Amigas y amigos

Publicado en Actualidad Económica el 22 de abril de 2004

Desde que el Gobierno de Zapatero quedó perfilado, he creído notar no poca condescendencia en numerosos comentarios relativos a la igualdad del número de ministras y ministros.

Con sonrisa complaciente admiten muchos hombres y no pocas mujeres que bueno, que muy bien si eso es lo que quiere el nuevo presidente del Gobierno; pero que el país necesita a los o las mejores con total independencia del género. Además el gesto, y así se toma la paridad, sería un pelín ridículo, como esa insistencia del lehendakari Ibarreche en dirigirse a los vascos y las vascas. Pues bien, ni uno ni otro me parecen ridículos, ni sus gestos respectivos me parecen sólo gestos; opino que la paridad es una manera, entre otras, de generar calidad en los organismos colegiados y, a pesar de mi presunto liberalismo, estoy a favor de medidas de discriminación positiva como sería la de las listas electorales tipo cremallera.

  • Primero, no me parece ridículo insistir en gestos cuando de su repetición se derivan costumbres, modas o, en general, «memes» que nos hacen la convivencia más fácil y placentera. Salirse del lenguaje habitual siempre podrá ridiculizarse como algo pedante e incluso gárrulo, pero hacerlo es empezar a cambiar el mundo. Lo no nombrado no existe socialmente y esto es lo que ha pasado y sigue pasando con las mujeres. Insistir en la paridad es aceptar simbólicamente que el mundo ya ha cambiado y que las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a alcanzar su nivel de incompetencia.
  • Segundo, la paridad concita las ventajas de la diversidad. Ni por asomo me refiero a esa petite difference a la que lanzan vivas pícaros los franceses. Me refiero a que la diversidad proporciona la oportunidad de beneficiarnos de la complementariedad. Si los hombres fueran relativamente «mejores» para la industria y las mujeres lo fueran para las finanzas -como creo que es el caso arrastrado tal vez por un residuo irreductible de machismo- lo más adecuado sería que, en una comunidad dada, trabajen hombres y mujeres en número aproximadamente igual. Corremos el peligro de que una dinámica perversa haga que los hombres acaben trabajando en las finanzas y las mujeres en la industria; pero este peligro es un precio que yo estaría dispuesto a admitir ante la perspectiva de que la asignación de tipos de trabajo a géneros pueda llegar a ser la óptima.
  • Tercero, aunque el tiempo social de la «memética» es posiblemente más corto que el tiempo biológico de la genética, aquel es lo suficientemente largo como para que mi paciencia se agote y acepte las intervenciones en el proceso social a pesar de que en general mi liberalismo las desaconseje. En su día me sentí cómodo con el busing de los niños desde su vecindario a una escuela distante aunque hoy tendría mis dudas. Apoyé activamente los programas estadounidenses diseñados para proporcionar un head start a los desprotegidos y sigo favoreciendo algunos programas sociales que tratan de llevar a la práctica la igualdad de oportunidades tras estudiarlos caso a caso. Termino afirmando con voz firme, queridos amigos y queridas amigas que no espero arrepentirme por saludar con entusiasmo el advenimiento de las listas cremallera y de un gobierno paritario. ¡Que cunda el ejemplo!

Reinventando la Banca Comercial

Publicado en Expansion, martes 20 de abril de 2004

El futuro será para quien sepa aprovechar la increíble oportunidad de organizar, dado el conocimiento de características cruciales de los clientes, la aportación de los consumidores organizados a los negocios. Qué es la banca comercial es una pregunta ingenua difícil de contestar. Como en los sedimentos del lecho de un río, esta banca comercial acumula toda una historia que se desvela con su análisis geológico. Nunca dejará de ser un intermediario que transforma plazos tomando a corto y prestando a largo; pero ésta no agota sus funciones.

Decimos que la banca comercial es experta en el control del riesgo de sus inversiones de forma que poseer sus acciones es una manera inteligente y barata de diversificar nuestra cartera. Incluso nos atrevemos a pensar que la verdadera materia prima con la que trabaja un negocio de esta naturaleza es simplemente la información.

Es esta última capa sedimentaria la que me proporciona la ocasión de elucubrar sobre la influencia de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en el futuro, más o menos inmediato, de esa banca comercial que se ha reinventado tantas veces a lo largo de una historia dedicada a satisfacer las necesidades financieras de sus clientes.

