Convención vs. NIZA: Simplicidad, Equidad y Eficiencia

Publicado en Expansión

Por Juan Urrutia y Salvador Barberá, Catedráticos de Fundamentos del Análisis Económico.

El editorial del Financial Times (F.T.) del 20 de octubre, y titulado EU must keep it simple, contraponía el método de toma de decisiones elaborado por la Convención con el acordado en Niza hace poco menos de tres años. El editorial se inclinaba por el método de la Convención (en el que cada Estado de los 25 miembros de la U.E. maneja un número de votos estrictamente proporcional a su población -simplicidad- y en el que se exige para aprobar propuestas una mayoría cualificada del 60% de los votos) frente al método aprobado en Niza (en el que cada Estado de los 25 tiene un número de votos ponderadamente proporcional a su población -complejidad- y en el que la mayoría cualificada asciende a casi el 74% de los votos).

En el primer método el voto de cada europeo pesa lo mismo, lo que para el F.T. es algo equitativo, y el veto es mas difícil que en el segundo método, el de Niza, en el que es más fácil vetar una decisión y en el que, por ejemplo, el voto de un español pesa más que el de un alemán lo que no sería equitativo según el F.T. El editorial concluye, con típico distanciamiento, o quizá con típica simplicidad, que deberíamos inclinarnos por el método de toma de decisión de la Convención ya que el objetivo primordial debe ser el de asegurar que la toma de decisiones sea simple y equitativa. Sin embargo el F.T. se precipita en su juicio respecto a la equidad, prescinde del criterio de eficiencia (que se introduce más adelante) y utiliza la simplicidad con excesiva simpleza.

Una consideración de la simplicidad que no sea simplista tendría que reconocer que no es fácil de definir y que rara vez es defendible como criterio decisivo. Un ejemplo debido a Strotz en los albores de la teoría de la utilidad esperada en los años 50 ilustra a la perfección lo relativo a la noción de simplicidad. Para un carpintero que corta tablones para hacer con ellos triángulos rectángulos le será muy simple y útil medirlos de acuerdo con la formula X² , en donde X es el número de metros, mientras que para otro carpintero cuya tarea es ponerlos en fila será muy simple y útil medirlos de acuerdo con X. El primer carpintero contará 1,4,9,16… y el segundo contará 1,2,3,4,… Si ponemos al segundo en el papel del primero tendrá que aprender el teorema de Pitágoras y si ponemos al primero en el papel del segundo tendrá que aprender raíces cuadradas, cosas ambas, Pitágoras y raíces cuadradas, bastante poco simples.

Debería estar pues claro que lo que es simple depende de cada caso. Pero no sólo eso; sino que deberíamos entender que el ejemplo muestra también que lo aparentemente simple no tiene porqué imponerse siempre pues puede haber otros criterios que compitan con él. Pensemos en el impuesto sobre la renta de las personas físicas. Un impuesto proporcional de tipo único es muy simple y es posible que incentivara menos la evasión. Pero suele haber otros valores respetables que acaban distorsionando la proporcionalidad y, por lo tanto, la simpleza. El respeto por rentas mínimas que creemos deberían estar exentas, la progresividad o la protección, mediante exenciones o bonificaciones, de ciertos colectivos desfavorecidos, acaban redundando en un perfil de tipos efectivos que no tiene nada de simple. Algo similar o análogo se podría decir de las tarifas de los servicios públicos o de los métodos para repartir los costes de algunos bienes públicos.

Sin embargo pudiera ocurrir que el F.T. no fuera simplista en el caso concreto que nos ocupa ya que defiende un método de toma de decisiones que, además de pretendidamente simple, afirma ser equitativo. Pero este punto exige matizaciones y sobriedad cuando las decisiones se toman por representantes. S. Barberá y M. Jackson han estudiado este caso en profundidad (On The Weights of nations: Assigning Voting Weights in a Heterogeneous Union, UAB, 16 de Julio,2003) bajo diferentes supuestos respecto a la heterogeneidad de la opinión en cada país y, en relación a la equidad, muestran que no se puede afirmar nada en general si por equidad entendemos la igualación de la utilidad esperada de cada votante de base. Esta es, sin duda, la manera técnica de estudiar la equidad del procedimiento de decisión pues sólo cuando esa utilidad esperada es la misma para todos nadie envidia a nadie. En consecuencia la opinión del F.T. al respecto parece precipitada.

