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Juan Urrutia

12 de Junio de 2009

¿Nos espera un seria inflación? El más verde de los brotes verdes

Si hay o no brotes verdes es una cuestión no fácil de dilucidar. La caída del paro en España de acuerdo con las estadísticas del paro registrado no es sino una ralentización de la caida del empleo en términos de la encuesta de población activa. La quiebra del GM es un desastre siginificativo pues es como el cierre de una época , la de la “vieja economía”, y el renacimiento de la prematuramente enterrada “nueva economía”, un ejemplo de destrucción creativa de Schumpeter.

Pero son otras las noticias que me hacen ser optimista. Ya no discutimos sobre la naturaleza de la crisis y ésta no tiene misterios. Es es un verdadero brote de razón. Pero todavía más importante es que justo ahora comenzamos a preocuparnos de lo que vaya a pasar en la recuperación. Este es el más verde de los brotes verdes, uno que merece la pena explorar.

El artículo del New York Review of Books de este mes presenta un simposio que tuvo lugar el 30 de abril en el Metropolitan de N.Y.. A partir de ete artículo la atención de los medios diarios especializados se ha foalizado en la discusion entre la Historia Económica (Niall Ferguson ) y la Teoría Económica ( Paul Krugman) sobre la posibilidad de evitar la inflación una vez que, con la ayuda d una P.M. excepcionalmente laxa e incluso heterodoxa y una P.F. nada remisa al gasto público,comencemos a salir de la crisis. Primero empezará a ralentizarse la caida del PIB y el aumento del desempleo y más tarde pasaremos a tasas de crecimiento positivas de empleo y de producción. Pero esa recuperación nos enfrentará con una situación inflacionaria derivada de la imposibilidad presunta de frenara tiempo ambas políticas macroeconómicas.

Además de un buen signo, como he dicho, esa discusión merece atención entre otras cosas porque las administraciones tienen que seguir alerta los acontecimientos y hay que preocuparse por la forma en que piensan atajar sos presuntos peligros. Veamos.

A pesar de que el petróleo paraece haber rencontado la senda ascendente, otro buen signo, todavía no lo ha hecho de forma que permita empezar a asustarse. Lo primero, por lo tanto, es entender lo que significan esos presuntos síntomas de tensiones inflacionarias en un momento en el que ese ese fenómeno parecía haber desaparecido hasta el punto de que hasta ayer el peligro parecía ser la deflación. Las subidas de los rendimientos de la deuda pública, es decir la bajada de su precio debida al exceso de oferta de bonos gubernamentales debidoa su vez a la necesidad de endeudarse para financiar gasto púbico parecerían indicar una bajada de la demanda porque ya no existe una huída hacia la seguridad. Similarmente, y como lo indicaba Martin Woolf, la bajada en los rendimientos de la deud apública indiciada o, equivalentemente, su subida de precio, parece indicar un exceso de demanda para cubrirse de la inflación o lo que es lo mismo una escasez de oferta quizá por que los emisores descuentan ya la eliminación del miedo a al inflación.

¿ Deberíamos o no temer a este lobo feroz? La discusión está en todos los periódicos y en todos los informes de los analistas. La opinión de la “Catedra” se inclina claramente a favor de los teóricos que destacan que hay formas sensatas de eliminar el exceso de liquedez generado por las ayudas necesarias al sector bancario y no existe de momento el peligro de crowding out debido al evidente exceso de capacidad instalada en todos los sectores.

Yo solo deseo añadir un par de ideas y recordar algo ya antiguo.

No podemos prescindir, en la historia explicativa de donde estamos, de que lo prioritario era el sistema financiero tanto porque sin él no se pueden canalizar las ayudas que mantenían la demanda efectiva cuando amenazaba colapsar, sino sobre todo porque la solidez del sistema financiero atrae el ahorro externo, justo lo que ocurrirá aquí tal como he destacado en una columna de Expansión en la que trataba de destacar la oportunidad que tiene España. Esta es la primera idea. La segunda tiene que ver con la facilidad que tiene un banco central de retirar liquidez a través del incremento en los intereses que paga a las reservas extras depositadas en sus arcas que, de esta amnera, salen de la circulación sin poner en peligro el sector financiero y sin cargar demasiado a corto plazo el déficit público.

Pero lo que me gustaría ahora es recordar algo que dije hace 12 años y que, de repente, me acabo de dar cuenta que es de utilidad. Quizá es que sabiendo que en septiembre tengo que hablar en Valencia sobre la crisis y Europa el inconsciente va buscando en el disco duro neuronal aquellas ideas que de hecho son utilizables. Y las tres siguientes “herejías” me parecen oportunas.

