y estos niños preguntones no son otros que los enemigos taimados de la Ilustración que pretenderían socavar cualquier tipo de orden provisional amparándose precisamente en la libertad de pensamiento y en el uso irrestricto de la racionalidad, usando la libertad para destruir la democracia. Y aquí aparecen de repente los degenerados continentales que se han infiltrado en el mundo anglosajón y especialmente en los EEUU: la tradición frankfurtiana representada por el Marcuse del 68 o el deconstruccionismo postmodernista francés representado por Derrida. En este punto es imposible no evocar a Bloom y su odio al 68. Para él esos intelectuales continentales de estirpe nietzschiana son como corruptores de menores irracionales, inservibles para nada constructivos, y que han enervado la energía social europea. Sólo sirven para iniciar y mantener elucubraciones estériles que no resistirían el test de la competencia en un mercado de ideas que fuera libre (como el que propone Richard Posner en su libro Public Intellectuals, que muy bien podrían acompañar al de Bloom en cuanto a desprecio por la figura del intelectual típicamente francesa) o para desfigurar ignorante y culpablemente mucho del progreso científico (tal como denuncian Sokal y Bricmont hace unos años en su libro Intellectual Impostures aunque curiosamente no se atrevían con Derrida) Mejor los clásicos, dice contundentemente Bloom, que esos intelectuales franceses irracionales sin tan siquiera preguntarse por la racionalidad en Grecia.
  • Ante el peligro de anemia intelectual que acecha a la sana juventud americana, Bloom opone la formación clásica, y Wolf ese dispositivo naturalista que en el mundo anglosajón se denomina decencia y en el mundo continental (a pesar de Marcuse) sentido común. Se trata de un mismo dispositivo que pretende arrumbar de un plumazo cualquier argucia intelectual no aceptable por un cierto círculo. Ya he tratado de mostrar la vacuidad de este dispositivo; pero ahora me interesa destacar que tanto decencia como sentido común son dos términos que sólo alcanzan su significado no trivial y operativo en el seno de un grupo social determinado políticamente cuyos miembros se aferran a ellos y son, naturalmente, objeto de escarnio intelectual por quienes son especialistas en destripar el relativismo cultural y quienes, curiosamente, usan la razón, ¡ellos que son tildados de irracionalistas¡ , para desvelar la irracionalidad de un naturalismo de sentido común. Los peligrosos intelectuales inmorales continentales son, paradójicamente, los filósofos de hoy, los (pre)socráticos del momento, que como aquellos, son acusados del delito de perversión de menores pero quizá acaben segregando un sospechoso Platón , una figura menos atractiva para nuestros naturalistas que un Aristóteles; pero no alguien tan despreciable y embaucador como sugieren en sus comentarios culturalmente sesgados.
  • Como toda idea comprometida la Ilustración a la que se aferra Wolf debe pasar su elemental test de reflexividad. La idea de que se trata pasa ese test si una vez introducida en el circuito intelectual, no es rechazada, vencida y expulsada por las consecuencias e implicaciones de su puesta en circulación. A pesar de la fragilidad que aterroriza a Wolf, la Ilustración o la democracia liberal superó el test del Nazismo y del Comunismo que comparten con ella al menos parte de su progenia. Ahora está sujeta a un nuevo test, el del Anarquismo que, a través de estos filósofos postmodernos y como tales también herederos de la razón ilustrada, no ve en sus instituciones más que el maquillaje de pulsiones sociales nada liberales. Es posible (y deseable por mi parte) que también pase ese test; pero no lo logrará con exabruptos a lo Bloom o con la satanización del desorden del que abominan de Wolf o Posner. No queda más remedio que mirar de frente a esos librepensadores de hoy que no tienen miedo a la reacción social