El trabajo citado se centra sin embargo en un criterio adicional a los de simplicidad o equidad. Se preocupa por la eficiencia al tratar de encontrar el diseño óptimo de un método de votación ponderada, con mayorías cualificadas, por parte de votantes que representan colectivos, y en donde por óptimo (o eficiente) se entiende aquel diseño de ponderaciones que maximiza el número de ciudadanos de la unión que estuviesen a favor de las decisiones adoptadas por sus representantes.

Pues bien Barberá y Jackson han probado algunos resultados interesantes. En efecto si:

  1. No consideramos que cada miembro del Consejo Europeo representa el 100% de la población de votantes de su país; sino sólo a los que están de acuerdo con su voto, y si, además
  2. Lo que queremos obtener es la máxima satisfacción agregada de la población (y no otras cosas como cuotas de poder o similares),

entonces las ponderaciones óptimas deben ser proporcionarles a la población multiplicada por el margen esperado que, en cada país, existe entre los que apoyan la decisión ganadora y aquellos que se oponen a ella.

En consecuencia, si este margen fuera mayor en Estados con poblaciones grandes, las ponderaciones óptimas serían más pequeñas cuanto mayor fuera el país y esto nos acercaría a Niza como método eficiente de tomar decisiones a través de representantes. No es obvio que en poblaciones grandes la heterogeneidad sea mayor, entre otras cosas porque no es claro como medirla; pero parece natural pensar que en poblaciones muy grandes pueden aparecer opciones minoritarias que uno no podría observar en poblaciones pequeñas. Contamos pues con un posible argumento de eficiencia para defender Niza.

Nuestra crítica al editorial del F.T. está ya completada pues creemos haber mostrado que su noción de simplicidad es indefinible o trivial, su opinión sobre la equidad de uno u otro método de decisión no es correcta en general y su criterio está incompleto al dejar de lado la exigencia de eficiencia. Nos gustaría ahora realizar dos comentarios adicionales.

  • El primero es obligado para que no nos tachen de ingenuos por no habernos dado cuenta de que lo que está en juego es el poder en forma de capacidad de veto o, equivalentemente, en forma de mayoría cualificada. Pero es que si éste fuera el caso nuestra ingenuidad estaría recompensada por otro resultado del trabajo de Barberá y Jackson que demuestra que los temas de eficiencia y de capacidad de veto son completamente independientes y que este segundo tema depende únicamente de la mayor o menor desviación del método aceptado en relación al statuo quo. Sabiendo eso es claro que, aún siendo, en su caso, el método de Niza más eficiente (además de igualmente simple y no necesariamente menos equitativo) que el de la Convención, puede comprarse las voluntades de España y Polonia a favor de este último aumentando un poco la mayoría cualificada necesaria para la adopción de acuerdos, de forma que estos países tengan una mayor capacidad de veto, y que esto puede hacerse sin menoscabo de la eficiencia.
  • El segundo comentario, quizá exageradamente especulativo, afirma que, aunque podríamos concluir que Aznar puede tener razón en esta ocasión, su insistencia, en el contexto de la Conferencia Intergubernamental, sobre Niza como statu quo nos hace pensar que está más interesado en cuotas de poder que en la eficiencia o la equidad del método de toma de decisiones. Mejor para él, porque si estuviera interesado en la cuestión de eficiencia y su defensa de Niza se basara en ese criterio quizá se viese abocado a incurrir en una contradicción. Niza y la Europa de los Estados parece que encajan bien puesto que los Estados, especialmente si son grandes, son relativamente heterogéneos. Por otro lado la Convención y la Europa de los Pueblos también parecerían encajar ya que los Pueblos son presumiblemente más homogéneos por lo que no cabria argüir a favor de la ponderación de la población.

