La reforma del Código Penal (III): Para Nada

El lenguaje es como el gen egoista, nos utiliza para perpetuarse enriqueciéndose a nuestra costa. Equipados con esta aseveración se entienden mejor las ideas de S. Pinker en The Lenguage Instinct y en el más reciente Blank Slate y, a partir de éstas, es fácil intuir que el lenguaje es algo natural que prolifera con generosidad empujado por una lógica de la sobreabundancia que nos escandaliza.

En efecto, muchos de mis amigos aborrecen la expresión para nada repetida hasta la saciedad en cualquier serie de televisión dedicada a los adolescentes. En mi época si decíamos no necesito un bastón para nada queríamos decir que ni íbamos a ir al monte ni nos dolía la rodilla ni teníamos intención de aporrear a nadie. Hoy dicen para nada tratando de indicar que su interlocutor va desencaminado (en absoluto o de ninguna manera diría yo).

Que los lingüistas se entretengan estudiando el estimulante espectáculo de las mutaciones continuadas del lenguaje para descifrar o usar literalmente las cuales hay que afinar el oído. Lo que como economista me interesa es por qué no cobra derechos de autor quien inventó la expresión. La pregunta es estúpida y la respuesta obvia: porque nadie la ha inventado, porque el para nada lo ha inventado el propio lenguaje y porque éste nos usa para propagarlo. Si no fuera por esta proliferación, el lenguaje sería pobrísimo y nuestro desarrollo intelectual, espiritual y material menos que escueto. Frenarlo, penalizando a quien utilice expresiones recién inventadas sería, además de estúpido, suicida.

Y sin embargo, algo análogo se intenta hacer, o reforzar, cuando se pretende modificar el código penal en materia de propiedad intelectual protegiendo especialmente las invenciones contra una reproducción que es tecnológicamente posible y barata. Pero la tecnología, especialmente en los primeros estadios de una invención, se parece al lenguaje, nos utiliza a nosotros para llegar a ser lo que potencialmente es. Tratar de frenar el tostado de CD’s o la utilización ulterior de noticias que ya están en la red es como perseguir penalmente al que ha pronunciado para nada sin pagar royalties. Es algo simplemente imposible precisamente porque la tecnología se nos impone y nos utiliza como lo hace el lenguaje. Es así mismo algo contraproducente a pesar de que alquien podría argüir que así nadie inventará nada, ni música, ni software, ni chips diminutos. Y lo es porque estas cosas se inventan a sí mismas debido a que, en muy buena medida, son como el lenguaje.

Si yo tuviera una discográfica o una agencia de noticias creo que estaría pensando en modificar mi modelo de negocio diga lo que diga el próximo código penal. En materia como ésta durará menos que los escasaos seis años que ha estado vigente el anterior.

La reforma del Código Penal(II): A la de tres penalty

La prolongación de una calle de lo que entonces era todavía el extrarradio, estrechó significativamente el campo de fútbol de mi colegio, un terrenito de grava que, además, siempre había estado escorado hacia el norte.

Entre la angostura y la inclinación no era raro que los pases largos que los extremos veloces efectuábamos con gran belleza plástica a imitación del juego inglés de nuestro equipo local acabaran en esa prolongación de la Alameda de Urquijo. ¡A la de tres penalty!, esa era la regla convencional que penalizaba la falta de cuidado en el toque de balón. Si un equipo lanzaba el balón a la calle tres veces era penalizado con la falta máxima, quizá para castigarle por el obligado recorte del tiempo libre entre clases dedicado al fútbol. Nunca supe quién inventó la regla o si ésta existía también antes del estrechamiento de la cancha o en tiempos en los que presuntamente no sufría inclinación alguna. Sólo sé que estaba allí cuando entré en el colegio y que seguía allí cuando lo dejé nueve años más tarde. Durante ese tiempo nadie la puso en duda, nadie propuso cambiar el tres por el dos o por el cuatro cuando los balones cambiaron de material, nadie parecía tenerlo en cuenta cuando se trataba de alejar el peligro de la puerta propia ni creo que nadie evitara el bello escorzo de un pase con estilo por miedo a la aplicación de la convención vigente. Se trataba en efecto de una verdadera convención que todo el mundo acata precisamente porque todo el mundo la acata.

Recordé esta experiencia deportiva juvenil cuando Bush anunció mediante otra analogía deportiva (Three strikes and you are out) algo similar, y más exigente, que lo que ahora nos propone el gobierno con la modificación del joven código penal vigente.

