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Juan Urrutia

28 de febrero de 2009

¿Lucha de clases?

Les contaré una cosa curiosa. Como, en principio, escribo los primeros martes de mes en Expansión, he estado a punto de enviarles esta mañana un artículo sobre la lucha de clases. En el último minuto me he dado cuena que ya había escrito un post bastante largo al respecto y he tenido que tirar de otro tema para quedar bien.

Sin embargo el artículo preparado para Expansión me gustaba, especialmente en sus adornos. Así que he decidido colgarlo como un post y confesar mi estulticia o los primeros mordiscos de la demencia senil.

Ahí lo tienen.

LUCHA DE CLASES

El único pecado grave que he confesado en mi santa vida es el haber asistido a una película clasificada moralmente como del 3 en el contexto de un programa doble del cine Filarmónica de Bilbao, en lugar de haber salido de dicha sala después de haber sufrido la película del 2. Nunca podré olvidarme de ella, de la del 3 quiero decir. Se trataba de Un conflicto en cada esquina, una comedia romántica y un poco amarga, en la que Robert Mitchum pronunciaba una frase memorable: “¿cómo voy a saber lo que pienso antes de oír lo que digo?” Sirva esa rememoración como introducción a mi deseo de “leer lo que escribo y así saber lo que pienso” justamente sobre los conflictos que pueden surgir en cada esquina en los tiempos que corren, conflictos nada románticos por cierto y bastante amargos.

Los conflictos empezaron hace tiempo. Recordemos los desórdenes griegos aparentemente alimentados por un conflicto estudiantil pero en el caldo de cultivo de una situación económica nada esperanzadora para ese miembro del “selecto” grupo de los PIGS. Los últimos han sido los de los trabajadores ingleses de una refinería parando para pedir que ese empleo escaso fuera prioritariamente para británicos y no para “trabajadores invitados” como les llamarían en Alemania. Aquí continúan las manifestaciones de protesta (que comenzaron hace meses) por los ERE´s de Delphi y Nissan y la rescisión de contratos en general. Como el diálogo social no acaba de despegar, debido aparentemente a que los sindicatos no están dispuestos a admitir en el orden del día el abaratamiento del despido, el ambiente huele a calma relativa antes de una tormenta que puede ser gorda.

En este contexto, podríamos preguntamos ahora, de la misma forma que yo hacía en mi blog (http://juan.urrutiaelejalde.org) el 27 de enero, si no estaremos cerca de una renovada “lucha de clases”, un término aparentemente rancio pero que refleja muy bien una tensión latente en el mundo económico general y en el productivo en particular. No hace falta ser marxista para “creer” en la lucha de clases como no hace falta ser creyente para creer en la comunión de los santos. Son dos fenómenos que se palpan y, por lo tanto, si no nos andamos con tapujos quizá aprendamos algo constructivo.

Comencemos con un ejemplo revelador de la situación. Recientemente los periódicos diarios y todos los medios dieron relieve a la noticia de que en un mismo día la economía global perdió 70.000 puestos de trabajo, tanto en sectores industriales y de servicios como en el financiero, y la Bolsa reaccionó al alza. ¿Cómo es esto posible? Parecería que la Bolsa debería oler el azufre de esas noticias y reaccionar vendiendo los valores correspondientes a esos sectores o a esas compañías en particular forzando la bajada de su cotización. Los expertos en Bolsa tienen explicaciones ad-hoc para esta aparente anomalía. El índice general de las distintas Bolsas subió porque los bancos tiraron de él. Y los bancos subieron porque o bien ya habían bajado mucho o bien porque sus prestatarios ahora, después de los despidos, sería más solventes como deudores. Pero es justamente esta última explicación de los entendidos en Bolsa la que conduce a pensar en la lucha de clases. Veamos.