Podríamos afirmar por lo tanto que hay una cierta contradicción en una futura Constitución Europea que apuesta claramente por la Europa de los Estados pero no está dispuesta a ponderar el voto. Pues bien si Aznar finalmente cediera a la presión y admitiera la propuesta de la Convención no podría luego oponerse a la Europa de los Pueblos.

Borrador del 29/10/2003: A vueltas con la felicidad

Que el dinero no hace la felicidad es una pieza de sabiduría popular en cuyo análisis no imaginamos a los economistas para quienes la idea de felicidad parecería totalmente ajena. Sin embargo empiezan a aparecer estudios y encuestas sociológicos, así como experimentos de laboratorio, relacionados con los determinantes de la felicidad, que plantean problemas interesantes que la ciencia económica, en su afán imperialista, pretende hacer suyos.

Pero, como simpre, hay antecedentes. Limitándonos a los próximos hay que citar The Joyless Society que en 1976 publicó Scitovski en Oxford University Press. En la segunda parte disecciona las estadísticas del consumo cultural americano y europeo y ofrece unos comentarios que hace poco (ver Economista joven, economista viejo en Economía en Porciones, Prentice-Hall, Madrid 2003) yo resumía de la siguiente forma:

A los americanos les interesaría el confort y a los europeos el placer. El confort es como un bien negativo que sirve realmente para evitar cualquier roce con la realidad mientras que, para encontrar el placer, uno tiene que pagar el precio de un pequeño roce estimulante. El confort procura evitar las sorpresas mientras que el placer estaría muy relacionado con lo inesperado. La rutina y homogeneización haría feliz a un americano mientras que las innovaciones y las diferencias proporcionarían placer a un europeo. El arte del que gustan los americanos sería un arte provinciano mientras que las vanguardias sí que serían apreciadas en Europa.

Habría mucho que discutir sobre esta caracterización del gusto artístico que hace Scitovski e incluso cabría darle la vuelta; pero lo que interesa retener ahora es que la felicidad como confort es muy diferente de la felicidad como placer y que hay como una presunción implícita de que solo la segunda es creativa.

Mucho más recientemente he topado con tres publicaciones que directa o indirectamente, de frente o tangencialmente, exploran los determinantes de la felicidad sin distinguir entre confort o placer. Mesina, di Tella y McCulloch resumen una encuesta sociológica sobre el efecto de la desigualdad sobre la felicidad diciendo que es negativo, grande y significativo en Europa pero no en los EE.UU. En el Economic Focus del 9 de agosto, The Economist se hace eco de las Robbins Memorial Lectures ofrecidas por Richard Layard y en las que éste economista introduce la idea de ocio como determinante de la felicidad. Citando algunos experimentos de laboratorio Layard sugiere que los europeos serían más felices que los americanos debido a que trabajan un 15% menos consiguiendo así un surplus de ocio gracias a un más alto tipo marginal en la imposición sobre la renta que desincentiva el trabajo.

Además de la desigualdad y el ocio podríamos pensar en la seguridad como un tercer determinante de la felicidad y a ello nos llevaría una lectura oblicua del último libro de Robert Schiller, The new financial order editado por Princeton University Press, New Yersey 2003, en el que con verdadero talante proyectista recomienda nuevos y ambiciosos esquemas de aseguramiento mutuo. De acuerdo con estas tres piezas bibliográficas nos encontraríamos con que la felicidad de un miembro individual de un cierto grupo dependería de la desigualdad de la renta en el grupo, del ocio al que se puede acceder dados los incentivos fiscales y de la certidumbre que me puedo garantizar a través de los activos financieros disponibles a efecto, de aseguramiento. Sigue leyendo