A la de cuatro (faltas) delito es una expresión compacta de la modificación que promete convertir las vibrantes (y quizá peligrosas) calles españolas en tranquilos bulevares suizos. Lo importante de un código, creo yo desde mi ignorancia penal, es que lo que nace con voluntad de desincentivar un cierto acto punible acabe convirtiéndose en una convención que se acata casi inconscientemente. Como la convención que regía mis recreos colegiales dedicados al fútbol. Pero, a diferencia de esa convención en la que yo viví, lo que ahora se persigue es la creación de una nueva a partir de una situación inicial en la que cuatro tirones no hacen un hurto, lo mismo que cuatro pecados veniales no constituían un pecado mortal. Lo que los economistas saben es que en una tesitura así no hay garantías a priori de que la convención nazca o de que no nazca otra no prevista. Por ejemplo, que se utilice el tironero más allá de lo óptimo (para el ratero y para nosotros) para garantizarse un invierno calentito en la celda. En mi colegio nadie lanzaba el balón extramuros para procurarse un respiro en un deporte obligado que quizá odiara; pero éramos unos infelices niños de posguerra sin sofisticación estratégica alguna y hoy hasta los rateros practican el oportunismo.

No quisiera terminar con este aviso simple sobre la necesidad de vigilar los incentivos. Los economistas se preocupan también de otras cosas, entre ellas la justicia y la igualdad de oportunidades. Y aquí mi memoria infantil me sirve también. A la de tres penalty surgió posiblemente, dada la estrechez del campo de juego, por el desnivel del terreno. ¿De qué desnivel del campo de juego surgiría a la de cuatro delito?. ¿No habría que preguntarse por las posibilidades de nivelación de ese campo de juego (level the playfield) antes de intentar crear una buena y nueva convención relativa a la convivencia entre personas?

La reforma del Código Penal (I): Sentido Común

No me interesa si la ofensiva legislativa contra la delincuencia que el gobierno está realizando es una mera estrategia electoral o si es una tapadera contra los fallos de gestión en la catástrofe del Prestige o contra los mediocres resultados económicos o si, en el mejor de los casos, es el cumplimieto tardío de algunas promesas electorales del pasado. Me interesan, entre todas las modificaciones del código penal de 1995 que se proponen, dos que me llaman la atención aunque no sean las más importantes y, más en general, la actitud del ministro de Justicia Michavila, y el propio Aznar que parecen querer convencernos de que las medidas que anuncian son de sentido común.

En una breve serie de tres artículos pretendo explorar superficialmente los extremos mencionados.

Sentido Común

El ministro de Justicia dijo hace unos días que la propuesta de que cuatro faltas constituyan un delito es de puro sentido común. No se entendería, según él, por qué habría de encarcelarse a quien roba tres millones de pesetas (¿por qué los ministros hablan de pesetas en lugar de referirse al euro?) y dejar tan pimpante al tironero que consiga la misma cantidad mediante ataques a seiscientos ciudadanos honrados. Es de sentido común aclaró.

Esto del sentido común empieza a ser digno de comentario. Hasta ahora la apelación al sentido común me sonaba más bien como el argumento vacío de quien estaba falto de ellos y siempre que observaba su uso retórico no podía dejar de recordar a una señora, conocida mía, que aseveraba que ella ve las cosas como son. Esto último es un caso serio de ignorancia epistémica; pero la continua apelación de los altos cargos del PP a esta especie de séptimo sentido que debe ser el llamado común es bastante más trascendente. A mi juicio refleja el desconocimiento del relativismo de las convenciones tal como ahora trataré de explicar.

En efecto, los seres humanos no podemos vivir en sociedad sin el respeto de ciertas convenciones que, convenientemente interiorizadas, nos proporcionan el tiempo suficiente para enfrentarnos con situaciones y decisiones no rutinarias de manera eficaz. Que las hayamos interiorizado hace que nos parezcan de sentido común. Que a menudo decidamos cuestiones no claras por analogía con las sujetas a convención y que incluso acertemos nos lleva a tener fe en el poder del sentido común. El poder de este pensamiento convencional es, sin embargo, muy limitado cuando, de una u otra manera, se pone en juego la funcionalidad de las convenciones vigentes. Estas llevan tiempo organizando nuestra convivencia y nos parecen de sentido común, porque se trata de un comportamiento individual que a cada uno le va bien si los demás también se comportan así. Pero en cuanto a un miembro cualquiera de la comunidad, o a un miembro recién incorporado, le vaya mejor cambiando de comportamiento se rompe el equilibrio y todo el mundo ajusta su manera de actuar hasta que se alcanza de nuevo un equilibrio.

En este nuevo equilibrio es posible que observemos el mismo comportamiento convencional que antes; pero también es posible que emerja una convención nueva. Si esto último ocurre el sentido común descarrila y hay que volverlo a poner sobre la vía sin poder presumir que funcione igual que antes.

