Blank Slate

Steven Pinker ya nos fascinó con su Language Instinct y con su profusa argumentación teórica y empírica a favor de una consideración del lenguaje como algo innato en el ser humano, algo que ya había defendido el padre de la gramática generativa, intelectual antisistema y maestro de Pinker, Noam Chomsky. El lenguaje o, mejor dicho, la capacidad de hablar, está grabada en nuestro disco duro, es un instinto sin el que no aprenderíamos a hablar por mucho contacto que tuviéramos con otros seres hablantes.

Parece que en Blank Slate (que quizá debiéramos traducir como tabla rasa y no como pizarra virgen), la última obra de este joven profesor del MIT, vuelve al ataque describiendo otras muchas partes de nuestro disco duro. No sabemos cómo la evolución ha hecho que todos disfrutemos del olor de las flores, pero es un hecho que es así, independientemente de la educación, el hábitat, la cultura y cualquier otra influencia externa. Sólo conozco referencias sobre Blank Slate, pero, aun así, voy a tomarlo como pretexto para volver sobre el lenguaje y, sobre todo, para hablar de escritura que, aunque no es lenguaje y mucho menos algo innato, parece que se impone como referencia en cuanto se menciona una tabla o una pizarra.

En el Tractatus, Wittgenstein concebía el lenguaje como representación de la realidad y las palabras como cuadros realistas que representaban las cosas. Esta concepción, digamos que ingenua, del lenguaje no resistió la reflexión crítica de su propio autor, quien nos ofreció una conjetura diferente en su segunda etapa, correspondiente a Philosophical Investigations, según la cual no son las palabras los elementos primitivos del lenguaje, sino los juegos de lenguaje, algo un poco más complicado que los juegos de palabras y mucho más cercano a la idea de malabarismo o juego de manos. Si Wittgenstein no hubiera sobrepasado su primera etapa, correspondiente al Tractatus, los avances de las neurociencias, metabolizados por gente como Pinker, hubieran acabado sin paliativo alguno con una concepción del lenguaje como representación y se hubieran acercado al segundo Wittgenstein arguyendo que el instinto cuya existencia se predica es el instinto para jugar juegos de lenguaje que, en principio, no tendrían por qué tener relación alguna con la realidad, lo mismo que las relaciones matemática tampoco tienen por qué representar relaciones entre cosas. Otra cosa distinta es que, luego, matemática y lenguaje nos hayan permitido entender el mundo exterior y modificarlo. Pero, si bien puede llegar a admirarnos, lo que realmente sobrepasa mi capacidad de asombro y de reverencia es la imposibilidad de no hablar, la irresistible compulsión a enmarañar el bosque del lenguaje dotándolo de una complejidad inimaginable y tan imposible de desentrañar que preferimos pensar que quien habla ya no somos nosotros, sino el propio lenguaje.

La escritura no es innata, pero a través de ella contribuimos también al lenguaje. Aun con voto de silencio, yo puedo escribir mis visiones, ideas o silogismos y contribuir a enredar más el bosque del lenguaje de forma vicaria mediante la expresión de mis lectores. No sólo la poesía de William Blake enriqueció el habla, también su obra plástica añadió pistas falsas a la imposible tarea de salirnos del lenguaje. Tampoco tenemos una compulsión irresistible a escribir, pero quien hace de la imposibilidad de dejar de escribir su utopía (como, por ejemplo, los deconstructivistas incomprendidos) nos está ofreciendo una inmejorable oportunidad de entender, aunque sea por aproximación, la imposibilidad de no hablar. Cualquier papel en blanco, cualquier tabla de cera virgen, cualquier pizarra de negro riguroso, nos obliga a escribir, a rellenar cualquier espacio escribible. No hay slate que pueda permanecer blank. La tiza rellena toda su negrura con el blanco de su cal y, cuando la pizarra se ha tornado blanca, nos chupamos el dedo para seguir escribiendo con él sobre el polvo de yeso, dejando nuestra huella, borrando las anteriores y contribuyendo a generar material de estudio para el deconstructor que, para analizar nuestra contribución, escribirá con tiza en los espacios negros recuperados con nuestra saliva.