Decía en primer lugar que el BCE puede adquirir la reputación antiinflacionaria necesaria sin necesidad de ser fanático, algo importaatede recordar cuando la cancillera Merckel reprocha en público a BCE su actitud acomodaticia.

Explicaba en segundo lugar que la descentralización de la función estabilzadora de la política fiscal tiene mucho sentido en sí misma sin que sea necesario ese Tesoro único que de manera rutinaria y simplista se demanda hoy

Y terminaba conjeturando que justamente por lo anterior sería más fácil que el BCE adquiera su reputación antinflacionaria ya que los paises miembros presionaran menos al BCE cuando necesiten una bajada de tipos si matienen en sus manos la política fiscal.

Termino diciendo que quizá is herejías merezcan un poco de respeto si les cuento que en la misma ocasión predecía que el límite del 3% de deficit público de Maastricht era un límite arbitrario que se saltaía sin ninguna dificultad. Justo lo que ha ocurrido.

1 comentario a “¿Nos espera un seria inflación? El más verde de los brotes verdes”

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  1. Juan Urrutia 4.0 » Más sobre los miedos respecto a la stnaflación

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      Lo buscamos en Economía como lo buscaba aquel que quería mover el mundo.Lo hemos creído encontrar en muchos lugares diferentes. En la función de consumo, en la tasa de fertilidad, en las participaciones en el output del trabajo y del capital o en la coherencia de la elecciones individuales o, si esta coherencia es pedir mucho, al menos, en la constancia de las pulsiones. Pero tampoco éstas, que parecería tan primitivas, nos proporcionan el deseado punto de apoyo pues no son independientes de la cutura. Cuando se hace obvio que no sabemos casi nada de fundamento y solo sabemos entender algo como función de otro algo que a su vez depende de aquel algo, se comprende que las mentes más inquietas o bien se bloqueen o bien se vuelvan hacia el que ofrecía algo sólido en lo que apoyarse. Léase Marx y su teoría del valor o los experimentos de laboratorio.

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    ESPAÑA Y EUROPA ANTE EL DESAPALANCAMIENTO

    En mi última entrega de La Mirada del Economista (“Jobless recovery” ¿una cuestión de poder?”) decía que “la situación en la que nos encontramos… parecería dar la razón a los que, jugando con las letras, nos predecían una recuperación en U o en W”. Los datos e informaciones que han ido surgiendo desde entonces, así como el caso griego me dan, desgraciadamente, la razón. A los ejemplos de aquel artículo hay que añadir otros nuevos pulsos relacionados ahora con el problema de la deuda, sea ésta externa o interna, pública o privada, de los países de la Unión Europea.

    Ni que decir tiene que casi ningún país de la zona euro cumple los criterios de Maastricht que conformaban el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en lo que respecta tanto al déficit presupuestario, fijado en el famoso y ya casi olvidado 3%,como al tope del 60% del PIB de deuda pública que el PEC exigía. Esto plantea dificultades que voy a tratar de comprender a fin de verificar mi aseveración de que vamos a contemplar luchas de poder renovadas.

    En el caso del Reino de España, la situación creada por el desequilibrio de la balanza de pagos no es dramática. España debe al exterior, por la deuda emitida para cubrir una parte de los déficits anuales de dicha Balanza de Pagos un modesto porcentaje del PIB. Aunque esta cifra ha ido creciendo por la falta de competitividad seguirá siendo una cifra relativamente baja. Sin embargo a este concepto hay que añadir otras deudas hacia el exterior que El Estado puede tener como resultado del déficit presupuestario así como las que acarreen agentes privados. Y, con estos añadidos, la situación puede complicarse

    En efecto, aunque la vida media de deuda externa pública está en torno a los 7 años, vamos a encontrarnos con importantes necesidades de financiación a corto plazo debido a a las otras fuentes de endeudamiento y especialmente el déficit presupuestario y su preocupante aceleración. Vamos a confrontar, por lo tanto, importantes necesidades de financiación a corto plazo cuya posible refinanciación va a ser relativamente cara debido, no tanto a la mala situación del endeudamiento, como a los fundamentales poco promisorios de la economía española aquejada de falta de competitividad. En esta situación un incremento impositivo parece conveniente.

    Además de todo lo anterior, el sector privado, no tanto las economías domésticas y las empresas financieras como las empresas industriales, tiene que cargar con su propia deuda que, en parte, también es exterior de forma que incluso las empresas más potentes, con ratings más o menos próximos al del Reino de España, van a tener que confrontar los mismos problemas que el sector público, pero agravados. La situación empresarial es pues preocupante puesto que a la falta de demanda exterior para los productos de esas empresas hay que añadir el paro que incide sobre muchas familias. No hay pues demasiadas esperanzas en lo referente al desapalancamiento de unas y otras empresas de forma que no podemos esperar un relanzamiento de la formación bruta de capital para no hablar del consumo en bienes duraderos.