Cuanto peor le vaya la clase trabajadora, que no es dueña del capital, mejor le irá la clase capitalista dueña del capital. Ya sé que tras años de capitalismo popular y especialmente después de las últimas innovaciones financieras esa simplificación entre clases no es fácilmente aceptable, pero me vale para comunicar lo que quiero, algo más tecnológico y general que las explicaciones de los bolsistas. Lo que está pasando es que, en este momento, la participación (en la producción) del capital estaría reduciéndose a favor de la participación del trabajo en esa producción, un hecho notable pero que, sin embargo, no constituye una explicación admisible de los conflictos observados debido a que parecería que la constancia de esas participaciones es un hecho estilizado aceptado generalmente. Sin embargo, esa constancia no es necesariamente cierta. Puede ocurrir, en efecto, que estadísticamente sea correcta porque se toman los datos no muy a menudo de acuerdo con la naturaleza de largo plazo de los análisis que se quieren efectuar pero, en mi opinión, la aparente regularidad es compatible con oscilaciones significativas durante plazos más cortos. La cuestión, en consecuencia, es si en nuestros modelos-guía deberíamos utilizar una función de producción que refleja esa presunta constancia, o deberíamos dejar que esas participaciones variaran con otros factores como pueden ser el gasto público que incide de manera distinta en una y otra clase y/o el sistema fiscal que grava de manera distinta unas rentas y otras. Para lo que yo quiero discutir es mejor la segunda opción.

Volvamos pues la atención hacia una función de producción con rendimientos constantes a escala que nos indica lo que se produce a partir de cantidades dadas de la relación capital/trabajo. Lo que notamos inmediatamente es que a medida que disminuimos el capital y aumentamos el trabajo, relativamente hablando, la llamada “relación marginal de sustitución” disminuye, es decir que para producir lo mismo se necesita cada vez mayores dosis de trabajo para compensar una caída del capital de tamaño dado.

Si en una economía como la española íbamos cada vez más hacia actividades intensivas en trabajo como el turismo y la construcción, la relación capital-trabajo disminuye de manera que lo que debemos esperar es que la relación marginal de sustitución disminuya de la manera explicada. O, lo que es lo mismo, necesitamos que la productividad marginal del capital aumente relativamente a la productividad marginal del trabajo de forma que el precio de los servicios del capital suba en relación al precio de los servicios del trabajo. Equivalentemente podemos decir que, lo que se necesita para ocupar a la nueva población activa es que la participación del trabajo disminuya y la del capital aumente. En terminología castiza de incentivos podríamos traducir estos hechos tecnológicos como la necesidad de “comprar” al capital para que dé trabajo a la nueva población activa concediéndole una mayor parte del pastel producido entre una clase y otra.

Ahora bien, si los precios de los servicios del capital y de los servicios del trabajo no se ajustan correspondientemente de forma que el salario nominal sigue subiendo en mayor proporción que la subida de los precios de los bienes, se genera desempleo. O, dicho de la manera que yo quiero decirlo, si insistimos en mejorar la participación del capital para que no haga “huelga” y los salarios nominales no flexionan, no hay más remedio que prescindir de trabajadores (sin entrar ahora en el coste de los correspondientes despidos). Es decir, de manera no precisa, se mantendrán los dividendos y se disminuirá el empleo al no poder bajar los salarios nominales. Esta explicación, aunque no muy precisa, responde a lo que nos preguntábamos sobre cómo podía entenderse que el mismo día que se desplomaba el empleo la Bolsa se recuperara.

En conclusión, es de esperar que surjan tensiones que parecerían propias de la lucha de clases. Los sindicatos, que han estado casi mudos, tendrán que reinventarse a si mismos. Y eso pasa hoy por explorar nuevas formas de agruparse para trabajar como empresarios. Veremos cómo evolucionan los acontecimientos.

1 comentario a “¿Lucha de clases?”

1 Trackback/Pingback

  1. Dicen que “Madrid opina” « Juan Urrutia 4.0

    [...] paliar mi rabia solo me queda referirles a un post antiguo, escrito justo cuando la Bolsa Española tocaba fondo y el desempleo empezaba a acelerarse. Lo [...]

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    1. José Alcántara José Alcántara

      Impresora 3D personal

      La impresión tridimensional no es algo destinado a grandes organizaciones con elevados presupuestos. Será algo mucho más cotidiano: mucho más de andar por casa. Algo que podremos tener en el cuartillo, algo a lo que pasándole unos planos sencillos nos imprima lo que deseemos, a voluntad. Ya se puede adquirir por 1500 dólares (al cambio de hoy, menos de 1200 euros): de momento imprime objetos sencillos, no es hardware libre y tampoco se autorreplica como las máquinas de Fab, cuya tercera generación (codename Huxley) se presentó justamente la semana pasada. Pero sin duda alguna es sólo cuestión de tiempo: la impresión/fabricación de objetos bajo demanda acabará llegando. Y no tardará mucho más.

    2. David de Ugarte David de Ugarte

      ¿Es México un estado fallido?

