La inevitable decadencia del liderazgo

Publicado en Actualidad Económica el 24 de septiembre de 2004

Los momentos críticos que vislumbramos, como el terrorismo global, son tan nuevos que el liderazgo parece fuera de lugar.

El liderazgo ha estado y está muy presente en el mundo político, empresarial, deportivo y hasta científico. Y, sin embargo, creo que hay signos perceptibles de su decadencia. Esta es evidente en la ciencia, un espacio que parecería inexpugnable. En efecto, el liderazgo que uno atribuiría a un Einstein no puede subsistir en un mundo en el que el monismo metodológico ha perdido su prestigio y está siendo sustituido por un pluralismo asociado a la multiplicidad de causas eficientes y a la consideración de la ciencia no como un camino hacia la verdad, sino como una fuente de generación de ideas que nos ayudan a transitar por este mundo que desconocemos.

Si el liderazgo no cabe en la ciencia, ¿cómo podría darse en la política? El liderazgo social y los momentos históricos críticos parecerían asociados. Y no sólo porque una guerra, como ejemplo elemental de un momento crítico, exige el reforzamiento de una autoridad como la de Churchill, digamos, sino también porque una personalidad fuerte y paranoica genera sus propios momentos críticos, como sería, sin duda, el caso del Führer. Creo que, en el mundo en el que estamos, las personalidades paranoicas pueden ser desactivadas con facilidad gracias a la información desbordante que existe y es accesible, y que los momentos críticos que vislumbramos, como por ejemplo el terrorismo global, son tan novedosos que la presencia del liderazgo parece fuera de lugar. Bin Laden es sólo el avispado creador de una franquicia y de una marca, Al Qaeda, y Bush el desmañado proveedor de una defensa tan poderosa como obsoleta a efectos de luchar contra el nuevo terrorismo.

Quizá podríamos detectar la presencia del líder en el mundo empresarial en el que parece haber primeros ejecutivos que arrastran toda una organización por el camino del éxito. Pero la vida de una empresa no está tan marcada por graves momentos críticos, a no ser que entendamos como tales los episodios de la competencia, y las grandes metáforas de la literatura de gestión son demasiado perecederas como para que la del liderazgo resista el paso del tiempo.

El éxito de Grecia en la copa europea de fútbol representa el triunfo del equipo frente a la figura carismática del líder en su soledad. La poética del hombre solitario sólo tiene porvenir cuando éste entronca su peripecia vital con la épica de una causa o de un movimiento colectivo, como ocurrió en los tiempos de la frontera, en los que el jinete solitario deja de rumiar su frustración y echa una mano, rematada por un colt, a la colonización civilizatoria del oeste americano. Es quizá este mundo poético el que mejor nos permite captar la decadencia del líder-héroe. El vaquero descabalgado para ayudar al débil sólo alcanza su grandeza poética cuando vuelve a su soledad cabalgando hacia el horizonte a pesar de la llamada reiterada que le grita vuelve Shane, vuelve. Desde ese momento preciso, al final de Raíces Profundas, los líderes sólo lo son cuando renuncian a ejercer como tales.

La OPV de Google: Dos lecciones importantes

La explosión del éxito de Google es posterior a la debacle de las empresas puntocom. Ante la proliferación de información dispersa en infinitas páginas web, la necesidad de un sistema electrónico de búsqueda rápido, se hace evidente y su diseño e implantación se transforma en una obvia oportunidad de negocio. El algoritmo creado por Larry Page y Sergei Brin, fundadores y dueños de Google, es un eficiente motor de búsqueda que todos utilizamos y que algunos querríamos destripar para manipular la información existente. Ese algoritmo se convierte en el código de la vida social, en una especie de taumaturgo capaz de crear diligentemente todas las redes de personas posibles y de reconocer todas las identidades imaginables, utilizando todo ello como fuente de un poder casi absoluto. Y esta especie de piedra filosofal que, de todos modos es una empresa, sale a Bolsa. La compañía tiene competidores peligrosos, precisa financiación para vencer en la carrera competitiva y, seguramente, sus dos jóvenes creadores creen llegado el momento de embolsarse parte del valor que han creado.