Podríamos decir, en consecuencia, que hay una variedad de sentidos comunes definida por las diferentes convenciones interiorizadas por los miembros individuales de cada comunidad específica y que fisionar o fusionar comunidades puede originar cambios radicales en lo que se conoce como sentido común. Aplicar el sentido común, que como acabamos de ver es algo relativo, como si fuera un absoluto y aplicarlo a temas que navegaban bien en las aguas de antiguas convenciones, pero no sabemos cómo lo harán en las que puedan surgir, es algo, como mínimo, imprudente. La parsimonia recomendada por los juristas en materia de modificación de textos legales básicos se entiende muy bien ahora, porque para que un código sea eficaz debe estar basado en convenciones interiorizadas profundamente.

Apoyándome en esta idea muy general quisiera a continuación comentar dos modificaciones que se proponen sobre habitualidad y sobre propiedad intelectual respectivamente.

Internet Revisitada

El pasado quince de febrero Madrid convocó a cientos de miles de personas en protesta contra la guerra de Irak. Sea por la inesperada afluencia, sea por un deseo explícito de no facilitar el éxito de la convocatoria por parte de las autoridades, el hecho es que, como alguien dijo a los pocos días, aquello no era una manifestación; sino una concentración en la que mis acompañantes y yo no creo que recorrieramos más de cincuenta metros.

En consecuencia no pude oír la lectura del manifiesto que, aparentemente y según dicen voces autorizadas, era una colección de despropósitos que en ningún momento criticó cosas atacables como, por ejemplo, el autoritarismo de Sadam. Pero sí pude observar la heterogeneidad de los participantes. Entre los que no llevábamos pancarta o pegatina los había con corbata, con chupete y con muletas y entre los que sí querían gritar algo concreto había de todo, desde pacifistas a ultranza hasta antiamericanos pasando por músicos charangueros o miembros de Amnistía Internacional. Encontrar homogeneidad en esa turba humana es un ejercicio de ilusionismo. La manifestación o concentración era un ejemplo de empaquetamiento: ninguno de los asistentes apoyaba todos los lemas; pero todos aceptábamos el paquete por alguna razón.

Nada distinto de un programa electoral partidista al que muchos acabamos votando con la esperanza de que algunas propuestas no se lleven a cabo. Este es un primer hecho que me gustaría destacar para añadir inmediatamente un segundo consistente en que la cadena de manifestaciones similares que se fueron realizando a lo largo de los diferentes husos horarios acabaron impactando tanto a los jefes de gobierno y de Estado de la UE reunidos el lunes siguiente en Bruselas para tratar de consensuar un documento de mínimos para aportar al Consejo de Seguridad de la ONU, como al mismo presidente Aznar que el martes matizó su tono y consiguió romper la oposición al presentar para su votación el documento europeo, un escrito más descafeinado que sus declaraciones previas, parlamentarias o televisivas.

Ambos hechos -el tamaño, heterogeneidad y coordinación de las manifestaciones y su impacto en los representantes políticos- me parecen enormemente significativos y novedosos. Creo que anuncian una manera distinta de formar la opinión pública, siempre tan heterogénea, y una restricción adicional a la actividad de los políticos, nunca totalmente arbitraria. Y creo que esta novedad en sus dos aspectos se debe precisamente a Internet, a la posibilidad generalizada, y aún no del todo desarrollada, de comunicación en red. De ahí que haya que revisitar el concepto Internet.

En primer lugar hay que volver sobre él para no confundir su verdadera potencialidad. Su poder no está en ser un vehículo publicitario nuevo, ni en que pueda disminuir significativamente los costes de transacción entre negocios (B2B) o entre negocio y consumidor (B2C) o en que constituya un canal de comunicación entre empleados de una empresa. Creer que esto era la esencia de la red fue una confusión que no cometieron los que nacieron en ella desde el principio; sino los advenedizos que creyeron poder apropiársela. Y las confusiones se pagan. Las empresas que nacieron on line -con pocas y notorias excepciones- y las que soñaron reinventarse en la red o intentaron complementarse con un cierto apoyo en ella, no han resistido la prueba de una mala coyuntura de forma que los llantos de las plañideras no dejan oír lo que siempre han dicho los que entienden la lógica de la red.

Cuando calle el llanto por las fenecidas puntocom, empezaremos a ver con claridad que la clave está en la comunicación entre personas. Si queremos podemos llamar a esto P2P y citar como ejemplo el intercambio de archivos musicales o las noticias entre dos pequeños nodos de una red que, sin embargo, pueden formar parte de un cluster de nodos formado alrededor de una identidad o de intereses comunes que, a su vez, está conectado con otro cluster con el que comparte algún interés común o algún rasgo identitario. No hay nada conceptualmente complicado en esto. Lo nuevo es la velocidad a la que, gracias a Internet, pueden realizarse tanto los intercambios entre personas como la evolución de las redes con sus cambios de forma y perímetro e incluso de miembros. Es este elemento crucial de Internet el que explica que en una manifestación puedan coexistir muchos intereses y rasgos identitarios diversos siempre que haya un rasgo común como pueda ser, en nuestro caso, el no a la guerra.