Hace un mes, en estas páginas trataba de explicar que la producción de los países avanzados derivaba a pasos agigantados desde la cadena de montaje y hacia la redacción de un periódico, tomando ambas formas de producción como metáforas de dos formas alternativas de generar valor (ver La economía digital revisitada).

El empleado de banca ya no debía ser como un elemento de una cadena de montaje, sino como un periodista o como un hacker linuxero. Exagerando diría que en un patio de operaciones, como en la redacción de un periódico, se forman grupos de trabajo alrededor de una idea surgida por la interacción entre un empleado y un cliente y que se convierte en un proyecto bien identificado que el grupo de trabajo deberá llevar a la práctica.

Exagerando aún más diría que el empleado de banca, como consumidor de sus propios servicios, puede ir mejorándolos lo mismo que hace un linuxero que lee el código abierto, lo adapta a sus necesidades y lo entrega al conocimiento común. Estas dos ideas metafóricas y exageradas muestran que las fronteras de la empresa bancaria se difuminan confundiendo lo in y lo out y me sirven para pasar a describir lo que, creo, son los dos rasgos más definitorios de la renovación o reinvención de la banca comercial.

Jerarquías volantes

En primer lugar, y tal como resaltaba J. A. Navas, subdirector de Expansión, hace algún tiempo (¡Viva la clase media!, Expansión, 23 de febrero), ya hay algún banco que ha comenzado a poner las bases para poder organizar la plantilla por proyectos, abandonando la consolidación burocrática de niveles y utilizando una especie de jerarquías volantes, una idea ésta que quiere patentizar que uno puede ser hoy el coordinador de un grupo de trabajo y mañana un simple colaborador en otro grupo organizado para llevar a la práctica otro proyecto.

Son las TIC las que permiten la organización interna según jerarquías volantes y lo peor para un banco sería tratar de adaptarse a ellas manteniendo una burocracia jerárquica no volante. Tecnología y organización han de ir de la mano; pero este caminar al unísono tiene pegas que la banca comercial tendrá que ir resolviendo en una carrera entre bancos en la que cada uno querrá llegar el primero a ese futuro que se inventa cada día.

La coordinación de equipos que se acaban de formar entre gente que no necesariamente se tiene confianza mutua exige unas cualidades distintas a las que, sólo ayer, justificaban las jefaturas. Como la función específica en un momento determinado no consolida los incentivos, éstos deben estar asociados muy íntimamente al desempeño en esa función específica, lo que dificulta el cálculo por parte de cada empleado de su horizonte vital.

Decidir quién y por qué se hará cargo de la dirección de un proyecto y de la coordinación del correspondiente grupo no es tarea fácil. Quien piense que esa responsabilidad debe recaer en el empleado más fiel se equivoca. La fidelidad es una cualidad del pasado que ya no cabe en una organización adaptada a las posibilidades tecnológicas.

En el futuro ocurrirá lo contrario; sólo serán fieles y no abandonarán la organización aquellos que por sus características son a menudo coordinadores de grupo y cúspide de la jerarquía volante. Y quienes vayan a ser éstos no dependerá tanto de cualidades personales como de la posición que ocupen en la específica arquitectura de la red que se forme entre los miembros del equipo. Para acabar con la analogía con la redacción periodística me atrevo a decir que en esta manera de trabajar apoyada en las TIC no caben los secretos; trabajar para el banco que le paga a uno es trabajar para el sector, lo que ensancha el campo de juego y desplaza la competencia a otros terrenos a los que me referiré al final.

Aunque lo que acabo de vislumbrar en mi bola de cristal es bastante novedoso, no es lo más importante. Lo crucial para la reinvención de la banca comercial es, en segundo lugar, la capacidad, proporcionada por las TIC, de utilizar la información que se maneja para la construcción de clases de usuarios que denominaré estilos de vida. Esta banca posee, en efecto, una información exhaustiva sobre las pautas de consumo de millones de clientes. Un análisis estadístico de esos datos -le llamemos o no data mining- permite a cualquier banco segmentar a los clientes en estilos de vida alternativos.