El procedimiento de una O.P.V. (Oferta Pública de Venta) estaba estereotipado. La empresa que quiere colocar acciones se pone en manos de un banco de inversiones; los correspondientes expertos estudian la empresa, el mercado de su producto, sus competidores, la estructura de la propiedad y, finalmente, la valoran fijando un precio de salida y, de una u otra forma, garantizan prácticamente la colocación entre clientes o tomando posiciones propias. Pero la revolución de las nuevas tecnologías no ha ocurrido para nada de forma que Larry y Sergei deciden salir a Bolsa mediante la utilización del mercado, en este caso en forma de subasta holandesa organizada por la propia compañía, eliminando así parte de los costes de transacción.

Desde ese momento las dificultades no dejan de surgir. Parece que no han dado toda la información al mercado ya que hay paquetes de acciones entregadas a los empleados. La subasta levanta suspicacias reminiscentes de las que levantó su utilización en la concesión de frecuencias radioeléctricas para la puesta en marcha de la tercera generación de telefonía móvil. Y, grave error, aparece durante el período que llamaríamos de discreción una entrevista de ambos dueños en la revista Playboy. El resultado es que el precio de salida y el finalmente alcanzado en la subasta son menores que los inicialmente previstos debido, se dice, a la inexperiencia de dos jóvenes díscolos que no quieren pasar por el pago de un peaje que, de hecho, es perfectamente prescindible.

Dos son, creo, las lecciones a no olvidar y ambas son independientes del comportamiento posterior de la acción de Google que, dicho sea de paso, ha sido bueno aunque no espectacular.

  • La primera lección es que, tal como nos enseñan otros casos de innovación, las nuevas tecnologías, tardan en imponerse (como tardará en imponerse el voto electrónico en las juntas de accionistas) debido a que quienes utilizan las antiguas tienen que amortizarlas aun después de haber perdido la batalla por impedir su uso. No debemos esperar pues que las salidas a Bolsa vayan a prescindir de los bancos de inversión en un futuro inmediato incurriendo así en un coste social eliminable.
  • La segunda lección es que el terror que suscita una subasta, no es sino la manifestación tangible del terror que produce el mercado puro y duro, como cuando, en su momento, el gobierno español optó por el concurso en el asunto del UMTS despreciando el método de la subasta que no permite ningún tipo de intrusión.

Lo curioso del caso es que quienes con más desparpajo avisan de los peligros del mercado o de una subasta son quienes, como los bancos de inversiones, más dicen confiar en sus virtudes. Quizá sea porque saben muy bien que, gracias a las nuevas tecnologías, todos podemos convertirnos en intermediarios financieros pues todos poseemos toda la información.

¿Transparencia? Ventajas de la Opacidad (II)

Publicado en Expansión, jueves 9 de septiembre de 2004

La transparencia del aire mediterráneo me ha dejado como desnudo y el sol me está dañando la piel y los ojos. Y es que no siempre la transparencia es buena. Ya expliqué hace un mes, en la primera entrega de esta pequeña serie veraniega, que en la búsqueda de la transparencia no hay solución contable definitiva. En esta segunda entrega, voy a repasar tres ejemplos nada triviales de las ventajas que se pueden derivar de algún grado de opacidad.

La transparencia en un Banco Central

Comencemos por la política monetaria de un Banco Central. Sabemos que la inconsistencia dinámica de una política monetaria discrecional en manos de un Gobierno que quisiera realmente inflar la economía para reducir el desempleo, genera un sesgo inflacionario que sólo puede reducirse poniendo la política monetaria en manos de un Banco Central Independiente, para el que la política antiinflacionaria sea estrategia dominante.

Como sin embargo, el público no está seguro de las preferencias del Banco Central, éste tiene que ganarse la reputación de antiinflacionista decidido puesto que cuanto más firme sea esa reputación, menor será el sesgo inflacionario. Sin embargo la firmeza de la reputación puede estar influida por la transparencia, tal como nos ha hecho ver recientemente Petra Geraats (Why Adopt Transparency? The Publication of Central Bank Forecasts, CEPR, D.P. nº 2582,2000).