    La obligatoria reducción del déficit presupuestario para cumplir con el criterio del 3%, su financiación y la consiguiente colocación de las emisiones necesarias por parte del Tesoro constituyen problemas adicionales para la recuperación. Aparte de colocaciones en el exterior de esas emisiones, o bien se las queda la banca, con lo que ésta estará justificada en su “estreñimiento crediticio”, especialmente en un momento en el que se puede esperar una consolidación del sector, o bien se colocan en el sector familias, probablemente con el incentivo de alguna ventaja fiscal asociada a la afloración de rentas ocultas. Vemos pues cómo, de una u otra manera, el sector privado deberá pagar parte del estropicio si no queremos sobrecargar el fondeo exterior.

    Pero estos problemas no son solo nuestros. Cada economía tiene que saber si su tasa de crecimiento a largo es suficiente para pagar la carga de la deuda a los tipos pactados. Si no lo es, o solo lo es a partir de un futuro muy incierto, la deuda aumentará y esa economía no tendrá más remedio que reducir su gasto o aumentar sus tasas impositivas. Casi todos los países de la zona euro están en una situación parecida, de forma que muchos tendrán que acudir a otras zonas del mundo para obtener financiación, lo que previsiblemente encarecerá ésta. Si la situación se generaliza no le quedará a Europa sino una alternativa diabólica. O bien el BCE se hace cargo de las deudas agregadas monetizándolas, o bien se devalúa el euro para fomentar las exportaciones. Además de que ambas vías llevarían a una elevación de los tipos de interés a los que se financia la deuda, ni una ni otra de éstas soluciones parecen hoy por hoy admisibles para las economías europeas fuertes (Alemania o Francia) ni serían aceptables para sus prestamistas. Pero aunque no se lleve a cabo una devaluación formal (que, además de ser el reconocimiento que Europa no es un área monetaria óptima, probablemente acabaría con el proyecto europeo), el euro se irá depreciando en el mercado. Esto favorecerá sin duda las exportaciones de la zona pero también puede incentivar aun más la especulación contra el euro.

    Se avistan por lo tanto luchas de poder adicionales a las que destacaba hace un mes. Recordemos que, en el ámbito doméstico, había que contar con el enfrentamiento entre contribuyentes y banqueros y entre patronos y trabajadores. Esta última confrontación no se ha canalizado de momento en un diálogo social suficiente como para llegar a acuerdos (más allá del ya firmado sobre salarios) que sostengan las modificaciones estructurales del mercado de trabajo. La tensión correspondiente ya se ha escenificado en las manifestaciones del pasado día 23 contra el “pensionazo” y si las empresas, por las razones apuntadas, se ven todavía más constreñidas crediticiamente, se va a recrudecer. Las tensiones entre contribuyentes y banqueros pueden quizá pasar a un segundo término a no ser que la imposición adicional requerida sea poco equitativa o que la consolidación financiera, seguramente ineludible, exija primar a algunas instituciones financieras.

    Esta situación comprometida es lo suficientemente generalizable como para que Europa tenga que ponerse las pilas, lo que acarrea dificultades burocráticas y políticas, y como para que España intente con seriedad una política dura respaldada o no por un pacto de Estado. Un pacto así no parece fácil de alcanzar por el problema de las subidas impositivas por un lado y por la reforma de las pensiones o las reformas estructurales del mercado de trabajo por otro.

    En una situación así se me antoja extraordinario que ningún economista europeo se haya referido a unas piezas teóricas, antiguas y menores, sobre el período de ajuste, es decir lo que tardaría una economía en volver, por ejemplo, a la senda anterior. Este período de ajuste depende del tamaño del sector público, de la tasa impositiva media y de la distribución de la renta ( ver mi trabajo “Una visión (semi) heterodoxa de la crisis”, Cuadernos de economía, vol.32, nº 88, enero-abril 2009). La influencia de esos factores es de un signo u otro dependiendo de la situación presente de la economía de que se trate. Pues bien, el Pacto de Estado en España debiera ser posible a partir de un acuerdo técnico sobre esa situación inicial en España: una buena tarea para la troika negociadora que ya se ha puesto a trabajar sin demasiadas expectativas de éxito. Y Europa empezaría a ponerse las pilas al reconocer que lo que una u otra economía tiene que hacer puede variar dependiendo de su período de ajuste propio dejando de entonar la palinodia de la necesidad de un gobierno económico único, por lo que se entiende un Tesoro único. Una idea ésta última sobre la que escribiré otro día.

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