Una periodista soltera BOBO (Bourgeois Bohemian) que conduce Volvo, come sushi, habita Loft y vacaciona rural es un ejemplo de estilo de vida que acarrea unas necesidades muy diferenciadas. No es difícil imaginar que en un futuro inmediato el marketing se centrará en paquetes de productos específicos ofrecidos a estilos de vida específicos. El CRM facilita esta segmentación e Internet hace posible un rapidísimo marketing viral dentro de cada estilo de vida. El Foro Santo Mauro, creado por Expansión y Ernst and Young, destacaba en su primera reunión (ver Expansión del 11 de marzo) este y otros aspectos sobre los que la banca comercial está ya trabajando y en los que se vislumbra el futuro ya que un presente centrado en productos y precios no parece tener mucho recorrido.

Estilos de vida

Sin embargo, me permito llamar la atención sobre un peligro en el que puede incurrir la banca comercial si cree que la competencia ganadora está en segmentar mejor el mercado. Tal como ya he dicho en relación a las jerarquías volantes, los secretos no sirven aquí tampoco. La identificación de estilos de vida alternativos debería verterse al sector para, ahora también, ensanchar la cancha de juego.

La competencia se desarrolla así sobre esa cancha ensanchada y versa sobre qué hacer con esos amplios catálogos de estilos de vida y cómo aprovechar las TIC para relacionar las jerarquías volantes que organizan y coordinan proyectos y los estilos de vida a los que queremos servir. Me parece que la banca comercial ha captado ya la posibilidad de hacerse con el «excedente del consumidor» discriminando precios; pero que, sin embargo, todavía no parece dispuesta a explotar la verdadera oportunidad que se le presenta.

Esta oportunidad radica, creo yo, en la organización en red de los miembros de cada estilo de vida para facilitarles el intercambio mutuo(?) o la formación de negocios(?), garantizar, a un precio, la realización de esos intercambios comprometidos y, finalmente, generar, promocionar y participar en negocios C2C en los que esta banca puede ir afianzándose como una e-Bay que, como decía hace un mes, es uno de los grandes negocios de la economía digital.

Finalizo. Entender la naturaleza de su forma de producción, adaptar su organización interna a las prestaciones de las TIC (solventando los problemas que acarrean las inevitables jerarquías volantes), usar esas TIC para segmentar a la clientela según estilos de vida, crear productos diferenciados para esas clases de clientes de forma que se puedan discriminar precios, localizar correctamente el campo de batalla sin perder tiempo en secretismos, inventar negocios nuevos que agoten las ventajas del intercambio entre consumidores.

Éstas son las líneas maestras de la reinvención de la banca comercial. Este tipo de banca no tiene que competir entre diversas firmas en un mercado dado; tiene hoy que competir por un mercado ensanchado en el que los competidores no son los tradicionales. El futuro será para quien sepa aprovechar la increíble oportunidad de organizar, dado el conocimiento de características cruciales de los clientes, la aportación de los consumidores organizados a los negocios. La banca come.

Como un motor, no como una cámara

Publicado en Expansión, martes 20 de abril de 2004

Acaba de aparecer el libro de Donald Mckenzie (un profesor de sociología de la Universidad de Edimburgo) con un título que inspira el de esta columna: An Engine, Not a Camera (MIT Press, Cambrige, Mass. 2006). Su subtítulo es revelador del contenido: How Financial Models Shape Makets, es decir cómo los modelos financieros conforman el mercado.

Se trata por lo tanto de un ejercicio en la performativity (horrible vocablo que renuncio a traducir) de lo que llamaría Ciencia Económica para diferenciarla de la Economía que se referiría, por tanto, al sistema económico -tal como ocurre en la realidad.

La Ciencia Económica, por lo tanto, conforma la realidad de la Economía. Esta Ciencia Económica y, en particular, la Economía Financiera, «performs«. Diríamos, jugando con las palabras, que actúa, como un actor en escena; pero también conforma la realidad en la que actúa, la construye. Es decir la Ciencia Económica, a diferencia por ejemplo de la Astronomía, funciona como un motor y no como una cámara fotográfica o como un telescopio, instrumentos ambos que se limitan a registrar fielmente o filtrar lo que hay ahí fuera

El libro es extraordinariamente rico en sugerencias que rozan e iluminan muchos temas de interés. El más obvio es el enorme desarrollo que, en los últimos treinta años, ha tenido la Economía Financiera como rama de la Ciencia Económica, y no sólo como práctica de las finanzas en las empresas.