En segundo lugar Internet debe ser revisitada para, una vez conocida su potencialidad, intentar entender qué actividades han sido definitivamente redefinidas por su nueva existencia. Los periódicos ya nunca serán como antes sino que tendrán que cambiar su modelo de negocio para servir a las comunidades indentitarias que pueden conquistar y mantener. Al llegar a ser prácticamente personalizados el valor añadido ya no está en la amplitud de los contenidos o la fabricación física de cincuenta páginas impresas en papel; sino en la caza de la noticia, al principio de la cadena, y en su tratamiento editorial al final de la misma. Pero más interesante que los cambios que Internet va a traer a la prensa escrita son los que acarreará al broadcasting que hasta ahora parecía ser el arma de la doma o la conformación de la opinión pública. Simplemente el casting dejará de ser tal para convertirse en un intercambio bidireccional y lejos de ser broad, o igual para todos, acabará siendo muy especializado. Es decir la opinión pública conformada por Internet será muy distinta a la conformada por el broadcasting de la misma forma que, tal como mostraron las últimas elecciones autonómicas en el País Vasco, los medios tradicionales fracasaron frente al boca a boca que tiene lugar entre dos millones escasos de personas que, además, están curadas de espanto ante la manipulación mediática. Pues bien el mundo es un simple País Vasco para la potencia del boca a boca electrónico. Televisiones y periódicos pueden ir olvidándose de la capacidad que creen tener para informar a la opinión pública y manipular la democracia.

En el límite, cuando Internet se generalice, y esto llegará más pronto que tarde, la opinión pública será desde luego heterogénea; pero además universal o global. Y esto no puede pasar desapercibido por los políticos que no tendrán más remedio que plantear soluciones concretas a problemas concretos que conciernen a comunidades identitarias concretas. La ordenación del tráfico de Londres es un ejemplo muy a mano. No podrá permanecer como un experimento insular. Los conductores de todas las ciudades conocerán a la perfección las características del experimento y lo admitirán o rechazarán ante sus administradores. La iniciativa ha cambiado de manos. Las manifestaciones, por ejemplo, parece que surgen como las setas en el campo después de la lluvia, de forma totalmente espontánea.

Si llegamos a entender bien la naturaleza y la potencia de Internet quizá lleguemos a hacer negocio con la red, no en la red. Lo crucial a vender, lo que dará dinero, es la confianza, que es lo que permite los intercambios bilaterales. Pero hoy no me interesa el negocio, me interesa la conformación de la opinión pública, cómo ello va a cambiar las formas del ejercicio de la democracia y, sobre todo, cómo van a tratar de frenar la libertad en la red. Vigilemos porque en el intercambio de información hay material inflamable. Hoy he recibido una entrevista con el ex-embajador español en Irak, aquel a quién la ministra llamó poco menos que demente por dimitir, recordándonos así unos regímenes totalitarios que encerraban a los disidentes en manicomios. Pero no les voy a contar la entrevista. Mañana se la reenvío.

Credibilidad y reputación del Gobierno

La Economía es una ciencia en la que el futuro influye en el presente: no compraré hoy una determinada mercancía si creo que su precio será menor mañana. Por lo tanto las expectativas juegan un papel determinante.

Por ejemplo, en el caso de una expectativa de caída mañana del precio de la mercancía que yo vendo seguramente bajaré su precio hoy mismo. Como la economía tiene que tratar de describir coherentemente la senda que va a seguir un sistema económico y como las expectativas son esenciales en esa descripción, la Economía no tiene más remedio que modelar las expectativas como racionales, es decir como no desviándose como media de la senda que se describe. Si no fuera así la descripción de la senda sería vulnerable a una crítica devastadora ya que los agentes modelados no cambiarían de comportamiento a pesar de que sus expectativas se vean contradichas sistemáticamente.

El problema con los modelos que tratan de describir la trayectoria seguida por el sistema económico y que incorporan (por coherencia) las expectativas racionales es que tienen soluciones múltiples, es decir que hay varias trayectorias posibles, todas ellas coherentes y que, sin embargo, pueden ser ordenadas de mejor a peor. Por qué ocurre esta multiplicidad con estas características es un punto técnico más allá de la ambición de este artículo; pero lo que no tengo más remedio que destacar es que, en esas condiciones, un gobierno querrá manejar las expectativas para imponer aquellas asociadas a la mejor de las trayectorias en sentido económico, o a la que a él le interesa por motivos políticos.