La fortaleza del pensamiento débil

Es justamente en este punto en donde la actitud de Martin Wolf respecto a su propia manera de pensar se entrecruza con un par de ideas centrales en el libro citado de John Davis. Este autor pretende explorar la identidad del agente individual que pulula por todos los modelos económicos, sean estos ortodoxos o heterodoxos. Para Davis la Economía neoclásica o la correspondiente a la corriente principal, que hace del individuo una pieza central de su análisis, adolece de una concepción adecuada del individuo. Para un economista ortodoxo como Wolf , que mantiene sus raíces en el pensamiento ilustrado (o pensamiento fuerte), la concepción del agente individual es naturalista y de sentido común. Este agente individual, en efecto, es el átomo primitivo de la sociedad con su espesor ontológico propio correspondiente al espesor ontológico del sujeto en la dicotomía, naturalista, Ilustrada y de sentido común que establece este pensamiento moderno entre el sujeto y el objeto. Para Davis esta concepción que proviene de Descartes y Locke, es insostenible porque ese átomo social irreductible está endógenamente determinado tal como sugieren las críticas contemporáneas al atomismo naturalista de la identidad individual propia del modernismo. Para la faceta sociológica de este crítico antimodernista, el individuo es una creación social que hace y deshace sin pausa su identidad y, para la faceta postmoderna, el individuo es un mero constructo lingüístico inexorablemente impuesto por el lenguaje. Puesto que estas críticas parecen razonables y encuentran su reflejo en algunas ideas de una economía no ortodoxa, podríamos decir con Davis que la economía heterodoxa, que en general no enfatiza al individuo, de hecho ofrece elementos para una adecuada teoría del individuo.

No creo que pueda caber ninguna duda de que los ideales que Wolf heredó de sus padres relativos a la libertad, a la democracia y a la verdad tienen que ver con el individuo y que, en consecuencia es necesario discutir en qué medida ese ideario depende de la concepción del individuo. Más en concreto deberíamos mirar a la crítica sociológica y postmoderna de la noción modernista del individuo porque, sobretodo ésta última, está efectuada por quienes Wolf trata de embaucadores y porque esas criticas muestran una progenie que es donde se encuentra lo que hoy aterroriza a Bloom ,a Wolf y a todos los devenidos conservadores. Para ello volvamos a Davis quien pone a Nietzsche en el origen de la crítica postmodernista: Sin las ilusiones del lenguaje simplemente no hay agentes, no hay egos, no hay conciencia de si (selves). Descartes y Locke supusieron que debía haberlos porque un mundo sin individuos – un mundo, entonces, sin Dios- era demasiado terrible de contemplar. Sin embargo para Nietzsche, el lenguaje era un voluble juego de máscaras detrás de las cuales no había, simplemente, nada. Las ideas de Nietzsche reaparecen en Derrida, Foucault, Lyotard, Jameson, Rorty, Baudrillard y otros para quienes la identidad individual siempre se disuelve en la nada en cuanto intentamos localizarla. Estos ensayistas franceses (más el traidor Rorty) serían los embaucadores, taimados enemigos de los valores lustrados, especialmente si recordamos que entre Nietzsche y ellos no hay cosa buena para pragmatistas americanos o naturalistas británicos. No hay más que un confuso Husserl que quiere poner entre paréntesis tanto el yo como el mundo y concentrarse en lo del medio, un incomprensible Heidegger y unos filósofos menores que responden al título de hermenéuticos y que insisten en pensar que el mundo, en lugar de estar ahí para ser entendido, en realidad nos habla sobre viejas narraciones en las que el mundo nos habla sobre viejas narraciones en las que… Me parece a mi, sin embargo que la displicencia de Wolf hacia estos filósofos postmodernos (también criticados en el libro citado de Sokal y Bricmont) es una muestra de prejuicios injustificados y gratuitos y filosóficamente insostenibles (cuya incidencia en sus críticas a la antiglobalización es afortunadamente inexistente), además de ser políticamente peligrosos. Que estos prejuicios son filosóficamente insostenibles y que, en consecuencia, el llamado pensamiento débil es bastante potente resulta de la constatación de que estas ideas postmodernas y/o deconstruccionistas pasan el elemental test de la reflexividad de manera trivial. La puesta en circulación del deconstruccionismo no deja en entredicho la actitud dsconstruccionista, mientras que se constituye en el ángel exterminador de las ideas ilustradas que, ahora, tienen que mostrar su resistencia ante un ataque que no resulta ser sólo taimado; sino también corrosivo.

