De Enciclopedias, Revoluciones y… Elecciones

Hace aproximadamente un mes dos periódicos nacionales de gran tirada iniciaron su oferta de Enciclopedias a bajo precio como reclamo para aumentar las ventas al tiempo que insertaban una publicidad inusitadamente generosa de un nuevo modelo de un conocido automóvil, resaltando la importancia del cambio de sensibilidad a que ese nuevo modelo responde, mediante imágenes reminiscentes de Revoluciones (quizá con comillas) como la francesa, la sufragista, la de mayo del 68 o la de rebajas para hordas desnudas.

Este solape de dos operaciones de marketing, la de los periódicos diarios y la del automóvil (que también ha ocurrido en la televisión) debe resultar fascinante para cualquier experto en semiótica. Como no me encuentro entre los miembros de ese grupo de expertos sólo pretendo desgranar algunos comentarios breves sobre asuntos, aparentemente inconexos, como son los negocios relacionados con los medios de comunicación, las tecnologías de la información y la comunicación, los avatares del que se llamó pensamiento crítico en épocas menos complacientes y la repercusión o reflejo de todo ello en las Elecciones que nos aguardan en marzo.

Las Enciclopedias que, en una veintena de volúmenes y con diferentes editores, se ofrecen al lector de periódicos español, representan un intento dieciochesco de abarcar todo el conocimiento existente de una vez por todas. El deseo de acumular la información y de expandir el uso racional de la misma para ser más libres manifiesta un impulso encomiable que todavía pervive en los que, mal que bien, nos consideramos ilustrados. Pero canalizar ese impulso a través de un diccionario enciclopédico resulta anacrónico en la era de Internet y da a los periódicos diarios que lo ofrecen un tono de polvoriento casino de pueblo. Quizá haya muchas familias españolas que no adornan sus estantes con una Enciclopedia y que no compran periódicos y que, por lo tanto, vayan a abalanzarse al kiosko de la esquina para hacerse con una; pero la campaña, aunque les salga a cuenta, recubre a esos dos periódicos diarios de una pátina rancia de gusto por el orden y la autoridad unificada que desvela su insensibilidad hacia la pluralidad de ésta y hacia el hipertexto como reacción al orden alfabético. Son como dos fortalezas cuyos moradores, en lugar de salir de sus muros a la conquista del entorno, se refugian detrás de ellos totalmente a la defensiva.

Curiosa y precisamente es la sensación de desorden y de ataque a la autoridad la que da el tono y el color al anuncio del nuevo modelo de automóvil. Se nos dice que el automóvil sigue siendo el mismo; pero que, con los retoques correspondientes, llamará la atención de los que en su día habrían tomado la Bastilla, ocupado las calles o los almacenes o llamado a la Revolución desde el Odeón parisino, un tipo humano que hoy navega por Internet, tiene visión lateral de los asuntos y para quien ya no hay texto, sino hipertexto. Este espíritu del momento no puede encontrarse hoy en los medios de papel o en esas sus versiones digitales que siguen siendo prisioneras de la lógica del papel y del poder de las agencias de noticias en lugar de dejarse empapar por la información que fluye gratis por la red.

Que a principios del siglo XXI se solapen el espíritu moderno, con su pretensión de abarcar la totalidad de un conocimiento que fundamente nuestro ser, y el espíritu posmoderno, que anuncia la imposibilidad de aprehender las cosas de una vez por todas, dispara nuestro pensamiento en dos direcciones. Una, que esa tensión estaba ya en Grecia cuando los filósofos no sabían decirnos si podíamos bañarnos dos veces en el mismo río. (Búsquese el nombre de esos filósofos en una Enciclopedia). Dos, el toque con que se renueva esa tensión enfatiza no tanto lo que cambia; sino el cambio en sí.

Y esto es significativo porque equivale a afirmar que hoy, en las postrimerías de un mundo moderno en el que parece que no hay Revolución posible y en el que el pensamiento crítico ha perdido su mordiente, cabe una versión posmoderna del mismo consistente en problematizar lo que parecía ya fuera de discusión, como la ciencia o la mismísima realidad, y que sin embargo puede deconstruirse en componentes que revelan su naturaleza de nanas para conciliar el sueño infantil.Lo que apunta en la sensibilidad posmoderna, en esa que ve en un modelo nuevo de coche lo mismo que en un movimiento revolucionario, es que no hay fundamento firme alguno para nuestro conocimiento o para nuestra seguridad y que no nos queda más remedio que vivir en el aire. Que el pensamiento que nace con la Enciclopedia (la de verdad, la de Diderot, D’Alambert, Rousseau, Voltaire, etc.) se llame hoy pensamiento fuerte en contraposición al pensamiento débil propio de la deconstrucción descreída, es una demostración de que, como los periódicos de papel, creemos vivir todavía en un mundo viejo que, sin embargo, ha desaparecido hace tiempo. Y esto, aunque parezca raro, tiene que ver con las Elecciones.