Si el Banco Central publica sus proyecciones condicionadas en la variable de política económica observable, es decir, el tipo de interés, esta señal se hace más precisa respecto a las preferencias del Banco Central, que puede así mejorar su reputación y por lo tanto disminuir el sesgo inflacionario. Si el Banco Central publicara sólo proyecciones sin condicionarlas a los valores del tipo de interés, esta variable sería una señal menos precisa y sufrirían la reputación del Banco y su capacidad para reducir el sesgo inflacionario.

Por estas razones podemos concluir que si bien la transparencia (identificada aquí como la publicación de las proyecciones efectuadas por el Banco Central) es buena, hay que tener cuidado, pues si las proyecciones de la tasa de inflación y del output no explicitan los valores del tipo de interés que se persiguen, y con los que se cuenta, esta variable pierde la capacidad de influir en la reputación y, consecuentemente, en la capacidad del Banco para reducir el sesgo inflacionario. La moraleja, informalmente expresada, es que si un Banco Central va a ser transparente, debe serlo de manera que realmente comunique sin ambigüedad su naturaleza, preferencias e intenciones.

La transparencia y la relación principal – agente

Miremos a continuación a la relación de agencia que ha examinado con cuidado, a estos efectos de transparencia, Andrea Pratt en un trabajo sumamente rico en implicaciones (The Wrong Kind of Transparency, CEPR, D.P. nº 3859, 2003) pero que aquí sólo podemos examinar a efectos de insistir en que la transparencia es una cuestión delicada que no permite afirmar categóricamente que cuanto más transparencia mejor, tal como parecería dictar el sentido común.

Pensemos que en una relación de agencia, el principal puede conocer tanto la acción tomada por el agente, como el resultado conseguido a través de esa acción. Lo interesante es que el principal preferiría saber sólo el resultado, desconociendo la acción tomada para conseguir ese resultado. Intuitivamente la razón es que, si conoce también la acción y el agente lo sabe, este agente se comportará de una manera conformista para no ser penalizado por nadar contracorriente. Ello le llevará a no procesar algunas señales y, finalmente, a hacer imposible el conocimiento por parte del principal de quién es el agente lo que, a su vez, no permite la redacción de un contrato óptimo, y, en consecuencia, acaba reduciendo el nivel de esfuerzo realmente ejercido por el agente.

La transparencia en un mercado de valores

Para terminar examinemos un resultado sorprendente debido a M.A. de Frutos y C. Manzano (Risk Aversion, Transparency and Market Performance, Journal of Finance, 2002) en su trabajo sobre la transparencia en un mercado de valores que puede estar centralizado (transparente) o fragmentado (opaco).

En el primer caso, que sería el de un mercado de renta variable como el de la Bolsa de Madrid digamos, las ofertas de precios, de compra y de venta, son públicas de forma que los intermediarios conocen los precios ofrecidos por sus competidores. En el segundo caso, que podría estar representado por el mercado americano de bonos del tesoro, los acuerdos son a menudo bilaterales de manera que los intermediarios no saben si están en línea o no con sus competidores.

Ahora es fácil de intuir que desde el punto de vista del inversor, es más ventajoso la fragmentación, es decir la falta de transparencia. La razón es que los «market makers«, tienen interés en no confundirse en el cálculo de las transacciones que preveen efectuar, pues este acierto disminuye sus costes operativos. Este interés es fácilmente satisfecho cuando el mercado está centralizado, y por lo tanto es transparente, porque entonces es fácil mejorar las condiciones de precio de manera sólo marginal, cuando se desean más operaciones para cuadrar las cuentas. En cambio, si se necesitan más ordenes y el mercado está fragmentado, y por lo tanto es menos transparente, el interés del «market maker«, sólo se puede satisfacer ofreciendo condiciones agresivamente mejores al inversor.

Recordatorios

Estos tres ejemplos son una muestra de las muchas paradojas que surgen cuando se abre la caja de Pandora de los problemas informacionales. A veces, más información puede ser nocivo, algo que no debería resultarnos extraño ya que, sabemos desde hace mucho tiempo, que añadir un mercado a una estructura de mercados incompleta no constituye necesariamente una mejora paretiana, a pesar de que esa apertura de un nuevo mercado aumente la información existente.