Estas ideas postmodernas crecen en potencia cuando uno cree constatar que su condena despreciativa y huérfana de argumentos, surge de una carencia y conduce a una sobrereacción. La carencia consiste en la imposibilidad de afrontar cualquier novedad debido a la somatización del miedo al peligro que pudieran llegar a entrañar. Peligro cierto ya que ponen en entredicho muchas de las verdades naturalistas que forman parte del ideario ilustrado. No creo que esas ideas ataquen a la libertad o a la democracia, aunque no destaquen en su defensa; pero sí que problematizan la verdad, el individuo como sujeto y el mundo objetivo como algo que simplemente está ahí. La sobrereacción consiste en exagerar los peligros que estas ideas puedan acarrear pensado, por ejemplo, que pueden debilitar un sano pragmatismo americano, sin proponer su superación y sin tan siquiera fajarse seriamente con ellas.

La confusión que revolotea en torno al postmodernismo consiste en por un lado, tratar de menospreciar a las ideas llamadas postmodernas como una mera adherencia de la modernidad basada en la razón, pero sin su hálito constructivo, y luego, por el otro lado, quejarse de su irracionalismo. Cualquiera que sea su origen, e incluso si proviene de fuentes irracionales, las ideas de los autores postmodernos citados y otros, son una profundización racional en la arqueología del saber. Es posible que no nos guste el origen, siempre provisional, de alguna de nuestras ideas de la misma forma que podemos despreciar el origen subconsciente concreto de algunos rasgos de nuestra personalidad; pero no por eso estamos lógicamente autorizados a pedir censura al uso de la razón o a despreciar el psicoanálisis. Limitar el uso de la racionalidad por parte de uno o de todos los individuos podría tener su justificación cuando es el resultado de una coordinación que permite evitar la caída en el equilibrio subóptimo al que nos llevaría el uso de la estrategia dominante como única estrategia racional, e incluso puede argüirse que esa autolimitación puede ser el resultado de otro tipo de racionalidad, procedimental o expresiva, pero racionalidad al fin. Sin embargo el ataque de Wolf a los que denomina embaucadores está organizado no desde esta naturaleza, sino desde la ignorancia (quizá no culpable) de estas posibilidades y desde una irritación propia de quién al final no puede encajar todas las piezas del puzzle.

Esto es lo que a su vez aterra en la actitud de Wolf, que su actitud sólo está basada en una cuestión de poder: quitemos de en medio a estos aguafiestas y trabajemos para establecer de una vez por todas y de manera global el sistema de mercado libre. No hace falta estar en contra de la globalización para rechazar esta actitud como proclive al uso del poder, académico, económico o físico. Y esa proclividad acaba cayendo en la adopción de pautas de comportamiento conservadoras sobre las que quiero prevenir en el siguiente apartado.

La deriva peligrosa

El peligro consiste en que los liberales caigan en el neconservadurismo. Este movimiento amalgama un conjunto heterogéneo de creyentes en el sentido común, en la decencia, en el de-una-vez-por-todas, en la Biblia y en el espontaneísmo social irrestricto mal interpretado como ineluctablemente dirigido a un final predeterminado. Tal como hemos ido viendo en los dos apartados anteriores es posible que, aunque este conservadurismo crea en el individuo moderno, no conciba el carácter siempre transitorio de la identidad individual, asigne al individuo naturalizado como átomo primitivo de la sociedad una racionalidad excesivamente magra y se niegue a aceptar como genuina la problemática de la multiculturalidad. Sus bestias negras son las novedades de la postmodernidad, novedades que no entienden (carencia) y contra las que sobrereaccionan, y lo seguirán siendo hasta que no tengan la valentía de eliminar al sujeto del centro de la escena o de desconstruir la racionalidad moderna.

La situación es muy curiosa. Los liberales clásicos, y mucho más si tienen un fondo Humeano, son empujados hacia la conquista y el uso del poder, del que debían recelar, justamente porque el postmodernismo se lo disputa, o se lo reprocha, precisamente con el mero uso de la razón. Pero es el caso que ese poder al que aspiran como por despecho, por acabar la discusión, cuando deberían como liberales saber que ésta no tiene fin, podría ser menos peligroso si reconocieran juntamente que su roca firme, el individuo con su esfera de libertad, es algo con una identidad vaporosa que puede cristalizar en diversas formas todas ellas efímeras. Deberían haber aprendido de quienes desprecian su verdadera funcionalidad social: luchar o argumentar en favor de la única identidad individual aceptable, aquella que se reconoce como efímera. Es precisamente esa escasa densidad ontológica la que nos permite ser realmente responsables de la forma que adopta nuestra nada. Será peligroso todo liberalismo que no admita que somos como figuras de hielo que se derritan; pero que mientras duran pueden ser más o menos bellas y que no reconozca que nuestra responsabilidad es que esa muestra identidad individual poco estable sea lo más bella y estimulante posible.