Lo que en marzo estará en juego, según las encuestas recientes, es sólo si el PP las gana por mayoría absoluta o no alcanza esa cota. El PP significa la unidad, la jerarquía y la autoridad propias del mundo moderno. Le votarán quienes suspiran por las Enciclopedias que acompañan al periódico de los domingos. El PSOE, o más bien Zapatero, significa hoy y probablemente a su pesar, la pluralidad y la falta de jerarquía y autoridad propias del mundo posmoderno. Le votarán quienes hoy saben que la política va camino de ser otra cosa, aunque todavía no saben muy bien qué, y quienes disfrutan de las novedades que anuncian una nueva sensibilidad.

Si yo tuviera que apostar en serio a favor o en contra de la mayoría absoluta del PP no lo meditaría mucho, no analizaría las ofertas electorales de uno u otro partido ni prestaría atención a las encuestas. Procuraría exclusivamente enterarme de las dos campañas de marketing a las que me he estado refiriendo. Sólo hay esperanza para el PSOE en caso de que el nuevo modelo de automóvil experimente un incremento de ventas mayor que el que vayan a obtener los dos periódicos de referencia. Es más, para terminar me gustaría añadir que, en ese caso, el buen resultado del PSOE se debería más a la figura del propio Zapatero que a la puesta al día de su electorado al que veo muy vetusto y muy poco posmoderno.

PEC

Publicado en Actualidad Económica el 26 de enero de 2004

El fracaso del PEC es un magnífico tema para iniciar una columna sobre segunda opinión que pretende destacar aspectos poco resaltados en la primera inspección que los medios efectúan.

En el caso del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) la segunda opinión se convierte en la enésima opinión, pues pocos asuntos económicos recientes habrán recibido más atención que éste, y muy justamente, pues lo merece. Y sin embargo cabe, espero, una pequeña anotación a la diagnosis generalizada que se ha llevado a cabo.

Se han resaltado, en primer lugar, los aspectos jurídico-políticos. Saltarse los procedimientos establecidos por medio de una votación de un Consejo dominado por el eje franco-alemán y con la connivencia de la presidencia de turno (Italia) es algo insólito y un precedente fatal para la construcción europea que nunca hasta ahora había aceptado la razón de la fuerza y que esperemos sea enmendado por el Tribunal de Luxemburgo.

En segundo lugar los académicos han resaltado algunos aspectos importantes que fueron olvidados en su día por los políticos: el pacto era obviamente intertemporalmente inconsistente; no se debería haber fijado sólo en el déficit sino primordialmente en el gasto, incluido el gasto implícito en las deudas futuras, y se debería haber otorgado un tratamiento específico y matizado a la inversión. En tercer lugar la mayoría de los titulares han sido menos analíticos y, de entrada, destacaron que la falta de un acuerdo final estable haría sufrir al euro y el Banco Central Europeo vería dificultada su tarea dada la estricta relación existente entre la política monetaria y la fiscal. Y sin embargo el euro ha subido a máximos históricos y Standard and Poor’s ha anunciado la revisión del rating crediticio de la deuda, no de Francia o Alemania, sino de los países defensores del pacto que fueron vencidos en la votación del Consejo de la UE ¿Qué está pasando?

Una segunda opinión sobre la ruptura del pacto y de sus consecuencias subrayaría varios extremos. En primer lugar hay que reconocer que nunca ha estado claro que, cuando ya hay una política monetaria independiente con objetivos anti-inflacionarios explícitos, deba existir una política fiscal inflexible y ello a pesar de la obvia relación entre ambas políticas. La competencia fiscal no es mala per se. Y esto vale para un Estado federal como para los estados de una confederación, para un Estado autonómico como el español y para una unión de estados como la UE. Y no lo es porque rebaja la presión fiscal destapando muchas fuerzas creadoras de riqueza y porque sirve para que cada país se adapte al momento cíclico que vive. Por estas razones pienso que habría que resistir el tratamiento que ha sido recomendado de primeras y que consiste en la creación de una Agencia Fiscal con una independencia tan inexpugnable como la de un Banco Central. Un juego entre estos dos agentes económicos puede acabar muy lejos del par óptimo de inflación y crecimiento.