Si ese apertura no llega a completar la estructura de mercados permitiendo el traslado de poder de compra de cualquier fecha a cualquier fecha, y desde cualquier contingencia a cualquier contingencia, la información adicional puede hacer imposibles ciertos contratos que eran posibles y convenientes sin esa información.

Este último recordatorio junto con los tres ejemplos ofrecidos nos convence, o debería convencernos, de que el asunto de la información y, por ende, el de la transparencia, es delicado y no admite soluciones definitivas ni fáciles de poner en práctica. El desconocimiento de estos problemas es el que explica el entusiasmo mostrado por la adopción de un código de conducta por cualquier empresa, la elaboración diligente de recomendaciones para el buen gobierno de la empresa cotizada por parte de comisiones ad-hoc o los cambios legislativos que se han amagado.

En todos estos casos lo que se pretendía era salir al paso de los presuntos engaños, o de las distorsiones de información o de su simple ocultación a los accionistas por parte de los administradores en conveniencia con algunos ejecutivos, quienes, de esta forma, distorsionaban el mercado en perjuicio de su funcionamiento correcto. Pero, en lugar de humildemente reconocer los límites de la contabilidad o las razonables dudas sobre algunas de sus prácticas, en vez de llevar a cabo una labor pedagógica sobre los méritos relativos de la información, se optó paradójicamente por cantar la transparencia de una forma que la contradecía ostensiblemente y que sólo pretendía manipular una opinión pública poco informada.

Desde la terraza en la que escribo esto y a pesar de la ausencia de bruma no logró percibir nítidamente el golfo de Rosas o el parque natural de las islas Medas: sólo capto en cada caso, una mancha alargada y fina de un azul distinto que me hace olvidarme de los bañistas de hoy y me permite soñar en las invasiones pacíficas del pasado. Y es que la transparencia tiene límites naturales y éstos fomentan la creatividad. Exigirla u ofrecerla en su totalidad y a cualquier coste es una muestra de ignorancia y de torpeza. En mi opinión de ambas cosas.

Elogio de la Chapuza

Los ensanches cuadriculados soñados por los urbanistas adelantados a su tiempo; la ciencia teórica construida more geométrico, con la limpieza intelectual de la matemática; las formas de convivencia desarrolladas de acuerdo con algún principio trascendente; la coordinación minuciosa de las tareas de construcción y su realización a lo largo de un camino crítico que minimiza las esperas.

Todos estos lugares intelectuales pertenecen a otro tiempo y pocos ven hoy en ellos ningún mérito especial. El urbanista deviene orgánico, el científico, más que elucubrar, experimenta, la praxis preside la vida política sin espacio alguno para la trascendencia y las buenas costumbres ingenieriles se disuelven en distintos negocios singulares coordinados, esperamos, por mercados no muy bien desarrollados. La chapuza desordenada es fácilmente reconocible desde hace años en la actividad humana y la nostalgia del orden estaría, en todo caso, fuera de lugar.

La naturaleza es orgiástica y desmedida en su forma de evolucionar. Deja al margen, y como olvidados, tantos materiales de desecho con los que ha jugado para crear una flor, que su forma de actuar inconsciente desafía nuestro sentido de la economía de medios y de la elegancia de movimientos que aborrecen el exceso. La noción de ahorro le es ajena y está siempre dispuesta a dilapidar fuerzas vitales para abrirse camino hacia no se sabe donde. La naturaleza es un Pantagruel plácidamente ahíto e ignorante de los palpitantes dramas de la materia viva que mastica y deglute con deleite. Y algo así, completamente desmedido, comienza a ser hoy la ciencia que se practica normalmente. Hay tantos datos almacenados, se ha facilitado tanto su accesibilidad, que el material a explorar ha dejado de ser algo estilizado por la finura intelectual y, más que tratando de ofrecer explicaciones de esos fenómenos construidos, la ciencia procede hoy con la inocencia atolondrada de un niño que abre torpemente los regalos de una inmensamente generosa celebración de la proliferación.