Quizás exagere el peligro que representan estos revolucionarios neoconservadores que no son capaces de perseverar en el liberalismo y que quieren cerrar de una vez por todas el diseño del mundo; pero es que la impresión es muy negativa cuando, ante la idea del multiculturalismo, su reacción no es la tolerancia o la medición precisa de su vigencia o la distinción sutil entre eso y un pluralismo cultural; sino que implícita o explícitamente están llamando a la fuerza como último (en el sentido de definitivo) criterio de selección y de pervivencia.

Esta es la peligrosa deriva que cabría denunciar en no pocos liberales: que prefieren alinearse en silencio con los que están dispuestos a usar la fuerza a hacerlo con aquellos que, maestros en el ejercicio racional, no consiguen mentirse sobre la superioridad imaginada de la Ilustración naturalizada y llevan hasta el extremo sin freno alguno las implicaciones de sus elaboraciones intelectuales. Aunque hay liberales, como sería el caso de John Gray, cuyas preferencias parecen funcionar justo al contrario. Hace poco tiempo denunció los que él considera engaños del capitalismo global en un libro, que habría que leer simultáneamente con el libro de Wolf como ejemplo de un antiglobalizador que no es estúpido y cuyos argumentos pertenecen a la misma estirpe ilustrada que los de los economistas naturalistas como Wolf.

Este mismo autor, John Gray, infectado por los embaucadores postmodernos, nos ha alarmado con su Strow Dogs en el que nos lleva intelectualmente hasta la desembocadura del río liberal: una especie de nihislismo al que tememos tanto (véase Dostoyeski en Manhattan de A. Glucksman) que preferimos hacernos conservadores, renunciar a pensar e incluso apoyar guerras ilegales e ilegítimas con tal de que nada turbe muestra buena conciencia de falsos liberales.

Hacia un liberalismo pequeñoburgués

El liberalismo acabó triunfando sobre el totalitarismo de los regímenes fascistas y comunistas y triunfó con la razón, sin ponerle limite, además de sabiendo responder a los ataques armados. El liberalismo individualista ha sido y seguirá siendo la gran fuerza creadora de riqueza y, lo que es más importante, de libertad individual; pero hoy se enfrenta a una fuerza que, sin ser totalitaria, es tan peligrosa como sus antiguos enemigos. Se trata de este neoconservadurismo que se extiende al socaire de la fuerza del ejercito norteamericano utilizada inadecuadamente por quienes aprendieron con Bloom en Chicago que la natural superioridad americana no debe ponerse en juego. Se trata, en cierto modo, de ese antianarquismo que tanto tiene que ver con el miedo de una población anciana. No van a socializar los medios de producción, ni van a intentar la planificación; pero sí van a tratar de hacerse con todo el poder para evitar que algunos individuos, peligrosos delincuentes sociales, descubran verdades ocultas. Nada impedirá que utilicen todo ese poder para ahogar la verdad si ésta se interpone en su camino. Se trata de unos revolucionarios peligrosos de quienes deberíamos ser capaces de defendernos.

Para no sucumbir no cabe más que la resistencia, la resistencia liberal, esa que sabe que nada hay estable, que todo evoluciona con la sociedad y el lenguaje, incluido el mismo liberalismo que, por liberal, no puede negarse a ser open-ended, abierta a lo que llegue y que admite sin miedo, aunque con un grano de azúcar, el poder disolvente de la hipertrofia racional propia del postmodernismo, heredero tanto del racionalismo ilustrado como de cierto irracionalismo romántico y que sabe que no saldrá adelante -«triunfar» no será una palabra propia del liberalismo- más que resistiendo como la humilde aspidistra que intenta engalanar la simpleza del que no arrastra ni se deja arrastrar porque sabe que casi todo es aleatorio.