Mckenzie ofrece a, este respecto, unos apéndices muy útiles para entender algunos puntos cruciales de este desarrollo de la Ciencia Económica y un listado de las entrevistas con teóricos de la Finanzas y con gestores de los mercados que nos garantizan que el autor sabe de lo que habla.

El segundo tema de interés es el de la performativity en sí misma. Estamos acostumbrados a pensar que la Teoría Económica es una cámara fotográfica que al hacer una instantánea de la Economía, detecta oportunidades de mejora que pone a disposición de la política económica que, al llevarlas a la práctica, cambia esa realidad económica que hay que volver a fotografiar…. y así continuamente.

Pero lo que hace el sociólogo Mckenzie es algo no exactamente idéntico. La Teoría Financiera elabora unos modelos que permiten entender no tanto el funcionamiento de los mercados financieros; sino más bien cómo podrían funcionar si los agentes gestores crearan mercados para ciertos activos financieros inexistentes hasta entonces. Estos gestores acogen las ideas, desarrollan activos que replican los inventados por los teóricos y crean nuevos mercados en los que se intercambian estos activos. Se trata de un ejemplo evidente de innovación financiera que se desenvuelve en el tiempo y que no tiene visos de parar. Pues bien en estos casos, en los que Mckenzie centra su atención, no se trata de la influencia de la política económica en la realidad económica; sino de la autogeneración de invenciones financieras gracias a la Ciencia Económica.

Las agencias reguladoras entran luego en el juego; pero no a la manera en que estamos acostumbrados cuando hablamos de política macroeconómica. Se trata más bien de política microeconómica relacionada con la supervisión de las instituciones en defensa del inversor y con la vigilancia del cumplimiento de la regulación prudencial.

El tercer tema de interés es la relación entre perfomativity y una forma extrema de reflexividad que los economistas conocen como self fulfilling prophecies o sun spots (profecías que se autocumplen o manchas solares). La explicación breve que da Mckenzie es insatisfactoria.

Afirma que este último tema tiene que ver con las creencias de los agentes económicos mientras que la perfomativity no depende de las creencias; sino de la invención y de la creación de mercados. Pero la diferencia no es tan clara. Los nuevos instrumentos y mercados financieros se instalan en la realidad económica porque los agentes económicos creen que los mercados funcionan de una cierta manera y que, por lo tanto, esos nuevos instrumentos mejoran ese funcionamiento y van a ser demandados ofreciendo una oportunidad de intermediación beneficiosa.

Sin embargo, no podemos decir que es su creencia la que ha creado realidad sino que son la corrección y precisión del análisis las que permiten la creación y mantenimiento de las innovaciones financieras, algo que no importa para nada en los modelos de manchas solares que muestran que es teóricamente posible que la realidad dependa, no de una buena descripción de lo que hay, sino de una inexplicada incertidumbre extrínseca, de una creencias arbitrarias como sería creer que los ciclos económicos se deben a los ciclos de las manchas solares. Estos modelos son entonces como una especie de metaperformativity que justifica la performativity.

Una vez mencionados estos asuntos sugeridos por el libro de Mackenzie es hora de abordar el tema que a mí me parece central. Se trata de una descripción de las innovaciones financieras que explica porqué este libro está catalogado en una colección que se denomina Inside Technology y que comprende libros, incluidos otros del propio Mckenzie, que parecen querer describir con la minuciosidad del antropólogo los tipos de las innovaciones y, en general, los detalles de la tecnología.

La descripción de cómo las innovaciones en la Economía surgen como interacción entre las teorías y su puesta en práctica en el tiempo es, creo, su aportación fundamental que me parece muy de agradecer.

Sin embargo, el lector echa de menos la narración de cómo surgen las ideas en la Economía Financiera a partir de los Fundamentos mismos, pero aun así la lectura de la interacción a la que aludía es fascinante en dos aspectos.