Futuros sobre actos terroristas

Una de las pocas noticias intelectualmente estimulantes de las pasadas vacaciones fue la que hacía referencia al desmantelamiento por parte del propio Pentágono de planes, ya bastantes avanzados, para organizar en la red un mercado de futuros sobre actos terroristas, es decir una especie de agencia de apuestas en la que uno podía poner su dinero en juego apostando, por ejemplo, a que Al Qaeda va a cometer un atentado en España antes de que termine el año 2003, una eventualidad que aparecería como negociable en este mercado al día siguiente al encarcelamiento de Tayseer Alouny, reportero de la cadena televisiva qatarí Al Yazira, como presunto colaborador de esa banda armada. Si la noticia es intelectualmente estimulante es tanto por el desmantelamiento de los planes como por la mera exitencia de estos y, desde luego, no por el ejemplo.

Dejemos de lado la naturaleza macabra de las contingencias objeto de negociación, el hecho de que siempre podrían surgir casos de apuestas privadas que las activen y la probabilidad alta de que así sea dada la proclividad humana al juego y a la apuesta. Concentrémonos por lo tanto en entender por qué la idea del Pentágono no era estúpida en principio y por qué, sin embargo, ha hecho bien en no ponerla en práctica. Lo interesante de esta reflexión es que igual nos dice algo sobre esta institución tan postmoderna que es el mercado, en este caso un mercado de futuros.

Hace algún tiempo publiqué en Expansión un entretenimiento didáctico que denominé Papá: quiero ser espía (reproducido en Economía en Porciones, Prentice-Hall, Madrid, 2003) en el que trataba de sugerir que una posible causa del despiste de la inteligencia estadounidense evidenciado por el atentado terrorista del 11.09.01, podría ser el sesgo cognitivo de las correspondientes agencias que parecían necesitar una buena dosis de pensamiento fresco que generara hipótesis diferentes a las rutinarias.

Sigo creyendo en el efecto enervante del sesgo cognitivo que te prohíbe explorar caminos no trillados; pero también era y es verdad que, aún cuando eliminemos ese sesgo, también es posible que el mundo de la inteligencia tropiece con la descoordinación y la dificultad de agregar información dispersa no sólo entre agencias sino también entre agentes individuales o personas privadas que no son muy conscientes de que poseen información relevante.

Es aquí donde supongo se localiza la idea inicial de organizar un mercado de futuros como el que estamos examinando y que conformaría una maquinaria interesante de agregar información dispersa y podría, en consecuencia, servir de guía a las fuerzas de seguridad. Como casi todas las noticias de prensa se han centrado en lo morboso de la iniciativa (que ya he admitido y obviado) o en sus defectos, a los que ahora me referiré, quizá convenga decir, un si es no es provocativamente, que es fantástico que alguien, o alguna organización, se tome en serio esa maravillosa institución que es el mercado y sepa ver en ella no solo sus posibles razonamientos e imperfecciones sino precisamente su profunda virtualidad informacional.

En condiciones ideales el mercado no sólo genera asignaciones de bienes que son eficientes en el sentido de que no hay otra unánimemente preferida; sino que además el mercado es informacionalmente eficiente en el sentido de que los precios que conforma reflejan toda la información existente distribuida de cualquier manera entre los agentes económicos. En esas condiciones ideales los precios son un estadístico suficiente al que me basta mirar para tomar mis decisiones sin que tenga sentido gastar recursos en buscar información adicional.

En el caso del mercado de futuros que me ocupa bastará mirar al vector de apuestas cruzadas sobre diversas contingencias terroristas para repartir de manera óptima las fuerzas de seguridad a la prevención de cada una de ellas.

Pero las fascinación general por esa institución llamada mercado no debe cegarnos a lo que puede ocurrir con su funcionamiento cuando las condiciones no son ideales. La manera más general de pensar los condicionamientos de la realidad es pensar sobre la completitud de la estructura de mercados y en su relación con el número de agentes que actúan en ellos. Supongamos, en primer lugar, que hay hoy un mercado para cada bien concedible a ser entregado en cualquier fecha futura en cualquier estado de la naturaleza (ampliamente definido). Sabemos que en ese caso el juego del mercado nos conduce a una situación óptima desde el punto de vista asignativo; pero también sabemos hoy que esta situación es muy frágil a no ser que el número de agentes compradores y vendedores sea muy grande en cada uno de todos esos mercados.