El manejo de las expectativas por parte de un gobierno tiene, sin embargo, sus limitaciones. Cualquier anuncio de política económica o cualquier promesa de actuación, si pretende cambiar las expectativas, tiene que ser intertemporalmente consistente. Un anuncio de una medida cualquiera es intertemporalmente inconsistente si esa medida anunciada hoy para ser puesta en práctica mañana será desfavorable al gobierno cuando mañana vaya a ser cumplida. Diríamos que una amenaza (como sinónimo genérico de un anuncio de medida de política económica) no es creíble si es intertemporalmente inconsistente. Es decir credibilidad es lo mismo que consistencia intertemporal. Ahora bien interesa revisar con cuidado la relación entre credibilidad y reputación. Si el gobierno emite una amenaza creíble no se gana ninguna reputación relevante: sabemos cómo es y esperamos que actúe en su propio beneficio. Lo que da ocasión a un gobierno de adquirir una reputación relevante es precisamente la inconsistencia temporal de su amenaza. Si, a pesar, de ir en su contra cumple su amenaza, el gobierno que la emite empieza a ganar hoy una reputación que se consolidará si continúa así. Cuando decimos que una reputación tarda en alcanzarse y puede perderse en segundos nos referimos, desde luego, a la reputación relevante.

Tengo la horrorosa sensación de que expectativas, credibilidad y reputación son tres términos que, aunque cruciales para entender la economía, son abusados por políticos y periodistas hasta el punto de modificar su contenido y arrastrarnos a unos galimatías que acaban ocultando realidades y oscureciendo la comprensión de la naturaleza y objetivos del gobierno del que estemos hablando. Veamos si su correcta comprensión que he esbozado más arriba, nos es útil para el examen del gobierno del PP hoy. Examinemos dos ejemplos recientes: la modificación del mercado de trabajo y la alineación con Bush en la crisis de Irak.

Hace un año aproximadamente el gobierno amenazó con un proyecto de ley en el que plasmaba su intención de modernizar el mercado de trabajo en aspectos importantes relativos al subsidio de desempleo y condiciones para su mantenimiento, a los salarios de tramitación o al subsidio agrario entre otros. Contra esta amenaza los sindicatos contraamenazaron -asumiré que de forma totalmente creíble- con una huelga general. En estas condiciones aprobar en el parlamento el proyecto de ley es intertemporalmente inconsistente debido, digamos, al desgaste electoral que acarrearía. Así se abre, según la terminología que he introducido más arriba, una magnifica ocasión para que el gobierno fuera adquiriendo una reputación relevante de halcón. Y el gobierno la aprovecha dictando el decretazo mediante el cual se imponen inmediatamente los contenidos del proyecto de ley. Esta reputación relevante de halcón se perdió instantáneamente mediante las concesiones que el gobierno encargó a Zaplana y que han hecho que la modificación del mercado de trabajo pase a mejor vida. Desde entonces pensamos, no que este gobierno sea una paloma (para alcanzar esa reputación debería confrontarse con una situación en la que ser paloma fuera no creíble) sino que simplemente hace lo que conviene a sus propios intereses, en este caso electorales.

Hoy el gobierno se enfrenta con una ocasión formalmente análoga en relación a la postura a tomar en la crisis de Irak. Podemos decir que el gobierno -y el propio Aznar- apoyan una solución armada, afirmación que habría que matizar, pero que no empaña el análisis. Esta amenaza, incubará, ya está incubando, unas contraamenazas -que asumiré como totalmente creíbles- por parte del electorado y de algunos países de la UE que van en contra de los intereses electorales del PP y de algunas aspiraciones personales de Aznar. En estas condiciones el apoyar la estrategia de Bush es intertemporalmente inconsistente, lo que genera la oportunidad de empezar a adquirir una reputación de halcón, oportunidad que es aprovechada mediante la iniciativa de escribir conjuntamente con otros jefes de gobierno (y uno de estado) de algunos países europeos, una carta alineándose matizadamente con la estrategia bélica de Bush. Tenemos que esperar para verificar si en esta ocasión el gobierno mantendrá su posición, adquiriendo así una reputación de halcón en la política exterior, o cederá ante el eje Francia/Alemania, como cedió ante los sindicatos, y se quedará sin reputación como un gobierno simplemente condicionado por sus propios intereses.

Ante la analogía entre ambas situaciones, y a falta del desenlace final de la segunda, se agolpan las preguntas y caben las profecías. Supongamos que mi análisis no es correcto y que en ambas situaciones las amenazas fueran creíbles. Entonces esperaríamos que la fidelidad a Washington fuera firme; pero nos llevaría a preguntarnos por qué él gobierno no se mantuvo firme en el decretazo. Como no cabe especular sobre reputación ya que, al ser ambas amenazas creíbles, no hay ocasión para adquirir reputación, sólo se me ocurre pensar que Aznar se desentiende de las próximas elecciones nacionales y se atreve a jugársela personalmente con la esperanza de romper el equilibrio de fuerzas europeas que, si sigue como está, no favorece nada sus aspiraciones personales.