El primero es explícito en el libro. La proliferación de mercados a una velocidad tal que no permite ponerse al día a los supervisores, produce simultáneamente la dinamización de la Economía (aunque no siempre una mejora para todo el mundo); y la siembra de la semilla de su propia destrucción. Esto es lo que pasó en los dos casos estudiados en el libro: la caída de la Bolsa en 1978 y el extraño caso de LTCM en 1998.

El segundo elemento fascinante del libro es que nos hace ver cómo, al final, la supervisión o el control tiene su base más firme no en su inteligente diseño; sino en la confianza mutua entre las personas que manejan las agencias regulatorias pertinentes. No se limitan a cumplir con la ley; sino que, dentro de ella (o en sus márgenes) toman riesgos y se coordinan para apagar un fuego que amenaza acabar en catástrofe.

El lector aprende mucho examinando los pormenores de ambos casos. El de 1987 es de especial interés porque ocurrió en una situación análoga a la actual, tanto aquí como en USA. La descoordinación entre la Bolsa de NY y el mercado de derivados de Chicago permitió que las reacciones ante una situación macroeconómica desequilibrada pusieran la economía americana y mundial al borde de una depresión. Una amenaza solo evitada en el último momento por las mencionadas relaciones personales basadas en la confianza.

La inesperada intensidad de las dificultades de 1998 propiciadas por la crisis financieras de Asia, Latinoamérica y de Rusia, hizo que instituciones como el LTCM, una compañía privada inteligentemente creada y honestamente manejada, se encontrara fuera de los límites de seguridad establecidos, como si un terremoto fuera de tal intensidad que hiciera temblar los pilares antiterremotos mejor diseñados.

Solo las gestiones personales que llevó a cabo Greenspan ante los propios bancos de inversiones envueltos en la financiación del LTCM y ante el FMI, salvó la Economía Mundial de un colapso que pudo ser letal. Una vez más esas relaciones personales se mostraron cruciales.

He aquí la moraleja del libro de Mckenzie. Aunque los sistemas de supervisión y regulación mejoren (tal como se demanda entre nosotros a raíz de los casos del FF y de AFINSA) la calidad personal de los reguladores o supervisores es un asunto de máxima importancia. En Europa deberíamos ser más diligentes en el diseño de un sistema de supervisión financiera y en España habríamos de ser muy cuidadosos en los nombramientos que se efectúan en instituciones como el Banco de España y la CNMV.

No se trata de registrar como una cámara los movimientos interesados de los partidos como los que acabamos de observar con el nombramiento de Gobernador y Subgobernador del Banco de España, sino de llamarles la atención desde la Ciencia Económica sobre la necesidad de no excederse en sus intereses partidarios y sobre la conveniencia de asegurar que los nombrados sepan de su oficio supervisor y puedan coordinar sus esfuerzos tanto entre sí como con los supervisados del sector privado.

Mirowski y Juaristi

Mirowski y Juaristi no es la marca comercial de un negocio de coloniales del Trieste de antes de la Gran Guerra. Son dos nombres de dos pensadores curiosos y notables que pocos imaginarían como asociados. Philip Mirowski, de la Universidad de Notre Dame en Indiana es un economista, filósofo e historiador (de los de archivo) que, a partir de sus denuncias aparatosas en libros aparentemente escandalosos -como More Heat than Ligth, Machine Dreams o el más reciente Science Bought and Sold, podría ser considerado como un autonombrado martillo de ingenuos economistas ortodoxos. Jon Juaristi, Catedrático de Filología Hispanica en la Universidad del País Vasco, poeta, ensayista de éxito y actualmente director del Instituto Cervantes, acaba de publicar El Reino del Ocaso. España como sueño ancestral, un título que tomado junto con otros anteriores, como por ejemplo el Bucle Melancólico, hacen de él un autonombrado martillo de nacionalistas inconscientes de sus propias raíces míticas.

Parecería que por disciplina académica nada tienen que ver el americano y el español; pero no es difícil detectar una raíz común en sus respectivos programas investigadores, intuir en ambos casos una autocomplacencia inconsciente o constatar su fracaso ante un elemental test de reflexividad. Pero lo que me importa de verdad no son estas pejiguerías académicas; sino denunciar un procedimiento retórico consistente en disfrazar de seria investigación lo que son obsesiones personales no suficientemente contrastadas por una comunidad científica bien estructurada.