Cuatro problemas de política fiscal

Publicado en Expansión, martes 5 de octubre de 2004

El otoño va a plantear problemas de Política Fiscal (P.F.), tanto en España, donde un nuevo gobierno ya ha presentado sus primeros presupuestos, como en la UE, donde una renovada Comisión va a tener que lidiar con no pocos asuntos hacendísticos. Dejando a un lado aspectos menores de índole tributaria, e incluso aspectos no tan menores como la deflactación de las rentas nominales, me gustaría centrarme en cuatro problemas que resultan ser comunes para la UE y para España desde el punto de vista analítico. Quiero referirme, en efecto, a los siguientes cuatro. (i) El problema de la estabilidad presupuestaria, es decir cómo juzgar los déficits presupuestarios. (ii) La armonización fiscal que se pretende, bien sea entre CC.AA en España, bien sea entre Estados en la UE. (iii) La coordinación fiscal entre distintas administraciones y, finalmente, (iv) la transparencia informativa en cualquier ámbito de estas materias.

La estabilidad presupuestaria

El hecho de que la Política Monetaria nos venga dada a todos, Estados y CC.AA., desde el BCE, de manera independiente y casi exclusivamente antiinflacionaria, acorrala a la Política Fiscal tal como muestra los recordatorios recientes de Trichet. Es cierto que unos presupuestos públicos excesivamente deficitarios frustrarían las intenciones del BCE y acabarían generando, en compensación, unos tipos de interés demasiado altos como para alcanzar el crecimiento potencial. Ahora bien, el déficit en sí podría contrarrestar esta implicación indeseable siempre que se trate de un déficit producido por unos gastos en inversión productiva que se pagan a sí mismos en el futuro y que generan una deuda cuya carga puede asumirse con holgura.

Creo que, a este nivel de generalidad, no es difícil aceptar la validez de esta respuesta para cualquiera que sea el volumen de gasto social que se proponga. Y, en consecuencia, podemos deducir dos implicaciones interesantes. La primera es que el déficit cero no es necesariamente la mejor política presupuestaria en toda circunstancia. La segunda es que el P.E.C. (Pacto de Estabilidad y Crecimiento) estaba mal diseñado por no atender a la naturaleza del déficit y por no tener en cuenta la sostenibilidad de la deuda y que, en cualquier caso, debería haberse modificado mucho antes de que parezca que son los grandes países los que obligan a ello.

Armonización Fiscal

La armonización fiscal, además de parecerme la deriva in consciente y burocrática de un pensamiento excesivamente simplificador, tiene dos contraindicaciones que creo evidentes a pesar de su escasa popularidad.

  • La primera es que elimina la competencia fiscal entre administraciones, competencia que no hay por qué pensar que llevaría al desmantelamiento de los servicios públicos. Lo razonable es pensar que se alcanzaría un equilibrio que nos debería ser tan aceptable como el que creemos se alcanzaría en los mercados que queremos desregular , o el que se ha alcanzado ya en mercados desregulados.
  • La segunda contraindicación de la armonización fiscal es que hace menos atractiva la deslocalización cuando este fenómeno, lejos de constituir un problema, ofrece una oportunidad para reorientar la producción hacia donde realmente interesa dados los otros ingredientes de la especialización internacional. Si, por ejemplo, nuestros salarios nos hacen poco competitivos en la producción de buques convencionales no hay que exigir que Polonia (por no hablar de Corea o China) suba su impuesto de sociedades hasta armonizarlo con el nuestro (suponiendo para nuestro ejemplo que éste fuera más alto que el polaco) o proceder nosotros a bajar el nuestro; sino que lo que hay que hacer es especializarnos en la construcción de buques tecnológicamente complejos para la que no hay competencia en países con salarios bajos.

Los esfuerzos de Schöder y Chirac por lograr la armonización del impuesto de sociedades dentro de la UE ampliada son probablemente una mera maniobra de políticos avezados para ahorrarse la competencia fiscal y para evitar, comprensible pero erróneamente, el coste político inmediato de la deslocalización.

