Competencia y Poder

Publicado en Actualidad Económica el 22 de junio de 2004

Todo el mundo, salvo nostálgicos del paraíso terrenal, parece estar de acuerdo con los efectos tonificantes de la competencia.

A pesar de ello parece pertinente clarificar algunas de las ideas convencionales que subyacen a las decisiones que toman los organismos reguladores en general, y en particular los Tribunales de Defensa de la Competencia.

La primera idea a reconsiderar es que cuando en un mercado hay pocos agentes productivos debemos vigilar las prácticas de esos pocos. Puede no ser necesario actuar ya que unos pocos agentes agresivos pueden llegar a tener una rivalidad tal que funcionen como competidores perfectos sin prácticas colusivas; pero vigilar parece inexcusable. Pero, ¿y si hay un solo agente?

Pensemos primero en un monopolio natural, como por ejemplo la generación eléctrica. Podemos regularlo. Pero también podemos liberalizar e introducir la competencia. Sin embargo, y como muestra, entre otros, el caso de California, si nos decantamos por esa vía liberalizadora hay que hacerlo bien lo que, en general, quiere decir no menos, sino más liberalización.

Pensemos en segundo lugar en un monopolio fruto de una innovación tecnológica que consigue llevar al mercado un nuevo producto para el que hay demanda, como podría ser, por ejemplo, una nueva fórmula farmacológica. Podríamos obligarle a otorgar licencias a otras compañías farmacéuticas para que se difunda el uso de la fórmula. Pero también cabría permitir al innovador que se atrinchere detrás de su patente sin obligación de otorgar licencia alguna. En mi opinión habría que optar por la segunda opción si queremos que los competidores se apresuren a descubrir un nuevo compuesto sustitutivo y, probablemente, mejor.

Y pensemos para terminar en un monopolio artificial creado por una interpretación extensiva de los derechos de propiedad intelectual que ensancha su ámbito de aplicación a objetos cuya protección parece absurda y que los dilata en el tiempo hasta extremos ridículos. En este caso, y digan lo que digan los juristas, mi opinión es reducir estos monopolios puesto que son malos para la competencia y, lejos de difundir la innovación, la retardan aunque se les obligue a otorgar licencias.

Vemos pues que a la pregunta sobre qué hacer cuando creemos detectar la huella de un cierto poder monopólico, sólo cabe responder que depende. Y si me preguntan de qué depende creo que debo contestar, como dice mi amigo RL, que esto también depende. Si me siguen preguntando de qué, no jugaré con su paciencia: del poder, ¡claro está!. Y no me pregunten de cuál.

Topografía Ideal Antiswarming: Tres Lecciones

¿Qué forma han de tener las redes para minimizar el daño en un conflicto de swarming? Juan Urrutia continúa el debate abierto con David de Ugarte a raíz del libro «11M: Redes para ganar una guerra«.

En El enemigo siempre está en casa publicado en la Bitácora de las Indias el 19/05/04 David Ugarte nos recuerda lo que ya dijo en la versión electrónica de 11M: Redes para ganar una guerra: que en un conflicto de swarming lleva ventaja siempre el que está más descentralizado. En el Epílogo a ese libro electrónico yo trataba de, utilizando palabras del propio de Ugarte, caracterizar el terrorismo en red como una forma de swarming, es decir de ataque distribuido, simultáneo, más o menos autoorganizado y efectuado por grupos que, además de conformar una red de redes, son conscientes de que la forman y de que pueden atacar en todos los frentes. Dejando aparte el aspecto epistémico de esta especie de definición, en el Epílogo mencionado procuré incitar a David de Ugarte a plantear correctamente el problema intelectual derivado de la búsqueda de la geometría (arquitectura o topografía) ideal para evitar el swarming terrorista. Ha recogido el guante en el artículo citado dotando de contenido a mi conjetura, expresada en el Epílogo mencionado, de que, para esa finalidad, las redes deberían de ser descentralizadas, igualitarias y poco densas.

En lo que sigue voy a continuar con la conversación para destacar tres lecciones que surgen de la comparación entre su nuevo trabajo y mi Epílogo. Para ello partiré del ejemplo con cuatro individuos o nodos que, para empezar, no tienen ninguna conexión entre sí.

En su trabajo citado, David de Ugarte concluye que la topografía ideal antiswarming es la que (i) está muy interconectada y aquella que (ii) para cualquier grado de interconexión, los enlaces están más igualitariamente distribuidas entre los nodos. En su ejemplo de cuatro agentes, la topografía ideal tiene forma de cruz de San Andrés, una red en la que existen todas las interconexiones, no hay centro y la distribución de enlaces entre nodos es uniforme (tres enlaces por nodo).

La segunda característica mencionada equivale, en terminología de mi Epílogo a que la red fuera descentralizada e igualitaria. En efecto, si las conexiones se distribuyen igualitariamente entre los nodos no podemos hablar de un centro de esa red y ésta es, ex defintione, igualitaria. Ahora bien la primera característica destacada por David de Ugarte (gran interconexión) y mi exigencia de poca densidad no parecen encajar bien. Frente a la Cruz de San Andrés parece que yo estaba proponiendo una red en forma de un cuadrado.

En esta red en forma de cuadrado ya no hay centro, es igualitaria (pues cada nodo tiene dos conexiones) pero exhibe una menor densidad de conexiones.

La comparación que acabo de efectuar me lleva a la primera lección que quiero destacar: la topografía ideal antiswarming depende del contexto. Si pensamos en una red de transportes, David de Ugarte tiene razón, tal como él mismo ha mostrado en un trabajo citado que toma como base el atentado de Atocha. Si pensamos en la infiltración de un gas letal en una red de ventilación quizá tenga yo razón. En un caso así, que correspondería al del atentado en el metro de Tokio con gas sarin hay que prestar atención a la distancia media entre dos nodos cualesquiera. En la Cruz de San Andrés esta distancia media es justamente 1; pero en el cuadrado es mayor que 1. La difusión del gas es más lenta o menos pura y, en definitiva, menos letal en una red en forma de cuadrado.

Para ir acercándome a la segunda lección es conveniente pensar que la topografía ideal no debe depender solamente de la maximización del riesgo de perecer; sino también de la maximización del bienestar o, para simplificar, de la producción. A modo de ejemplo o sugerencia pensemos que la diversidad se puede representar por la ausencia de nodos, de forma que dos nodos unidos no son diversos, y que la diversidad aumenta la producción en razón de las complementariedades entre individuos diversos. La maximización del bienestar nos exigiría introducir un quinto agente (el intermediario) que conectara a los otros cuatro en forma de estrella.

Pero esta topografía no llevaría a minimizar la probabilidad de supervivencia como economía única integrada pues la estrella tiene un centro muy vulnerable a un ataque. Esta segunda lección nos dice claramente que más seguridad acarreará menos bienestar y no porque haya que dedicar recursos a la protección, un argumento éste al que no se ha hecho referencia en esta exposición. En cuanto hay un trade-off allí hay un economista y no sólo para descubrir la proporción adecuada de seguridad y bienestar.

La tercera lección no tiene que ver con esta tarea rutinaria; sino más bien con la sugerencia obvia de que el intermediario que permite aprovecharnos de las complementariedad sea aleatorio. Cómo conseguir eso depende, una vez más del contexto. La competencia entre intermediarios, sean éstos estaciones centrales o aeropuertos o sean redes eléctricas alternativas o sean distintos buscadores en la red, se me aparece como un buen mecanismo para compatibilizar, en la medida de lo posible, la seguridad y el bienestar.

Parece que a la luz de estas tres lecciones no hay más remedio que seguir pensando.