      ¿Es México un estado fallido? Parece que cada vez son más los que así lo piensan tanto dentro como fuera del país norteamericano, convencidos de que el estado no tiene ya capacidad de respuesta política ni militar frente un cáncer que corroe sus mecanismos básicos de fiscalización y se cobra más de un millar de víctimas mortales mensuales. Mientras, el secuestro de pozos de PEMEX por el narco se está convirtiendo en case study de la guerra asimétrica.

    3. David de Ugarte David de Ugarte

      El fin del mito universitario

      Si cruzamos los datos de los últimos rankings sobre universidades con los que publica hoy The Economist, llegamos a una conclusión interesante: con independencia de la calidad media de la enseñanza universitaria y los salarios medios de los jóvenes, el mercado laboral (si es que tal cosa existe) tiene cada vez menos capacidad para emplear licenciados en trabajos cualificados. Osea, se cae el mito fundamental de las clases medias cultas: “no podemos dejarte un patrimonio, pero te dejamos una formación“. Y éso ocurre no sólo en España o Canadá, sino en lugares como EEUU de fuerte cultura emprendedora. ¿Se acaba la función social cohesionadora de la Universidad?

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    RIQUEZA FINANCIERA Y TEORÍA DEL CAPITAL

    Las noticias económicas de este verano, tan volátiles como los mercados y tan preocupantes como las diversas declaraciones que nos han llegado de Jackson Hole o la ralentización de la reforma financiera de Obama o las amenazas de una tasa especial a la banca, nos han hecho ver no solo que no acabemos de deshacernos de los efectos colaterales de la Gran Recesión, relacionados ahora con el endeudamiento y sus repercusiones sobre el sistema financiero mundial, sino también que necesitamos cierto sosiego para reflexionar sobre la naturaleza de la riqueza financiera. Pero una reflexión de ese calibre y ese tono necesita un poco de sabiduría importada de nuestra historia intelectual, algo que ponga en perspectiva la mera afirmación, reiterada hasta la saciedad, de que la riqueza financiera no es más que humo.

    Lo adecuado es comenzar por el principio, por algo que sabe todo economista, por la división del trabajo y la especialización que tan bien describió A. Smith en el libro I capítulo I de la Riqueza de las Naciones: ”Tomemos como ejemplo una manufactura de poca importancia…: la de fabricar alfileres. Un obrero que no haya sido adiestrado en esa clase de tarea (convertida por virtud de la división del trabajo en un oficio nuevo) y… por más que trabaje, apenas po­dría hacer un alfiler al día, y desde luego no podría confeccionar más de veinte. Pero… hoy día la fabrica­ción de alfileres… está dividida en varios ramas…. Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en tro­zos iguales, un cuarto hace la punta, un quinto obrero está ocupado en limar el extremo donde se va a colocar la cabeza: a su vez la con­fección de la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas:….. En fin, el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas dieci­ocho operaciones distintas…”

    Es un fragmento que por conocido y repetido oculta parte de su significado. Refleja no solo la división del trabajo y la especialización como causa y origen del correspondiente aumento de la productividad, sino que, además, apunta al surgimiento de la proliferación paulatina de empresas independientes y a la correspondiente noción del capital como rodeo de la producción posteriormente destaca por Eugen Böhm-Bawerk. Pues bien, esta manera de mirar al capital es, a mi juicio, muy adecuada para pensar la naturaleza de la riqueza financiera.

    Para verlo con claridad me apoyaré en una idea de de Donald MacKencie en un artículo de la London Review of Books del 8 de mayo del 2008 . La fábrica de alfileres y lo que en ella ocurre es un ejemplo de división del trabajo que se produce dentro de una empresa de la que alguien se ocupa sin necesidad de que haya ningún dato público más allá de la contabilidad que, visada por un juez, nos sirve más o menos bien para que cualquiera pueda acercarse al cálculo del valor de esa empresa. Un conocimiento superficial de la historia nos enseña que, más tarde, se empieza a sacar fuera de la empresa ciertas tareas de forma que el seguimiento de la actividad se hace más complicado lo que, además de acarrear sospechas sobre la contabilidad, hace surgir ciertas prácticas que acaban redundando en la generación de compañías auditoras. Dando un salto en el tiempo podemos imaginar que eventualmente llega la deslocalización internacional y la consiguiente necesidad de auditoras transnacionales a fin de conocer con cierta garantía de rigor lo que vale una empresa. Toda esta historia/ficción quiere reflejar la importancia de la naturaleza pública de la información en la formación del capital como el rodeo de la producción.