Supongamos por el contrario que mi análisis sí es correcto y que ni una ni otra amenaza es creíble de suerte que Gobierno o Aznar pueden labrarse un reputación haciendo algo increíble. No lo hicieron en el caso del mercado de trabajo decantándose por las ventajas electorales más que por el buen funcionamiento económico. Eso me lleva a pensar que en el caso de la crisis de Irak también renunciarán a ganarse una reputación de halcones decantándose por las ventajas electorales o la falta de fricciones europeas en lugar de por la lucha contra el eje del mal. A no ser una vez más que Aznar personalmente prefiera romper la unidad europea para mejorar sus aspiraciones personales a presidir el Consejo en la U.E.

Todas estas elucubraciones últimas me llevan a la siguiente concusión. O Aznar y el gobierno tienen sus intereses alineados o no. En el primer caso el gobierno del PP volverá al redil del eje franco-alemán y Aznar se puede considerar amortizado como político europeo. En el segundo caso, si el partido se impone a su propio presidente, España volverá el mencionado redil y, si Aznar impone su autoridad, España habrá iniciado una aventura peligrosa. Yo me atrevería a apostar por que el partido se impondrá liderado por su propia ala derecha, que sobretodo quiere conservar el poder, y que Aznar , como casi todos los césares, acabará apeado por su círculo más cercano. Esta apuesta está basada en el análisis prolijo anterior y algunos pueden decir que éste no es completo y que cabe pensar que ambos casos -mercado de trabajo y crisis iraquí- no son formalmente análogos.

Sin duda se puede afirmar pero es difícil de argüir, creo yo, por muchas diferencias sustantivas que haya entre ellos. Otros pueden apuntar que mi supuesto sobre la credibilidad de ambas contraamenazas puede no ser correcto. Puede, pero a mí me parece mucho más realista que el contrario. Mi apuesta está también basada en lo que conozco y si hay otras variables que desconozco todo puede cambiar; pero yo, claro está, no puedo otear el cambio. Lo que he hecho es lo puedo hacer, aplicar correctamente las nociones de credibilidad y reputación que tanta importancia tienen en cuanto los gobierno tratan de manejar las expectativas y que tan superficialmente se utilizan por los que no están acostumbrado a su uso preciso.

Y mi conclusión es que o el gobierno es incoherente, reaccionando de manera diferente a situaciones análogas, o el gobierno no es homogéneo, sino que ésta presidido por alguien con intereses personales, o hay una agenda oculta que desconozco. Eso es todo.

¿Qué se yo de la guerra?

Sólo una pequeña parte de mis conciudadanos vivos se vieron involucrados en la guerra civil o en la última mundial. La gran mayoría de los que hoy apoyan o rechazan una intervención armada en Irak, además de haber tenido el privilegio de no haberse visto envueltos en guerra alguna, ni siquiera han conocido el miedo y la vergüenza de una posguerra.

Sólo los de mi generación recordamos el frío y el silencio que siguió al fin de la guerra civil española. ¿Qué puede saber un niño de posguerra sobre la muerte en masa?, ¿qué se yo de la guerra?.

Recuerdo que mis compañeros leían unos tebeos apaisados identificados como de hazañas bélicas que nunca entraron en la casa de mis padres y, haciendo un ejercicio de rememoración, puedo evocar mi inacabada colección de cromos de la guerra de Korea y los líos de los franceses en Dien Bien Fu (o como quiera que se transcriba mi fonética infantil).

La guerra de Cuba o la de Africa eran cosas de los abuelos, la guerra mundial que terminaba con mi nacimiento fue una cosa cercana pero de la que se podía hablar pues estaba muy claro, al menos en mi familia, quienes eran los buenos. No así de la guerra civil; hasta bien pasada una década de su final el silencio era total, quizás para evitarnos a nosotros los niños un mal sueño, quizás para poder seguir conviviendo entre vencedores y vencidos o quizás para, simplemente, tratar de olvidarla en medio de una vida marcada por el racionamiento, el estraperlo y el frío húmedo apenas mitigado por braseros alimentados por un carbón de baja calidad.

Sólo más adelante, cuando ya el carbón empezaba a calentar y el espeso miedo a disiparse, comencé a escuchar las historias de la guerra civil; pero no podían competir con las que nos contaba el cine sobre la guerra de secesión entre federales y confederales en un gran país que antes había invadido Méjico, que más tarde prendió la mecha de la guerra contra España y que un día decidió intervenir en Vietnan. El cine hizo estas guerras más reales que la nuestra aunque ya parecía que se podía hablar de ella y hasta leer sobre ella. Todo era sin embargo lejano como mucho más tarde fueron lejanos los conflictos de Angola, Mozambique, Eritrea, Somalia, Uganda y otros que el cine no fabuló y la televisión no trivializó. El Golfo y los Balcanes son de antes de ayer, Afganistán de ayer mismo, y aquellos y éste se han convertido en eventos televisivos estetizados.