Ante la consustancial incertidumbre de la investigación el científico de ayer, perdido en el bosque, fijaba un rumbo y lo seguía ascéticamente empujado por la esperanza de un descubrimiento profundo. El científico de hoy explora alborozado todas las direcciones, salta de la propia a la del colega con total ligereza y no pierde la alegría instantánea del juego que se agota en sí mismo y que reposa en una superficie lisa sin profundidad alguna.

Ese producto que llamamos simplemente investigación ha derivado en «Europa» en una especie de intento desesperado, en forma de I+D+i, de ordenar la multiplicidad infinita de la aventura intelectual. Además, en la misma forma de articular los esfuerzos sociales por aprovechar el esfuerzo intelectual, contrastan lo que llamamos «Europa» y «América«. Hoy triunfa la chapuza «americana«, desordenada y experimentadora, frente a la elegancia «europea«, ordenadamente especuladora. Y parece que la manera «americana» y tosca se va imponiendo: no sólo consigue una mayor calidad científica, también parece hacerse norma en muchos órdenes de la vida.

Puede que el respeto al derecho internacional que mostró «Europa» en la crisis de Irak (con sus secuelas de guerra y posterior guerrilla resistente a la invasión) y que traza sus orígenes hasta su raíz kantiana con su paz perpetua, hubiera resultado menos traumático (sin duda) y y más constructivo (probablemente); pero la brutalidad «americana» puede que conforme la condición indispensable para reconocer, a través de su falta de éxito en esta caso, los méritos de la visión «europea«. No cabe, por lo tanto, concluir que aquí fracasó la chapuza. Todo lo contrario, pues es ese pragmatismo americano el que puede desbrozar el camino de la convivencia pacífica basada en reglas admitidas y respetadas.

Este contraste entre orgía y sobriedad, entre limpia especulación y sucia experimentación, entre «Europa» y «América«, tiene su correlato inmediato en las distintas formas de organizar la sociedad red. En su trabajo titulado El enemigo siempre está en casa, perteneciente al libro electrónico Poder, Descentralización, Libertad y Conflicto, David de Ugarte nos confronta al Swarming, una forma de ataque, desorganizado e inesperado que utiliza la naturaleza reticular de la sociedad y que muy bien podría constituir el paradigma de la chapuza de la que estoy hablando, afirmando que sólo se le puede hacer frente con redes descentralizadas, igualitarias y poco densas. En mi contribución a ese libro electrónico (Topografía ideal antiswarming) yo concluía que si queremos no sólo minimizar el riesgo de perecer, sino también maximizar el bienestar que se deriva de juntar fuerzas productivamente complementarias, debería existir un centro coordinador que fuera aleatorio. La aleatoriedad de la coordinación podría conseguirse, sugería yo paradójicamente para algunos, mediante la competencia entre intermediarios coordinadores.

Pues bien la chapuza de disco duro de Al Qaeda, entregado al examen de los expertos hace año y medio y revelada este verano, puede muy bien entenderse como una forma de aleatoriedad que les protege del antiswarming. La chapuza puede sustituir a la competencia en este caso. En efecto, chapuza y competencia son dos formas de actuar socialmente que son muy naturales y poco civilizadas, escasamente elegantes y más bien americanas. Los «europeos» preferiríamos unas prácticas sociales menos espontáneas, más estilizadas, más presuntamente racionales y, quizá, más centralizadas.

Lo que he intentado hacer hasta este punto es mostrar que hay razones para entonar un canto elegíaco a la chapuza. Ahora, para terminar, quiero añadir que el tipo humano que encarna este elogiable espíritu chapucero es el hacker. Este extraño individuo piratea; pero no es esta la característica que quiero destacar aunque ese pirateo pueda, a veces, ser útil como suscitador de dudas respecto a verdades presunta y falsamente inamovibles como ocurre, por ejemplo, con las establecidas en materia de propiedad intelectual.

Lo que me importa destacar es más bien que este hacker es un chapucero, que destroza los juguetes para, en lugar de disfrutar de sus prestaciones originales, volverlos a montar con prestaciones sorprendentes e innovadoras. Se trata de alguien que no está poseído por el esprit de finesse, sino que degusta la vida a bocados, un Pantagruel del placer, un solitario bricoleur, un nuevo bárbaro que nos va a despertar de este sueño placentero que descabezamos sobre un volcán a punto de erupción.