    Pues bien, esta historia es perfectamente aplicable a la especialización financiera y a la creación de la riqueza financiera pero, como se suele pensar y afirmar que lo financiero tiene una naturaleza muy distinta, añado ahora un par de ideas muy raramente mencionadas pero que me servirán para disipar esa creencia. Primera, en el desarrollo del capital real es muy fácil conocer el precio de los productos por muy larga que sea la cadena de producción resultante de la especialización pues la demanda final relevante (de trajes de novia digamos en el caso de las alfileres) establece una referencia que nos parece real y de la que se derivan los precios de todos y cada uno de los productos de la cadena a través de la competencia que, entre otras cosas, revela los precios de manera pública. Segunda, cuando el proceso del rodeo de la producción mediado por la competencia genera un producto final fácilmente estandarizable (como es el caso de las materias primas o el de las acciones de las empresas cotizadas) se crea un verdadero mercado en el sentido de que cuando uno compra o vende lo hace a través de un sitio central organizado que se compromete a hacer llegar el producto al comprador al precio fijado centralizadamente y a veces electrónicamente. De ahí que este mismo mercado pueda ser un negocio en si mismo e incluso cotizado a su vez en Bolsa. Esto último ocurre porque en ese verdadero mercado hay datos públicos que todo el mundo conoce y todos saben que todos los conocen.

    Es justamente esto último lo que va a fallar en la división del trabajo y la especialización del área financiera. A ello me refería en el las Meditaciones de agosto (Expansión 25 de agosto) cuando trataba de describir el negocio de innovación financiera que se ha dado en llamar “originar y distribuir”. Glosando a Sidney Winter describía allí la industria hipotecaria como una cadena de contratos entre agente y principal que parece no tener fin. Comienza con los brokers que venden hipotecas de manera casi free lance, continúa con el originador que pone el dinero y actúa como un dealer que pasa el contrato a unos titulizadores que empaquetan este activo junto con otros de distinta naturaleza, trocean los paquetes y distribuyen las piezas entre prestamistas que eventualmente contratan una especie de aseguramiento del riesgo de crédito, que también puede ser titulizado, sin que nadie de esta cadena haya tenido incentivo alguno a preocuparse de la naturaleza y calidad de la hipoteca original sin que haya un verdadero mercado centralizado responsable de garantizar las entregas y de fijar públicamente los precios. Todos los contratos son over the counter (OTC). Lo mismo que ocurre en la gran mayoría de los contratos “reales”

    No parece pues que haya diferencia conceptual seria entre la innovación financiera y la “productiva” excepto en un punto crucial: que en el ámbito financiero no hay traje de novia o, lo que sería equivalente, no es esperable que se cierre la cadena de valor con todos los contratos asegurados. Es esta diferencia la que hace surgir la idea de que hay un endeudamiento máximo sostenible, un límite de crédíto más allá del cual la situación es insostenible y el castillo de naipes colapsa bajo el leve peso del endeudamiento.

    Quizá, podríamos pensar, estemos ante un ejemplo de lo que se llama, en la teoría de la complejidad, autocriticidad y se ejemplifica por la imposibilidad de que la pendiente de un montón de arena de playa sobrepase un cierto valor a partir del cual se desmorona hasta recuperar la pendiente sostenible. Sin embargo en los términos analíticos utilizados hasta aquí esto no es fácilmente admisible por muy interesante que sea la teoría de la complejidad. Quedarnos satisfechos con esta explicación sería como admitir que en la naturaleza de lo financiero hay, como lo hay en la arena, algo natural e ineluctable. Es comprensible que esta explicación sea atractiva pero es insostenible en términos puramente intelectuales. De la misma manera que no vislumbramos, en general, un límite físico a la división del trabajo, tampoco deberíamos admitir sin más una longitud determinada de la cadena financiera. ¿Qué importa en efecto que el endeudamiento de una firma o de un país sea a muy largo plazo si pensamos que en cada vencimiento el negocio genera lo suficiente? Y si pensamos que eso no es así ¿qué ventaja tiene que el endeudamiento sea a corto plazo?

    Pero como los inversores no piensan de esta manera, es muy posible que estén convencidos de que el rodeo de la producción “natural” es más corto en lo financiero que en lo “real”. Sin embargo eso no es tan claro si pensamos que la globalización y de la deslocalización propician un mayor rodeo de la producción pero mucho menos controlable.

    (Publicado en Expansión el lunes 6 de septiembre)

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