Empezaré por lo que entiendo. Hace unas semanas Mirowski visitó el capítulo español de la Sociedad Iberoamericana de Metodología Económica (SIAME) y presentó un trabajo muy elaborado y de título imposible: The Scientific Dimensions of Social Knowledge and their Distant Echoes in the «20th Century American Philosophy of Science». Aunque sea difícil de resumir en toda su riqueza cabe afirmar sin ninguna duda que el espíritu que le mueve es el deseo de dejar claro ante sus colegas de Filosofía de la Ciencia que las dimensiones sociales del conocimiento científico (siempre reconocidas de una u otra manera) no son lo realmente relevante y no debieran ser confundidas con las dimensiones científicas del conocimiento social que sí lo serían.

Esta última noción sería para Mirowski como una arqueología del poder que puede detectar el funcionamiento de ese poder en la historia de las relaciones dialécticas entre Filosofía de la Ciencia, Teoría Social y, lo más importante, la estructura social de la Ciencia o, dicho de una manera vulgar, quién paga los sueldos de los científicos. Lo que un científico social comprometido (a la manera de Feyerabend por ejemplo) debería indagar son las prácticas sociales de la ciencia y cómo la estructura de la financiación selecciona las doctrinas sociales que justifican esas prácticas.

Consideremos ahora, como ejemplo de las proposiciones a que su planteamiento le lleva, sus comentarios sobre el conocidísimo Teorema de Arrow. Este Teorema muestra, según fórmula escueta, pero no errónea, de Mirowski la incompatibilidad entre la soberanía del votante y la racionalidad colectiva. Siguiendo la intencionalidad de su trabajo este Teorema reflejaría las dudas que sobre la democracia tenían los científicos socialistas que tenían que vivir y trabajar emboscados en un régimen de organización científica propio de la guerra fría en el que eran los militares los que pagaban a los científicos en instituciones como, por ejemplo, la Rand Corporation.

Ahora bien, de acuerdo con uno de sus comentaristas, en esta interpretación parece haber una anomalía porque o bien:

  • Restringimos el dominio de la función de bienestar social -que incorpora la racionalidad colectiva- hasta hacer compatibles los axiomas que definen la soberanía del votante, en cuyo caso la sociedad puede ser interpretada como exhibiendo la misma racionalidad que la que postulamos de un individuo de forma que desaparecen los problemas ya que el óptimo es facilmente definible y alcanzable, o bien,
  • Conservamos la universalidad de dominio y nos vemos obligados a reninciar a la exclusividad de la concepción ingenieril de la democracia, asociada al voto, y a volver la atención complementariamente hacia una concepción epistémica de la misma en la que la verdad, o la convivencia ordenada, o incluso la ética, son el resultado de la discusión y la confrontación entre individuos con preferencias diferentes.

Lo interesante es que esta segunda opción (que es la original) sirve para transformar al socialista emboscado de Mirowski en un liberal hayekiano, extraña conclusión que parecería contraria al espíritu que mueve el trabajo de Mirowski.

A lo largo de la discusión surgió otro comentario intrigante. La insistencia de Mirowski en la arqueología del poder le haría olvidarse de la verdad (cosa no muy extraña en un filósofo contemporáneo de la ciencia) de manera que, aunque uno estuviera persuadido de sus insinuaciones acerca de la dependencia respecto al poder de los científicos, no podría dejar de echar de menos una pueba, o al menos un amago de tal, de que esa dependencia es nociva a efectos de encontrar la verdad. Después de todo, que a uno le paguen los militares por investigar no prueba que sus teorías sobre la fisión del átomo hayan de ser incorrectas. Sólo se podrían considerar implícitamente tales, o dudosas, o independientes de la verdad, desde la autocomplacencia con el propio programa investigador que le lleva a uno por otros derroteros intencionales.

Continuaré ahora con lo que entiendo muy a medias. Son precisamente las dos críticas de Mirowski que surgieron en la discusión de la presentación de su trabajo en el seminario citado las que me dan pie para hablar del trabajo de Juaristi. La posible lectura inesperada de un socialista emboscado como hayekiano liberal así como el olvido de la verdad al que aboca la autocomplacencia, me parecen dos críticas que encuentran su reflejo preciso en los trabajos citados de Juaristi. Trata este autor (especialmente en el Bucle) de bucear en los mitos o pseudomitos del nacionalismo vasco para llegar a detectar en ellos la misma melancolía que cree encontrar Mirowski en el Teorema de Arrow, la melancolía de quién no cree del todo en aquello que está ayudando a afianzar; pero que lo hace porque el poder del entorno así lo exige.