En segundo lugar, hay que reconocer que la intención de Standard and Poor’s no es desacertada. Los mercados acabarán expresando que, en el futuro (al que responden los mercados), los países hoy heterodoxos tienen una mayor oportunidad de liberar las fuerzas creadoras de riqueza, mediante las muchas reformas estructurales pendientes, que los hoy ortodoxos que, como España, han agotado las pocas reformas estructurales que podían hacer dada la debilidad de sus sistemas de protección social y de bienestar.

Finalmente el euro. Más allá de los déficits americanos, los mercados se han dado cuenta de que el nuevo presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, no va a desaprovechar la ocasión de ganarse una reputación todavía no conseguida del todo, a pesar de los esfuerzos de Win Duissemberg, que se resistió a bajar tipos. Para ello, y ante la amenaza de la ruptura de la disciplina fiscal, Trichet tampoco los bajará aunque debiera. Yo apostaría por ello y compraría euros porque, además, Trichet se verá ahora menos presionado dentro del BCE una vez que cada país ha recuperado la soberanía fiscal, por lo menos hasta que falle el Tribunal.

Agencias regulatorias independientes

Publicado en Expansión, 13 de enero de 2004

Hace ya bastantes años que florecen la Agencias Reguladoras Independientes (ARI). Agencias como la Agencia Nacional del Sector Eléctrico o la homónima del Sector de Telecomunicaciones, desde luego el Banco de España y, en cierto modo, el Tribunal de Defensa de la Competencia, son ejemplos bien conocidos entre nosotros de las ARI entendidas en sentido amplio.

En cada caso, la agencia correspondiente ejerce funciones que un Gobierno no podría ejercer de forma creíble. El caso de la Política Monetaria es paradigmático: la imposibilidad que tiene un Gobierno (al que le gustaría inflar la economía) para poner en práctica una política antiinflacionaria que sea intertemporalmente consistente, aconseja la delegación de dicha política en un banco central que se sabe exento de cualquier veleidad inflacionista.

Esta misma lógica subyace al nacimiento de cada ARI y, por muy correcta que sea, está llevando a un desmantelamiento del Estado que se superpone a la crítica liberal del tamaño del Estado y a la crítica comunitarista del alcance del Estado. Este desmantelamiento del Estado es un embrollo sorprendente puesto que la lógica que lo sostiene parece no distinguir entre Gobierno y Estado, ya que parecía natural pensar que lo que el Gobierno quiere que hagan las ARI debería hacerlo el Estado apoyado en un funcionariado escogido, bien formado e incorruptible. Trataré ahora de desanudar este embrollo.

Pensemos que hay varias tareas que realizar como las que se asocian a las ARI mencionadas. Hay dos formas alternativas de hacerlo.

  • En la alternativa 1, el Estado como principal y el Gobierno como agente, firman un contrato (¿constitucional?) para que éste, el Gobierno, lleve a cabo varias tareas, contrato que presumiblemente inducirá una práctica que maximiza el bienestar general con sujeción a una llamada restricción incentivadora que evita que el Gobierno-agente renuncie a jugar este juego plasmado en el contrato. El problema con esta forma de poner en práctica las tareas que nos interesan es que este contrato podría ser muy frágil (e inaceptable por el Gobierno) porque el Estado es, por definición, el único agente económico-social que no tiene por qué cumplir sus promesas, el único incapaz de comprometerse de forma creíble, pues no hay nadie que pueda, en principio, obligarle a nada.
  • Deberíamos pensar por tanto en una alternativa 2 más realista en la que el Gobierno, actuando ahora como principal, firma un contrato con varias ARI para la ejecución como agentes de ciertas tareas. Cada uno de estos contratos estaría diseñado para maximizar el bienestar social (pues de lo contrario no sería socialmente aceptable) cumpliendo la restricción incentivadora de cada ARI para que ésta lo acepte.

El embrollo que respecto al desmantelamiento del Estado plantea la proliferación de las ARI puede ahora ser planteado en términos operativos mediante una pregunta obvia: ¿qué alternativa es mejor, la 1 o la 2?. Para comenzar a contestar a esta pregunta concentrémonos en un ejemplo estereotipado pero simple.