La única guerra de la que ha estado cerca es pues la de Vietnam, cuyas postrimerías me encontraron de estudiante en el corazón conservador estadounidense, y que aún así me enseñaron cómo reacciona un país libre ante una decisión como la del Presidente Nixon de invadir Cambodia. Mientras algunos de mis compañeros de estudios veían en el signo de la paz (el mismo que ha renacido hace días en la frente de algunas modelos de la pasarela Gaudí) la huella del gallina americano (the imprint of the american chicken), la mayoría declaró una huelga de tres días apoyada por gran parte del profesorado y comenzó a hendir la brecha que hoy todavía separa a dos grandes partes de la población, dos partes que poco a poco emergen, y no sólo allí, ante la posible invasión de Irak. Quizá allí empecé a aprender de la guerra.

¿Cómo tener opinión si uno apenas entiende de derecho internacional, filosofía del derecho o procedimientos judiciales internacionales?. ¿Cómo opinar sin caer en la frivolidad de discutir sobre lo que significó Nuremberg o lo que hoy (no) pasa con el Tribunal Penal Internacional o lo que debería hacer la ONU (además de ayudar a los refugiados) con un Consejo de Seguridad que, por lo visto, no tiene porqué consultar con la Asamblea General?. Cuando uno no es un pacifista por principio, sólo cabe acudir a lo que uno sabe. En mi caso sólo me queda pues acudir a la caja de herramientas que me traje como economista de aquella América profunda que en 1970 empezaba a desgarrarse. Algo sabía entonces de teoría de la decisión y algo he aprendido desde entonces de teoría de juegos de estrategia y quizá podría aplicar ambas teorías al análisis de la crisis de Irak.

¿Qué puede decir pues un artesano de la economía sobre la guerra? Veámoslo cambiando el tono melancólico por el profesional, propio del que cree saber algo de su oficio.

Mi teoría de la decisión más convencional me dice que debería preferir la guerra (es decir, decidir apoyar la intervención en Irak) si la esperanza matemática de la utilidad de Von Neuman y Morgenstern de los efectos económicos de esa alternativa es mayor que la de no ir a la guerra. Simple, en principio, si supiera las probabilidades de que la guerra me traiga las ganancias que supongo. Como no las conozco siempre puedo acudir al tratamiento de Savage que, al jugar con las probabilidad subjetivas, parecería más a tono con una situación como la contemplada en la que las probabilidades utilizadas no pueden entenderse como conocidas y objetivas. De todos modos siempre me ha parecido que estos dos tipos de teoría de la decisión -el de von Neuman y Morgenstern y el de Savage- no están diseñados para situaciones con resultados tan extremos como los de una guerra, de la misma forma que nunca me han convencido cuando se ha tratado de aplicarlos, por ejemplo, al uso generalizado de la energía nuclear, especialmente después de los accidentes de Threemile Island o de Chernobil. La situación en casos así es realmente tan incierta que ni siquiera conocemos todos los posibles estados de la naturaleza por no hablar de la probabilidad de que uno u otro se de o del valor del resultado en cada uno de ellos. En situaciones así los economistas están acostumbrados a apelar al mercado como el gran invento epistémico que agrega la información existente; pero ¿qué mercado hay aquí?

Quizá esta última pregunta descreída haga inútil mi pregunta retórica de ¿qué se yo de la guerra? Quizá el mercado del petróleo, o mejor dicho la mera existencia de los pozos iraquíes, nos revele algo pues, como mucha gente dice, en alto si es de izquierdas y con voz baja si es de derechas, en esto de Irak lo que hay de verdad es el problema de quién se queda con unos yacimiento petrolíferos de gran importancia cuantitativa. Si este fuera el caso estamos en un escenario a lo Hobbes en el que luchamos sin cuartel por hacernos con un recurso dado y en el que podríamos aplicar el famoso juego de las palomas y los halcones (también llamado chicken pues tiene que ver con quién se acobarda antes, quién revela antes su naturaleza de gallina o paloma). Sean Sadam y Bush los dos jugadores y sean H (comportarse como un halcón) y P (comportarse como una paloma) las dos estrategias posibles. El cuadro adjunto describe la matriz de los resultados posibles del juego.