Esto en primer lugar; pero es que, además, Juaristi, en la vorágine de la interpretación del imaginario mitico-nacional (especialmente evidente en El Ocaso, una obra más erudita) se olvida, con evidente autocomplacencia diría yo, de que es posible que la melancolía, o el imaginario colectivo, nos lleve por caminos quizá tortuosos al equivalente, en este mundo antropo-socio-histórico-político que él contempla, a la verdad, es decir a una forma de convivencia viable, eficaz y sensata a la que quizá nunca accederíamos sin mitos aunque estos sean tan falsos como el Ossian de McPherson.

Disculpándome de antemano de la relativa superficialidad con la que he tratado a Mirowski y sobretodo a Juaristi, por ignorancia en este último caso, no puedo por menos de llamar la atención sobre la pertinencia de someter a ambos al test más elemental de reflexividad confrontando a cada uno con su propia construcción teorica. ¿A qué poder sirve Mirowski como científico?; ¿de qué mito (falso) es prisionero Juaristi?. Dejaré las posibles respuestas en el aire sin intención alguna de fingir que conozco las respuestas sino porque quiero llegar a lo que verdaderamente me interesa y es tratar de explicarme por qué ambos autores me decepcionan, es decir, no los encuentro a la altura de lo que yo esperaba de uno y de otro.

Mis expectativas eran altas porque como, por razones diversas y extrañas, admiro a Foucault e incluso disfruto con el deconstruccionismo de Derrida, me interesan los proyectos arqueológicos de Mirowski y de Juaristi, de arqueología del poder en la ciencia en el primero o de arqueología del mito en el nacionalismo en el segundo. Mi fascinación con estos proyectos intelectuales radica, creo, en que no tienen fin, ya que por debajo de todo poder hay otro poder y debajo de cada mito las reminiscencias de otro anterior, y en que, por lo tanto, podemos aislarnos de un alfa y de un omega y concentrarnos en lo del medio a la manera de quién tiene una concepción cosmológica como la del steady state tan olvidada y tan atractiva en su rechazo austero a afirmar nada más que lo que la teoría matematizada permite. Mi serio interés por ellos tiene su fundamento en que me parecen los únicos que, sin falsas ilusiones, pueden ir despejando el camino hacia la verdad.

A nadie podrá extrañar ahora mi decepción. Sospecho que el carácter de uno y otro, prohíbe a Mirowski y a Juaristi valérselas sin un origen alfa específico o sin un fin, un omega presentido, o lo que es más peligroso, arreglárselas para aislar al mundo de ellos mismos. Como no son capaces de hacerlo sus escritos desvelan la pulsión propia del que trata inconscientemente de conseguir sus deseos forzando sus ideas. Estudiar críticamente el manejo de la ciencia o de los mitos por parte de fuerzas oscuras con perfiles reconocibles puede ser muy práctico para sosegar la ansiedad de quién no encuentra la paz en el trabajo ordinario y por ello permisible, además de útil para el conocimiento general; pero caer en la paranoia y permitir que esta forma de cura de la ansiedad se eleve a instancias defensoras de una política específica de investigación o de organización social, me parece dificilmente admisible.

La explicación está en la autocomplacencia que les lleva a pensar que las ideas felices son verdad siempre que representen una traición a la tribu (feliz expresión de Juaristi). Creo firmemente que sin traición a la tribu no hay progreso real ni en la ciencia ni en la política; pero no cualquier traición es igualmente valiosa e incluso hay traiciones contraproducentes, justamente las que pretenden fundar una nueva iglesia sobre la paranoia incipiente no diagnosticada, o sostenerse en el aire estirando de los cordones de sus zapatos.

Pero bueno, Mirowski y Juaristi son relativamente jóvenes y están muy a tiempo para ponerse a la altura de su enorme potencial. Cuanto antes se revistan ambos de la humildad y sentido de la realidad de una firma de coloniales en Trieste, antes se convertirán en lo que aspiran a ser.