Coordinación Fiscal

La coordinación en materia fiscal no constituye un problema profundo de teoría económica; aunque sí plantea problemas técnicos que exigen esfuerzos burocráticos importantes. Es cierto sin duda que deben abordarse asuntos como la doble imposición u otros similares; pero la naturaleza meramente técnica de estos problemas no deben relajar nuestra vigilancia ante los peligros latentes de esta coordinación. Esta puede, en efecto, derivar hacia la armonización, con las indeseables consecuencias ya destacadas y, con la misma inercia, ir forzando la reducción del número de administraciones fiscales, disminuyendo así la beneficiosa competencia entre ellas y allanando el camino hacia una Agencia Fiscal Independiente cuya existencia ya se oye solicitar y cuya crítica tendrá que esperara otra ocasión.

Transparencia Informativa

¿Qué decir ahora del problema de la transparencia informativa en materia fiscal? Por un lado hace más de un año se hablaba ya de apagón estadístico, un término puesto en circulación, según creo, por Miguel Sebastián, hoy Director de la Oficina del Presidente del Gobierno, y que se refería precisamente al presunto incumplimiento, por parte del Ministerio correspondiente de las obligaciones de publicidad estadística en esta materias fiscales. Por otro lado mis dos últimos artículos en Expansión se referían a la transparencia en general, subrayando el primero (3 de agosto) los límites de la contabilidad en materia de transparencia y trayendo a colación el segundo (9 de septiembre) algunos ejemplos teóricos que mostraban los posibles beneficios de la opacidad en casos de distinta naturaleza. Me siento pues obligado a pensar sobre este asunto con mayor cuidado que el que he utilizado para hablar de los tres problemas anteriores.

Despejaré primero un tema trivial. Como la contabilidad pública, igual que la privada, tiene sus límites, nunca estaremos del todo seguros, a pesar de que contamos con criterios bien establecidos, de que algún país no se sienta tentado por la creatividad contable y que incluso caiga en la tentación, tal como parece ser que ha sido el caso de Grecia. Sin embargo, y mientras que esta creatividad no caiga en el surrealismo del apagón, en el que ni siquiera Grecia ha caído, siempre será posible reconstruir la información que los analistas necesitan cualquiera que sea el artificio contable utilizado.

Y, para continuar, me preguntaré ahora si pudiera haber razones, del tipo de las que yo esgrimía en el segundo de los artículos citados, que pudieran justificar la opacidad de las cuentas públicas, un asunto nada trivial. No me parece a mí que el caso del que estamos hablando tenga ninguna semejanza con la centralización o descentralización de un mercado de productos financieros o con la naturaleza de las predicciones, condicionadas o no, de un Banco Central, dos de las circunstancias en las que las autoras que yo citaba habían encontrado razones a favor de una cierta opacidad.

Sí que me parece aplicable, sin embargo, el caso de la relación de agencia en el que Andrea Pratt nos mostraba que era mejor para el principal de esa relación ignorar el comportamiento del agente y conocer solamente el resultado de su gestión a fin de evitar el conformismo de éste último (The Wrong Kind of Transparency, CEPR, D.P. nº 3859). Lo interesante aquí sería saber si esa proposición se sostiene en un escenario en el que la relación fiscal es una relación de agencia entre 40 (o 400 ) millones de principales y una única autoridad fiscal que trabaja como agente para cada uno de los ciudadanos. Hasta donde yo conozco este problema de la relación de agencia con múltiples principales no ha sido muy estudiado; pero un viejo artículo de Bernheim mostraba que no podemos esperar ni siquiera un óptimo de segundo orden.

Un argumento simple debería ser suficiente, sin embargo, para dilucidar si una cierta opacidad pudiera ser conveniente. El incentivo de cada ciudadano-principal es a conocer todo sobre el agente único para poder establecer su propio contrato óptimo que le garantice que no es peor tratado que cualquier otro delos ciudadanos-principales. Como esto es cierto para todos, lo mejor es que el agente único ofrezca toda la información. En conclusión, no parece que en esta situación haya ninguna razón para racionar la información. Una conclusión idéntica a la que obtendríamos en el caso de un Consejo de Administración en el que, como se trata de un único agente que trabaja para cada uno de los principales-accionistas, no parece que pueda encontrarse razón alguna para que la ignorancia beneficie al accionista.

Y acabo concluyendo con un NO sin paliativos a la armonización fiscal , con una clara reticencia frente a la coordinación, con un SI a la transparencia fiscal y, respecto a la estabilidad presupuestaria, con un ni sí, ni no, ni siquiera todo lo contrario; es decir con una recomendación de practicar la prudencia sin dogmatismos.