Si ese no fuera el caso, es decir si cada mercado no fuera profundo (o equivalentemente muy líquido) cualquier agente tendría incentivos, o podría tenerlo, a falsear sus preferencias y a actuar de manera oportunista que, aunque resultase en un consumo mejor para él, rompería la naturaleza óptima de la asignación. Es de suponer que el propio Wolfowitz se dio cuenta de que, en condiciones relevantes, el mercado de futuros on line que proponía el Pentágono no sería muy positivo y podría incentivar a los terroristas avariciosos a jugar en él apostando con informaciones privilegiadas para hacerse ricos al acertar con la fecha y lugar de los atentados preparados por ellos mismos, o a los terroristas generosos a utilizarlo para despistar a las fuerzas de seguridad haciendo bajar la probabilidad estimada del que se pretende realizar.

Supongamos ahora que aunque los mercados existentes fueran profundos (o líquidos) no fuera cierto que el sistema de mercado (que incluye los mercados financieros como la Bolsa o el que proponía el Pentágono) presentara una estructura completa. En ese caso es bien conocido que la asignación no es óptima y que siempre habrá alguna otra preferida por todos; pero que sin embargo no es alcanzable porque la coordinación necesaria para ello no se da debido precisamente a la ausencia de mercados.

Este resultado ha sido utilizado por los intervencionistas siempre prestos a proporcionar de manera alborozada la coordinación que el mercado no logra; pero eso no nos interesa ahora. Lo que nos interesa es saber si en un caso así el mercado es informacionalmente eficiente, es decir, genera precios que reflejan toda la información existente. Es intuitivo que no será así en el caso del mercado de futuros sobre actos terroristas porque, por seguir con el ejemplo hipotético de Tayseer Alouny que he elaborado al principio, no podemos conocer las intenciones terroristas de un (supuesto) grupo de defensores armados de la libertad de prensa que nunca ha actuado todavía ya sea porque sólo se va a formar a partir del encarcelamiento de dicho reportero, y por lo tanto ni aparece como una contingencia sobre lo que apostar, ya sea porque, aún existiendo, no ha intervenido en el mercado hasta ahora para enriquecerse o despistar y matar.

Debería pues estar claro que la idea del Pentágono no sólo podría ser utilizada torticeramente por los propios terroristas; sino que además aún suponiendo la posible ausencia de inteligencia oportunista, no deberíamos fiarnos de las probabilidades de actos terroristas que surgirían en ese mercado. La lección inmediata está aprendida; pero quizá esta reflexión pueda ser ampliada un poco más.

Pensemos en las presuntas virtuales de la Bolsa de valores como indicador adelantado de la coyuntura económica general. Si la Bolsa fuera no sólo profunda (que es lo que es) sino también formara parte de una estructura completa de mercados, la presunción mencionada sería cierta de manera trivial pues ni habría falta de información, ni riesgos no diversificables, ni incertidumbre respecto al futuro.

Esta es la hipótesis que recibe el nombre de la eficiencia del mercado, refiriéndose a la eficiencia informacional de la Bolsa de Valores. Esta hipótesis, aunque es un resultado idealista, parece ser continuamente utilizada por los analistas en la práctica de una manera tonta, como si los oficiales de inteligencia estadounidense hubieran seguido en la pantalla las cotizaciones de ese mercado de futuro que, abortado, me hizo pensar a principios de este verano pasado al convertirse en noticia.

Efectivamente a los pocos días de esta noticia, un analista conocido afirmaba que la subida de la Bolsa de este verano anunciaba la recuperación. No le hice ni caso pues me parecía obvio que un mundo en el que uno no puede asegurarse contra los golpes de calor no está cerca de conformar una estructura completa de mercados.