Decir, como los hermeneutas y los deconstructores, que no hay nada fuera de la escritura, es decir que no hay nada fuera de la narración y, finalmente, que no hay nada fuera del lenguaje. Nuestra única responsabilidad como seres humanos, si creemos que ser eso nos hace responsables de algo, es hablar mucho, desenredar la maraña del lenguaje mientras contribuimos a enredarlo cada vez más. La tarea es inacabable, pero éste es precisamente el aspecto consolador de nuestra única responsabilidad. Pensar que quizá tuviera un fin nos retrotraería a la creencia en el principio y eso nos devolvería a la maldición de los porqués. Si no hay ni principio ni fin, como en la concepción hoyleana del universo a modo de estado estacionario, no hay que buscar porqués, sino entregarse al lenguaje y aprender a ser su instrumento.

Termino. Escribir no es sino hacer gimnasia con el lenguaje. ¿Para qué? Para que cuando llegue a nosotros el lenguaje nos coja entrenados para ser dignos de ser arrebatados por él. Y que conste que esto no es mística, sólo escritura. Lo mismo que Blank Slate.

Nunca digas Nunca Mais

Dedicado a Suso de Toro

Imaginemos una pareja joven que quiere construir su primera casa en una rambla seca por donde no ha corrido agua alguna en los últimos años. Puede hacerlo por poco dinero en el lecho asumiendo al peligro de desaparición en caso de riada, o puede en la ladera inclinada, lo que le pone a salvo de riadas esperables, pero exige un mayor desembolso de cimentación.

Lo que nuestra joven pareja acabe haciendo reflejará la incidencia relativa de unos factores comunes a toda decisicón en condiciones de incertidumbre: coste de construcción, probabilidad de riada y valoración de un efecto. Si ahora pensamos en la posible guerra preventiva contra Irak la incidencia de esos factores nos permite dibujar dos tipos humanos. Un demócrata desearía comenzar esa guerra y gastar grandes sumas en inmunizarse lo más posible contra un improbable ataque terrorista: es, digamos, un arrugao, un republicano preferiría hacer la guerra cuanto antes, aunque sea muy cara, ahorrar en protección pasiva y confiar en la presuntamente escasa capacidad destructiva del terrorismo: es, digamos, un echao palante.

Apliquemos ahora estas nociones castizas de arrugao o echao palante a nuestro probema de política económica. Ante la situación en que nos encontramos, con unos tipos de interés demasiado bajos, una política fiscal no suficientemente restrictiva y un endeudamiento grande, redundante todo ello en una inflación demasiado alta como para esperar mucho del sector exterior, podemos optar entre las dos actitudes descritas. Podemos, como Barrera de Irimo ante la crisis del precio del crudo, esperar que una eventual recuperación nos coja todavía arbolados (cosa que no ocurrió entonces) o podemos pagar hoy para protegernos de una contingencia desgraciada que nos desarbole embridando hoy la demanda agregada, reduciendo el diferencial de inflación y ganando competitividad dentro del área del euro. Podemos optar entre ser unos echaos palante o unos arrugaos. Se trata de una cuestión de actitud ante el riesgo. Los echaos palante tienen posiblemente una aversión al riesgo negativa mientras que los arrugaos, por el contrario, la tienen positiva. Mi conjetura es que los conservadores tienden a ser unos echaos palante y los progresistas unos arrugaos en flagrante contradicción de la connotación de su respectiva denominación política. En defensa de mi conjetura solo puedo argüir una mera evidencia casual que asocia riqueza con conservadurismo y con menos aversión al riesgo y el progresismo con menor riqueza y mayor aversión al riesgo.

Si mi conjetura fuese cierta, el PSOE sería más bien echao palante. Y esto encaja. Ante la crisis del Prestige, por ejemplo, el PSOE hubiera llevado el buque averiado a puerto admitiendo un cierto coste para evitar males mayores y el PP (tal como ha ocurrido) hubiera dirigido el barco hacia altamar, evitando un cierto coste, en la esperanza de que la probabilidad de catástrofe fuera pequeña. Además, mi conjetura me lleva a pensar que, en igualdad de circunstancias, los gastos en protección civil serían mayores con un gobierno progresista que con uno conservador. Como yo me creo mi propia conjetura, no tengo más remedio que ser escéptico ante la efectividad del movimiento Nunca Máis. Yo, como ellos, preferiría que pagáramos hoy un precio alto para evitar males mayores en el futuro; pero es que soy un arrugao que también preferiría frenar hoy el exceso de demanda agregada en el que nos encontramos en la economía española. Pero como no todo el mundo es como yo y como, además, mi conjetura puede no ser correcta, no tengo más remedio que concluir parafraseando a Ian Fleming: Nunca digas Nunca Máis.