El análisis del juego es fácil. Si se atacan mutuamente ambos pierden el petróleo, si Bush (Sadam) ataca y Sadam (Bush) se achica, Bush (Sadam) se queda con los pozos de petróleo y si ambos se achican se reparten el petróleo, digamos que como hoy. (H,P) es un equilibrio de Nash en estrategias puras pues Bush no querría jugar P ya que pasaría de ganar 2 a ganar 1 y Sadam no querría jugar H porque pasaría de ganar cero a perder 2. Similarmente (P, H). Pero, además hay un equilibrio de Nash en estrategias mixtas en el que ambos contendientes juegan H con probabilidad 1/3 y P con probabilidad 2/3, probabilidades que dependen de los números concretos de la matriz de pagos. Es un equilibrio porque la ganancia esperada es igual en ambos casos.

Resulta además que este equilibrio de Nash en estrategias mixtas es una estrategia evolutivamente estable en el sentido de que si Bush o Sadam fueran sustituidos por otros dos dirigentes que jugaran H con una probabilidad distinta de 1/3 y que jugaran el juego repetidamente, o se lo pensaran bien, acabarían jugando H con esa probabilidad 1/3.

¿A ver si al final va a resultar que algo sé sobre la guerra? No lo creo pero quizá haya podido contribuir a entender lo que pasa o a prevenir lo que va a pasar. Primero, es posible que la probabilidad de que estalle la guerra no sea uno. Esto quizá explique porqué el petróleo no ha subido tanto como debería si supiéramos con certeza que va a haber guerra. Segundo, a pesar de todo, cualquier probabilidad positiva es horriblemente alta cuando el resultado es la pérdida de las vidas humanas, las secuelas de frío, silencio y vergüenza y además, la destrucción del petróleo.

¿Podemos hacer algo para que esto no ocurra? ¿Cómo conseguir que Bush y Sadam se comporten como palomas? Aquí no ayuda la teoría de los juegos; según ésta la racionalidad los lleva a jugar H con probabilidad 1/3 y la racionalidad es la racionalidad. Lo único que queda es la persuasión, la conversación (cheap talk) o los guiños.

Nueva Economía y Gobierno de la Empresa

Extraña situación. Por un lado, hace muy poco tiempo creíamos saber que la introducción sistemática de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) propias de la Nueva Economía acabarían cambiando el funcionamiento interno de las empresas y, si me apuran, incluso los contornos del concepto mismo de empresa.

Por otro lado, los escándalos corporativos, principalmente americanos, parecerían clamar por una modificación del gobierno de la empresa y, si me apuran, por una concepción de ésta que incluya su responsabilidad social. Lo extraño es que ambos fenómenos – TIC y escándalos – no se hayan puesto en relación. La explicación de esta aparente incongruencia es que queremos olvidar la que un día pareció una prometedora Nueva Economía. Y queremos olvidarla porque nos molesta recordar la debacle de las empresas punto com, cuyo último hito es la salida de Steve Case de la Presidencia de AOL – Time Warner, el más insigne exponente de la potencia de las TIC. Las empresas punto com, y más en general, las relacionadas con la comunicación, han sufrido, en efecto, un bajón bolsístico que a menudo está relacionado con los enormes riesgos en los que han incurrido y que, a su vez, bien podría haber estimulado un poco de creatividad contable.

Y sin embargo, olvidar la Nueva Economía es un profundo error, especialmente si ese olvido imposibilita, o simplemente retrasa, ese desarrollo pleno de cuyo advenimiento Steve Case no tiene la menor duda. A mi juicio hay dos razones que justifican la afirmación anterior. La primera es que si no recordamos algunas de las implicaciones del uso de las TIC no sabremos cómo es ese ente – la empresa – que queremos gobernar bien. La segunda razón es complementaria: si ignoramos aspectos nuevos de la empresa no llegaremos a perfilar ese buen gobierno que decimos ansiar.

Discutamos ambas. Primera, la Nueva Economía nos ha hecho ver que, en presencia de las TIC, la fidelización de la clientela y de la plantilla es algo imposible y que, en consecuencia, hay que considerar a los empleados como los mejores clientes y a éstos como realizando tareas propias de empleados como, por ejemplo, el marketing. Por lo tanto, clientes y empleados deben considerarse como algo que está dentro del contorno definitorio de empresa. Segundo, si lo anterior es cierto, no hay buen gobierno que pueda prescindir de estas dos stakeholders y tratar de olvidarlos como tales es inútil; acabarán por hacerse sentir y habrá que integrarlos de la misma forma que ya se empezó a hacer con los proveedores, por ejemplo en la industria automovilística.

Renace así el interés por la figura alemana del Consejo de Vigilancia, un organismo de gobierno no ejecutivo donde están representados los intereses de los stakeholders y que parecía obsoleta y propia de un capitalismo poco agresivo. Lo interesante de esta necesidad de preguntarse por esa figura aparentemente anticuada es que esa necesidad proviene de una concepción de la economía capitalista, la Nueva Economía, que ni siquiera el capitalismo americano ha llegado a entender del todo por su radical novedad, tal como parece decirnos Steve Case en su orgullosa despedida.