Pensemos en un Estado, en un Gobierno y en dos ARI. La primera sería un banco central, que debe mantener la oferta monetaria dentro de los límites compatibles con la inflación que se quiere instrumentar, y la segunda podría ser una agencia fiscal que debe mantener el déficit público dentro de los límites compatibles con el crecimiento que se desea generar.

Se oyen hoy muchas voces que claman por un arreglo fiscal como el mencionado, especialmente en Europa después del fracaso del PEC, y hace muchos años que hemos admitido que un banco central realmente independiente es un instrumento útil para controlar la inflación. En este escenario, las alternativas a las que la pregunta que incorpora el embrollo se refiere son evidentes.

  • En la alternativa 1 el Estado reclamaría ambas funciones, la monetaria y la fiscal, e instruiría contractualmente al Gobierno para que (dentro de las posibilidades delineadas por su restricción incentivadora) elija aquellas tasas de inflación y de crecimiento que maximicen el bienestar social (suma del derivado respectivamente de la inflación y el crecimiento) con sujeción a la férrea restricción que liga inexorablemente el déficit público y la oferta monetaria.
  • En la alternativa 2 el Gobierno firmaría dos contratos, uno con cada agencia; en cada uno de los cuales se especifica que, respetando siempre la correspondiente restricción incentivadora, cada agencia elegirá la variable que controla (tasa de inflación o tasa de desempleo) de forma que se maximice el correspondiente componente del bienestar social sujeto a una restricción propia, o una banda para la M3 o una banda para el déficit público.

Parecería que estamos cerca de solucionar el embrollo porque la pregunta sobre qué alternativa es mejor se responde aparentemente de inmediato puesto que es evidente que dos restricciones independientes nunca son menos restrictivas que la consolidación de ambas. En consecuencia diríamos que la alternativa 1 es preferible ya que generaría una combinación de inflación y crecimiento que denominaríamos óptima mientras que la alternativa 2 generaría un equilibrio de Nash del juego jugado entre las dos agencias que sólo por casualidad coincidiría con el óptimo.

Sin embargo, esta respuesta, para nuestra sorpresa, no soluciona el embrollo, sino que lo refuerza, pues ahora es más claro que antes que el Estado no tendría que ser desmantelado a favor de las ARI.

Para desatar finalmente el embrollo tenemos que introducir otro factor al que ya se ha hecho alusión indirectamente. El Estado, en efecto, es el agente económico soberano y podríamos añadir que, en este sentido y a estos efectos, las ARI también lo son, precisamente por la independencia de la que queremos dotarlas.

En ambos casos deberíamos, por tanto, tener en cuenta la posibilidad de que el Estado y las ARI sean capturados por lobbies o asociaciones de diversa índole. En el espíritu de las ideas de J. J. Laffont y D. Martimort (Separation of Regulators against Collusive Behavior, Rand Journal of Economics, vol. 30, No. 2, 1999, pp. 232-62) podríamos decir que esmucho más fácil la captura de un solo operador social en la alternativa 1 que de dos en la alternativa 2, algo bastante intuitivo. En consecuencia, y como siempre en economía, tenemos que decidirnos entre un óptimo angelical que peligra por la facilidad con que el Estado puede ser capturado y un subóptimo con los pies bien plantados en tierra por la mayor dificultad de capturar simultáneamente varias ARI.

Si elegimos la alternativa 2, el Estado queda desmantelado tal como yo temía pero al menos no será un instrumento en manos de nadie. Si elegimos la alternativa 1, el Estado se mantiene pero quizá caiga en manos de quienes quieren intrumentalizarlo a su favor. El embrollo ha sido aclarado y la forma de hacerlo nos ofrece un plus clasificatorio. Yo me atrevería a intentar una distinción, creo que nueva, entre la izquierda y la derecha que, creo, refleja tanto las ideas como la praxis respectivas.

La izquierda prefiere elmantenimiento del Estado con la posibilidad de que se alcance un óptimo aun corriendo el peligro de que otros se apoderen de ese Estado. La derecha, por el contrario, prefiere el desmantelamiento del Estado y su sustitución por los ARI, que son más difíciles de capturar y cuya actividad llevaría a un equilibrio de Nash posiblemente subóptimo; pero equilibrio al fin. Los ojos en el horizonte frente a los pies en el suelo. La alternativa de siempre. Usted elige.